Yo no digo que físicamente Florita sea una perfección, pero ¡es un

conjunto tan armónico, tan sugestivo, tan atrayente!... Ni es alta,

ni baja, ni rubia, ni morena... es más bien castaña... ¡pero qué

castaña!... Y mirándola... cuántas... cuántas veces he recordado los

versos del jocundo, del galante arcipreste de Hita.

«Cata, mujer fermosa, donosa e lozana,

que non sea mucho luenga, otro si nin enana.»

Flora

Estatura regular, vamos. (~Alardeando de la suya.~)

Gonz.

«Que teña ojos grandes, fermosos, relucientes,

e de luengas pestañas, bien claros e reyentes.»

Flora

(~Los abre mucho.~) Como por ejemplo...

Gonz.

«Las orejas pequeñas, delgadas. Para al mientes.

Si ha el cuello alto, que a tal quieren las gentes.

La nariz afilada...»

Flora

Bueno, eso...

Gonz.

«Los dientes menudillos,

los labios de la boca bermejos, angostillos.

La su faz sea blanca, sin pelos, clara e lisa.

Puña de haber mujer que la veas deprisa,

que la talla del cuerpo te dirá esto a guisa

e complida de hombros e con seno de peña,

ancheta de caderas; esta es talla de dueña.»

(~Flora ha ido siguiendo el relato con gestos y actitudes que

demuestran su identidad con los versos.~)

Flora

El señor arcipreste parece que me conocía de toda la vida.

Gonz.

¿Qué tal, qué tal el retratito?

Num.

Un verdadero calco.

Gonz.

(~A Flora.~) Y respecto a ti, vamos, que tampoco te llevas costal de

paja.

Num.

Hombre, tanto como costal...

Flora

(~Riendo coquetonamente.~) ¡Y aunque fuera costal, cargaría con él!

Gonz.

(~Riendo.~) ¿Oyóla usted, afortunado Galán?...

Num.

Oíla, oíla...

Gonz.

Bueno; y ahora, como recuerdo de esta noche memorable, voy a hacerle

a usted un regalito.

Num.

¡No, eso sí que no; regalitos de ninguna manera, don Gonzalo, por lo

que más quiera usted en el mundo!

Gonz.

No, si no nos causa extorsión... Es un retablo gótico, estofado,

siglo XVII, con un tríptico atribuído a Valdés Leal, nueve metros de

altura por seis de ancho; una verdadera joya. Mande usted restaurar

el estofado que es lo que está peor...

Num.

Claro, figúrese usted, un estofado de tantos siglos...

Gonz.

Y por tres mil pesetas...

Num.

Sí, bueno, pero tres mil pesetas por un estofado, comprenderá

usted... Además, que es cosa a la que no he tenido nunca gran

afición...

Gonz.

Entonces nada digo... Y ea, amigo Galán, adelántesenos usted;

evitemos la maledicencia, que no nos vean llegar juntos. Les separo a

ustedes, pero sólo unos minutos. No me guarde usted rencor.

Num.

No, no, quiá... ¡Cómo rencor!... ¡por Dios!... Aprovecharé para ir a

la sala de billar.

Flora

Bueno; pero no tardes, ¿eh?

Num.

Descuida.

Flora

¡Como tardes, te escribo!

Num.

No, no, por Dios... Seguiréte raudo... ¡Adiós! ¡Maldita sea! ¡No sé a

qué sabrá el ácido prúsico, pero esto es cincuenta veces peor! (~Vase

izquierda.~)

ESCENA VII

FLORA y DON GONZALO

Gonz.

Habrás comprendido que, aun a trueque de enojarte, he alejado a Galán

intencionadamente.

Flora

Figurémelo.

Gonz.

¿Te ha dicho al fin por qué le dió las dos punteras a Picavea?

Flora

¡Ay!, ni me he acordado de preguntárselo, ¿querrás creerlo?

Gonz.

¡Pero, mujer!...

