bastan para las necesidades de la vida sensitiva. Es preciso que
estemos seguros de la correspondencia de nuestras sensaciones con un
mundo exterior, nó puramente fenomenal, sino real y verdadero. El
comun de los hombres no posee ni la capacidad ni el tiempo que son
menester para ventilar las cuestiones filosóficas sobre la existencia
de los cuerpos, y decidirlas en pro ó en contra de Berkeley y sus
secuaces: lo que necesita es estar enteramente seguro de que los
cuerpos existen, de que las sensaciones tienen en realidad un objeto
externo. Esta seguridad la poseen todos los hombres, asintiendo á la
objetividad de las sensaciones, esto es, á la existencia de los
cuerpos, con asenso irresistible.
[321.] La fe en la autoridad humana nos ofrece otro caso de este
instinto admirable. El individuo y la sociedad necesitan esa fe; sin
ella, la sociedad y la familia serian imposibles; el mismo individuo
estaria condenado al aislamiento, y por tanto á la muerte. Sin la fe
en la palabra del hombre, el linaje humano desapareceria. Esta
creencia tiene distintos grados segun las diferentes circunstancias,
pero existe siempre; el hombre se inclina á creer al hombre por un
instinto natural. Cuando son muchos los hombres que hablan, y no
tienen contra sí otros que hablan en sentido opuesto, la fuerza de la
inclinacion es mayor á proporcion que es mayor el número de los
testigos, hasta llegar á un punto en que es irresistible: ¿quién duda
de que existe Constantinopla? y sin embargo los mas, solo lo sabemos
por la palabra de otros hombres.
¿En qué se funda la fe en la autoridad humana? las razones filosóficas
que se pueden señalar no las conoce el comun de los hombres; mas por
esto su fe no deja de ser igualmente viva que la de los filósofos.
¿Cuál es la causa? es que hay una necesidad, y á su lado el instinto
para satisfacerla; el hombre necesita creer al hombre, y le cree. Y
nótese bien, cuanto mayor es la necesidad tanto mayor es la fe: los
muy ignorantes, los imbéciles, creen todo lo que se les dice; su guia
está en los demás hombres y ellos la siguen á ciegas; el tierno niño
que nada conoce por sí propio, cree con absoluto abandono las mayores
extravagancias; la palabra de cuantos le rodean es para él un
infalible criterio de verdad.
[322.] A mas de los primeros principios intelectuales y morales, de la
objetividad de las ideas y sensaciones, y del valor de la autoridad
humana, necesita el hombre el asenso instantáneo á ciertas verdades
que, si bien con la ayuda del tiempo podria demostrar, no le es
permitido hacerlo, atendido el modo repentino con que se le ofrecen,
exigiendo formacion de juicio y á veces accion. Para todos estos casos
hay una inclinacion natural que nos impele al asenso.
De aquí dimana el que juzguemos instintivamente por imposible ó poco
menos que imposible, obtener un efecto determinado por una combinacion
fortúita: por ejemplo el formar una página de Virgilio arrojando á la
aventura algunos caractéres de imprenta; el dar en un blanco
pequeñísimo sin apuntar hácia él, y otras cosas semejantes. ¿Hay aquí
una razon filosófica? ciertamente; pero no es conocida del vulgo. Esta
razon se evidencia en la teoría de las probabilidades, y es una
aplicacion instintiva del principio de causalidad y de la natural
oposicion de nuestro entendimiento á suponer efecto cuando no hay
causa, órden cuando no hay inteligencia ordenadora.
[323.] En la vida humana son necesarios en infinitos casos los
argumentos de analogía; ¿cómo sabemos que el sol saldrá mañana? por
las leyes de la naturaleza. ¿Cómo sabemos que continuarán rigiendo?
claro es que al fin hemos de parar á la analogía: saldrá mañana porque
ha salido hoy, y salió ayer, y no ha faltado nunca; ¿cómo sabemos que
la primavera traerá consigo las flores, y el otoño los frutos? porque
así sucedió en los años anteriores. Las razones que se pueden alegar
fundando el argumento de analogía en la constancia de las leyes de la
naturaleza y en la relacion de ciertas causas físicas con determinados
efectos, no las conoce el comun de los hombres; pero necesita el
asenso, y le tiene.
