Lejos de que todo sea demostrable, se puede demostrar que hay cosas

indemostrables. La demostracion es una argumentacion en la cual se

infiere de proposiciones evidentes una proposicion evidentemente

enlazada con ellas. Si las premisas son evidentes por sí mismas, no

consentirán demostracion; si suponemos que ellas á su vez sean

demostrables, tendremos la misma dificultad con respecto á las otras

en que se funde la nueva demostracion; luego, ó es preciso detenerse

en un punto indemostrable, ó proceder hasta lo infinito, lo que

equivaldria á no acabar jamás la demostracion.

[165.] Y es de observar que la indemostrabilidad, por decirlo así, no

es propia únicamente de ciertas premisas: se la halla en algun modo

en todo raciocinio, por su misma naturaleza, prescindiendo de las

proposiciones de que se compone. Sabemos que las premisas A y B son

ciertas; de ellas inferiremos la proposicion C. ¿Con qué derecho?

Porque vemos que C se enlaza con las A y B. ¿Y cómo sabemos esto? Si

es con evidencia inmediata, por intuicion: hé aquí otra cosa

indemostrable: el enlace de la conclusion con las premisas. Si es por

raciocinio, fundándonos en los principios del arte de raciocinar,

entonces hay dos consideraciones, ambas conducentes á demostrar la

indemostrabilidad. 1.ª Si los principios del arte son indemostrables,

tenemos ya una cosa indemostrable; si lo son, al fin hemos de valernos

de otros que les sirvan de basa, y ó pararnos en alguno que no

consienta demostracion, ó proceder hasta lo infinito. 2.ª ¿Cómo

sabemos que los principios del raciocinio se aplican á este caso?

¿Será por otro raciocinio? resultan los mismos inconvenientes que en

el caso anterior. ¿Será porque lo vemos así? ¿porque es evidente con

evidencia inmediata? hénos aquí en otro punto indemostrable.

Estas reflexiones no dejan ninguna duda de que el pedir la prueba de

todo es pedir lo imposible.

[166.] El ser que no piensa, no tiene conciencia de sí mismo: la

piedra existe, mas ella no lo sabe, y en un caso semejante se

encuentra el hombre mismo cuando todas sus facultades intelectuales y

sensitivas se hallan en completa inaccion. La diferencia de estos dos

estados se concibe muy bien recordando lo que acontece al pasar de la

vigilia á un sueño profundo, y al volver de este á la vigilia.

El primer punto de partida para dar un paso en nuestros conocimientos,

es esta presencia íntima de nuestros actos interiores, prescindiendo

de las cuestiones que suscitarse puedan sobre la naturaleza de ellos.

Si todo existiese como ahora, y existiesen infinitos mundos diferentes

del que tenemos á la vista, nada existiria para nosotros, si nos

faltasen esos actos interiores de que estamos hablando. Seríamos como

el cuerpo insensible colocado en la inmensidad del espacio, que se

halla lo mismo ahora que si todo desapareciese alrededor de él, y no

percibiria mudanza alguna aun cuando él propio se sumiese de nuevo en

el abismo de la nada. Al contrario, si suponemos que todo se aniquila

excepto este ser que dentro de nosotros siente, piensa y quiere;

todavía queda un punto donde hacer estribar el edificio de los humanos

conocimientos: este ser, solo en la inmensidad, se dará cuenta á sí

mismo de sus propios actos, y segun el alcance de sus facultades

intelectuales, podrá arrojarse á innumerables combinaciones que tengan

por objeto lo posible, ya que nó la realidad.

[167.] Se ha combatido mucho el famoso principio de Descartes: _«yo_

pienso, luego _existo_;» el ataque es justo y concluyente, si en

efecto el filósofo hubiese entendido su principio en el sentido que

se le acostumbra dar en las escuelas. Si Descartes le hubiese

presentado como un verdadero raciocinio, como un entimema en que

asentado el antecedente dedujera la consecuencia, claro es que el

argumento claudicaba por su basa, estaba en el aire. Porque, cuando él

dijera: «voy á probar mi existencia con este entimema: yo pienso,

luego soy», se le podia objetar lo siguiente: vuestro entimema se

reduce á un silogismo en esta forma: «todo lo que piensa existe; es

así que yo pienso, luego existo.» Este silogismo, en el supuesto de

una duda universal, en que no se dé por supuesta ni aun la misma

existencia, es inadmisible en sus proposiciones y en la trabazon de

ellas. En primer lugar: ¿cómo sabeis que todo lo que piensa

existe?--Porque nada puede pensar sin existir.--Y esto ¿cómo se

sabe?--Porque lo que no existe no obra.--Y esto ¿cómo se sabe?

