[320.] Las sensaciones consideradas como puramente subjetivas, tampoco

bastan para las necesidades de la vida sensitiva. Es preciso que

estemos seguros de la correspondencia de nuestras sensaciones con un

mundo exterior, nó puramente fenomenal, sino real y verdadero. El

comun de los hombres no posee ni la capacidad ni el tiempo que son

menester para ventilar las cuestiones filosóficas sobre la existencia

de los cuerpos, y decidirlas en pro ó en contra de Berkeley y sus

secuaces: lo que necesita es estar enteramente seguro de que los

cuerpos existen, de que las sensaciones tienen en realidad un objeto

externo. Esta seguridad la poseen todos los hombres, asintiendo á la

objetividad de las sensaciones, esto es, á la existencia de los

cuerpos, con asenso irresistible.

[321.] La fe en la autoridad humana nos ofrece otro caso de este

instinto admirable. El individuo y la sociedad necesitan esa fe; sin

ella, la sociedad y la familia serian imposibles; el mismo individuo

estaria condenado al aislamiento, y por tanto á la muerte. Sin la fe

en la palabra del hombre, el linaje humano desapareceria. Esta

creencia tiene distintos grados segun las diferentes circunstancias,

pero existe siempre; el hombre se inclina á creer al hombre por un

instinto natural. Cuando son muchos los hombres que hablan, y no

tienen contra sí otros que hablan en sentido opuesto, la fuerza de la

inclinacion es mayor á proporcion que es mayor el número de los

testigos, hasta llegar á un punto en que es irresistible: ¿quién duda

de que existe Constantinopla? y sin embargo los mas, solo lo sabemos

por la palabra de otros hombres.

¿En qué se funda la fe en la autoridad humana? las razones filosóficas

que se pueden señalar no las conoce el comun de los hombres; mas por

esto su fe no deja de ser igualmente viva que la de los filósofos.

¿Cuál es la causa? es que hay una necesidad, y á su lado el instinto

para satisfacerla; el hombre necesita creer al hombre, y le cree. Y

nótese bien, cuanto mayor es la necesidad tanto mayor es la fe: los

muy ignorantes, los imbéciles, creen todo lo que se les dice; su guia

está en los demás hombres y ellos la siguen á ciegas; el tierno niño

que nada conoce por sí propio, cree con absoluto abandono las mayores

extravagancias; la palabra de cuantos le rodean es para él un

infalible criterio de verdad.

[322.] A mas de los primeros principios intelectuales y morales, de la

objetividad de las ideas y sensaciones, y del valor de la autoridad

humana, necesita el hombre el asenso instantáneo á ciertas verdades

que, si bien con la ayuda del tiempo podria demostrar, no le es

permitido hacerlo, atendido el modo repentino con que se le ofrecen,

exigiendo formacion de juicio y á veces accion. Para todos estos casos

hay una inclinacion natural que nos impele al asenso.

De aquí dimana el que juzguemos instintivamente por imposible ó poco

menos que imposible, obtener un efecto determinado por una combinacion

fortúita: por ejemplo el formar una página de Virgilio arrojando á la

aventura algunos caractéres de imprenta; el dar en un blanco

pequeñísimo sin apuntar hácia él, y otras cosas semejantes. ¿Hay aquí

una razon filosófica? ciertamente; pero no es conocida del vulgo. Esta

razon se evidencia en la teoría de las probabilidades, y es una

aplicacion instintiva del principio de causalidad y de la natural

oposicion de nuestro entendimiento á suponer efecto cuando no hay

causa, órden cuando no hay inteligencia ordenadora.

[323.] En la vida humana son necesarios en infinitos casos los

argumentos de analogía; ¿cómo sabemos que el sol saldrá mañana? por

las leyes de la naturaleza. ¿Cómo sabemos que continuarán rigiendo?

claro es que al fin hemos de parar á la analogía: saldrá mañana porque

ha salido hoy, y salió ayer, y no ha faltado nunca; ¿cómo sabemos que

la primavera traerá consigo las flores, y el otoño los frutos? porque

así sucedió en los años anteriores. Las razones que se pueden alegar

fundando el argumento de analogía en la constancia de las leyes de la

naturaleza y en la relacion de ciertas causas físicas con determinados

efectos, no las conoce el comun de los hombres; pero necesita el

asenso, y le tiene.