Flora

¡No te extrañe, Gonzalo; el amor es tan egoísta!... Pero, ah, yo lo

sospecho todo.

Gonz.

¿Qué sospechas?

Flora

Que Picavea y Galán se han ido a las manos; mejor dicho, se han ido a

los pies por causa mía.

Gonz.

¿Será posible?

Flora

Como sabes que los dos me hacían el amor desde los balcones del

Casino y he preferido a Galán, observo que Picavea está así como

celoso, como sombrío, como despechado. No se aparta de Tito Guiloya.

Los dos miran a Numeriano y se ríen. Y además, hace unos minutos he

visto a Picavea en un rincón del jardín hablando misteriosamente con

Solita.

Gonz.

¿Con tu doncella?

Flora

Con mi doncella. ¿Tratará de comprarla?

Gonz.

¿De comprarla qué?

Flora

De ganar su voluntad para que le ayude, quiero decir... Lo sospecho;

porque al pasar por entre los evónivus, sin que me vieran, le oí

decir a ella: «¡Pero por qué ha hecho usted eso, señorito; qué

locura!» Y él la contestaba: «¡Por derrotar a Galán, haré hasta lo

imposible; llegaré hasta la infamia, no lo dudes!»

Gonz.

¡Oh, qué iniquidad! ¿Pero has oído bien, Florita?

Flora

Relatélo según oílo, Gonzalo. Ni palabra más ni palabra menos. Yo

estoy aterrada, porque en el fondo de todo esto veo palpitar un drama

pasional.

Gonz.

Verdaderamente hemos debido alejar de nuestra casa a Picavea con

cualquier pretexto.

Flora

Al menos no haberle invitado.

Gonz.

Sí, pero a mí me parecía incorrecto sin motivo alguno hacer una

excepción en contra suya.

Flora

Sí, es verdad, pero, ¡ay, Gonzalo! No sé qué me temo. ¿Tramará algo

en la sombra ese hombre?

Gonz.

No temas; descuida. Por todo cuanto has dicho, yo también sospecho

que algo trama. Pero estaré vigilante y a la primera incorrección,

¡ay de él!

Flora

¡Por Dios, Gonzalo, efusión de sangre, no!

Gonz.

Descuida. Sé lo que me cumple. No le perderé de vista. (~Vase

izquierda.~)

ESCENA VIII

DON MARCELINO, NUMERIANO, TITO, TORRIJA, PICAVEA y MANCHÓN, por el

foro izquierda

Marc.

Oye, pero venid, venid en silencio... Venid acá... ¿pero es posible

lo que decís?

Tito

Lo que oye usted, don Marcelino.

Pic.

¡Albricias! ¡Albricias, Galán! ¡Estás salvado!

Num.

Yo no lo creo, no me fío.

Tor.

Que sí, hombre, que se le ha ocurrido a este una solución

ingeniosísima, formidable. ¡No puedes imaginártela!

Pic.

Prodigiosa, estupenda... Ya lo verás...

Man.

Y que lo acaba todo felizmente, sin que nadie sospeche que esto ha

sido una broma.

Num.

(~A don Marcelino.~) ¿Será posible?

Marc.

Veamos de qué se trata.

Tito

Te advierto que es una cosa que requiere algún valor.

Num.

Sacadme de este conflicto en que me habéis metido, y Napoleón a mi

lado es una señorita de compañía.

Marc.

Bueno; decid, decid pronto... ¿Qué es?

Pic.

Cuéntalo tú. Verán ustedes qué colosal.

Tito

Acercaos, no nos oigan. Es una cosa que tiene su asunto.

Num.

¿Asunto? (~Se agrupan con interés.~)

Tito

Se trata de representar un drama romántico. Decoración: este jardín;

la noche, la luna... Argumento: Con cualquier motivo se procura que

la señorita de Trevelez venga hacia aquí. Tras ella aparece Picavea...

Pic.

Aparezco yo...