Suponiendo que de todo se duda, que nada se sabe, no se pueden saber

estos principios; de otra suerte faltamos á la suposicion de la duda

universal, y por consiguiente nos salimos de la cuestion. Si alguno de

estos principios se ha de admitir sin prueba, tanto valia admitir

desde luego la existencia propia, y ahorrarse el trabajo de probarla

con un entimema.

En segundo lugar: ¿cómo sabéis que pensais? Se os puede hacer el

siguiente argumento, retorciendo el vuestro, como dicen los

dialécticos: nada puede pensar sin existir, vuestra existencia es

dudosa, tratais de probarla, luego no estais seguros de pensar.

[168.] Queda pues en claro que el principio de Descartes es

insostenible tomado como un verdadero raciocinio; y siendo tan fácil

de alcanzar su flaqueza, parece imposible que no la viese un

entendimiento tan claro y penetrante. Es probable pues que Descartes

entendió su principio en un sentido muy diferente, y voy á exponer en

pocas palabras el que en mi juicio debió de darle el ilustre filósofo.

Suponiéndose por un momento en una duda universal, sin aceptar como

cierto nada de cuanto sabia, se concentraba dentro de sí mismo, y

buscaba en el fondo de su alma un punto de apoyo donde hacer estribar

el edificio de los conocimientos humanos. Claro es que, aun haciendo

abstraccion de todo cuanto nos rodea, no podemos prescindir de

nosotros mismos, de nuestro espíritu que se presenta á sus propios

ojos con tanta mayor lucidez, cuanto es mayor la abstraccion en que

nos constituimos con respecto á los objetos externos. Ahora bien, en

esa concentracion, en ese acto de ensimismarse, retrayéndose el hombre

de todo por temor de errar, e interrogándose á sí mismo, si hay algo

cierto, si hay algo que pueda servir de apoyo, si hay un punto de

partida en la carrera de los conocimientos, lo primero que se ofrece

es la conciencia del pensamiento, la presencia misma de los actos de

nuestra alma, de eso que se llama pensar. Hé aquí si no me engaño la

mente de Descartes; «yo quiero dudar de todo; me retraigo de afirmar

como de negar nada; me aislo de cuanto me rodea, porque ignoro si esto

es algo mas que una ilusion. Pero en este mismo aislamiento me

encuentro con el sentimiento íntimo de mis actos interiores, con la

presencia de mi espíritu: yo pienso, luego soy: yo pienso, así lo

experimento de una manera que no me consiente duda, ni incertidumbre;

luego soy, es decir, ese sentimiento de mi pensamiento me hace sabedor

de mi existencia.»

[169.] Así se explica cómo Descartes no presentaba su principio cual

un mero entimema, cual un raciocinio comun; sino como la consignacion

de un hecho que se le ofrecia el primero en el órden de los hechos; y

cuando del pensamiento inferia la existencia, no era con una deduccion

propiamente dicha, sino como un hecho comprendido en otro, expresado

por otro, ó mejor diremos, _identificado_ con él.

He dicho _identificado_, porque en realidad es así en concepto de

Descartes; y esto acaba de confirmar lo que he asentado anteriormente,

que el filósofo no presentaba un raciocinio, sino que consignaba un

hecho. Sabido es que, segun él, la esencia del espíritu es el mismo

pensamiento, de suerte que así como otras escuelas filosóficas

distinguen entre la substancia y su acto, considerando al espíritu en

la primera clase y al pensamiento en la segunda, Descartes sostenia

que no habia distincion alguna entre el espíritu y el pensamiento, que

era una misma cosa: que el pensamiento constituia la esencia del alma.

