Si hay verdad, ha de haber medios de conocerla: esto da orígen á las

cuestiones sobre el valor de los criterios.

En el órden de los seres, hay una verdad orígen de todas: Dios. En el

órden intelectual absoluto, hay tambien esta verdad orígen de todas:

Dios. En el órden intelectual humano, no hay una verdad orígen de

todas, ni en el órden real, ni en el ideal. La filosofía del _yo_ no

puede conducir á ningun resultado, para fundar la ciencia

trascendental. La doctrina de la identidad absoluta es un absurdo, que

además tampoco explica nada.

Aquí se ofrece el problema de la representacion. Esta puede ser de

identidad, causalidad, ó idealidad. La tercera es distinta de la

segunda, pero se funda en ella.

A mas del problema de la representacion, se examina el de la

inteligibilidad inmediata: problema difícil, pero importantísimo para

completar el conocimiento del mundo de las inteligencias.

Las disputas sobre el valor de los diferentes principios con respecto

á la dignidad de fundamental, nacen de la confusion de las ideas. Se

quieren comparar cosas de órden muy diverso, lo que no es posible. El

principio de Descartes es la enunciacion de un simple hecho de

conciencia; el de contradiccion, es una verdad objetiva, condicion

indispensable de todo conocimiento; el llamado de los cartesianos es

la expresion de una ley que preside á nuestro espíritu. Cada cual en

su clase, y á su manera, los tres no son necesarios: ninguno de ellos

es del todo independiente; la ruina de uno, sea el que fuere,

trastorna nuestra inteligencia.

Hay en nosotros varios criterios; pueden reducirse á tres: la

conciencia ó sentido íntimo, la evidencia, y el instinto intelectual,

ó sentido comun. La conciencia abraza todos los hechos presentes á

nuestra alma con presencia inmediata, como puramente subjetivos. La

evidencia se extiende á todas las verdades objetivas en que se

ejercita nuestra razon. El instinto intelectual es la natural

inclinacion al asenso en los casos que están fuera del dominio de la

conciencia y de la evidencia.

El instinto intelectual, nos obliga á dar á las ideas un valor

objetivo; en este caso, se mezcla con las verdades de evidencia, y en

el lenguaje ordinario se confunde con ella.

Cuando el instinto intelectual versa sobre objetos no evidentes, y nos

inclina al asenso, se llama _sentido comun._

La conciencia y el instinto intelectual, forman los demás criterios.

El criterio de la evidencia encierra dos cosas: la apariencia de las

ideas; esto pertenece á la conciencia: el valor objetivo, existente ó

posible; esto pertenece al instinto intelectual.

El testimonio de los sentidos, encierra tambien dos partes: la

sensacion, como puramente subjetiva; esto es de la conciencia: la

creencia en la objetividad de la sensacion; esto es del instinto

intelectual.

El testimonio de la autoridad humana se compone del de los sentidos,

que nos pone en relacion con nuestros semejantes, y del instinto

intelectual, que nos induce á creerle.

No todo se puede probar; pero todo criterio sufre el exámen de la

razon. El de la conciencia es un hecho primitivo de nuestra

naturaleza; en el de la evidencia se descubre la condicion

indispensable para la existencia de la razon misma; en el del instinto

intelectual, para objetivar las ideas, se halla una ley de la

naturaleza, indispensable tambien para la existencia de la razon; en

el del sentido comun, propiamente dicho, hay el asenso instintivo á

verdades, que luego examinadas, se nos presentan altamente razonables;

en el de los sentidos y de la autoridad humana, se encuentra lo que en

los demás casos del sentido comun, y es un medio para satisfacer las

necesidades de la vida sensitiva, intelectual y moral.

Los criterios no se dañan, se favorecen, y se fortifican

recíprocamente. Ni la razon lucha con la naturaleza, ni la naturaleza

con la razon; ambas nos son necesarias; ambas nos dirigen con acierto;

aunque las dos están sujetas á extravío, como que pertenecen á un ser

limitado y muy débil.