Tito

Siguiendo solapado y cauteloso sus pasos leves.

Num.

Leves para vosotros, para mí de pronóstico. Adelante.

Tito

Picavea, apelando a un recurso cualquiera, denota su presencia. Ella,

sorprendida al verle, dirá: «¡Ah! ¡Oh!», en fin, la exclamación que

sea de su agrado, y entonces éste, con frase primero emocionada,

luego vibrante y al fin trágica, le da a entender en una forma

discreta, que hace tiempo que la ama de un modo ígneo. Como Florita

le ha visto muchas veces en los balcones del Casino atisbando sus

ventanas, caerá fácilmente en el engaño, como cayó contigo. Y una

vez conseguido esto, Picavea se manifiesta francamente rival tuyo.

Le dice que te confió el secreto de su amor y que tú te anticipaste,

traicionándole, y a partir de esta acusación, te insulta, te injuria,

te calumnia... En esto, surges tú de la enramada, como aparición

trágica, lívido, descompuesto, con los ojos centelleantes, las manos

crispadas, y te increpa, le vituperas, le agredes... Suena un ¡ay!...

dos gritos, y éste te da a ti cuatro bofetadas...

Num.

¿Cuatro bofetadas a mí? Encima de...

Tito

Son indispensables.

Marc.

¿Pero no se podría hacer un reparto más proporcional?

Tito

No, porque las bofetadas han de dar lugar a un duelo, y el duelo es

precisamente la clave de mi solución.

Num.

¿De modo que tras lo uno... lo otro?... (~Acción de pegar.~)

Marc.

Cállate... Sigue.

Tito

Galán, ofendido por la calumnia y por los golpes, le envía a este los

padrinos; pero Picavea se niega en absoluto a batirse, alegando que

éste, encima de robarle el amor de Florita, le quiere quitar la vida,

y que él rendirá la vida a manos de Galán, pero el amor de Florita,

no. Y en consecuencia, que impone como condición precisa para batirse

que los dos han de renunciar a ella, sea cual fuere el resultado del

lance.

Man.

¡Admirable!

Num.

¡Lo de renunciar yo, colosal!

Tito

Tú en seguida la escribes a tu prometida una carta heróica, diciendo

que por no aparecer como un cobarde sacrificas tu inmenso amor, y al

día siguiente se simula el duelo, y tú, fingiéndote herido, te estás

en cama ocho días con una pierna vendada.

Num.

No, las piernas déjamelas libres por lo que pueda suceder.

Marc.

Sí, no metas las piernas en el argumento.

Tito

Las amigas consolarán a Florita, nosotros convenceremos a don Gonzalo

para que vuelva a dedicarse a la aerostación y se distraiga, y _tuti

contenti_. ¿Eh, qué tal?

Man.

¡Estupendo!

Num.

¿Qué le parece a usted, don Marcelino?

Marc.

Mal, hijo; ¿cómo quieres que me parezca?... Ahora, que como yo no veo

solución ninguna, lo que me importa es que termine pronto el engaño

de estas pobres personas, sea como sea. Haced lo que queráis. (~Vase

izquierda.~)

Num.

Entonces, yo debo limitarme a salir cuando éste...

Man.

Tú vienes con nosotros, que ya te diremos.

Tito

¡Callad, Florita, Florita viene hacia aquí... y viene sola!...

Pic.

Como anillo al dedo. Pues no perdamos la ocasión. Cuanto antes mejor.

¿No os parece? Dejadme solo. Marchaos pronto.

Tor.

¡Que te portes como quien eres!

Pic.

Zacconi me envidiaría. ¡Ya me conoceis cuando me pongo lánguido y

persuasivo!

Num.

¡Oye, y a ver cómo me das esas dos bofetadas que no me molesten mucho!

Pic.

¡Cuatro, cuatro!...

