No creo posible determinar _á priori_, si en esta parte hay para

nuestro entendimiento unidad ó pluralidad. Que la ciencia humana se

haya de reducir á un principio solo, es una proposicion que se afirma

mas no se prueba. No existiendo en el hombre la fuente de toda verdad

como se ha demostrado en los capítulos anteriores, es claro que los

principios en que se funde su conocimiento han de ser comunicados.

¿Quién nos asegura que estos no sean muchos y de órdenes diferentes?

¿No cabe pues resolver nada _á priori_ en la cuestion presente; es

preciso descender al terreno de la observacion ideológica y

psicológica.

[146.] Nuestro espíritu alcanza la verdad, o al menos su apariencia;

es decir, que de un modo ú otro tiene estos actos que llamamos

percibir y sentir. Que la realidad corresponda ó nó á los actos de

nuestra alma, nada importa por ahora; no es esto lo que buscamos;

ponemos la cuestion en un terreno en que pueden caber hasta los mas

escépticos; ni aun estos niegan la percepcion y la sensacion: si

destruyen la realidad, admiten al menos la apariencia.

[147.] Los medios con que percibimos la verdad son de varios órdenes;

lo que hace que las verdades mismas percibidas correspondan tambien á

órdenes diferentes, paralelos por decirlo así, con los respectivos

medios de percepcion.

Conciencia, evidencia, instinto intelectual ó sentido comun, hé aquí

los tres medios; verdades de sentido íntimo, verdades necesarias,

verdades de sentido comun, hé aquí lo correspondiente á dichos medios.

Estas son cosas distintas, diferentes, que en muchos casos no tienen

nada que ver entre sí: es preciso deslindarlas con mucho cuidado, si

se quieren adquirir ideas exactas y cabales en las cuestiones

relativas al primer principio de los conocimientos humanos.

[148] El medio que he llamado de conciencia, es decir, el sentido

íntimo de lo que pasa en nosotros, de lo que experimentamos, es

independiente de todos los demás. Destrúyase la evidencia, destrúyase

el instinto intelectual, la conciencia permanece. Para experimentar y

estar seguros de que experimentamos y de lo que experimentamos, no

hemos menester sino la experiencia misma. Si se supone en duda el

principio de contradiccion, todavía no se hará vacilar la certeza de

que sufrimos cuando sufrimos, de que gozamos cuando gozamos, de que

pensamos cuando pensamos. La presencia del acto ó de la impresion allá

en el fondo de nuestro espíritu, es íntima, inmediata, de una eficacia

irresistible para hacer que nos sobrepongamos á toda duda. El sueño y

la vigilia, la demencia y la cordura, son indiferentes para el

testimonio de la conciencia; el error puede estar en el objeto mas nó

en el fenómeno interno. El loco que cree contar numerosas talegas no

las cuenta ciertamente, y en esto se engaña; pero tiene en su espíritu

la conciencia de que lo hace, y en esto es infalible. El que sueña

haber caido en manos de ladrones se engaña en lo tocante al objeto

externo; mas nó en lo que pertenece al acto mismo con que lo cree.

La conciencia es independiente de todo testimonio extrínseco á ella;

es de una necesidad indeclinable, de una fuerza irresistible para

producir certeza; es infalible en lo que concierne á ella sola: si

existe no puede menos de dar testimonio de sí misma; si no existe no

lo puede dar. En ella la realidad y la apariencia se confunden: no

puede ser aparente sin ser real; la apariencia por sí sola, es ya una

verdadera conciencia.

[149.] Comprendo en el testimonio de la conciencia todo lo que

experimentamos en nuestra alma, todo lo que afecta á lo que se llama

el _yo_ humano: ideas, pensamientos de todas clases, actos de

voluntad, sentimientos, sensaciones, en una palabra, todo aquello de

que podemos decir: lo experimento.

[150.] Es claro que las verdades de conciencia son mas bien hechos que

se pueden señalar, que no combinaciones enunciables en una

proposicion. No es esto decir que no se puedan enunciar, sino que

ellas en sí mismas prescinden de toda forma intelectual, que son

simples elementos de que el entendimiento se puede ocupar ordenándolos

y comparándolos de varios modos, pero que por sí solos no dan ninguna

luz, que ellos por sí mismos nada _representan_, que solo _presentan_

lo que son, son meros hechos, mas allá de los cuales no se puede ir.