«Aunque un atributo, dice, sea suficiente para hacernos conocer la

substancia, hay sin embargo en cada una de ellas, uno que constituye

su naturaleza y esencia, y del cual dependen todos los demás. La

extension en longitud, latitud y profundidad, constituye la esencia de

la substancia corpórea; _y el pensamiento constituye la naturaleza de

la substancia que piensa_» (Descartes, Principios de la filosofía, 1ª

parte). De esto se infiere que Descartes al asentar el principio «yo

pienso, luego existo;» no hacía mas que consignar un hecho atestiguado

por el sentido íntimo; y tan simple le consideraba, tan único por

decirlo así, que en el desarrollo de su sistema, identificó el

pensamiento con el alma, y la esencia de esta con su misma existencia.

Sintió el pensamiento, y dijo: «este pensamiento es el alma; soy yo.»

No trato de apreciar ahora el valor de esta doctrina, y sí tan solo de

explicar en qué consiste (XVII).

CAPÍTULO XVIII.

MAS SOBRE EL PRINCIPIO DE DESCARTES. SU MÉTODO.

[170.] Descartes al anunciar y explicar su principio, no siempre se

expresó con la debida exactitud, lo cual dió motivo á que se

interpretasen mal sus palabras. Al paso que señalaba la conciencia del

propio pensamiento y de la existencia, como la basa sobre la cual

debian estribar todos los conocimientos, empleaba términos de los

cuales se podia inferir que no solo queria consignar un hecho, sino

que intentaba presentar un verdadero raciocinio. Sin embargo, leyendo

con atencion sus palabras, y cotejándolas unas con otras, se ve que no

era esta su idea; aunque tal vez no habria inconveniente en decir que

no se daba exacta cuenta á sí propio de la diferencia que acabo de

indicar, entre un raciocinio y la simple consignacion de un hecho; y

que al concentrarse en sí mismo, no tuvo un conocimiento _reflejo_

bastante claro del modo con que se apoyaba en su principio

fundamental.

Para convencernos de esto, examinemos sus mismas palabras. «Mientras

desechamos de esta manera todo aquello de que podemos dudar, y que

hasta _fingimos_ que es falso, suponemos fácilmente que no hay Dios,

ni cielo, ni tierra, y que ni aun tenemos cuerpo, pero no _alcanzamos

á suponer que no existimos_, mientras dudamos de la verdad de todas

estas cosas; porque tenemos tanta repugnancia á concebir que lo que

piensa no existe verdaderamente al mismo tiempo que piensa; que no

obstante las suposiciones mas extravagantes, no podemos dejar de creer

que esta conclusion «yo pienso, luego soy» no sea verdadera, y por

consiguiente la primera y la mas cierta que se presenta al que conduce

sus pensamientos con órden.» (Descartes, Principios de la filosofía,

P. 1. § 6 y 7.).

En este pasaje nos encontramos con un verdadero silogismo: «Lo que

piensa existe; yo pienso, luego existo.» «Tenemos, dice Descartes,

tanta repugnancia á concebir, que lo que piensa no existe mientras

piensa,» lo que equivale á decir: «Lo que piensa existe;» esto en

términos escolásticos, se llama establecer la mayor; luego continúa

que «no obstante las suposiciones mas extravagantes, no podemos dejar

de creer que esta conclusion «yo pienso, luego soy» sea verdadera;» lo

que equivale á poner la menor y la consecuencia del silogismo. Se

conoce que Descartes estaba algo preocupado con la idea de querer

probar, al mismo tiempo que trataba de consignar. Este era el prurito

general de su época; y aun los mas ardientes reformadores se preservan

con mucha dificultad de la atmósfera que los rodea. En todo el curso

de sus meditaciones se encuentra este mismo espíritu, bien que

enlazado admirablemente con el de observacion.

Pero al través de esas explicaciones oscuras ó ambiguas, ¿qué es lo

que se descubre? ¿cuál es el pensamiento que se halla en el fondo del

sistema de _Descartes_, prescindiendo de sí él se daba ó nó á sí mismo

exacta cuenta de lo que experimentaba? Hélo aquí. «Yo por un esfuerzo

de mi espíritu, puedo dudar de la verdad de todo; pero este esfuerzo

tiene un límite en mí mismo. Cuando la atencion se convierte sobre mí,

sobre la conciencia de mis actos interiores, sobre mi existencia, la

duda se detiene, no puede llegar á tal punto, encuentra una _tal

repugnancia_, que las suposiciones mas extravagantes no alcanzan á

vencer.» Esto es lo que indican sus mismas palabras, mas al consignar

este hecho se eleva á una proposicion general, muy verdadera sin duda,

saca una consecuencia, muy legítima tambien; pero que para nada eran

necesarias en el caso presente, y que ó explicaban mal su misma

opinion ó la hacian vacilar.