[338.] Una filosofía que no considera al hombre sino bajo un aspecto,

es una filosofía incompleta, que está en peligro de degenerar en

falsa. En lo tocante á la certeza, conviene no perder de vista la

observacion que precede: hacerse demasiado exclusivo, es colocarse al

borde del error. Analícense enhorabuena las fuentes de verdad; pero al

mirarlas por separado, no se pierda de vista el conjunto. Concebir de

antemano un sistema, y querer sujetarlo todo á sus exigencias, es

poner la verdad en el lecho de Procusto. La unidad es un gran bien;

pero es menester contentarse con la medida que nos impone la

naturaleza. La verdad, es preciso buscarla por los medios humanos, y

en proporcion de nuestro alcance. Las facultades de nuestro espíritu

están sometidas á ciertas leyes de que no podemos prescindir.

Una de las leyes mas constantes de nuestro ser, es la necesidad de un

ejercicio simultáneo de facultades, no solo para cerciorarse de la

verdad sino tambien para encontrarla. El hombre reune con la

simplicidad la mayor multiplicidad; uno su espíritu, está dotado de

varias facultades, está unido á un cuerpo de tal variedad y

complicacion, que con mucha razon ha sido llamado un pequeño mundo.

Las facultades están en relacion íntima y recíproca; influyen de

contínuo las unas sobre las otras. Aislarlas es mutilarlas, y á veces

extinguirlas. Esta consideracion es importante, porque indica el vicio

radical de toda filosofía exclusiva.

El hombre sin sensaciones carece de materiales para el entendimiento,

y además se halla privado del estímulo sin el cual su inteligencia

permanece adormecida. Cuando Dios ha unido nuestra alma con un cuerpo,

ha sido para que sirviese el uno al otro; por lo cual ha establecido

esa admirable correspondencia entre las impresiones del cuerpo, y las

afecciones del alma. Esta necesita pues el cuerpo como un medio, como

un instrumento, ya se suponga una verdadera accion de él sobre ella,

ya una simple ocasion para la causalidad de un órden superior.

Aun cuando sin sensacion, el hombre pensase, no pensaría mas que como

un espíritu puro; no estaria en relacion con el mundo exterior, no

seria hombre en el sentido que damos á esta palabra. En tal caso el

cuerpo sobra; y no hay razon porque estén unidos.

Si admitimos las sensaciones y prescindimos de la razon, el hombre se

nos convierte en un bruto. Siente, mas no piensa; nada de combinacion

en las impresiones que experimenta, porque es incapaz de reflexionar:

todo se sucede en él como una serie de fenómenos necesarios, aislados,

que nada indican, á nada conducen, nada son, sino afecciones de un ser

particular, que ni los comprende, ni se da á sí mismo cuenta de ellos.

Hasta es difícil decir de qué clase son sus relaciones con el mundo

externo. Discurriendo por apariencias y por analogía, se hace probable

que los brutos objetivan tambien sus sensaciones; pero es regular que

su objetividad se distingue de la nuestra en muchos casos. Tomemos por

ejemplo el sueño. Si los brutos sueñan, como parece probable, y lo

indican algunas apariencias, no fuera extraño que no distinguiesen

entre el sueño y la vigilia del modo que lo hacemos nosotros. Esto

supone alguna reflexion sobre los actos, alguna comparacion entre el

órden y constancia de los unos con el desórden é inconstancia de los

otros: reflexion que hace el hombre desde su infancia, y que continua

haciendo toda su vida sin advertirlo. Cuando despertamos de un sueño

muy vivo, estamos á veces por algunos momentos dudando de si hay sueño

ó realidad; esta sola duda ya supone la reflexion comparativa de los

dos estados. ¿Y qué hacemos para resolver la duda? Atendemos al lugar

donde nos hallamos; y el hecho de estar en la cama, en la oscuridad y

silencio de la noche, nos indica que la vision anterior no tiene

ningun enlace con nuestra situacion, y que por tanto es un sueño. Sin

esta reflexion, se habrian encadenado las sensaciones del sueño con

las de la vigilia, confundidas todas en una misma clase.

El instinto concedido á los brutos y negado al hombre, es un indicio

de que para apreciar las sensaciones se nos ha dado la razon.

No hay pues en el hombre criterios de verdad enteramente aislados.