[324.] En todos los casos que acabo de enumerar la inclinacion al
asenso se puede llamar y se llama en realidad sentido comun, excepto
quizás el de la evidencia inmediata. La razon de que esta se exceptúe
es que en ella, si bien no cabe demostracion, hay sin embargo vision
clarísima de que el predicado está contenido en la idea del sujeto;
pero en los demás casos no hay ni la demostracion, ni esa vision: el
hombre asiente por un impulso natural; cuando se le objeta algo contra
su creencia no llama la atencion sobre el concepto, como sucede en la
evidencia inmediata; se halla completamente desconcertado, sin saber
qué responder; entonces aplica á la objecion, no el nombre de error ni
de absurdo, sino de despropósito, de cosa contraria al sentido comun.
Veámoslo en algunos ejemplos. Supóngase á la vista un gran monton de
arena en el cual se arroja al acaso un grano muy pequeño, revolviendo
en seguida en todas direcciones; llega un hombre y dice: voy á meter
la mano en el monton y á sacar al instante el grano oculto; ¿qué se le
objeta á este hombre? ¿qué le responden los circunstantes? nada;
desconcertados se mirarán unos á otros diciéndose de palabra ó con la
vista: ¡qué despropósito! no tiene sentido comun. Otro dice: todo lo
que vemos es nada, ni hay mundo externo, ni nosotros tenemos cuerpo.
Otro dice eso que nos cuentan de que existe una ciudad llamada
Lóndres, no es verdad. En todos estos casos nadie sabe qué objetar: se
oye el desatino, se le rechaza por un impulso natural, el espíritu
siente que aquello es un desatino, sin verlo.
[325.] El sentido comun, ¿es criterio seguro de verdad? ¿lo es en
todos los casos? ¿en cuáles? ¿qué caractéres debe poseer para ser
tenido como criterio infalible? esto es lo que vamos á examinar.
El hombre no puede despojarse de su naturaleza; cuando esta habla, la
razon dice que no se la puede despreciar. Una inclinacion natural es á
los ojos de la filosofía una cosa muy respetable, por solo ser
natural; á la razon y al libre albedrío corresponde el no dejarla
extraviar. Lo que es natural en el hombre no es siempre enteramente
fijo como en los brutos. En estos el instinto es ciego, porque debe
serlo donde no hay razon ni libertad. En el hombre las inclinaciones
naturales están subordinadas en su ejercicio, á la libertad y á la
razon: por esto, cuando se las llama instintos, la palabra debe tener
acepcion muy diferente de la que le damos al aplicarla á los brutos.
Esto que sucede en el órden moral, se verifica tambien en el
intelectual: no solo debemos cuidar de nuestro corazon sino tambien de
nuestro entendimiento: ambos están sujetos á la ley de
perfectibilidad; el bien y el mal, la verdad y el error son los
objetos que se nos ofrecen; la naturaleza misma nos dice cuál es el
sendero que debemos tomar, pero no nos fuerza á tomarle: delante
tenemos la vida y la muerte: lo que nos agrada, aquello se nos da.
[326.] Independientemente de la accion del libre albedrío, hay en el
hombre una cualidad muy á propósito para que las inclinaciones
naturales se desvien con frecuencia de su objeto: la debilidad. Así
pues no es de extrañar que estas inclinaciones se extravien tan á
menudo, conduciéndonos al error en lugar de la verdad; esto hace mas
necesario el fijar los caractéres del sentido comun, que pueda servir
de criterio _absolutamente infalible_.
[327.] Señalaré las condiciones que en mi concepto tiene el verdadero
sentido comun, que no engaña nunca.
CONDICION 1.ª
La inclinacion al asenso es de todo punto irresistible, de manera que
el hombre ni aun con la reflexion, puede resistirle ni despojarse de
ella.
CONDICION 2.ª
De la primera dimana la otra, á saber: toda verdad de sentido comun es
absolutamente cierta para todo el linaje humano.
CONDICION 3.ª
Toda verdad de sentido comun puede sufrir el exámen de la razon.
