En todo acto donde hay evidencia se encuentran dos cosas: primera, la

pura intuicion de la idea; segunda, la descomposicion de esta idea en

varios conceptos, acompañada de la percepcion de las relaciones que

estos tienen entre sí. Expliquemos esto con un ejemplo de geometría.

El triángulo tiene tres lados: esta es una proposicion evidente,

porque en la misma idea de triángulo encuentro los tres lados, y al

pensar el triángulo, ya pensaba en algun modo sus tres lados. Si me

hubiese limitado á la contemplacion de la simple idea de triángulo,

hubiera tenido intuicion de la idea, pero no evidencia, que no

principia sino cuando descomponiendo el concepto de triángulo y

considerando en él la idea de figura en general, la de lado, y la del

número tres, encuentro que todas ellas están ya contenidas en el

concepto primitivo: en la clara percepcion de esto, consiste la

evidencia.

Tanta verdad es lo que acabo de decir, que la fuerza misma de las

cosas obliga al lenguaje comun á ser filosófico. No se dice que una

idea es evidente, pero sí un juicio; nadie llama evidente á un

término, pero sí á una proposicion. ¿Por qué? porque el término

expresa simplemente la idea sin relacion alguna, sin descomposicion en

sus conceptos parciales; y por el contrario, la proposicion expresa el

juicio, es decir, la afirmacion ó negacion de que un concepto está

contenido en otro, lo que en la materia de que se trata, supone la

descomposicion del concepto total.

[242.] La evidencia inmediata es la percepcion de la identidad entre

varios conceptos, que la fuerza analítica del entendimiento habia

separado; esta identidad, combinada en cierto modo con la diversidad,

no es una contradiccion como á primera vista pudiera parecer, es una

cosa muy natural si se atiende á uno de los hechos mas constantes de

nuestra inteligencia, cual es, la facultad de descomponer los

conceptos mas simples y de ver relaciones entre cosas idénticas.

¿Qué son todos los axiomas? ¿qué todas las proposiciones que se llaman

_per se notæ_? no son mas que expresiones en que se afirma un

predicado que pertenece á la esencia del sujeto ó está contenido en

su idea. El solo concepto del sujeto incluye ya el predicado; el

término que significa al primero, significa tambien al segundo; sin

embargo el entendimiento, con una misteriosa fuerza de descomposicion,

distingue entre cosas idénticas y luego las compara para volverlas á

identificar. Quien dice triángulo, dice figura compuesta de tres lados

y tres ángulos; pero el entendimiento puede tomar esta idea y

considerar en ella la idea del número tres, la del lado, la del

ángulo, y compararlas con el concepto primitivo. En esta distincion no

hay engaño, hay solo el ejercicio de la facultad que mira la cosa bajo

aspectos diferentes, para venir á parar á la intuicion y afirmacion de

la identidad de las mismas cosas que antes habia distinguido.

[243.] La evidencia es una especie de cuenta y razon del

entendimiento, por la cual halla en el concepto descompuesto lo mismo

que él puso en un principio, ó que le dieron contenido en él. De aquí

nace la necesidad y universalidad del objeto de la evidencia, en

cuanto y del modo que está expresado por la idea. En esto no caben

excepciones: ó un predicado estaba puesto en el concepto primitivo, ó

nó; si estaba puesto, allí está, so pena de faltar al principio de

contradiccion; ó estaba excluido del concepto ó nó; si ya el concepto

mismo le excluia ó le negaba, negado está en fuerza del mismo

principio de contradiccion.

Hé aquí cómo de los dos caractéres de la evidencia arriba señalados,

es mas fundamental el de que la idea del predicado está contenido en

la idea del sujeto. De esto dimanan la necesidad y universalidad: pues

que en verificándose la condicion de estar contenida la idea del

predicado en la del sujeto, ya es imposible que el predicado no

convenga _necesariamente á todos_ los sujetos.