Todos están en relacion; se afirman y completan recíprocamente; siendo

de notar que las verdades de que están ciertos todos los hombres,

están apoyadas de algun modo por todos los criterios.

Las sensaciones nos llevan instintivamente á creer en la existencia de

un mundo exterior; y si dicha creencia se sujeta al exámen de la

razon, esta confirma la misma verdad, fundándose en las ideas

generales de causas y de efectos. El entendimiento puro conoce ciertos

principios, y asiente á ellos como á verdades necesarias; si se

sujetan los principios á la experiencia de los sentidos, salen

confirmados, en cuanto lo consiente la perfeccion de estos, ó de los

instrumentos con que se auxilian. «En un círculo todos los radios son

iguales.» Esta es una verdad necesaria; los sentidos no ven ningun

círculo perfecto; pero ven sí que los radios se acercan tanto mas á la

igualdad, cuanto mas perfecto es el instrumento con que se le

construye. «No hay mudanza, sin causa que la produzca.» Los sentidos

no pueden comprobar la proposicion en toda su universalidad, pues por

su naturaleza se limitan á un número determinado de casos

particulares; pero en todo cuanto se somete á su experiencia,

encuentran el órden de dependencia en la sucesion de los fenómenos.

Los sentidos se auxilian recíprocamente: la sensacion de un sentido,

se compara con las de otros, cuando hay duda sobre la correspondencia

entre ella y un objeto. Nos parece oir el ruido del viento; pero

nuestro oido nos ha engañado otras veces; para asegurarnos de la

verdad miramos si hay movimiento en los árboles ó en otros objetos. La

vista nos muestra un bulto; no hay bastante luz para discernirle de

una sombra: nos acercamos y tocamos.

Las facultades intelectuales y morales, ejercen tambien entre sí esta

influencia saludable. Las ideas rectifican los sentimientos, y los

sentimientos las ideas. El valor de las ideas de un órden se

comprueba con las de otro órden; y lo mismo se verifica en los

sentimientos. La compasion por el castigado inspira el perdon de todo

criminal; la indignacion inspirada por las víctimas del crímen, induce

á la aplicacion del castigo: ambos sentimientos encierran algo bueno:

mas el uno podria engendrar la impunidad, el otro la crueldad; para

temperarlos existen las ideas de justicia. Pero esta justicia á su vez

podria dar fallos demasiado absolutos; la justicia es una, y las

circunstancias de los pueblos son muy diferentes. La justicia no

considera mas que los grados de culpabilidad, y falla en consecuencia.

Este fallo podria no ser conveniente: ahí están otras ideas morales de

un órden distinto, la enmienda del culpable combinada con la

reparacion hecha á la víctima; ahí están además las ideas de

conveniencia pública, que no repugnan á la sana moral, y pueden guiar

en las aplicaciones.

La verdad completa, como el bien perfecto, no existen sin la armonía:

esta es una ley necesaria, y á ella está sujeto el hombre. Como

nosotros no vemos intuitivamente la verdad infinita en que todas las

verdades son una, en que todos los bienes son uno, y como estamos en

relacion con un mundo de seres finitos y por consecuencia múltiplos,

hemos menester diferentes potencias que nos pongan en contacto, por

decirlo así, con esa variedad de verdades y bondades finitas; pero

como estas á su vez nacen de _un_ mismo principio y se dirigen á _un_

mismo fin, están sometidas á la armonía, que es la unidad de la

multiplicidad.

[339.] Con estas doctrinas, creo posible la filosofía sin

escepticismo: el exámen no desaparece, por el contrario se extiende y

se completa. Este método trae consigo otra ventaja, y es que no hace á

la filosofía extravagante, no hace de los filósofos hombres

excepcionales. La filosofía no puede generalizarse hasta el punto de

ser una cosa popular; á este se opone la humana naturaleza; pero

tampoco tiene necesidad de condenarse á un aislamiento misantrópico, á

fuerza de pretensiones extravagantes. En tal caso la filosofía

degenera en filosofismo. Consignacion de los hechos, exámen

concienzudo; lenguage claro; hé aquí cómo concibo la buena filosofía.