[171.] Si bien se observa, no hacia mas Descartes en este punto, que

lo que hacen todos los filósofos; y por mas extraño que pueda parecer,

no estaba en desacuerdo con los gefes de la escuela metafísica

diametralmenle opuesta: la de Locke y Condillac. En efecto: que el

hombre al querer examinar el orígen de sus conocimientos, y los

principios en que estriba su certeza, se encuentra con el hecho de la

conciencia de sus actos internos, que esta conciencia produce una

certeza firmísima, y que nada podemos concebir mas cierto para

nosotros que ella, es un hecho en que están de acuerdo todos los

ideólogos, y que todos asientan, bien que con diferentes palabras.

Cuanto mas se medita sobre estas materias, mas se descubre en ellas la

realizacion de un principio confirmado por la razon y la experiencia,

de que muchas verdades no son nuevas, sino presentadas de una manera

nueva; que muchos sistemas no son nuevos, sino formulados de una

manera nueva.

[172.] La misma duda universal de Descartes, cuerdamente entendida, es

practicada por todo filósofo; con lo cual se ve que las bases de su

sistema, combatidas por muchos, son en el fondo adoptadas por todos.

¿En qué consiste el método de Descartes? todo se reduce á dos pasos:

1.º Quiero dudar de todo. 2.° Cuando quiero dudar de mí mismo no

puedo.

Examinemos estos dos pasos, y veremos que con Descartes los da todo

filósofo.

¿Por qué Descartes quiere dudar de todo? Porque se propone examinar el

orígen y la certeza de sus conocimientos; quiere llamar á exámen todo

su saber, y por lo mismo no puede empezar suponiendo nada verdadero.

Si supone algo, ya no examinará el orígen y los motivos de la certeza

de todo; pues exceptúa aquello que supone verdadero. Le es preciso no

suponer, como tal, nada; antes por el contrario suponer que no sabe

nada de nada; sin esto no puede decir que examina los fundamentos de

todo. Ò no hay tal cuestion filosófica, que sin embargo se la

encuentra en todos los libros de filosofía, ó es necesario emplear el

método de Descartes.

¿Pero en qué consiste esta duda? Racionalmente hablando ¿puede ser una

duda real y verdadera? Nó: esto es imposible, absolutamente imposible.

El hombre, por ser filósofo, no alcanza á destruir su naturaleza: y la

naturaleza se opone invenciblemente á esta duda, tomada en el sentido

riguroso.

[173.] ¿Qué es pues esta duda? Nada mas que una _suposicion_, una

_ficcion_, suposicion y ficcion que hacemos á cada paso en todas las

ciencias, y que en realidad no es mas que la _no atencion_ á un

convencimiento que abrigamos. Esta duda se la emplea para descubrir la

primera verdad en que estriba nuestro entendimiento; á cuyo fin basta

que la duda sea ficticia; no hay ninguna necesidad de que sea

positiva; porque es evidente, que lo mismo se logra dudando

efectivamente de todo, no admitiendo absolutamente nada, que diciendo:

«si supongo que no tengo por cierto nada, que no sé nada, que no

admito nada.» Un ejemplo aclarará esta explicacion hasta la última

evidencia. Quien conozca los rudimentos de geometría sabrá que en un

triángulo al mayor lado se opone el mayor ángulo, y está absolutamente

cierto de la verdad del teorema: pero si se propone dar á otro la

demostracion, ó repetírsela á sí propio, prescinde de dicha certeza,

procede como si no la tuviera, para manifestar que se la puede fundar

en algo.