[244.] Hasta ahora no encontramos dificultad, porque se trata de la

evidencia considerada subjetivamente, es decir, en cuanto se refiere á

los conceptos puros; mas el entendimiento no se para en el concepto

sino que se extiende al objeto y dice, no solo que ve la cosa, sino

que la cosa es como él la ve. Así el principio de contradiccion mirado

en el órden puramente subjetivo, significa que el concepto del ser

repugna al del no ser, que le destruye, así como el concepto del no

ser destruye el del ser; significa que al esforzarnos en pensar

juntamente estas dos cosas, queriéndolas hacer coexistir, se entabla

en el fondo de nuestro espíritu una especie de lucha de pensamientos

que se anonadan recíprocamente, lucha que el entendimiento está

condenado á presenciar sin esperanza de poner la paz entre los

contendientes. Si nos limitamos á consignar este fenómeno, nada se nos

puede objetar; los experimentamos así y no hay mas cuestion; pero al

anunciar el principio queremos anunciar algo mas que la

incompatibilidad de los conceptos, trasladamos esta incompatibilidad

á las cosas mismas y aseguramos que á esta ley están sometidos no solo

nuestros conceptos sino todos los seres reales y posibles. Sea cual

fuere el objeto de que se trate, sean cuales fueren las condiciones en

que se le suponga existente ó posible, decimos que mientras es, no

puede no ser, y que mientras no es, no puede ser. Afirmamos pues la

ley de contradiccion no solo para nuestros conceptos, sino para las

cosas mismas: el entendimiento aplica á todo la ley que encuentra

necesaria para si.

¿Con qué derecho? inconcuso, porque es la ley de la necesidad: ¿con

qué razon? con ninguna, porque tocamos al cimiento de la razon: aquí

hay para el humano entendimiento el _non plus ultra:_ la filosofía no

va mas allá. Sin embargo, no se crea que intente abandonar el campo á

los escépticos ó atrincherarme en la necesidad, contento con señalar

un hecho de nuestra naturaleza; la cuestion es susceptible de

diferentes soluciones, que si no alcanzan á llevarnos mas lejos del

_non plus ultra_ de nuestro espíritu, dejan mal parada la causa de los

escépticos.

[245.] Preguntar la razon de la legitimidad del criterio de la

evidencia, pedir el por qué de esta proposicion «lo evidente es

verdadero,» es suscitar la cuestion de la objetividad de las ideas. La

diferencia fundamental entre los dogmáticos y los escépticos no está

en que estos no admitan los hechos de conciencia; no llega á tanto el

mas refinado escepticismo: unos y otros convienen en reconocer la

apariencia ó sea el fenómeno puramente subjetivo; la diferencia está

en que los dogmáticos fundan en la conciencia la ciencia, y los

escépticos sostienen que este es un tránsito ilegítimo, que es

necesario desesperar de la ciencia y limitarse á la mera conciencia.

Segun esta doctrina las ideas son vanas formas de nuestro

entendimiento que no significan nada, ni pueden conducir á nada; no

obstante de que entretienen á nuestra inteligencia ofreciéndole un

campo inmenso para sus combinaciones, el mundo que le presentan es de

pura ilusion que para nada puede servir en la realidad. Al contemplar

estas formas enteramente vacías, el entendimiento es juguete de

visiones fantásticas de cuyo conjunto resulta el espectáculo que ora

nos parece de realidad ora de posibilidad, no obstante de que ó es un

puro nada, ó si es algo, no puede cerciorarnos jamás de la realidad

que posee.

[246.] Difícil es combatir al escepticismo colocado en este terreno:

situado fuera de los dominios de la razon. De todos le será lícito

apelar, ya que comienza recusando al juez á título de incompetencia.

Sin embargo, estos escépticos ya que admiten la conciencia, justo será

que la defiendan contra quien se la intente arrebatar: pues bien, yo

creo que negada la objetividad de las ideas se anonada no solo la

ciencia sino tambien la conciencia; y que se puede acusar de

inconsecuentes á los escépticos, porque al paso que niegan la

objetividad de ciertas ideas admiten la de otras. La conciencia

propiamente dicha, no puede existir si esta objetividad se destruye

absolutamente. Ruego al lector me siga con atencion en un breve pero

severo análisis de los hechos de conciencia en sus relaciones con la

objetividad de las ideas (XXIV).

CAPÍTULO XXV.

VALOR OBJETIVO DE LAS IDEAS.