[151.] La costumbre de reflexionar sobre la conciencia, y el andar

mezcladas las operaciones puramente intelectuales con los hechos de

simple experiencia interna, hace que no se conciba fácilmente ese

aislamiento en que se encuentra por su naturaleza todo lo que es

puramente subjetivo. Se quiere prescindir de la reflexion, pero se

reflexiona sobre el esfuerzo mismo que se hace para prescindir de

ella: nuestro entendimiento es una luz que se enciende por una parte

cuando se la apaga en otra; la insistencia misma en apagarla suele

hacerla mas viva y centelleante. De aquí la dificultad de distinguir

los dos caractéres de lo puramente subjetivo y puramente objetivo, de

deslindar la evidencia de la conciencia, lo conocido de lo

experimentado. Sin embargo, la separacion de dos elementos tan

diferentes se puede facilitar considerando que los brutos, á su modo,

tienen tambien conciencia de lo que experimentan dentro de sí mismos:

no suponiéndolos meras máquinas, es preciso otorgarles la conciencia,

es decir, la presencia íntima de sus sensaciones: sin esto, ni aun la

sensacion se concibe; no tendrá sensacion lo que no siente que siente.

El bruto no reflexiona sobre lo que pasa en su interior, lo

experimenta, nada mas. Las sensaciones se suceden unas á otras en su

alma, sin mas vínculo que la unidad del ser que las experimenta; pero

este no las toma por objeto y por consiguiente no las combina ni

transforma de ninguna manera, las deja lo que son, simples hechos. De

aquí podemos sacar alguna luz para concebir lo que son en nosotros los

simples hechos de conciencia, abandonados á sí solos, en todo su

aislamiento, sin ninguna mezcla de operaciones puramente

intelectuales, y sin estar sujetos á la actividad reflexiva que

combinándolos de varias maneras y elevándolos á la region de lo

puramente ideal, nos los presenta de tal modo que nos hace olvidar su

pureza primitiva.

Es necesario esforzarse en percibir con toda claridad lo que son los

hechos de conciencia, lo que es su testimonio; pues sin esto es

imposible adelantar un paso en la investigacion del primer principio

de los conocimientos humanos. La confusion en este punto hace incurrir

en equivocaciones trascendentales. Ocasion tendremos de notarlo en lo

sucesivo; y hemos encontrado ya lastimosos ejemplos de semejantes

extravíos en los errores de la filosofía del _yo_.

[152.] La evidencia, suele decirse, es una luz intelectual: esta es

una metáfora muy oportuna y hasta muy exacta si se quiere; pero que

adolece del mismo defecto que todas las metáforas, las cuales, por sí

solas, sirven poco para explicar los misterios de la filosofía. Luz

intelectual tambien la encontramos en muchos actos de conciencia. En

aquella presencia íntima con que una operacion ó una impresion se

ofrece al espíritu, tambien hay una especie de luz clara, viva, que

hiere por decirlo así el ojo del alma, y no le permite dejar de ver lo

que tiene delante. Si pues para definir la evidencia nos contentamos

con llamarla luz del entendimiento, la confundimos con la conciencia,

ó á lo menos damos ocasion, con un lenguaje ambiguo, á que otros la

confundan.

No se crea que me proponga inculpar á los que han empleado la metáfora

de la luz, ni que me lisonjee de poder definir la evidencia con toda

propiedad: ¿quién expresa con palabras este fenómeno de nuestro

entendimiento? Al querer emplear alguna, se ofrece la de luz como la

mas adecuada. Porque en verdad, cuando atendemos á la evidencia, para

examinar ya su naturaleza, ya sus efectos sobre el espíritu, se nos

presenta naturalísimamente bajo la imágen de una luz cuyos

resplandores alumbran los objetos para que nuestra alma pueda

contemplarlos: pero esto, repito, no es suficiente: y así, aunque no

formo el empeño de definirla con exactitud, voy á señalar un carácter

que la distingue de todo lo que no es ella.