En todos los estudios ejecutamos á cada paso esto mismo. Son vulgares

las expresiones: «esto es así, es evidente; pero _supongamos_ que no

lo sea; ¿qué resultará?» «Esta demostracion es concluyente, pero

prescindamos de ella, supongamos que no la tenemos, ¿cómo podriamos

demostrar lo que deseamos?» Los argumentos _ad absurdum_ tan en uso en

todas las ciencias, y muy particularmente en las matemáticas, estriban

no solo en prescindir de lo que conocemos, sino en suponer una cosa

directamente contraria á lo que conocemos. «Si la línea A, dice á cada

paso el geómetra, no es igual á la B, será mayor ó menor; supongamos

que es mayor: etc. etc.» Por manera que para la investigacion de la

verdad prescindimos frecuentemente de lo que sabemos, y hasta

suponemos lo contrario de lo que sabemos. Aplíquese este sistema á la

investigacion del principio fundamental de nuestros conocimientos y

resultará la duda universal de Descartes, en el único sentido que

puede ser admisible en el tribunal de la razon, y posible á la humana

naturaleza.

Es probable que el ilustre filósofo la entendia en el mismo sentido,

si bien es menester confesar que sus palabras son ambiguas. No se

concibe qué objeto podia proponerse en entenderlas de diferente modo,

supuesto que no trataba de otra cosa que de allanar el camino á la

investigacion de la verdad. Con su manera de expresarse dió lugar á

disputas, que con alguna mayor claridad se habrian evitado.

Así como Descartes no se explicaba con la claridad suficiente, sus

adversarios no le estrechaban quizás con toda la precision y nervio

que podian. En mi concepto, para resolver la cuestion bastaba

dirigirle esta pregunta: «¿Entendeis que al comenzar las

investigaciones filosóficas, haya de haber un momento en que _real_ y

_efectivamente_ dudemos de todo; ó juzgais bastante el _prescindir_ de

la certeza, suponiendo que no la tenemos, como se hace con frecuencia

en todos los estudios?»

[174.] Descartes se encontró en el caso de todos los reformadores.

Están dominados de una idea; y la expresan tan fuertemente, que al

parecer no consienten otra á su lado. Todo en su lenguaje es absoluto,

exclusivo. Preven la lucha que habrán de sostener, quizás la

experimentan ya; y así concentran toda su fuerza en la idea cuyo

triunfo se proponen, y llegan á perder de vista todo lo que no es

ella. No se puede inferir que el reformador no tenga otras que

modifiquen notablemente la principal; mas para hacer frente á sus

adversarios que le dicen: «esto es absolutamente falso,» él dice:

«esto es verdadero absolutamente.» La historia y la experiencia nos

presentan innumerables ejemplos de estas exageraciones.

La idea dominante de Descartes era arruinar la filosofía que á la

sazon reinaba en las escuelas; y daba el impulso tan fuerte que hacia

temblar el mundo. Véase cómo expresaba su desden para con muchos que

se apellidan filósofos. «La experiencia enseña, que los que hacen

profesion de filósofos, son frecuentemente menos sabios y razonables

que otros que no se han aplicado nunca á este estudio.» (Prefacio de

los Principios de filosofía).

[175.] La segunda parte del método de Descartes, consiste en tomar el

pensamiento propio por punto de partida, estableciendo que al

esforzarse el hombre por dudar de todo, encuentra un límite en la

conciencia de su pensamiento, de su existencia. Es evidente, que este

es el fenómeno que naturalmente resta inmóvil en la mente del

observador, despues de haber procurado dudar de todo. Al menos no

podrá dudar de que duda; y por consiguiente de su pensamiento; siendo

de notar que este es un argumento que se ha hecho siempre á los

escépticos, lo que equivalia á emplear el método de Descartes, esto

es, á consignar como un fenómeno innegable una certeza superior á

todas las extravagancias: la conciencia de sí mismo.

Cuando Descartes decia «yo pienso» entendia por esta palabra todo acto

interno, todo fenómeno presente al alma inmediatamente; no hablaba del

pensamiento tomado en un sentido puramente intelectual, sino que

comprendia todo aquello de que tenemos conciencia inmediata. «Por la

palabra _pensar_, dice, entiendo todo aquello que se hace en nosotros,

de tal suerte, que lo percibimos inmediatamente por nosotros mismos;