[247.] La transicion del sujeto al objeto, ó de la apariencia

subjetiva á la realidad objetiva, es el problema que atormenta á la

filosofía fundamental. El sentido íntimo no nos permite dudar de que

ciertas cosas nos _parecen_ de tal manera, pero ¿_son_ en realidad lo

que nos parecen? ¿Cómo nos consta esto? Esa conformidad de la idea con

el objeto, ¿cómo se nos asegura?

La cuestion no se refiere únicamente á las sensaciones, se extiende á

las ideas puramente intelectuales, aun á las que están inundadas de

esa luz interior que llamamos evidencia. «Lo que veo evidentemente en

la idea de una cosa, es como yo lo veo» han dicho los filósofos, y

con ellos está la humanidad entera. Nadie duda de aquello que se le

ofrece como verdadero evidentemente. Pero, ¿cómo se prueba que la

evidencia sea un criterio legítimo de verdad?

[248.] «Dios es veraz, dice Descartes; él no ha podido engañarnos; no

ha podido complacerse en hacernos víctimas de ilusiones perpetuas.»

Todo esto es verdad; pero ¿cómo sabemos, dirá el escéptico, que Dios

es veraz, y aun que existe? Si lo fundamos en la idea misma de un ser

infinitamente perfecto, como lo funda el citado filósofo, nos quedamos

con la misma dificultad sobre la correspondencia del objeto con la

idea. Si la demostracion de la veracidad y de la existencia de Dios la

sacamos de las ideas de los seres contingentes y necesarios, de

efectos y causas, de órden y de inteligencia, tropezamos otra vez con

el mismo obstáculo, y todavía no sabemos cómo hacer el tránsito de la

idea al objeto.

Cavílese cuanto se quiera, nunca saldremos de este círculo, siempre

volveremos al mismo punto. El espíritu no puede pensar fuera de sí

mismo; lo que conoce, lo conoce por medio de sus ideas; si estas le

engañan, carece de medios para rectificarse. Toda rectificacion, toda

prueba, deberia emplear ideas, que á su vez necesitarian de nueva

prueba y rectificacion.

[249.] En muchos libros de filosofía se ponderan las ilusiones de los

sentidos, y la dificultad de asegurarnos de la realidad sensible

resolviendo la siguiente cuestion: «así lo siento, pero ¿es como lo

siento?» En estos mismos libros se habla luego del órden de las ideas

con seguridad igual á la desconfianza que se manifiesta sobre el órden

sensible; este proceder no parece muy lógico: porque los fenómenos

relativos á los sentidos, pueden examinarse á la luz de la razon, para

ver hasta qué punto concuerdan con ella; pero ¿cuál será la piedra de

toque de los fenómenos de la razon misma? Si en lo sensible hay

dificultad, la hay tambien en lo intelectual; y tanto mas grave,

cuanto afecta la base misma de todos los conocimientos, inclusos los

que se refieren á las sensaciones.

Si dudamos de la existencia del mundo exterior que nos presentan los

sentidos, podremos apelar al enlace de las sensaciones con causas que

no están en nosotros, y así sacar por demostracion las relaciones de

las apariencias con la realidad; mas para esto necesitamos las ideas

de causa y efecto, necesitamos la verdad, algunos principios

generales, como por ejemplo que nada se produce á sí mismo, y otros

semejantes, y sin ellos no podemos dar un paso.

[250.] No creo que el hombre pueda señalar una razon satisfactoria en

pro de la veracidad del criterio de la evidencia; no obstante de que

le es imposible dejar de rendirse á ella. El enlace pues de la

evidencia con la realidad, y por tanto el tránsito de la idea al

objeto, es un hecho primitivo de nuestra naturaleza, una ley necesaria

de nuestro entendimiento, es el fundamento de todo lo que hay en él,

fundamento que á su vez no estriba ni estribar puede en otra cosa que

en Dios criador de nuestro espíritu.