Por esto no dejará de ser profunda, á no ser que por profundidad

entendamos tinieblas: los rayos solares alumbran en las mas remotas

profundidades del espacio.

[340.] Ya sé que no piensan de este modo algunos filósofos de nuestra

época: ya sé que al examinar las cuestiones fundamentales de la

filosofía creen necesario conmover los cimientos del mundo; sin

embargo, yo jamás he podido persuadirme que para examinar fuese

necesario destruir, ni que para ser filósofos debiéramos hacernos

insensatos. La sinrazon y extravagancia de esos maestros de la

humanidad, puede hacerse sensible con una alegoría, siquiera la

amenidad de las formas mortifique un tanto su profundidad filosófica.

Bien necesita el lector algun solaz y descanso despues de tratados tan

abstrusos, que todos los esfuerzos del escritor no alcanzan á

esclarecer, cuanto menos hermosear.

Hay una familia noble, rica y numerosa, que posee un magnífico archivo

donde están los títulos de su nobleza, parentesco y posesiones. Entre

los muchos documentos, hay algunos mal legibles ó por el carácter de

su escritura, ó por su mucha antigüedad, ó por el deterioro que

naturalmente han producido los años. Tambien se sospecha que los hay

apócrifos en bastante cantidad; bien que ciertamente ha de haber

muchos auténticos, pues que la nobleza y demás derechos de la familia,

tan universalmente reconocidos, en algo deben de fundarse; y se sabe

que no existe otra coleccion de documentos. Todos están allí.

Un curioso entra en el archivo, echa una ojeada sobre los estantes,

armarios y cajones, y dice: «esto es una confusion; para distinguir lo

auténtico de lo apócrifo, y arreglarlo todo en buen órden, es

necesario pegar fuego al archivo por sus cuatro ángulos, y luego

examinar la ceniza.»

¿Qué os parece de la ocurrencia? Pues este curioso es el filósofo que

para distinguir lo verdadero de lo falso en nuestros conocimientos,

empieza por negar toda verdad, toda certeza, toda razon.

Se nos dirá, no se trata de negar sino de dudar; pero quien duda de

toda verdad, la destruye; quien duda de toda certeza la niega; quien

duda de toda razon, la anonada.

La prudencia, el buen sentido en las cosas pequeñas, se funda en los

mismos principios que la sabiduría en las grandes. Sigamos la

alegoría, y veamos lo que el buen sentido indicaria en dicho caso.

Tomar inventario de todas las existencias, sin olvidar nada por

despreciable que pareciese; hacer las clasificaciones provisionales,

que se creyesen mas propias á facilitar el exámen, reservando para el

fin la clasificacion definitiva; notar cuidadosamente las fechas, los

caractéres, las referencias, y distinguir así la prioridad ó

posterioridad; ver si en aquella balumba se encuentran algunas

escrituras primitivas, que no se refieran á otras anteriores, y que

contengan la fundacion de la casa; establecer reglas claras para

distinguir las primitivas de las secundarias; no empeñarse en referir

todos los documentos á uno solo exigiéndoles una unidad, que quizás no

tienen, pues podria suceder que hubiese varios primitivos, é

independientes entre sí. Aun distinguido lo auténtico de lo apócrifo,

seria bueno guardarse de quemar nada; porque á veces lo apócrifo guia

para la interpretacion de lo auténtico, y puede convenir el estudiar

quiénes fueron los falsarios y por qué motivos falsificaron. Además,

¿quién sabe si se juzga apócrifo un documento, que solo lo parece

porque no se le entiende bien? Guárdese pues todo, con la debida

separacion; que si lo apócrifo no sirve para fundar derechos ni

defenderlos, puede servir para la historia del mismo archivo, lo que

no es de poca importancia para distinguir lo apócrifo de lo auténtico.