así es que aquí el pensar no significa tan solo entender, querer,

imaginar, sino tambien sentir. Porque si digo que veo ó que ando, y de

ahí infiero que existo, si entiendo hablar de la accion que se hace

con mis ojos ó mis piernas, esta conclusion no es tan infalible, que

no ofrezca algun motivo de duda, ya que puede suceder que yo crea ver

ó andar sin que abra los ojos, ni me mueva de mi sitio; pues que esto

me acontece cuando duermo, y quizás podria acontecer lo mismo si yo no

tuviese cuerpo; pero si entiendo hablar únicamente de la accion de mi

pensamiento ó del sentimiento, es decir, del conocimiento que hay en

mí, por el cual me parece que veo ó ando, esta conclusion es verdadera

tan absolutamente que no me es posible dudar de ella, á causa de que

se refiere al alma, única que tiene la facultad de sentir ó bien de

pensar, de cualquier modo que esto sea.»(Principios de filosofía, 1.ª

parte, § 9).

[176.] Este pasaje manifiesta bien claro las ideas de Descartes; lo

arruinaba todo con la duda, pero habia una cosa que resistía á todos

los esfuerzos: la conciencia de sí mismo. Y esta conciencia la tomaba

él como punto de apoyo, sobre el cual y con toda certeza, pudiera

levantar de nuevo el edificio de las ciencias, Locke y Condillac no

han hecho otra cosa: han seguido un camino muy diferente del de

Descartes: pero el punto de partida ha sido el mismo. Oigamos á Locke.

«En primer lugar examinaré cuál es el orígen de las ideas, nociones, ó

como se las quiera llamar, que el hombre percibe en su alma, y que su

_propio sentimiento_ le hace descubrir en ella.» (Ensayo sobre el

entendimiento humano. Prólogo.) «Pues que el espíritu no tiene otro

objeto de sus pensamientos y raciocinios que sus propias ideas, las

cuales son la única cosa que el contempla ó que puede contemplar, es

evidente que nuestro conocimiento se funda _todo entero_ sobre

nuestras ideas.» (Ibid. lib. 4, cap. 1). «Sea que nos remontemos hasta

los cielos, por hablar metafóricamente, dice Condillac, sea que

descendamos á los abismos, no salimos de nosotros, y jamás percibimos

otra cosa que nuestro propio pensamiento.» (Ensayo sobre el orígen de

los conocimientos humanos. Cap. 1).

[177.] Todos los trabajos ideológicos comienzan pues por la

consignacion del hecho de la conciencia de nuestras ideas; y no puede

ser de otro modo con respecto á su certeza. El hombre al trastornarlo

todo, al arruinarlo todo, al anonadarlo todo, se encuentra consigo

mismo, que es quien trastorna, arruina y anonada. Cuando haya llegado

á dudar de la existencia de Dios, del mundo, de sus semejantes, de su

cuerpo, en medio de aquella inmensa soledad se encuentra todavía á sí

mismo. El esfuerzo por anonadarse á sus propios ojos, solo sirve para

hacerle mas visible: es una sombra que no muere con ningun golpe, y

que por cada herida que se le abre, despide nuevos torrentes de luz.

Si duda que siente, siente al menos que duda; si duda de esta duda,

siente que duda de la misma duda; por manera que en dudando de los

actos directos entra en una serie interminable de actos reflejos que

se encadenan por necesidad unos con otros, y se desenvuelven á la

vista interior como los pliegues de un lienzo sin fin (XVIII).

CAPÍTULO XIX.

LO QUE VALE EL PRINCIPIO: YO PIENSO.

SU ANÁLISIS.

[178.] El principio de Descartes considerado como un entimema, ya

hemos visto que no puede aspirar al título de fundamental. En todo

raciocinio hay premisas y consecuencia, y para que sea concluyente son

necesarias la verdad de las primeras y la legitimidad de la segunda.

Decir que un raciocinio puede ser principio fundamental, es una

contradiccion manifiesta.

Pero si tomamos el principio de Descartes en el sentido explicado

anteriormente, esto es, nó como un raciocinio sino como la

consignacion de un hecho, la contradiccion cesa; y es cuestion digna

de examinarse la de si merece ó nó el título de principio fundamental

y de qué manera. En los capítulos anteriores se ha esclarecido ya en

parte esta materia, pero nó hasta tal punto que se la pueda dar por

suficientemente dilucidada: mas bien se han presentado reflexiones

preliminares para aclarar el estado de la cuestion que no se la ha

resuelto cumplidamente.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 8 / 21 段