[251.] Es de notar sin embargo, la contradiccion en que incurren los

filósofos que dicen: «yo no puedo dudar de lo que es subjetivo, esto

es, de lo que me afecta á mí mismo, de lo que siento en mí, pero no

tengo derecho á salir de mi mismo, y afirmar que lo que pienso es en

realidad como lo pienso.» ¿Sabes que sientes, que piensas, que tienes

en ti tal ó cual apariencia? ¿Lo puedes probar? Es evidente que nó. Lo

que haces es ceder á un hecho, á una necesidad íntima que te fuerza á

creer que piensas, que sientes, que te parece tal ó cual cosa; pues

bien, igual necesidad hay en el enlace del objeto con la idea, igual

necesidad te fuerza á _creer_ que lo que evidentemente te parece que

es de tal ó cual manera, es en efecto de la misma manera; ninguno de

los dos casos admite demostracion, en ambos hay indeclinable

necesidad; ¿dónde está pues la filosofía cuando tanta diferencia se

quiere establecer entre cosas que no admiten ninguna?

Fichte ha dicho: «Es imposible explicar de una manera precisa cómo un

pensador ha podido salir jamás del _yo_» (Doct. de la Ciencia 1. Par.

§ 3.), y con igual derecho se le podria decir á él que no se concibe

cómo ha podido levantar su sistema sobre el _yo_. ¿A qué apela? á un

hecho de conciencia; es decir, á una necesidad. Y el asenso á la

evidencia, la certeza de que á la apariencia corresponde la realidad,

¿no es tambien una necesidad? ¿En qué funda Fichte su sistema del _yo_

y del _no yo_? Basta leer su obra, para ver que no estriba sino en

consideraciones que suponen un valor á ciertas ideas, una verdad á

ciertos juicios. Sin esto es imposible hablar ni pensar; y hasta él

propio lo reconoce cuando al comenzar sus investigaciones sobre el

principio de nuestros conocimientos dice lo que ya tengo copiado mas

arriba (§ 8). Allí confiesa que no puede dar un paso sin confiarse á

todas las leyes de la lógica general, que no están _todavía

demostradas, y que se suponen tácitamente admitidas_. ¿Y qué son esas

leyes, sin verdad objetiva? Qué son sin el valor de las ideas, sin la

correspondencia de estas con los objetos? Es un círculo, dice bien

Fichte; y de él no sale este filósofo, como no han salido los demás.

[252.] El quitar á las ideas su valor objetivo, el reducirlas á meros

fenómenos subjetivos, el no ceder á esa necesidad íntima que nos

obliga á admitir la correspondencia del _yo_ con los objetos, arruina

la conciencia misma del _yo_. Esto es lo que se deberia haber visto, y

lo que creo poder demostrar hasta la última evidencia.

[253.] Tengo conciencia de mí mismo. Prescindo ahora de lo que siento,

de lo que soy; pero sé que siento, y que soy. Esta experiencia es para

mí tan clara, tan viva, que no puedo resistir á la verdad de lo que

ella me dice. Pero ese _yo_ no es solo el _yo_ de este instante, es

tambien el _yo_ de ayer, y de todo el tiempo anterior de que tengo

conciencia. Yo soy el mismo que era ayer; yo soy el mismo en quien se

verifica esa sucesion de fenómenos; el mismo á quien se presentan esa

variedad de apariencias. La conciencia del _yo_, encierra pues la

identidad de un ser, en distintos tiempos, en situaciones varias, con

diferentes ideas, con diversas afecciones: la identidad de un ser que

_dura_, que es el mismo, á pesar de las mudanzas que en él se suceden.

Si esa duracion de identidad se rompe; si no estoy seguro que soy el

mismo _yo_ ahora que era antes, se destruye la conciencia del _yo_.

Existirá una serie de hechos inconexos, de conciencias aisladas; mas

nó esa conciencia íntima que ahora experimento. Esto es indudable;

esto lo siente todo hombre en sí mismo; esto para nadie admite

discusion ni prueba, para nadie las necesita. En el momento en que esa

conciencia de identidad nos faltase, nos anonadaríamos á nuestros

ojos; fuéramos lo que fuésemos en la realidad, para nosotros no

seríamos nada. ¿Qué es la conciencia de un ser, formada de una serie

de conciencias, sin trabazon, sin relacion entre sí? Es un ser que se

revela sucesivamente á sí propio; pero nó como él mismo, sino como un

ser nuevo; un ser que nace y muere, y muere y nace á sus ojos, sin que

él propio sepa que el que nace es el que murió, ni el que muere el que

nació: una luz que se enciende y se extingue, y vuelve á encenderse y

á extinguirse otra vez, sin que se sepa que es la misma.