[153.] La evidencia anda siempre acompañada de la necesidad, y por

consiguiente de la universalidad de las verdades que atestigua. No la

hay cuando no existen las dos condiciones señaladas. De lo contingente

no hay evidencia, sino en cuanto está sometido á un principio de

necesidad.

Expliquemos esta doctrina comprando ejemplos tomados respectivamente

de la conciencia y de la evidencia.

Que hay en mí un ser que piensa, esto no lo sé por evidencia sino por

conciencia. Que lo que piensa existe, esto no lo sé por conciencia

sino por evidencia. En ambos casos hay certeza absoluta, irresistible;

pero en el primero, versa sobre un hecho particular, contingente; en

el segundo sobre una verdad universal y necesaria. Que yo piense es

cierto para mí, pero no es preciso que lo sea para los demás; la

desaparicion de mi pensamiento no trastorna el mundo de las

inteligencias; si mi pensamiento dejase ahora de existir, la verdad en

sí misma no sufriría ninguna alteracion; otras inteligencias podrian

continuar y continuarian percibiéndola; ni en el órden real ni en el

ideal, se echarian de menos el concierto y la armonía.

Me pregunto á mí mismo si pienso; y en el fondo de mi alma leo que sí;

me pregunto si este pensamiento es necesario, y á mas de que la

experiencia me dice que nó, tampoco encuentro razon ninguna en que

fundar la necesidad. Aun suponiendo que mi pensamiento deja de

existir, veo que continúo discurriendo con buen órden; así examino lo

que hubiera sucedido si yo no existiese, ó lo que podria suceder en

adelante, y asiento principios y saco consecuencias, sin quebrantar

ninguna de las leyes intelectuales. El mundo ideal y el real se

ofrecen á mis ojos como un magnífico espectáculo al cual yo asisto

ciertamente, si, pero de donde puedo retirarme sin que la

representacion cese, ni se altere nada, ni resulte otra mudanza que la

de quedar vacío el imperceptible lugar que estoy ocupando. Muy de otro

modo sucede en las verdades objeto de evidencia; no es necesario que

yo piense, pero es tan necesario que lo que piensa exista, que todos

mis esfuerzos no bastan para prescindir por un momento de esta

necesidad. Si supongo lo contrario, si colocándome en el terreno de lo

absurdo finjo por un instante que queda cortada la relacion entre el

pensar y el ser, se rompe el vínculo que mantiene en órden al universo

entero: todo se trastorna, todo se confunde, y lo que se me presenta á

la vista no sé si es el caos ó la nada. ¿Qué ha sucedido? Nada mas

sino que el entendimiento ha supuesto una cosa contradictoria,

afirmando y negando á un mismo tiempo el pensar, porque afirmaba un

pensamiento al cual negaba la existencia. Se ha quebrantado una ley

universal, absolutamente necesaria; en faltando ella todo se hunde en

el caos; la certeza de la existencia del _yo_ afianzada en el

testimonio de la conciencia, no basta á impedir la confusion: la

inteligencia contradiciéndose, se ha negado á sí propia; de su palabra

insensata no ha salido el ser sino la nada, no la luz sino las

tinieblas; y esas tinieblas que ella ha soplado sobre todo lo

existente y lo posible, vuelven á caer á torrentes sobre ella misma y

la envuelven en eterna noche.

[154.] Hé aquí fijados y deslindados los caractéres de la conciencia y

de la evidencia. La primera tiene por objeto lo individual y

contingente; la segunda lo universal y necesario: solo Dios, fuente de

toda verdad, principio universal y necesario de ser y de conocer,

tiene identificada la conciencia con la evidencia en sí propio: en

aquel ser infinito que todo lo encierra, ve la razon de todas las

esencias y de todas las existencias, y no le es dable prescindir de sí

mismo, del testimonio de su conciencia, sin anonadarlo todo. ¿Qué

quedaria en el mundo, se dice la criatura, si tú desaparecieses? y se

responde á si misma: _todo excepto tú_. Si Dios se dirigiese esta

pregunta, se respondería á sí propio: _nada_.