[324.] En todos los casos que acabo de enumerar la inclinacion al

asenso se puede llamar y se llama en realidad sentido comun, excepto

quizás el de la evidencia inmediata. La razon de que esta se exceptúe

es que en ella, si bien no cabe demostracion, hay sin embargo vision

clarísima de que el predicado está contenido en la idea del sujeto;

pero en los demás casos no hay ni la demostracion, ni esa vision: el

hombre asiente por un impulso natural; cuando se le objeta algo contra

su creencia no llama la atencion sobre el concepto, como sucede en la

evidencia inmediata; se halla completamente desconcertado, sin saber

qué responder; entonces aplica á la objecion, no el nombre de error ni

de absurdo, sino de despropósito, de cosa contraria al sentido comun.

Veámoslo en algunos ejemplos. Supóngase á la vista un gran monton de

arena en el cual se arroja al acaso un grano muy pequeño, revolviendo

en seguida en todas direcciones; llega un hombre y dice: voy á meter

la mano en el monton y á sacar al instante el grano oculto; ¿qué se le

objeta á este hombre? ¿qué le responden los circunstantes? nada;

desconcertados se mirarán unos á otros diciéndose de palabra ó con la

vista: ¡qué despropósito! no tiene sentido comun. Otro dice: todo lo

que vemos es nada, ni hay mundo externo, ni nosotros tenemos cuerpo.

Otro dice eso que nos cuentan de que existe una ciudad llamada

Lóndres, no es verdad. En todos estos casos nadie sabe qué objetar: se

oye el desatino, se le rechaza por un impulso natural, el espíritu

siente que aquello es un desatino, sin verlo.

[325.] El sentido comun, ¿es criterio seguro de verdad? ¿lo es en

todos los casos? ¿en cuáles? ¿qué caractéres debe poseer para ser

tenido como criterio infalible? esto es lo que vamos á examinar.

El hombre no puede despojarse de su naturaleza; cuando esta habla, la

razon dice que no se la puede despreciar. Una inclinacion natural es á

los ojos de la filosofía una cosa muy respetable, por solo ser

natural; á la razon y al libre albedrío corresponde el no dejarla

extraviar. Lo que es natural en el hombre no es siempre enteramente

fijo como en los brutos. En estos el instinto es ciego, porque debe

serlo donde no hay razon ni libertad. En el hombre las inclinaciones

naturales están subordinadas en su ejercicio, á la libertad y á la

razon: por esto, cuando se las llama instintos, la palabra debe tener

acepcion muy diferente de la que le damos al aplicarla á los brutos.

Esto que sucede en el órden moral, se verifica tambien en el

intelectual: no solo debemos cuidar de nuestro corazon sino tambien de

nuestro entendimiento: ambos están sujetos á la ley de

perfectibilidad; el bien y el mal, la verdad y el error son los

objetos que se nos ofrecen; la naturaleza misma nos dice cuál es el

sendero que debemos tomar, pero no nos fuerza á tomarle: delante

tenemos la vida y la muerte: lo que nos agrada, aquello se nos da.

[326.] Independientemente de la accion del libre albedrío, hay en el

hombre una cualidad muy á propósito para que las inclinaciones

naturales se desvien con frecuencia de su objeto: la debilidad. Así

pues no es de extrañar que estas inclinaciones se extravien tan á

menudo, conduciéndonos al error en lugar de la verdad; esto hace mas

necesario el fijar los caractéres del sentido comun, que pueda servir

de criterio _absolutamente infalible_.

[327.] Señalaré las condiciones que en mi concepto tiene el verdadero

sentido comun, que no engaña nunca.

CONDICION 1.ª

La inclinacion al asenso es de todo punto irresistible, de manera que

el hombre ni aun con la reflexion, puede resistirle ni despojarse de

ella.

CONDICION 2.ª

De la primera dimana la otra, á saber: toda verdad de sentido comun es

absolutamente cierta para todo el linaje humano.

CONDICION 3.ª

Toda verdad de sentido comun puede sufrir el exámen de la razon.