El espíritu humano no se examina á sí mismo hasta que llega á mucho

desarrollo: entonces, á la primera ojeada ve en sí un conjunto de

sensaciones, ideas, juicios, afecciones de mil clases, y todo enlazado

de una manera inextricable. Para aumentar la complicacion, no se halla

solo, sino en compañía, en íntima relacion con sus semejantes, en

recíproca comunicacion de sensaciones, de ideas, de sentimientos; y

todos á su vez en contacto, y bajo la influencia de seres

desemejantes, de asombrosa variedad, y cuyo conjunto forma el

universo. ¿Comenzará por echarlo todo abajo? ¿Querrá reducirlo todo á

cenizas, sin exceptuarse á sí propio, y esperando renacer de la pira,

cual otro fénix? Así lo hacen los que para ser filósofos comienzan por

negarlo todo, ó dudar de todo. ¿Escogerá arbitrariamente un hecho, un

principio, diciendo «algo he de tomar por punto de apoyo, tomo este, y

sobre él voy á fundar la ciencia?» ¿Antes de examinar, antes de

analizar, dirá: «todo esto es uno; no hay nada si no hay la unidad

absoluta; en ella me coloco, y rechazo todo lo que no veo desde mi

punto de vista?» Nó: lo que debe hacer es saber primero lo que hay en

su espíritu, y luego examinarlo, clasificarlo, apreciarlo en su justo

valor: no comenzar por insensatos é impotentes esfuerzos contra la

naturaleza, sino por prestar á las inspiraciones de la misma un oido

atento.

No hay filosofía sin filósofo; no hay razon sin ser racional; la

existencia del _yo_ es pues una suposicion necesaria. No hay razon

posible, cuando la contradiccion del ser y no ser no es imposible;

toda razon pues supone verdadero el principio de contradiccion. Cuando

se examina la razon, la razon es quien examina; la razon ha menester

reglas, luz; todo exámen pues supone esta luz, la evidencia, y la

legitimidad de su criterio. El hombre no se hace á sí propio, se

encuentra hecho ya: las condiciones de su ser, no es él quien las

pone: se las halla impuestas. Estas condiciones son las leyes de su

naturaleza: ¿á qué luchar contra ellas? «A mas de las _preocupaciones_

facticias, dice Schelling, las hay _primordiales_ puestas en el

hombre, no por la educacion, sino por _la naturaleza misma_, que para

_todos_ los hombres ocupan el lugar de principios del conocimiento, y

son un _escollo_ para el pensador libre,» Por mi parte no quiero ser

mas que todos los hombres: no quiero estar reñido con la naturaleza:

si no puedo ser filósofo, sin dejar de ser hombre, renuncio á la

filosofía y me quedo con la humanidad.

NOTAS

(SOBRE EL CAPÍTULO I.)

(I.) Conviene distinguir entre la certeza y la verdad: entre las dos

hay relaciones íntimas, pero son cosas muy diferentes. La verdad es la

conformidad del entendimiento con la cosa. La certeza es un firme

asenso á una verdad, real ó aparente.

La certeza no es la verdad, pero necesita al menos la ilusion de la

verdad. Podemos estar ciertos de una cosa falsa; mas no lo estaríamos,

sino la creyésemos verdadera.

No hay verdad hasta que hay juicio, pues sin juicio no hay mas que

percepcion, nó comparacion de la idea con la cosa; y sin comparacion

no puede haber conformidad ni discrepancia. Si concibo una montaña de

mil leguas de elevacion, concibo una cosa que no existe, mas no yerro

mientras me guardo de afirmar la existencia de la montaña. Si la

afirmo, entonces hay oposicion de mi juicio con la realidad, lo que

constituye el error.

El objeto del entendimiento es la verdad; por esto necesitamos al

menos la ilusion de ella para estar ciertos; nuestro entendimiento es

débil; y de aquí es que su certeza está sujeta al error. Lo primero es

una ley del entendimiento, lo segundo un indicio de su flaqueza.

La filosofía, ó mejor, el hombre, no puede contentarse con

apariencias, ha menester la realidad; quien se convenciere de que no

tiene mas que apariencia, ó dudase de si tiene algo mas, perderia la

misma certeza; esta admite la apariencia, con la condicion de que le

sea desconocida.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO II.)