Tito

Por aquí... silencio. (~Vanse foro derecha. Picavea se oculta en el

follaje.~)

ESCENA IX

PICAVEA y FLORITA, primera izquierda

Flora

(~Como buscándole.~) ¡Nume!... ¡Nume!... ¡No está! (~Llama otra

vez.~) ¡Nume!... ¿Pero qué ha sido de ese hombre, si dijo que vendría

en seguida?... ¿Estará acaso?... ¡Dios mío, cuando se ama ya no se

vive! (~Llama de nuevo.~) ¡Nume!...

Pic.

(~Apareciendo.~) ¡Florita!

Flora

¡Ah!... ¿quién es?

Pic.

Soy yo.

Flora

(¡¡Él!!) ¡Picavea!... ¿usted?

Pic.

Soy yo que venía siguiéndola.

Flora

¿Siguiéndome?... ¡Qué extraño!... Pues... es la primera vez que no

noto que me siguen...

Pic.

Es que he procurado recatarme todo lo posible.

Flora

¿Recatarse, por qué?

Pic.

Porque deseaba ardientemente una ocasión para poder hablar a solas

con usted.

Flora

¿A solas conmigo?... (~Aparte.~) (¡Ay, lo que yo temíame!) ¿Y dice

usted que a solas?...

Pic.

A solas, sí.

Flora

(~Con gran dignidad.~) Señor Picavea, usted no ignora que en mis

actuales circunstancias yo no puedo hablar a solas con un hombre, sin

infringirle un agravio a otro. Ya no dispongo de mi libre albedrío.

Beso a usted la mano, como suele decirse. (~Hace una reverencia y se

dispone a marchar.~)

Pic.

(~La coge la mano para retenerla.~) ¡Por Dios, Florita, un

instante!...

Flora

He dicho que beso a usted la mano, conque suélteme usted la mano.

Pic.

Yo la ruego que me escuche una palabra, una sola palabra.

Flora

Si no es más que una, oiréla por cortesía. Hable.

Pic.

Florita, yo no ignoro su situación de usted, desgraciadamente.

Flora

¿Cómo desgraciadamente?

Pic.

Desgraciadamente, sí... no quito una letra. Y comprenderá usted que

cuando ni el respeto a las circunstancias en que usted se halla ni el

temor a ninguna otra clase de incidentes me detiene, muy grave y muy

hondo debe ser lo que pretendo decirla.

Flora

(~Aparte.~) (¡Dios mío!) ¡Pero, Picavea!...

Pic.

¡Más bajo... pueden oírnos!

Flora

¡Ay, pero por Dios, Picavea!...

Pic.

¡Más bajo... pueden oírnos!

Flora

¡Ay, pero por Dios, Picavea!... Ese tono, esa emoción... Está usted

pálido, tembloroso... Me asusta usted. ¿De qué se trata? Hable usted

pronto... hable usted deprisa.

Pic.

¿Deprisa?

Flora

Deprisa, sí; me desagradaría que nos sorprendieran. Nume es muy

celoso. Hable.

Pic.

Florita, ¿usted no ha observado nunca que yo, día tras día, me

he estado asomando al gabinete de lectura del Casino, para mirar

melancólicamente a sus ventanas?

Flora

¡Oh, Picavea!

Pic.

Conteste usted... diga usted.

Flora

Pues bien, sí, la verdad, lo he notado. Muchas veces le he visto a

usted con una _Ilustración_ muy deteriorada en la mano, hojeando las

viñetas y soslayando de vez en vez la mirada hacia mi casa; pero yo

atribuílo a mera curiosidad.

Pic.

¿De modo que no ha caído usted en el verdadero motivo?

Flora

No; yo me asomaba a la ventana, pero no caía.

Pic.

Pues ha debido usted caer.

Flora

¡Picavea!

Pic.

Ha debido usted caer. El poema de las miradas saben leerlo todas las

mujeres.

Flora

¡Oh, Dios mío!... ¿De modo, Picavea, que usted también?...

Pic.

¡Sí, Florita, sí... yo también la amo!

