[83.] Examinando detenidamente las palabras de Fichte se ve con toda

claridad que nada mas adelantaba sobre lo dicho por el filósofo

francés. «No sabemos, continúa, si A está puesto, ni cómo lo es; pero

debiendo X expresar una relacion entre un poner desconocido de A y un

poner absoluto del mismo A, en tanto por lo menos que la relacion es

puesta, A existe en el _yo_, y está puesto por el _yo_, lo mismo que

X. X no es posible sino relativamente á un A; es así que X es

realmente puesta en el _yo_; luego A debe estar puesto en el _yo_, si

en él se encuentra la X.» ¡Qué lenguaje mas embrollado y misterioso

para decir cosas muy comunes! ¡cuán grande parece Descartes al lado de

Fichte! Ambos comienzan su filosofía por el hecho de conciencia que

revela la existencia. El uno expresa lo que piensa con claridad, con

sencillez, en un lenguaje que todo el mundo entiende y no puede menos

de entender; y el otro para hacer como que inventa, para no

manifestarse discípulo de nadie, se envuelve en una nube misteriosa,

rodeada de tinieblas, y desde allí con voz ahuecada pronuncia sus

oráculos. Descartes dice: «yo pienso, de esto no puedo dudar, es un

hecho que me atestigua mi sentido íntimo; nada puede pensar sin

existir; luego yo existo.» Esto es claro, es sencillo, ingenuo, esto

manifiesta un verdadero filósofo, un hombre sin afectacion ni

pretensiones. El otro dice: «déseme una proposicion cualquiera, por

ejemplo A es A» explica en seguida que en las proposiciones el verbo

ser no expresa la existencia absoluta del sujeto, sino su relacion con

el predicado; todo con un aparato de doctrina, que cansa por su forma

y hace reir por su esterilidad; ¿y para qué? para decirnos que A está

en el _yo_ porque la relacion del predicado con el sujeto ó sea la X,

no es posible sino en un ser, pues que A significa un ser cualquiera.

Pongamos en parangon los dos silogismos. Descartes dice: «nada puede

pensar sin existir, es así que yo pienso, luego existo.» Fichte dice

literalmente lo que sigue: «X no es posible sino relativamente á un A;

es así que X es realmente puesto en el _yo_; luego A debe estar puesto

en el _yo_.» ¿Cuál es en el fondo la diferencia? ninguna, ¿Cuál es en

la forma? la que va del lenguaje de un hombre sencillo á un hombre

vano.

Repito que en el fondo los silogismos no son diferentes. La mayor de

Descartes es: «nada puede pensar sin existir.» No la prueba, y

confiesa que no se puede probar. La mayor de Fichte es: «X no es

posible sino relativamente á un A» ó en otros términos: una relacion

de un predicado con un sujeto, en cuanto conocida, no es posible sin

un ser que conozca. «Debiendo X expresar una relacion entre un _poner_

desconocido de A, y un _poner_ absoluto del mismo A, en tanto por lo

menos que _esta relacion es puesta_» es decir en tanto que es

conocida. ¿Y cómo prueba Fichte que un _poner_ relativo, supone un

_poner_ absoluto, esto es, un sujeto en que se _ponga_? Lo mismo que

Descartes: de ninguna manera. No hay A relativo, si no le hay

absoluto; nada puede pensar sin existir; esto es claro, es evidente, y

ni Descartes ni Fichte van mas allá.

La menor de Descartes es esta: yo pienso; la prueba de esta menor no

la da el filósofo, se refiere al sentido íntimo y de allí confiesa que

no puede pasar. La menor de Fichte, es la siguiente: X es realmente

puesta en el _yo_, lo que equivale á decir, la relacion del predicado

con el sujeto es realmente conocida por el _yo_; y como la proposicion

podia ser escogida á arbitrio segun el mismo Fichte, siendo

indiferente la una ó la otra, decir la relacion del predicado con el

sujeto es conocida por el _yo_, es lo mismo que decir una relacion

cualquiera es conocida por el _yo_, lo que podia expresarse en

términos mas claros: _yo_ pienso.

[84.] Y nótese bien; si hay aquí alguna diferencia, toda la ventaja

está de parte del filósofo francés. Descartes entiende por pensamiento

todo fenómeno interno de que tenemos conciencia. Para consignar este

hecho, no necesita analizar proposiciones, ni confundir el

entendimiento, cuando cabalmente es menester mas claridad y precision.