CONDICION 4.ª
Toda verdad de sentido comun tiene por objeto la satisfaccion de
alguna gran necesidad de la vida sensitiva, intelectual ó moral.
[328.] Cuando estos caractéres se reunen, el criterio del sentido
comun es absolutamente infalible, y se puede desafiar á los escépticos
á que señalen un ejemplo en que haya fallado. A proporcion que estas
condiciones se reunen en mas alto grado, el criterio del sentido comun
es mas seguro, debiéndose medir por ellas los grados de su valor.
Expliquémoslo con algunos ejemplos.
No cabe duda en que el comun de los hombres objetiva las sensaciones
hasta el punto de trasladar á lo exterior lo mismo que ellos sienten,
sin distinguir entre lo que hay de subjetivo y de objetivo. Los
colores, el linaje humano los considera en las cosas mismas; para él
lo verde no es la sensacion de lo verde, sino una cierta cosa, una
calidad ó lo que se quiera llamar, inherente al objeto. ¿Es así en
realidad? nó ciertamente: en el objeto externo hay la causa de la
sensacion, hay la disposicion de las partes para producir por medio de
la luz esa impresion que llamamos _verde_. El sentido comun nos
engaña, ya que el análisis filosófico le convence de falaz. ¿Pero
tiene todas las condiciones arriba señaladas? nó. Por lo pronto le
falta el ser capaz de sufrir el exámen de la razon; tan luego como se
reflexiona sobre el particular, se descubre que hay aquí una ilusion
tan inocente como hermosa. Le falta además al asenso la condicion de
irresistible; porque desde el momento en que nos convencemos de que
hay ilusion, el asenso deja de existir. No es universal el asenso pues
no le tienen los filósofos. No es indispensable para satisfacer alguna
necesidad de la vida; y por consiguiente no tiene ninguna de las
condiciones arriba señaladas. Lo que se ha dicho de la vista puede
aplicarse á todas las sensaciones; ¿hasta qué punto será valedero pues
el testimonio del sentido comun en cuanto nos lleva á objetivar la
sensacion? hélo aquí.
Para las necesidades de la vida es necesaria la seguridad de que á las
sensaciones les corresponden objetos externos; á esto asentimos con
impulso irresistible, todos los hombres, sin distincion alguna. La
reflexion no basta para despojarnos de la inclinacion natural; y la
razon, aun la mas cavilosa, si alguna vez puede hacer vacilar los
fundamentos de esta creencia, no alcanza á convencerla de errónea. Los
que dan mayor importancia á esas cavilaciones podrán decir que no
sabemos si existen los cuerpos, pero nó probar que no existan.
En este punto pues, la inclinacion natural reune todos los caractéres
para elevarse al rango de criterio infalible; es irresistible, es
universal, satisface una gran necesidad de la vida y sufre el exámen
de la razon.
Por lo que toca á las calidades, objeto directo de la sensacion, no
necesitamos que existan en los mismos cuerpos; nos basta que en estos
haya algo que nos produzca de cualquiera modo que sea, la impresion
correspondiente. Poco importa que el color verde y el anaranjado sean
ó nó calidades de los objetos, con tal que en ellos sea constante la
calidad que nos produce en los casos respectivos, la sensacion de
anaranjado ó de verde. Para todos los usos de la vida resulta lo mismo
en un caso que en otro; aun cuando el análisis filosófico se
generalizase, no se perturbarian las relaciones del hombre con el
mundo sensible. Hay quizás una especie de desencanto de la naturaleza,
pues que el mundo despojado de las sensaciones no es ni con mucho tan
bello; pero el encanto continúa para la generalidad de los hombres; á
él está sometido tambien el filósofo excepto en los breves instantes
de reflexion; y aun en estos, siente un encanto de otro género, al
considerar que gran parte de esa belleza que se atribuye á los objetos
la lleva el hombre en sí mismo, y que basta el simple ejercicio de las
facultades armónicas de un ser sensible para que el universo entero se
revista de esplendor y de galas (XXVIII).
CAPÍTULO XXXIII.
ERROR DE LA-MENNAIS SOBRE EL CONSENTIMIENTO COMUN.