Flora

(¡Dios mío! ¿pero qué tendré yo de un mes a esta parte que cada

hombre que miro es un torrezno?)

Pic.

(~Cogiéndola de la mano.~) Y si usted quisiera, Florita, si usted

quisiera, todavía...

Flora

(~Tratando de desasirse.~) ¡Ay, no!, por Dios, Picavea, suélteme

usted; suélteme usted, por compasión, que no me pertenezco.

Pic.

¿Y qué me importa?

Flora

Suélteme usted, por Dios... Repare usted que aún no estoy casada.

Pic.

Sí, es verdad. No sé lo que hago. Usted perdone.

Flora

(¡Pobrecillo!) (~Alto.~) ¡Pero oiga usted, Picavea, por Dios!...

¿Usted por qué ha de amarme?... No tiene usted motivos...

Pic.

¡El amor no se escoge ni se calcula, Florita!

Flora

Olvídeme usted.

Pic.

No es posible.

Flora

Acepte usted una amistad cordial. No puedo ofrecerle más. Déjeme

usted ser dichosa con Galán; le quiero. Es mi primer amor, mi único

amor, y por nada del mundo dejaríale.

Pic.

(Esta señora es un Vesubio ambulante. Tengo que apretar.) (~Alto.~)

¿De modo, Florita, que no aborrecería usted a ese hombre de ninguna

manera?

Flora

Ni aunque me dijesen que era Pasos Largos, ya ve usted.

Pic.

¿Y si fuera tan miserable que hubiese jugado con su amor de usted?...

Flora

¡Oh, eso no es posible!... (~Sonriendo.~) ¡Pero si no vive más que

para mí!... ¡Si no ve más que por mis ojos!... ¿Lo sabré yo?

Pic.

Bueno, pero si a pesar de todo a usted le probaran que ese hombre

había jugado vilmente con su corazón, ¿qué haría?

Flora

¡Oh, entonces mataríale, mataríale, sí, lo juro!

Pic.

Pues bien, Florita, lo que va usted a oir es muy cruel, pero hace

falta que yo lo diga y que usted lo sepa. Galán no es digno del amor

de usted.

Flora

(~Aterrada.~) ¡Picavea!

Pic.

¡Galán es un miserable!

Flora

¡Jesús! ¿Pero qué está usted diciendo? ¡Miente usted! ¡El despecho,

la envidia, los celos, le hacen hablar así!...

Pic.

¡No, no; es un bandido, porque yo le confié el amor que usted me

inspiraba y se me adelantó como un miserable!

Flora

¡Pero eso no puede ser! ¡Sería horrible!

Pic.

Además, ese hombre es un criminal que no merece su cariño, porque

sépalo de una vez... ¡Ese hombre tiene cuatro hijos con otra mujer!

Flora

(~Aterrada, enloquecida.~) ¡¡Ah!!... ¡¡Oh!!... ¡Cuatro hijos!...

¡Falso, eso es falso! ¡Pruebas, pruebas!

Pic.

Sí, lo probaré. Traeré los cuatro hijos si hace falta. Esa mujer se

llama Segunda Martínez.

Flora

¡¡Oh, cuatro hijos de Segunda!!

Pic.

Vive en Madrid, Jacometrezo, 92. Galán es un canalla. Yo lo sostengo.

(~Picavea hace señas con la mano para que salga Galán.~)

ESCENA X

DICHOS, DON GONZALO. Después GALÁN, TORRIJA, GUILOYA y MANCHÓN. Luego

DON MARCELINO.

~Don Gonzalo sale cautelosamente y cae de un modo fiero y terrible

sobre Picavea, cogiéndole por el pescuezo.~

Gonz.

¡Ah, granuja! ¡Te has vendido!

Pic.

(~Trémulo de horror.~) ¡¡Don Gonzalo!!

Flora

¡Por Dios, Gonzalo! ¡No le mates!

Gonz.