CONDICION 4.ª

Toda verdad de sentido comun tiene por objeto la satisfaccion de

alguna gran necesidad de la vida sensitiva, intelectual ó moral.

[328.] Cuando estos caractéres se reunen, el criterio del sentido

comun es absolutamente infalible, y se puede desafiar á los escépticos

á que señalen un ejemplo en que haya fallado. A proporcion que estas

condiciones se reunen en mas alto grado, el criterio del sentido comun

es mas seguro, debiéndose medir por ellas los grados de su valor.

Expliquémoslo con algunos ejemplos.

No cabe duda en que el comun de los hombres objetiva las sensaciones

hasta el punto de trasladar á lo exterior lo mismo que ellos sienten,

sin distinguir entre lo que hay de subjetivo y de objetivo. Los

colores, el linaje humano los considera en las cosas mismas; para él

lo verde no es la sensacion de lo verde, sino una cierta cosa, una

calidad ó lo que se quiera llamar, inherente al objeto. ¿Es así en

realidad? nó ciertamente: en el objeto externo hay la causa de la

sensacion, hay la disposicion de las partes para producir por medio de

la luz esa impresion que llamamos _verde_. El sentido comun nos

engaña, ya que el análisis filosófico le convence de falaz. ¿Pero

tiene todas las condiciones arriba señaladas? nó. Por lo pronto le

falta el ser capaz de sufrir el exámen de la razon; tan luego como se

reflexiona sobre el particular, se descubre que hay aquí una ilusion

tan inocente como hermosa. Le falta además al asenso la condicion de

irresistible; porque desde el momento en que nos convencemos de que

hay ilusion, el asenso deja de existir. No es universal el asenso pues

no le tienen los filósofos. No es indispensable para satisfacer alguna

necesidad de la vida; y por consiguiente no tiene ninguna de las

condiciones arriba señaladas. Lo que se ha dicho de la vista puede

aplicarse á todas las sensaciones; ¿hasta qué punto será valedero pues

el testimonio del sentido comun en cuanto nos lleva á objetivar la

sensacion? hélo aquí.

Para las necesidades de la vida es necesaria la seguridad de que á las

sensaciones les corresponden objetos externos; á esto asentimos con

impulso irresistible, todos los hombres, sin distincion alguna. La

reflexion no basta para despojarnos de la inclinacion natural; y la

razon, aun la mas cavilosa, si alguna vez puede hacer vacilar los

fundamentos de esta creencia, no alcanza á convencerla de errónea. Los

que dan mayor importancia á esas cavilaciones podrán decir que no

sabemos si existen los cuerpos, pero nó probar que no existan.

En este punto pues, la inclinacion natural reune todos los caractéres

para elevarse al rango de criterio infalible; es irresistible, es

universal, satisface una gran necesidad de la vida y sufre el exámen

de la razon.

Por lo que toca á las calidades, objeto directo de la sensacion, no

necesitamos que existan en los mismos cuerpos; nos basta que en estos

haya algo que nos produzca de cualquiera modo que sea, la impresion

correspondiente. Poco importa que el color verde y el anaranjado sean

ó nó calidades de los objetos, con tal que en ellos sea constante la

calidad que nos produce en los casos respectivos, la sensacion de

anaranjado ó de verde. Para todos los usos de la vida resulta lo mismo

en un caso que en otro; aun cuando el análisis filosófico se

generalizase, no se perturbarian las relaciones del hombre con el

mundo sensible. Hay quizás una especie de desencanto de la naturaleza,

pues que el mundo despojado de las sensaciones no es ni con mucho tan

bello; pero el encanto continúa para la generalidad de los hombres; á

él está sometido tambien el filósofo excepto en los breves instantes

de reflexion; y aun en estos, siente un encanto de otro género, al

considerar que gran parte de esa belleza que se atribuye á los objetos

la lleva el hombre en sí mismo, y que basta el simple ejercicio de las

facultades armónicas de un ser sensible para que el universo entero se

revista de esplendor y de galas (XXVIII).

CAPÍTULO XXXIII.

ERROR DE LA-MENNAIS SOBRE EL CONSENTIMIENTO COMUN.