[329.] La fe instintiva en la autoridad humana de que hablo en el
capítulo anterior, es un hecho atestiguado por la experiencia y que
ningun filósofo ha puesto en duda. Esa fe, dirigida por la razon de la
manera conveniente, constituye uno de los criterios de verdad. Los
errores á que en ciertos casos puede inducir, son inherentes á la
debilidad humana, y están abundantemente compensados por las ventajas
que dicha fe produce al individuo y á la sociedad.
Un célebre escritor ha querido refundir todos los criterios en el de
la autoridad humana, afirmando resueltamente que el «consentimiento
comun, _sensus communis_, es para nosotros el sello de la verdad, y
que no hay otro,» (La-Mennais Ensayo sobre la indiferencia en materia
de religion tom. 2 cap. 13). Este sistema tan erróneo como extraño, y
en que se confunden palabras tan diversas como _sensus_ y _consensus_,
está defendida con aquella elocuente exageracion que caracteriza al
eminente escritor; bien que al lado de la elocuencia se echa de menos
la profundidad filosófica. Los resultados de semejante doctrina se
hallan patentes en la triste suerte que ha cabido á tan brillante como
malogrado ingenio; abrió una sima en que se hundia toda verdad; el
primero que se ha sepultado en ella, ha sido él mismo. Apelar á la
autoridad de los demás en todo y para todo, despojar al individuo de
todo criterio, era anonadarlos todos, incluso el que se pretendia
establecer.
No se concibe cómo un sistema semejante puede tener cabida en tan
elevado entendimiento; cuando se leen las elocuentes páginas en que
está desenvuelto, se siente una pena inexplicable al ver empleados
rasgos tan brillantes en repetir todas las vulgaridades de los
escépticos, para venir á parar á la paradoja mas insigne y al sistema
menos filosófico que se pueda imaginar.
Único criterio llama La-Mennais al consentimiento comun; sin embargo
basta dar una ojeada sobre los demás para convencerse de la
esterilidad del nuevo para producirlos.
[330.] En primer lugar, el testimonio de la conciencia no puede
apoyarse de ningun modo en la autoridad ajena. Formado como está por
una serie de hechos íntimamente presentes á nuestro espíritu, sin que
sea dable ni aun concebir sin ellos el pensamiento individual, claro
es que ha de preexistir á la aplicacion de todo criterio, pues que el
criterio es imposible para quien no piense.
Nada mas débil bajo el aspecto científico, que la refutacion que
pretende hacer Mr. de La-Mennais del principio de Descartes. «Cuando
Descartes para salir de su duda metódica establece esta proposicion,
_yo pienso luego soy_, salva un abismo inmenso, y coloca en el aire la
primera piedra del edificio que pretende levantar; porque en rigor no
podemos decir yo pienso, yo soy; no podemos decir _luego_, ni afirmar
nada por via de consecuencia» (Ibid.). El principio de Descartes era
digno de mas detenido exámen para quien trataba de inventar un
sistema; oponerle que no podemos decir _luego_, es repetir el
manoseado argumento de las escuelas; y el afirmar que no podemos
decir, yo pienso, es contrariar un hecho de la conciencia que no han
negado los mismos escépticos. En el lugar correspondiente llevo
explicado con la debida extension cuál es, ó al menos cuál debe ser,
el sentido del principio de Descartes.
Sí segun La-Mennais, no podemos decir yo pienso, menos podremos decir
que piensan los demás; y como el pensamiento ajeno le necesitamos
absolutamente en el sistema que asienta por único criterio el
consentimiento comun, resulta que su primera piedra la pone
La-Mennais mas en el aire que los que hacen estribar la filosofía en
un hecho de conciencia.
[331.] Un criterio, mayormente si tiene la pretension de ser el único,
ha de reunir dos condiciones: no suponer otro, y tener aplicacion á
todos los casos. Cabalmente el del consentimiento comun es el que
menos las reune; antes que él está el testimonio de la conciencia;
antes que él está tambien el testimonio de los sentidos; pues no
podemos saber que los demás consienten, si de esto no nos cercioran el
oido ó la vista.