[155.] He llamado instinto intelectual á ese impulso que nos lleva á

la certeza en muchos casos, sin que medien ni el testimonio de la

conciencia, ni el de la evidencia. Si se indica á un hombre un blanco

de una línea de diámetro, y luego se le vendan los ojos y despues de

haberle hecho dar muchas vueltas á la aventura, se le pone un arco en

la mano para que dispare y se asegura que la flecha irá á clavarse

precisamente en el pequeñísimo blanco, dirá que esto es imposible y

nadie será capaz de persuadirle tamaño dislate. ¿Y porqué? ¿se apoya

en el testimonio de la conciencia? nó, porque se trata de objetos

externos. ¿Se funda en la evidencia? tampoco, porque esta tiene por

objeto las cosas necesarias, y no hay ninguna imposibilidad intrínseca

en que la flecha vaya á dar en el punto señalado. ¿En qué estriba

pues la profunda conviccion de la negativa? Si suponemos que este

hombre nada sabe de las teorías de probabilidades y combinaciones, que

ni aun tiene noticia de esta ciencia, ni ha pensado nunca en cosas

semejantes, su certeza será igual, sin embargo de que no podrá

fundarla en cálculo de ninguna especie; igual la tendrán todos los

circunstantes rudos ó cultos, ignorantes ó sabios: sin necesidad de

reflexion, instantáneamente, todos dirán ó pensarán: «esto es

imposible, esto no se verificará.» ¿En qué fundan, repito, tan fuerte

conviccion? Es claro que no naciendo ni de la conciencia, ni de la

evidencia inmediata ni mediata, no puede tener otro orígen que esa

fuerza interior que llamo instinto intelectual, y que dejaré llamar

sentido comun ó lo que se quiera, con tal que se reconozca la

existencia del hecho. Don precioso que nos ha otorgado el Criador para

hacernos razonables aun antes de raciocinar; y á fin de que dirijamos

nuestra conducta de una manera prudente, cuando no tenemos tiempo para

examinar las razones de prudencia.

[156.] Ese instinto intelectual abraza muchísimos objetos de órden muy

diferente; es, por decirlo asi, la guia y el escudo de la razon; la

guia, porque la precede y le indica el camino verdadero, antes de que

comience á andar; el escudo, porque la pone á cubierto de sus propias

cavilaciones, haciendo enmudecer el sofisma en presencia del sentido

comun.

[157.] El testimonio de la autoridad humana, tan necesario al

individuo y á la sociedad, arranca nuestro asenso por medio de un

instinto intelectual. El hombre cree al hombre, cree á la sociedad,

antes de pensar en los motivos de su fe; pocos los examinan, y sin

embargo la fe es universal.

No se trata ahora de saber si el instinto intelectual nos engaña

algunas veces, en qué casos y por qué; al presente solo quiero

consignar su existencia; y con respecto á los errores á que nos

conduce, me contentaré con observar que en un ser débil como es el

hombre, la regla se dobla muy á menudo; y que así como no es posible

encontrar en él lo bueno sin mezcla de lo malo, tampoco es dable

hallar la verdad sin mezcla de error.

[158.] Si bien se observa, no objetivamos las sensaciones sino en

fuerza de un instinto irresistible. Nada mas cierto, mas evidente á

los ojos de la filosofía que la subjetividad de toda sensacion; es

decir, que las sensaciones son fenómenos inmanentes, ó que están

dentro de nosotros y no salen fuera de nosotros; y sin embargo, nada

mas constante que el tránsito que hace el género humano entero de lo

subjetivo á lo objetivo, de lo interno á lo externo, del fenómeno á la

realidad. ¿En qué se funda este tránsito? Cuando los filósofos mas

eminentes han tenido tanta dificultad en encontrar el puente, por

decirlo así, que une las dos riberas opuestas, cuando algunos de

ellos cansados de investigar han dicho resueltamente que no era

posible encontrarle, ¿lo descubrirá el comun de los hombres desde su

mas tierna niñez? es evidente que el tránsito que hacen no puede

explicarse por motivos de raciocinio, y que es preciso apelar al

instinto de la naturaleza. Luego hay un instinto que por sí solo nos

asegura de la verdad de una proposicion, á cuya demostracion llega

difícilmente la filosofía mas recóndita.