(II.) El mismo Pirron, no dudaba de todo como creen algunos: admitia

las sensaciones en cuanto pasivas, y se resignaba á las consecuencias

de estas impresiones, conviniendo en la necesidad de acomodarse en la

práctica á lo que ellas nos indican. Nadie hasta ahora ha negado las

apariencias; las disputas versan sobre la realidad; sosteniendo los

unos que el hombre debe contentarse con decir: _parece_; y otros que

puede llegar á decir: _es_. Conviene tener presente esta distincion,

que evita confusion de ideas en la historia de la filosofía, y conduce

á esclarecer las cuestiones sobre la certeza. Así de las tres

cuestiones: hay certeza; en qué se funda; cómo se adquiere; la primera

está resuelta en un mismo sentido por todas los escuelas, en cuanto se

refiere á un hecho de nuestra alma; con solo admitir las apariencias

admitian la certeza de ellas.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO III.)

(III.) Para formarse ideas claras sobre el desarrollo del

entendimiento y demás facultades de nuestro espíritu véase lo que digo

en la obra titulada _El Criterio_, particularmente en los capítulos I,

II, III, XII, XIII, XIV, XVIII y XXII.

* * * * *

(SOBRE EL CAPÍTULO IV.)

(IV.) Pongo á continuacion los notables pasajes de Santo Tomás, á que

me he referido en el texto, sobre la unidad y multiplicidad de ideas.

Creo que los leerán con gusto todos los amantes de una metafísica

sólida y profunda.

In omnibus enim substantiis intellectualibus, invenitur virtus

intellectiva per influentiam divini luminis. Quod quidem in primo

principio est unum et simplex, et quanto magis creatura intellectuales

distant à primo principio, tanto magis dividitur illud lumen, et

diversificatur, sicut accidit in lineis à centro egredientibus. Et

inde est quod Deus per suam essentiam omnia intelligit; superiores

autem intellectualium substantiarum, etsi per plures formas

intelligant, tamen intelligunt per pauciores et magis universales, et

virtuosiores ad comprehensionem rerum, propter efficaciam virtutis

intellectivæ, quæ est in eis. In inferioribus autem sunt formæ plures

et minus universales, et minus efficaces ad comprehensionem rerum in

quantum deficiunt à virtute intellectiva superiorum. Si ergo

inferiores substantiæ haberent formas in illa universalitate, in qua

habent superiores; quia non sunt tantæ efficaciæ in intelligendo, non

acciperent per eas perfectam cognitionem de rebus, sed in quadam

communitate, et confusione, quod aliqualiter apparet in hominibus. Nam

qui sunt debilioris intellectus, per universales conceptiones magis

intelligentium, non accipiunt perfectam cognitionem, nisi eis singula

in speciali explicentur (1 p., q. 89, art, 1.).

Intellectus quanto est altior et perspicacior tanto ex uno potest

plura cognoscere. Et quia intellectus divinus est altissimus, per unam

simplicem essentiam suam onmia cognoscit: nec est ibi aliqua

pluralitas formarum idealium, nisi secundum diversos respectus divinæ

essentiæ ad res cognitas; sed in intellectu creato multiplicatur

secundum rem quod est unum secundum rem in mente divina, ut non possit

omnia per unum cognoscere: ita tamen quod quanto intellectus creatus

est altior, tanto pauciores habet formas ad plura cognoscenda

efficaces. Et hoc est quod Dio. dicit, 12. cæ. hier. quod superiores

ordines habent scientiam magis universalem in inferioribus. Et in lib.

de causis dicitur, quod intelligentiæ superiores habent formas magis

universales: hoc tamen observato, quod in infimis angelis sunt formæ

adhuc universales in tantum, quod per unam formam possunt cognoscere

omnia individua unius speciei; ita quod illa species sit propria

uniuscuiusque particularium secundum diversos respectus eius ad

particularia, sicut essentia divina efficitur propria similitudo

singulorum secundum diversos respectus; sed intellectus humanus qui

est ultimus in ordine substantiarum intellectualium habet formas in

tantum particulatas quod non potest per unam speciem nisi unum quid

cognoscere. Et ideo similitudo speciei existens in intellectu humano

non sufficit ad cognoscenda plura singularia; et propter hoc

intellectui adjuncti sunt sensus quibus singularia accipiat (Quodlib.

7. art. 3.).

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 18 / 21 段