[332.] Este criterio no es posible en estos casos, y en muchos otros
es harto difícil, cuando no imposible del todo. ¿Hasta qué punto se
necesita el consentimiento comun? si la palabra _comun_ se refiere á
todo el linaje humano, ¿cómo se recogen los votos de toda la
humanidad? si el consentimiento no debe ser unánime, ¿hasta qué punto
la contradiccion ó el simple no asentimiento de algunos, destruirá la
legitimidad del criterio?
[333.] El orígen del error de La-Mennais está en que tomó el efecto
por la causa, y la causa por el efecto. Vió que hay ciertas verdades
en que convienen todos, y dijo: la garantía del acierto de cada uno,
está en el consentimiento de la totalidad. Analizando bien la materia
hubiera notado que la razon de la seguridad del individuo, no nace del
consentimiento de los demás, sino que ser el contrario la razon de que
convienen todos, es que cada uno de por sí se siente obligado á
convenir. En esa gran votacion del linaje humano, vota cada uno en
cierto sentido, por el impulso mismo de la naturaleza; y como todos
experimentan el mismo impulso, todos votan de la misma manera.
La-Mennais ha dicho: cada uno vota de un mismo modo porque todos votan
así; no advirtiendo que de esta suerte la votacion no podria acabar ni
aun comenzar. Esta comparacion no es una ocurrencia satírica, es un
argumento rigurosamente filosófico á que nada se puede contestar; él
basta para poner de manifiesto lo infundado y contradictorio del
sistema de La-Mennais, así como indica por otra parte el orígen de la
equivocacion, que consiste en tomar el efecto por la causa.
[334.] La-Mennais apela al testimonio de la conciencia para probar que
su criterio es el único: yo creo que este testimonio enseña todo lo
contrario. ¿Quién ha esperado jamás la autoridad de los otros para
cerciorarse de la existencia de los cuerpos? ¿no vemos que los mismos
brutos en fuerza de un instinto natural, objetivan á su modo las
sensaciones? Para prestar asenso á la palabra de los hombres, si no
tuviésemos mas criterio que el consentimiento comun, no podriamos
jamás creer á ninguno, por la sencilla razon de que no es dable
asegurarnos de lo que dicen ó piensan los demás sin comenzar por creer
á alguno. El niño para dar fe á lo que le cuenta su madre, ¿se refiere
por ventura á la autoridad de los otros? ¿no obedece mas bien al
instinto natural que con mano benéfica le ha comunicado el Criador? El
niño no cree porque todos creen; por el contrario, todos los niños
creen porque cada uno cree; la creencia individual no nace de la
general; antes bien la general se forma del conjunto de las creencias
individuales: no es natural porque es universal, sino que es universal
porque es natural.
[335.] El Aquiles de La-Mennais consiste en que en ciertos casos para
asegurarnos de la verdad con respecto á los demás criterios, apelamos
al consentimiento comun, y que la locura misma no es mas que el desvío
de este consentimiento. A un hombre se le dice que sus ojos le engañan
con respecto á un objeto que tiene á la vista; instintivamente se
vuelve hacia los demás y les pregunta si no lo ven de la misma manera.
Si todos convienen en que yerra y está seguro de que no se chancean,
sentirá vacilar por un momento la fe en el testimonio de la vista, se
acercará al objeto, se colocará en otra posicion, ó empleará el medio
que mejor le parezca para cerciorarse de que no se engaña. Si á pesar
de esto ve el objeto de la misma manera, y las mismas personas y
cuantas sobrevienen persisten en asegurar que la cosa no es como él la
ve, si está en su juicio, desconfiará del testimonio de la vista y se
creerá atacado de alguna enfermedad que le desordena la vision. A esto
se reduce el argumento de La-Mennais. ¿Qué resulta de él? nada en
favor del sistema del consentimiento comun: es cierto que los demás
criterios están sujetos á error en circunstancias excepcionales; es
cierto que en tales casos, y en naciendo la duda, se apela al
testimonio de los otros; mas, ¿para qué? Para asegurarse de si el que
teme errar, ha sufrido uno de estos trastornos á que está sujeta la
miseria humana. Se sabe que lo natural es general; y el paciente que
duda, pregunta á los otros para saber si por algun accidente está
fuera del estado ordinario de la naturaleza, ¿Quién no ve la sinrazon
de elevar un medio excepcional al rango de criterio general y único?