[159.] Aquí observaré lo errado de los métodos que aislan las

facultades del hombre, y que para conocer mejor el espíritu, le

desfiguran y mutilan. Es uno de los hechos mas constantes y

fundamentales de las ciencias ideológicas y psicológicas, la

multiplicidad de actos y facultades de nuestra alma, á pesar de su

simplicidad atestiguada por la unidad de conciencia. Hay en el hombre

como en el universo un conjunto de leyes cuyos efectos se desenvuelven

simultáneamente, con una regularidad armoniosa; separarlas equivale

muchas veces á ponerlas en contradiccion; porque no siendo dado á

ninguna de ellas el producir su efecto aisladamente, sino en

combinacion con las demás, cuando se les exige que obren por sí solas,

en vez de efectos regulares, producen monstruosidades las mas

deformes. Si dejais sola en el mundo la ley de gravitacion no

combinándola con ninguna fuerza de proyeccion, todo se precipitará

hácia un centro; en vez de esa infinidad de sistemas que hermosean el

firmamento, tendréis una mole ruda é indigesta: si quitáis la

gravitacion y dejais la fuerza de proyeccion, los cuerpos todos se

descompondrán en átomos imperceptibles, dispersándose cual éter

levísimo por las regiones de la inmensidad (XV).

CAPÍTULO XVI.

CONFUSION DE IDEAS EN LAS DISPUTAS SOBRE EL PRINCIPIO FUNDAMENTAL.

[160.] En mi concepto hay varios principios que con relacion al

entendimiento humano pueden llamarse igualmente fundamentales, ya

porque todos sirven de cimiento en el órden comun y en el científico,

ya porque no se apoyan en otro; no siendo dable señalar uno que

disfrute de esta calidad como privilegio exclusivo. Al buscarse en las

escuelas el principio fundamental, suele advertirse que no se trata de

encontrar una verdad de la cual dimanen todas las otras; pero sí un

axioma tal que su ruina traiga consigo la de todas las verdades, y su

firmeza las sostenga, al menos indirectamente; de manera que quien las

negare pueda ser reducido por demostracion indirecta ó _ad absurdum_;

es decir, que admitido dicho axioma, se podrá conseguir que quien

niegue los otros sea convencido de hallarse en oposicion con el que

habia reconocido como verdadero.

[161.] Mucho se ha disputado sobre si era este ó aquel principio el

merecedor de la preferencia; yo creo que hay aquí cierta confusion de

ideas, nacida en buena parte, de no deslindar suficientemente

testimonios tan distintos como son el de la conciencia, el de la

evidencia y el del sentido comun.

El famoso principio de Descartes «yo pienso, luego soy;» el de

contradiccion, «es imposible que una cosa sea y no sea á un mismo

tiempo;» el otro que llaman de los cartesianos, «lo que está contenido

en la idea clara y distinta de una cosa, se puede afirmar de ella con

toda certeza;» son los tres principios que han dividido las escuelas.

En favor de todos ellos se alegaban razones poderosísimas, y hasta

concluyentes contra el adversario, atendido el terreno en que estaba

colocada la cuestion.

Si no estais seguros de que pensais, argüiria un partidario de

Descartes, no podeis estarlo ni aun del principio de contradiccion, ni

tampoco de la legitimidad del criterio de la evidencia; para saber

todo esto, es necesario pensar; quien afirma ó niega, piensa; sin

suponer el pensamiento, no son posibles ni la afirmacion ni la

negacion. Pero admitamos el pensamiento; tenemos ya un punto de apoyo,

y de tal naturaleza, que lo encontramos en nosotros mismos,

atestiguado por el sentido íntimo, imponiéndonos con una eficacia

irresistible la certeza de su existencia. Establecido el fundamento,

veamos cómo se puede levantar el edificio: para esto, no es necesario

salir del pensamiento propio; allí está el punto luminoso para

guiarnos en el camino de la verdad; sigamos sus resplandores, y fijado

un punto inmóvil hagamos salir de él el hilo misterioso que nos

conduzca en el laberinto de la ciencia. Así, nuestro principio es el

primero, es la basa de todos los demás, posee una fuerza propia para

sostenerse y la tiene sobrante para comunicar firmeza á los otros.

Este lenguaje es razonable ciertamente; pero hay la desgracia de que

la conviccion que pudiera producir, está neutralizada con otro

lenguaje no menos razonable, en sentido directamente opuesto. He aquí

cómo pudiera contestar un sostenedor del principio de contradiccion.