[254.] Esta conciencia la arruinan completamente los que niegan el

enlace de la idea con el objeto. Demostracion. En el instante A, yo no

tengo otra presencia subjetiva de mis actos, que el acto mismo que en

aquel instante estoy ejerciendo: luego no puedo cerciorarme de haber

tenido los anteriores, sino en cuanto están representados en la idea

actual; luego hay un enlace entre esta y su objeto. Luego ateniéndonos

simplemente á los fenómenos de la conciencia, á la simple conciencia

del _yo_, encontramos que por indeclinable necesidad atribuimos á las

ideas un valor objetivo, á los juicios una verdad objetiva.

[255.] Sin esta verdad objetiva, es imposible todo recuerdo cierto,

hasta de los fenómenos interiores, y por consiguiente, todo

raciocinio, todo juicio, todo pensamiento.

El recuerdo es de actos pasados: cuando los recordamos ya no son; pues

si fueran, no habria recuerdo con respecto á ellos, sino conciencia de

presente. Aun cuando en el acto de recordarlos tengamos otros actos

semejantes, estos no son los mismos; pues en la idea de recuerdo entra

siempre la de tiempo pasado. Luego, de ellos no puede haber mas

certeza que por el enlace que tienen con el acto presente, por su

correspondencia con la idea que nos los ofrece.

[256.] He dicho que en faltando la certeza de la verdad objetiva en

los fenómenos interiores, era imposible todo raciocinio. En efecto,

todo raciocinio supone una _sucesion_ de actos: cuando el uno existe

en el espíritu, ya no existe el otro: luego hay necesidad de pequeños

recuerdos continuos, para que la cadena no se quebrante: es así que

sin esta cadena no hay raciocinio, y sin recuerdo no hay esa cadena, y

sin verdad objetiva no hay recuerdo cierto; luego sin verdad objetiva

no hay raciocinio.

[257.] Tambien parecen imposibles todos los juicios. Estos son de dos

clases: los que no necesitan demostracion, ó los que la necesitan. Los

que han menester demostracion serán imposibles, porque no hay

demostracion sin raciocinio, y este en tal caso seria imposible

tambien. En cuanto á los que no la han menester porque brillan con

evidencia inmediata, serian imposibles todos los que no se refiriesen

al acto presente del alma, en el instante mismo en que se emitiera el

juicio. Luego no habria mas juicio que el del acto presente: es decir,

la conciencia del momento sin relacion con nada de lo anterior. Pero

lo curioso es que aun con respecto á los actos de conciencia, este

juicio seria poco menos que imposible: porque cuando formamos el

juicio sobre el acto de conciencia, no es con este, sino con un acto

reflejo: esta reflexion implica sucesion: y lo sucesivo no es conocido

con certeza si no hay verdad objetiva.

Es muy dudoso que ni aun fueran posibles los juicios de evidencia

inmediata. Ellos, como se ha explicado en el capítulo anterior,

suponen la relacion de los conceptos parciales en que se ha

descompuesto el total: ¿cómo se descompone sin sucesion? Si hay

sucesion hay recuerdo, si hay recuerdo no hay presencia inmediata de

lo recordado; es necesaria por consiguiente la objetividad de la idea

representante con relacion á la cosa recordada.

[258.] Semejantes consecuencias espantan, pero son indeclinables: si

quitamos la verdad objetiva, desaparece todo pensamiento razonado.

Este encierra cierta continuidad de actos correspondientes á diversos

instantes: si esta continuidad se rompe, el pensamiento humano deja de

ser lo que es: deja de existir como _razon_: es una serie de actos sin

conexion de ninguna especie y que á nada pueden conducir. En tal caso

desaparece toda expresion, toda palabra: nada tiene un valor seguro:

todo se hunde, así en el órden intelectual y moral como en el

material, y el hombre queda hasta sin el consuelo de poseerse á sí

mismo; se desvanece en sus propias manos cual vana sombra.

[259.] Las sensaciones podrán existir como serie inconexa tambien;

pero no habrá de ellas ningun recuerdo cierto, pues falta la verdad

objetiva: y las sensaciones pasadas no existen sino como pasadas, y

por tanto como simples objetos.