Para llegar al mismo hecho Fichte da largos rodeos, Descartes lo

señala con el dedo, y dice: aquí está. Lo primero es propio del

sofista, lo segundo del genio.

Estas formas del filósofo aleman aunque poco á propósito para ilustrar

la ciencia, no tendrian otro inconveniente que el de fatigar al

lector, si se las limitase á lo que hemos visto hasta aquí; pero

desgraciadamente, ese _yo_ misterioso que se nos hace aparecer en el

vestíbulo mismo de la ciencia, y que á los ojos de la sana razon, no

es ni puede ser otra cosa que lo que fué para Descartes, á saber, el

espíritu humano que conoce su existencia por su propio pensamiento, va

dilatándose en manos de Fichte como una sombra gigantesca, que

comenzando por un punto acaba por ocultar su cabeza en el cielo y sus

pies en el abismo. Ese _yo_ sujeto absoluto, es luego un ser que

existe simplemente porque se pone á sí mismo; es un ser que se crea á

sí propio, que lo absorbe todo, que lo es todo, que se revela en la

conciencia humana como en una de las infinitas fases que comparten la

existencia infinita.

Basta la presente indicacion para dar á conocer las tendencias del

sistema de Fichte. Tratándose de la certeza y de sus fundamentos no

seria oportuno adelantar lo que pienso decir largamente en el lugar

que corresponde, al exponer la idea de sustancia y refutar el

panteismo.

Este es uno de los graves errores de la filosofía de nuestra época; en

todas partes, y bajo todos los aspectos, es menester combatirle; y

para hacerlo con fruto conviene detenerle en sus primeros pasos. Por

esto, he examinado con detencion la reflexion fundamental de Fichte en

su _Doctrina de la ciencia_; despojándola de la importancia que el

filósofo pretende atribuirle para establecer sobre ella una ciencia

trascendental, pues que se lisonjea de poder determinar el principio

absolutamente incondicional de todos los conocimientos humanos (VII).

CAPÍTULO VIII.

LA IDENTIDAD UNIVERSAL.

[85.] Para dar unidad á la ciencia apelan algunos á la identidad

universal; pero esto no es encontrar la unidad, sino refugiarse en el

caos.

Por de pronto la identidad universal, cuando no fuese absurda, es una

hipótesis destituida de fundamento. Excepto la unidad de la

conciencia, nada encontramos en nosotros que sea uno: muchedumbre de

ideas, de percepciones, de juicios, de actos de voluntad, de

impresiones las mas varias; esto es lo que sentimos en nosotros;

multitud en los seres que nos rodean ó si se quiere en las

apariencias; esto es lo que experimentamos con relacion á los objetos

externos. ¿Dónde están pues la unidad y la identidad, si no se las

encuentra ni en nosotros, ni fuera de nosotros?

[86.] Si se dice que todo cuanto se nos ofrece no son mas que

fenómenos, y que no alcanzamos á la realidad, á la unidad idéntica y

absoluta que se oculta debajo de ellos, se puede replicar con el

siguiente dilema: ó nuestra experiencia se limita á los fenómenos, ó

llega á la naturaleza misma de las cosas; si lo primero, no podemos

saber lo que bajo los fenómenos se esconde, y la unidad idéntica y

absoluta nos será desconocida; si lo segundo, luego la naturaleza no

es una sino múltipla, pues que encontramos por todas partes la

multiplicidad.

[87.] Es curioso observar la ligereza con que hombres escépticos en

las cosas mas sencillas, se convierten de repente en dogmáticos,

precisamente al llegar al punto donde mas motivos se ofrecen de duda.

Para ellos el mundo exterior es ó una pura apariencia, ó un ser que

nada tiene de semejante á lo que se figura el linaje humano; el

criterio de la evidencia, el del sentido comun, el del testimonio de

los sentidos son de escasa importancia para obligar al asenso; solo el

vulgo debe contentarse con fundamentos tan ligeros: el filósofo

necesita otros mucho mas robustos. Pero, ¡cosa singular! el mismo

filósofo que llamaba á la realidad apariencia engañosa, que veia

oscuro lo que el humano linaje considera claro, tan pronto como sale

del mundo fenomenal y llega á las regiones de lo absoluto, se

encuentra alumbrado por un resplandor misterioso, no necesita

discurrir, sino que por una intuicion purísima ve lo incondicional, lo

infinito, lo único, en que se refunde todo lo múltiplo, la gran

realidad cimiento de todos los fenómenos, el gran todo que en su seno

tiene la variedad de todas las existencias, que lo reasume todo, que

lo absorbe todo en la mas perfecta identidad; fija la mirada del

filósofo en aquel foco de luz y de vida, ve desarrollarse como en

inmensas oleadas el piélago de la existencia, y así explica lo vario

por lo uno, lo compuesto por lo simple, lo finito por lo infinito.