Lo que sospechábamos... ¿Lo ves? ¿Lo estás viendo?

Pic.

Pero don Gonzalo, por Dios, que yo...

Gonz.

¡Silencio o te ahogo, miserable!

Flora

¡Ay, Gonzalo, cálmate!

Gonz.

¡Quieres con tus calumnias destrozar la felicidad de dos almas, pero

no te vale, reptil! Te hemos descubierto el juego.

Pic.

¡Don Gonzalo, que yo no he dicho... que no era eso!... ¡Ay, que me

ahoga!

Gonz.

¡Baja la voz, canalla, y escúchame! No mereces honores de caballero,

pero yo no puedo prescindir de mi noble condición. Mañana te mataré

en duelo.

Flora

¡Ay, no, Gonzalo!

Pic.

No, don Gonzalo, eso sí que no... en duelo no, que yo soy inocente.

Gonz.

Te mataré como un perro; y ahora a la calle, en silencio, sin

escándalo, sin ruido... que no se entere nadie... (~Se lo lleva hacia

la izquierda.~)

Pic.

¡Pero don Gonzalo!

Gonz.

(~Dándole un puntapié.~) ¡Largo de aquí, calumniador!...

Pic.

¡Pero atiéndame usted!

Gonz.

¡A la calle!... Ni una palabra más.

(~Picavea vase despavorido primera izquierda.~)

Num.

(~Saliendo aterrado.~) Pero don Gonzalo, ¿qué es esto? ¿Qué pasa?

(~Le siguen Torrija, Guiloya y Manchón.~) ¡Está usted lívido!

Flora

¡Ay, Nume, Nume!... (~Se acerca a él.~)

Marc.

(~Saliendo.~) ¿Qué sucede? ¿Qué ha ocurrido?

Gonz.

Nada, nada, que voy a matar a un calumniador, nada más. Ya lo

explicaré todo. Ahora basta que diga delante de todos que mi hermana

es para usted. Esto nadie tendrá poder para impedirlo. Y ahora, como

desagravio, un abrazo, Galán, un fuerte y fraternal abrazo.

Num.

¡Don Gonzalo!... (~Cae desfallecido en sus brazos.~)

Gonz.

(~Mirándole.~) ¿Pero qué es esto? ¡Esa inercia!... ¡Esa palidez!...

(~Sacudiéndole.~) ¡Galán!... ¡Galán!... ¡Se ha desvanecido!

Flora

Nume, Nume... ¡Ay, que no me oye!... (~Sacudiéndole.~) Nume,

escucha... Nume, mira...

Gonz.

¿Pero qué será esto?

Marc.

La emoción, la sorpresa, el disgusto quizá... Hacedle aire...

Flora

¡Llevémosle a la cama!...

Num.

(~Recobrándose súbitamente.~) No. Nada, nada... ya se me pasa; no es

nada. El sombrero, el bastón... Esto se me pasa a mí corriendo...

vamos, a escape, quiero decir... El sombrero, el bastón.

Gonz.

De ninguna manera. Usted no sale de esta casa. Va usted a tomar

un poco de éter. A mi cuarto, a mi cuarto. Y por Dios, señores...

Confío en su discreción. Ni una palabra de todo esto... Silencio,

silencio... (~Don Gonzalo y Florita se llevan a Galán por la

izquierda.~)

Marc.

(~A los guasones que quedan aterrados.~) ¡Picavea ha subido al cielo!

(~Telón.~)

FIN DEL ACTO SEGUNDO

[Ilustración]

ACTO TERCERO

~Cuarto gimnasio en casa de don Gonzalo. Puertas practicables en

primer término izquierda y segundo derecha. Un balcón grande

al foro. Por la escena aparatos de gimnasia: escaleras, pesas,

poleas, en la pared panoplias con armas y caretas de esgrima,

y por el suelo una tira de linoleum y una colchoneta. Cerca

del foro un «funchimbool» prendido del techo y del suelo. A

la izquierda una mesita con una botella de agua y dos vasos.