Toda reflexion intelectual sobre ellas será imposible; porque la

reflexion no es la sensacion: esto es un objeto de aquella, mas nó

ella misma. Así el rudo tiene la misma sensacion que el filósofo, pero

nó la reflexion sobre ella. Mil veces sentimos sin reflexionar que

sentimos. La conciencia sensible, es muy diferente de la intelectual:

la primera es la simple presencia de la sensacion, la sensacion misma:

la segunda es el acto del entendimiento que se ocupa de la sensacion.

[260.] Esta distincion se encuentra tambien en todos los actos

puramente intelectuales: la reflexion sobre el acto no es el acto

mismo. El uno es objeto del otro: no se identifican, ya que con

frecuencia se encuentran separados; si no hubiese pues verdad objetiva

la reflexion seria imposible.

[261.] Es difícil tambien de comprender cómo seria posible ningun acto

de la conciencia del yo, aun de presente. Ya hemos visto como

desaparece el _yo_, en rompiéndose la serie de los recuerdos, pero hay

además, que sin verdad objetiva no os posible concebir el _yo_ ni aun

por un momento. El _yo_ pensante, no conoce al _yo_ pensado, sino como

objeto. Sea que lo _sienta_, sea que lo _conozca_, para darse cuenta á

sí mismo de sí mismo necesita reflexionar sobre sí mismo, tomarse á sí

mismo por objeto. Y en no habiendo verdad objetiva, no se concibe que

ningun objeto pueda tener ningun valor.

De esto se infiere, que los que atacan la objetividad, atacan una ley

fundamental de nuestro espíritu, destruyen el pensamiento, y arruinan

hasta la conciencia, hasta todo lo subjetivo, que les servía de base.

[262.] Contra la certeza objetiva suele argumentarse fundándose en los

errores á que ella nos induce. El delirante cree ver objetos que no

existen; el loco cree firmemente en la verdad de sus pensamientos

desconcertados: ¿por qué lo que en un caso nos engaña, no podria

engañarnos en otros, ó en todos? Un criterio que alguna vez flaquea,

¿podrá pasar por seguro? ¿Por qué no atenernos á lo puramente

subjetivo? El delirante, el maniático, el loco se engañan en el

objeto, mas nó en el sujeto: aunque no sea verdad lo que ellos

piensan, es bien cierto y verdadero que ellos lo piensan.

Esta objecion es especiosa; pero deja en pie todas las dificultades en

contra del sistema á cuyo favor se aduce; y por otra parte no carece

de respuesta, en cuanto tiende á debilitar la verdad objetiva.

El delirante, el maniático, el loco tienen tambien recuerdos de cosas

que no han existido nunca. Esos recuerdos no se refieran tan solo á lo

exterior, sino tambien ú sus actos interiores. El demente que se llama

rey, se acuerda de lo que pensó, de lo que sintió, cuando lo

coronaron, cuando le destronaron, y de una larga historia de

semejantes actos: y sin embargo estos fenómenos intelectuales no

existieron: y sea como fuere, tantos recuerdos se los puede producir

él mismo. Tenemos pues que el criterio con respecto á la memoria,

flaquea en este caso: y por lo mismo no podrá servir en ninguno.

Luego, aun cuando mas arriba no hubiésemos demostrado que sin verdad

objetiva no hay recuerdo ni aun de lo interior, el argumento de los

adversarios bastaria para arruinarlos todos. Esta objecion, si algo

probase, confirmaria todo lo que se ha dicho para demostrar que sin

objetividad no hay conciencia propiamente dicha, lo cual no lo admiten

los adversarios.

[263.] Además: desde luego salta á los ojos lo que puede valer en el

tribunal de la razon, lo que comienza por apoyarse en la locura. Todo

esto prueba á lo mas, la debilidad de nuestra naturaleza; la

posibilidad de que en algunos desgraciados se trastorne el órden

establecido para la humanidad; que la regla de la verdad en el hombre,

como que existe en una criatura tan débil, admite algunas excepciones;

pero estas son conocidas, porque tienen caractéres marcados. La

excepcion no destruye la regla, sino que la confirma (XXV).

CAPÍTULO XXVI.

SI TODOS LOS CONOCIMIENTOS SE REDUCEN Á LA PERCEPCION DE LA IDENTIDAD.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 12 / 21 段