[329.] La fe instintiva en la autoridad humana de que hablo en el

capítulo anterior, es un hecho atestiguado por la experiencia y que

ningun filósofo ha puesto en duda. Esa fe, dirigida por la razon de la

manera conveniente, constituye uno de los criterios de verdad. Los

errores á que en ciertos casos puede inducir, son inherentes á la

debilidad humana, y están abundantemente compensados por las ventajas

que dicha fe produce al individuo y á la sociedad.

Un célebre escritor ha querido refundir todos los criterios en el de

la autoridad humana, afirmando resueltamente que el «consentimiento

comun, _sensus communis_, es para nosotros el sello de la verdad, y

que no hay otro,» (La-Mennais Ensayo sobre la indiferencia en materia

de religion tom. 2 cap. 13). Este sistema tan erróneo como extraño, y

en que se confunden palabras tan diversas como _sensus_ y _consensus_,

está defendida con aquella elocuente exageracion que caracteriza al

eminente escritor; bien que al lado de la elocuencia se echa de menos

la profundidad filosófica. Los resultados de semejante doctrina se

hallan patentes en la triste suerte que ha cabido á tan brillante como

malogrado ingenio; abrió una sima en que se hundia toda verdad; el

primero que se ha sepultado en ella, ha sido él mismo. Apelar á la

autoridad de los demás en todo y para todo, despojar al individuo de

todo criterio, era anonadarlos todos, incluso el que se pretendia

establecer.

No se concibe cómo un sistema semejante puede tener cabida en tan

elevado entendimiento; cuando se leen las elocuentes páginas en que

está desenvuelto, se siente una pena inexplicable al ver empleados

rasgos tan brillantes en repetir todas las vulgaridades de los

escépticos, para venir á parar á la paradoja mas insigne y al sistema

menos filosófico que se pueda imaginar.

Único criterio llama La-Mennais al consentimiento comun; sin embargo

basta dar una ojeada sobre los demás para convencerse de la

esterilidad del nuevo para producirlos.

[330.] En primer lugar, el testimonio de la conciencia no puede

apoyarse de ningun modo en la autoridad ajena. Formado como está por

una serie de hechos íntimamente presentes á nuestro espíritu, sin que

sea dable ni aun concebir sin ellos el pensamiento individual, claro

es que ha de preexistir á la aplicacion de todo criterio, pues que el

criterio es imposible para quien no piense.

Nada mas débil bajo el aspecto científico, que la refutacion que

pretende hacer Mr. de La-Mennais del principio de Descartes. «Cuando

Descartes para salir de su duda metódica establece esta proposicion,

_yo pienso luego soy_, salva un abismo inmenso, y coloca en el aire la

primera piedra del edificio que pretende levantar; porque en rigor no

podemos decir yo pienso, yo soy; no podemos decir _luego_, ni afirmar

nada por via de consecuencia» (Ibid.). El principio de Descartes era

digno de mas detenido exámen para quien trataba de inventar un

sistema; oponerle que no podemos decir _luego_, es repetir el

manoseado argumento de las escuelas; y el afirmar que no podemos

decir, yo pienso, es contrariar un hecho de la conciencia que no han

negado los mismos escépticos. En el lugar correspondiente llevo

explicado con la debida extension cuál es, ó al menos cuál debe ser,

el sentido del principio de Descartes.

Sí segun La-Mennais, no podemos decir yo pienso, menos podremos decir

que piensan los demás; y como el pensamiento ajeno le necesitamos

absolutamente en el sistema que asienta por único criterio el

consentimiento comun, resulta que su primera piedra la pone

La-Mennais mas en el aire que los que hacen estribar la filosofía en

un hecho de conciencia.

[331.] Un criterio, mayormente si tiene la pretension de ser el único,

ha de reunir dos condiciones: no suponer otro, y tener aplicacion á

todos los casos. Cabalmente el del consentimiento comun es el que

menos las reune; antes que él está el testimonio de la conciencia;

antes que él está tambien el testimonio de los sentidos; pues no

podemos saber que los demás consienten, si de esto no nos cercioran el

oido ó la vista.