En primer término izquierda mesa, y encima algunos libros,

periódicos, escribanía, carpeta, papel, caja con cigarros, etc.,

etc. En segundo término izquierda un bargueño, y en uno de sus

cajones un revólver. Junto a las paredes, divanes; en la pared

del primer término derecha una percha con dos toallas grandes.

Sillas y sillón de cuero. Es de día. En el balcón, una gran

cortina.~

ESCENA PRIMERA

DON GONZALO y DON ARÍSTIDES

~Aparecen los dos en traje de esgrima con las caretas de sable

puestas. Don Arístides da a don Gonzalo una lección de duelo.~

Arís.

Marchar, marchar.—Encima.—En guardia. (~Don Gonzalo va

ejecutando todos estos movimientos de esgrima que el profesor

le manda.~) Marchar.—Batir bajo.—Otra vez.—Uno, dos.—Una, dos,

tres.—Marchar.—Finta de estocada y encima.—En guardia.—Romper.—Romper.

(~La segunda vez que don Gonzalo retrocede obedeciendo la voz de

mando del profesor, tropieza con la mesita que habrá al foro y

derriba los cacharros que habrá en ella.~) Pero no tanto.

Gonz.

¡Demonio, qué contrariedad! En fin, adelante.

Arís.

Marchar cambiando. Estocada. Encima. Otra vez pare y conteste. Otra

vez. Batir. Revés. Pequeño descanso. (~Se quita la careta.~)

Gonz.

(~Quitándosela también.~) ¿Y cómo me encuentra usted, amigo Arístides?

Arís.

¿A qué hora es el duelo?

Gonz.

A las seis de la tarde.

Arís.

Se merienda usted al adversario. Seguro.

Gonz.

¿Estoy fuerte?

Arís.

Superabundantemente fuerte. Pétreo.

Gonz.

Picavea creo que no tira.

Arís.

Ni enganchado. Si se pueden emplear en estos lances los términos

taurinos, diré a usted que en la corridita de esta tarde, más bien

becerrada—por lo que al adversario se refiere,—se viene usted a su

casa con una ovación y una oreja... más las dos suyas, naturalmente.

Gonz.

Pues a mí me habían dicho que Picavea, en cuestión de sable, era un

practicón.

Arís.

Cuando estaba sin destino, sí, señor. Pero ahora... ¿lo sabré yo, que

he sido su maestro?...

Gonz.

En fin, ¿reanudamos?

Arís.

Vamos allá. (~Requieren las armas y vuelven a la lección.~) Finta de

estocada marchando.—Encima.—Romper.—Uno, dos.—Marchar.—Dos llamadas.

Gonz.

Con permiso. Un momento. Voy a llamar al criado que se lleve estos

cacharros. (~Hace que toca un timbre.~)

Arís.

En guardia.—Uno, dos.—Marchar.—Revés.—Romper.—Encima, pare y

conteste.—Marchar.—Batir.—Salto atrás.

Criado

¡Señor!

(~No le hacen caso.~)

Arís.

Marchar.—A ver cómo se para, vivo...

(~Comienza un asalto movidísimo. Las armas chocan con violencia.~)

Criado

(~Vuelve a acercarse temeroso.~) Señor... (~Siguen el asalto,

avanzando y retrocediendo, sin hacerle caso, y el Criado, viéndose en

peligro, se pone una careta de esgrima y se acerca decididamente.~)

Señor...

Gonz.

¿Qué quieres, hombre?

Criado

No, yo es que como me ha llamado el señor...

Gonz.

Sí, hombre, que recojas esos cacharros.

Criado

Está bien, señor. (~Los recoge sin quitarse la careta y luego se

marcha huyendo de los golpes de sable que continúan.~)

Arís.