Si nos dais por supuesto que es imposible que una cosa sea y no sea á

un mismo tiempo, será posible que á un mismo tiempo penséis y no

penséis; vuestra afirmacion pues «yo pienso» no significa nada; porque

junto con ella se puede verificar la opuesta «yo no pienso». En tal

caso, la ilacion de la existencia queda destruida; porque aun

admitiendo la legitimidad de la consecuencia «yo pienso, luego

existo», como por otra parte sabríamos que es posible esta otra

premisa, «yo no pienso,» la deduccion no tendria lugar. Sin el

principio de contradiccion tampoco vale nada el otro: «lo que está

contenido en la idea clara y distinta de una cosa se puede afirmar de

ella con toda certeza»: porque si á un mismo tiempo es posible el ser

y el no ser, una idea podrá ser clara y oscura, distinta y contusa;

un predicado podrá estar contenido en un sujeto y no contenido; podrá

haber certeza é incertidumbre; afirmacion y negacion; luego esta regla

no sirve para nada.

Y tiene mucha razon el que discurre de este modo; pero lo curioso es,

que el tercer contrincante las alegará igualmente fuertes contra sus

dos adversarios. ¿Cómo se sabe, podrá preguntar, que el principio de

contradiccion es verdadero? claro es que no lo sabemos sino porque en

la idea del ser vemos la imposibilidad del no ser á un mismo tiempo y

vice-versa; luego no estais seguros del principio de contradiccion

sino aplicando mi principio: «lo que está contenido en la idea clara y

distinta de una cosa, se puede afirmar de ella con toda certeza.» Si

nada puede sostenerse en cayendo al principio de contradiccion, y este

se funda en el mio, el mio es el cimiento de todo.

[162.] Los tres tienen razon y no la tiene ninguno. La tienen los

tres, en cuanto afirman que negado el respectivo principio se arruinan

los demás; no la tiene ninguno, en cuanto pretenden que negados los

demás no se arruina el propio. ¿De dónde pues nace la disputa? de la

confusion de ideas, de que se comparan principios de órdenes muy

diferentes, todos de seguro muy verdaderos, pero que no pueden

parangonarse por la misma razon que no se compara lo blanco con lo

caliente, disputando si una cosa tiene mas grados de calor que de

blancura. Para la comparacion, se necesita cierta oposicion en los

extremos; pero estos deben tener algo comun; si son enteramente

disparatados, la comparacion es imposible.

El principio de Descartes es la anunciacion de un simple hecho de

conciencia; el de contradiccion es una verdad conocida por evidencia;

y el otro es la afirmacion de la legitimidad del criterio de la

evidencia misma; es una verdad de reflexion que expresa el impulso

intelectual por el que somos llevados á creer verdadero lo que

conocemos con evidencia.

La importancia de la cuestion exige que examinemos por separado los

tres principios; así lo haré en los capítulos siguientes (XVI).

CAPÍTULO XVII.

LA EXISTENCIA Y EL PENSAMIENTO. PRINCIPIO DE DESCARTES.

[163.] ¿Estoy seguro de que existo? sí. ¿Puedo probarlo? nó. La prueba

supone un raciocinio; no hay raciocinio sólido sin principio firme en

que estribe; y no hay principio firme, si no está supuesta la

existencia del ser que raciocina.

En efecto: si quien discurre no está seguro de su existencia, no puede

estarlo ni de la existencia de su propio discurso; pues no habrá

discurso si no hay quien discurre. Luego sin este supuesto no hay

principios sobre que fundar, no hay nada; no hay mas que ilusion, y

bien mirado, ni ilusion siquiera, pues no hay ilusion si no hay iluso.

Nuestra existencia no puede ser demostrada: tenemos de ella una

conciencia tan clara, tan viva, que no nos deja la menor

incertidumbre; pero probarla con el raciocinio es imposible.

[164.] Es una preocupacion, un error de fatales consecuencias, el

creer que podemos probarlo todo con el uso de la razon; antes que el

uso de la razon están los principios en que ella se funda; y antes que

uno y otro, está la existencia de la razon misma, y del ser que

raciocina.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 7 / 21 段