Para estos prodigios no ha menester salir de sí propio, le basta ir

destruyendo todo lo _empírico_, remontarse hasta el acto puro, por

senderos misteriosos á todos desconocidos menos á él. Ese _yo_ que se

creyera una existencia fugaz, dependiente de otra existencia superior,

se asombra al descubrirse tan grande; en sí encuentra el orígen de

todos los seres, ó por mejor decir el ser único del cual todos los

demás son modificaciones fenomenales; él es el universo mismo que por

un desarrollo gradual ha llegado á tener conciencia de sí propio; todo

lo que contempla fuera de sí y que á primera vista le parece distinto,

no es mas que él mismo, no es mas que un reflejo de sí propio, que se

presenta á sus ojos y se desenvuelve bajo mil formas como un soberbio

panorama.

¿Creerán los lectores que finjo un sistema para tener el gusto de

combatirle? nada de eso: la doctrina que se acaba de exponer es la

doctrina de Schelling.

[88.] Una de las causas de este error es la oscuridad del problema del

conocimiento. El conocer es una accion inmanente y al propio tiempo

relativa á un objeto externo, exceptuando los casos en que el ser

inteligente se toma por objeto á sí propio con un acto reflejo. Para

conocer una verdad sea la que fuere, el espíritu no sale de sí mismo;

su accion no se ejerce fuera de sí mismo: la conciencia íntima le está

diciendo que permanece en sí y que su actividad se desenvuelve dentro

de sí.

Esta accion inmanente se extiende á los objetos mas distantes en lugar

y tiempo y diferentes en naturaleza. ¿Cómo puede el espíritu ponerse

en contacto con ellos? ¿Cómo puede explicarse que estén conformes la

realidad y la representacion? Sin esta última no hay conocimiento; sin

conformidad no hay verdad, el conocimiento es una pura ilusion á que

nada corresponde, y el entendimiento humano es continuo juguete de

vanas apariencias.

No puede negarse que hay en este problema dificultades gravísimas,

quizás insuperables á la ciencia del hombre mientras vive sobre la

tierra. Aquí se ofrecen todas las cuestiones ideológicas y

psicológicas que han ocupado á los metafísicos mas eminentes. Pero

como quiera que no es mi ánimo adelantar discusiones que pertenecen á

otro lugar, me limitaré al punto de vista indicado por la cuestion que

examino sobre la certeza y su principio fundamental.

[89.] Que existe la representacion es un hecho atestiguado por el

sentido íntimo; sin ella no hay pensamiento; y la afirmacion _yo

pienso_, es, si no el orígen de toda filosofía, al menos su condicion

indispensable.

[90.] ¿De dónde viene la representacion? ¿cómo se explica que un ser

se ponga en tal comunicacion con los demás, y no por una accion

transitiva sino inminente? ¿cómo se explica la conformidad entre la

representacion y los objetos? Este misterio, ¿no está indicando que en

el fondo de todas las cosas hay unidad, identidad, que el ser que

conoce es el mismo ser conocido que se aparece á sí propio bajo

distinta forma, y que todo lo que llamamos realidades no son mas que

fenómenos de un mismo ser siempre idéntico, infinitamente activo, que

desenvuelve sus fuerzas en sentidos varios, constituyendo con su

desarrollo ese conjunto que llamamos universo? Nó: no es así, no puede

ser así, esto es un absurdo que la razon mas estraviada no alcanza á

devorar; este es un recurso tan desesperado como impotente para

explicar un misterio si se quiere, pero mil veces menos oscuro que el

sistema con que se le pretende aclarar.

[91.] La identidad universal nada explica, mas bien confunde; no

disipa la dificultad, la robustece, la hace insoluble. Es cierto que

no es fácil dar razon del modo con que se ofrece al espíritu la

representacion de cosas distintas de él; pero no es mas fácil el darla

de cómo el espíritu puede tener representacion de sí propio. Si hay

unidad, sí hay completa identidad, entre el sujeto y el objeto, ¿cómo

es que los dos se nos ofrecen cual cosas distintas? de la unidad ¿cómo

sale esta dualidad? de la identidad ¿cómo puede nacer la diversidad?