Tajo.—Uno, dos.—Salto atrás.—Marchar.—Uno, dos, tres.—Salto

atrás.—Marchar.—Estocada.—Bravo. (~Quitándose la careta.~) Con esto

y los padrinitos que tiene usted, no hace falta más, porque creo que

sus padrinos ¿son Lacasa y Peña?

Gonz.

Lacasa y Peña.

Arís.

Entonces las condiciones serán durísimas, estoy seguro.

Gonz.

Imagínese usted.

Arís.

Para intervenir esos, el duelo tiene que ser a muerte. No rebajan ni

tanto así. Los conozco.

Gonz.

Además, las instrucciones que yo les he dado son severísimas: nada de

transigencias, nada de blanduras.

Arís.

Pues no doy veinticinco centavos por la epidermis de Picavea.

(~Se cambian las chaquetas de esgrima, don Arístides por su americana

y don Gonzalo por una chaqueta elegante de caza.~)

Gonz.

¡Oh, ese canalla!... ¿No sabe usted lo que hizo anoche en el Casino a

última hora?

Arís.

Sabe Dios.

Gonz.

Abofeteó e injurió a Galán horriblemente.

Arís.

¡Qué bárbaro!

Gonz.

En tales términos, que Galán me ha escrito agradeciendo la defensa

que hice de su honor pero recabando el derecho de batirse con Picavea

antes que yo.

Arís.

No lo consienta usted de ninguna manera.

Gonz.

Ni soñarlo. Picavea ofendió en mi propia casa a mi hermana,

proponiéndola una indignidad, valido de una calumnia. Yo soy, pues,

el primer ofendido.

Arís.

Sin duda ninguna.

Gonz.

Lacasa y Peña harán valer mis derechos.

Arís.

¡Buenos son ellos!

Gonz.

Y además, cuando Galán le envió los padrinos, ¿sabe usted la

condición que imponía Picavea para batirse?... ¡Pues que fuese cual

fuese el resultado del lance, los dos habían de renunciar a mi

hermana, so pretexto de no sé qué lirismos ridículos!...

Arís.

¡Es un hombre perverso!

Gonz.

Ni más ni menos. Pero figúrese el disgusto de la pobre Flora cuando

supo por Marcelino que Galán quizás tuviese que aceptar la tremenda

condición para que no pueda atribuirse su negativa a cobardía... ¡Un

disgusto de muerte! En vano trato de tranquilizarla. No descansa, no

duerme, no vive. ¡Cuando más feliz se creía!... ¡y todo por culpa de

ese miserable! ¡Ah, no tengo valor para hacer daño a nadie, pero la

vida le hace a uno cruel, y como pueda mato a Picavea! Se lo juro a

usted.

Arís.

Lo merece, lo merece... Pues, nada, don Gonzalo, hágame usted piernas

y hasta luego. (~Poniéndose el sombrero.~) Voy a ver a Valladares,

que está muy grave.

Gonz.

¡Ah, Valladares, sí; ya me han dicho... que se concertó el duelo en

condiciones terribles!

Arís.

A espada francesa. Con todas las agravantes.

Gonz.

¿Y Valladares está en cama?

Arís.

Si se va o no se va. Y el adversario también.

Gonz.

¿También? ¿Y qué es lo que tienen?

Arís.

Gastritis tóxica por indigestión.

Gonz.

¡Ah!, ¿pero no es herida?

Arís.

No, no es herida, porque desoyendo mis consejos, en lugar de batirse,

se fueron a almorzar al Hotel Patrocinio, y claro, les pusieron

unos calamares en tinta que están los dos si se las lían. ¡Mucha

más cuenta les hubiese tenido celebrar un duelo a muerte, como yo

les propuse! A estas horas, los dos en la calle. ¡Pero calamares!

¡Quién calcula las consecuencias!... Son unos temerarios. ¡Le digo a

usted!...

Gonz.

¡Ya, ya!... ¡qué gentes!

Arís.

La señorita de Trevelez: Farsa cómica en tres actos · 第 3 / 5 段