¿Quién no ve la extravagancia de afirmar que estamos seguros del
testimonio de los sentidos, por la autoridad de los demás hombres,
solo porque en casos extremos, y al temer algun trastorno de nuestros
órganos, preguntamos á los demás si les parece lo mismo que á
nosotros?
[336.] No es posible llevar mas allá la exageracion de lo que hace
La-Mennais cuando afirma «que las ciencias exactas se fundan tambien
en el consentimiento comun, que en esta parte no disfrutan ningun
privilegio, y que el mismo nombre de _exactas_ no es mas que uno de
esos _vanos títulos_ con que el hombre engalana su flaqueza; que la
geometría misma no subsiste sino en virtud de un convenio tácito de
admirar ciertas verdades necesarias, convenio que puede expresarse en
los términos siguientes: _nosotros nos obligamos á tener tales
principios por ciertos; y á cualquiera que se niegue á creerlos sin
demostracion, le declaramos culpable de rebeldía contra el sentido
comun, que no es mas que la autoridad del gran número._» Esta
exageracion es intolerable: los argumentos que en las notas aduce
La-Mennais para probar la incertidumbre intrínseca de las matemáticas,
son sumamente débiles; y alguno de ellos pudiera hacernos sospechar
que el autor del _Ensayo sobre la indiferencia_ no era tan profundo
matemático como escritor elocuente.
No desconozco lo que se ha dicho contra la certeza de las ciencias
exactas, ni las dificultades que se ofrecen cuando se las llama al
tribunal de la metafísica: en el tomo 1.° del _Protestantismo
comparado con el Catolicismo_, tengo dedicado un capítulo á lo que
llamo instinto de fe, y en él me hago cargo de que este instinto
ejerce tambien su influencia en las ciencias exactas. No levantemos á
estas sobre las morales; tengamos en mas á las morales que á las
exactas; pero guardémonos de una exageracion que las destruye todas.
CAPÍTULO XXXIV.
RESÚMEN Y CONCLUSION.
[337.] Quiero terminar este libro, presentando en resúmen mis
opiniones sobre la certeza. En este resúmen se manifestará tambien el
enlace de las doctrinas expuestas en los capítulos anteriores.
Cuando la filosofía se encuentra con un hecho necesario, tiene el
deber de consignarle. Tal es la certeza: disputar sobre su existencia,
es disputar sobre el resplandor de la luz del sol en medio del dia. El
humano linaje está cierto de muchas cosas; lo están igualmente los
filósofos, inclusos los escépticos; el escepticismo absoluto es
imposible.
Descartadas las cuestiones sobre la existencia de la certeza, la
filosofía está libre de extravagancias, y situada en los dominios de
la razon; entonces se puede examinar cómo adquirimos la certeza, y en
qué se funda.
El linaje humano posee la certeza, como una calidad aneja á la vida;
como un resultado espontáneo del desarrollo de las facultades del
espíritu. La certeza es natural; precede por consiguiente á toda
filosofía, y es independiente de las opiniones de los hombres. Por lo
mismo, las cuestiones sobre la certeza, aunque importantes para el
conocimiento de las leyes á que está sujeto nuestro espíritu, son y
serán siempre estériles en resultados prácticos. Esta es una línea
divisoria, que la razon aconseja fijar, para que de las regiones
abstractas, no descienda jamás nada que pueda perjudicar á la sociedad
ni al individuo. Así, desde el principio de las investigaciones, la
filosofía y el buen sentido forman una especie de alianza, y se
comprometen á no hostilizarse jamás.
Al examinar los fundamentos de la certeza, surge la cuestion sobre el
primer principio de los conocimientos humanos: ¿existe? ¿cuál es?
Esta cuestion ofrece dos sentidos: ó se busca una primera verdad, que
contenga todas las demás como la semilla las plantas y los frutos, ó
se busca simplemente un punto de apoyo; lo primero da lugar á las
cuestiones sobre la ciencia trascendental; lo segundo, produce las
disputas de las escuelas sobre la preferencia de diferentes verdades
con respecto á la dignidad de primer principio.