[332.] Este criterio no es posible en estos casos, y en muchos otros

es harto difícil, cuando no imposible del todo. ¿Hasta qué punto se

necesita el consentimiento comun? si la palabra _comun_ se refiere á

todo el linaje humano, ¿cómo se recogen los votos de toda la

humanidad? si el consentimiento no debe ser unánime, ¿hasta qué punto

la contradiccion ó el simple no asentimiento de algunos, destruirá la

legitimidad del criterio?

[333.] El orígen del error de La-Mennais está en que tomó el efecto

por la causa, y la causa por el efecto. Vió que hay ciertas verdades

en que convienen todos, y dijo: la garantía del acierto de cada uno,

está en el consentimiento de la totalidad. Analizando bien la materia

hubiera notado que la razon de la seguridad del individuo, no nace del

consentimiento de los demás, sino que ser el contrario la razon de que

convienen todos, es que cada uno de por sí se siente obligado á

convenir. En esa gran votacion del linaje humano, vota cada uno en

cierto sentido, por el impulso mismo de la naturaleza; y como todos

experimentan el mismo impulso, todos votan de la misma manera.

La-Mennais ha dicho: cada uno vota de un mismo modo porque todos votan

así; no advirtiendo que de esta suerte la votacion no podria acabar ni

aun comenzar. Esta comparacion no es una ocurrencia satírica, es un

argumento rigurosamente filosófico á que nada se puede contestar; él

basta para poner de manifiesto lo infundado y contradictorio del

sistema de La-Mennais, así como indica por otra parte el orígen de la

equivocacion, que consiste en tomar el efecto por la causa.

[334.] La-Mennais apela al testimonio de la conciencia para probar que

su criterio es el único: yo creo que este testimonio enseña todo lo

contrario. ¿Quién ha esperado jamás la autoridad de los otros para

cerciorarse de la existencia de los cuerpos? ¿no vemos que los mismos

brutos en fuerza de un instinto natural, objetivan á su modo las

sensaciones? Para prestar asenso á la palabra de los hombres, si no

tuviésemos mas criterio que el consentimiento comun, no podriamos

jamás creer á ninguno, por la sencilla razon de que no es dable

asegurarnos de lo que dicen ó piensan los demás sin comenzar por creer

á alguno. El niño para dar fe á lo que le cuenta su madre, ¿se refiere

por ventura á la autoridad de los otros? ¿no obedece mas bien al

instinto natural que con mano benéfica le ha comunicado el Criador? El

niño no cree porque todos creen; por el contrario, todos los niños

creen porque cada uno cree; la creencia individual no nace de la

general; antes bien la general se forma del conjunto de las creencias

individuales: no es natural porque es universal, sino que es universal

porque es natural.

[335.] El Aquiles de La-Mennais consiste en que en ciertos casos para

asegurarnos de la verdad con respecto á los demás criterios, apelamos

al consentimiento comun, y que la locura misma no es mas que el desvío

de este consentimiento. A un hombre se le dice que sus ojos le engañan

con respecto á un objeto que tiene á la vista; instintivamente se

vuelve hacia los demás y les pregunta si no lo ven de la misma manera.

Si todos convienen en que yerra y está seguro de que no se chancean,

sentirá vacilar por un momento la fe en el testimonio de la vista, se

acercará al objeto, se colocará en otra posicion, ó empleará el medio

que mejor le parezca para cerciorarse de que no se engaña. Si á pesar

de esto ve el objeto de la misma manera, y las mismas personas y

cuantas sobrevienen persisten en asegurar que la cosa no es como él la

ve, si está en su juicio, desconfiará del testimonio de la vista y se

creerá atacado de alguna enfermedad que le desordena la vision. A esto

se reduce el argumento de La-Mennais. ¿Qué resulta de él? nada en

favor del sistema del consentimiento comun: es cierto que los demás

criterios están sujetos á error en circunstancias excepcionales; es

cierto que en tales casos, y en naciendo la duda, se apela al

testimonio de los otros; mas, ¿para qué? Para asegurarse de si el que

teme errar, ha sufrido uno de estos trastornos á que está sujeta la

miseria humana. Se sabe que lo natural es general; y el paciente que

duda, pregunta á los otros para saber si por algun accidente está

fuera del estado ordinario de la naturaleza, ¿Quién no ve la sinrazon

de elevar un medio excepcional al rango de criterio general y único?

¿Quién no ve la extravagancia de afirmar que estamos seguros del

testimonio de los sentidos, por la autoridad de los demás hombres,

solo porque en casos extremos, y al temer algun trastorno de nuestros

órganos, preguntamos á los demás si les parece lo mismo que á

nosotros?

[336.] No es posible llevar mas allá la exageracion de lo que hace

La-Mennais cuando afirma «que las ciencias exactas se fundan tambien

en el consentimiento comun, que en esta parte no disfrutan ningun

privilegio, y que el mismo nombre de _exactas_ no es mas que uno de

esos _vanos títulos_ con que el hombre engalana su flaqueza; que la

geometría misma no subsiste sino en virtud de un convenio tácito de

admirar ciertas verdades necesarias, convenio que puede expresarse en

los términos siguientes: _nosotros nos obligamos á tener tales

principios por ciertos; y á cualquiera que se niegue á creerlos sin

demostracion, le declaramos culpable de rebeldía contra el sentido

comun, que no es mas que la autoridad del gran número._» Esta

exageracion es intolerable: los argumentos que en las notas aduce

La-Mennais para probar la incertidumbre intrínseca de las matemáticas,

son sumamente débiles; y alguno de ellos pudiera hacernos sospechar

que el autor del _Ensayo sobre la indiferencia_ no era tan profundo

matemático como escritor elocuente.

No desconozco lo que se ha dicho contra la certeza de las ciencias

exactas, ni las dificultades que se ofrecen cuando se las llama al

tribunal de la metafísica: en el tomo 1.° del _Protestantismo

comparado con el Catolicismo_, tengo dedicado un capítulo á lo que

llamo instinto de fe, y en él me hago cargo de que este instinto

ejerce tambien su influencia en las ciencias exactas. No levantemos á

estas sobre las morales; tengamos en mas á las morales que á las

exactas; pero guardémonos de una exageracion que las destruye todas.

CAPÍTULO XXXIV.

RESÚMEN Y CONCLUSION.

[337.] Quiero terminar este libro, presentando en resúmen mis

opiniones sobre la certeza. En este resúmen se manifestará tambien el

enlace de las doctrinas expuestas en los capítulos anteriores.

Cuando la filosofía se encuentra con un hecho necesario, tiene el

deber de consignarle. Tal es la certeza: disputar sobre su existencia,

es disputar sobre el resplandor de la luz del sol en medio del dia. El

humano linaje está cierto de muchas cosas; lo están igualmente los

filósofos, inclusos los escépticos; el escepticismo absoluto es

imposible.

Descartadas las cuestiones sobre la existencia de la certeza, la

filosofía está libre de extravagancias, y situada en los dominios de

la razon; entonces se puede examinar cómo adquirimos la certeza, y en

qué se funda.

El linaje humano posee la certeza, como una calidad aneja á la vida;

como un resultado espontáneo del desarrollo de las facultades del

espíritu. La certeza es natural; precede por consiguiente á toda

filosofía, y es independiente de las opiniones de los hombres. Por lo

mismo, las cuestiones sobre la certeza, aunque importantes para el

conocimiento de las leyes á que está sujeto nuestro espíritu, son y

serán siempre estériles en resultados prácticos. Esta es una línea

divisoria, que la razon aconseja fijar, para que de las regiones

abstractas, no descienda jamás nada que pueda perjudicar á la sociedad

ni al individuo. Así, desde el principio de las investigaciones, la

filosofía y el buen sentido forman una especie de alianza, y se

comprometen á no hostilizarse jamás.

Al examinar los fundamentos de la certeza, surge la cuestion sobre el

primer principio de los conocimientos humanos: ¿existe? ¿cuál es?

Esta cuestion ofrece dos sentidos: ó se busca una primera verdad, que

contenga todas las demás como la semilla las plantas y los frutos, ó

se busca simplemente un punto de apoyo; lo primero da lugar á las

cuestiones sobre la ciencia trascendental; lo segundo, produce las

disputas de las escuelas sobre la preferencia de diferentes verdades

con respecto á la dignidad de primer principio.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 17 / 21 段