Es un hecho atestiguado por la experiencia, y no por la experiencia

de los objetos exteriores, sino por la del sentido íntimo, por lo mas

recóndito de nuestra alma, que en todo conocimiento hay sujeto y

objeto, percepcion y cosa percibida, y sin esta diferencia no es

posible el conocimiento. Aun cuando por un esfuerzo de reflexion nos

tomamos por objetos á nosotros mismos, la dualidad aparece; si no

existe la fingimos, pues sin esta ficcion no alcanzamos á pensar.

[92.] Si bien se observa, aun en la reflexion mas íntima y

concentrada, la dualidad se halla, no por ficcion como á primera vista

pudiera parecer, sino realmente. Cuando la inteligencia se vuelve

sobre sí misma, no ve su esencia, pues no le es dada la intuicion

directa de sí propia; lo que ve son sus actos, y á estos toma por

objeto. Ahora bien; el acto reflexivo no es el mismo acto

reflexionado; cuando pienso que pienso, el primer pensar es distinto

del segundo, y tan distinto, que el uno sucede al otro, no pudiendo

existir el pensar reflexivo, sin que antes haya existido el pensar

reflexionado.

[93.] Un profundo análisis de la reflexion confirma lo que se acaba de

explicar. ¿Es posible reflexionar sin objeto reflexionado? Es evidente

que no. ¿Cuál es este objeto en el caso que nos ocupa? El pensamiento

propio; luego este pensamiento ha debido preexistir á la reflexion. Si

se supone que no hay necesidad de que se sucedan en diferentes

instantes de tiempo, y que la dependencia se salva á pesar de la

simultaneidad, todavía queda en pie la fuerza del argumento; dado y

no concedido que lo simultaneidad sea posible, no lo es al menos la

dependencia, si no hay distincion. La dependencia es una relacion; la

relacion supone oposicion de extremos; y esta oposicion trae consigo

la distincion.

[94.] Que estos actos son distintos, aun cuando se supongan

simultáneos, se puede demostrar todavía de otra manera. Uno de ellos,

el reflexionado, puede existir sin el reflexivo. Se piensa

continuamente sin pensar en que se piensa; y de toda reflexion sea la

que fuere, se puede verificar lo mismo, ya sea no presentándose ella

para ocuparse del acto pensado, ya desapareciendo y dejando solo al

acto directo: luego estos actos son no solo distintos sino separables;

luego la dualidad de sujeto y de objeto existe no solo con respecto al

mundo exterior, sino en lo mas íntimo, en lo mas puro de nuestra alma.

[95.] No vale decir que la reflexion no tiene por objeto un acto

determinado, sino el pensamiento en general. Esto es falso en muchos

casos, pues no solo pensamos que pensamos, sino que pensamos una cosa

determinada. Además, aun cuando la reflexion tenga por objeto algunas

veces el pensamiento en general, ni aun entonces la dualidad

desaparece: el acto subjetivo es en tal caso un acto individual, que

existe en determinado instante de tiempo, y su objeto es el

pensamiento en general, es decir, una idea representante de todo

pensamiento, una idea que envuelve una especie de recuerdo confuso de

todos los actos pasados, ó de eso que se llama actividad, fuerza

intelectual. La dualidad existe pues, mas evidente sí cabe, que cuando

el objeto es un pensamiento determinado. En un caso se comparaban al

menos dos actos individuales; mas en este se compara un acto

individual con una idea abstracta, una cosa que existe en un instante

de tiempo, con una idea que ó prescinde de él, ó abarca confusamente

todo el trascurrido desde la época en que ha comenzado la conciencia

del ser que reflexiona.

[96.] Estas razones tienen mucha mas fuerza dirigiéndose contra

filósofos que ponen la esencia del espíritu, no en la fuerza de

pensar, sino en el pensamiento mismo, que no dan al _yo_ mas

existencia de la que nace de su propio conocimiento, afirmando que

solo existe porque se _pone_ á sí mismo conociéndose, y que solo

existe en cuanto se _pone_, es decir, en cuanto se conoce. Con este

sistema no solo existe la dualidad ó mas bien la pluralidad en los

actos, sino en el mismo _yo_; porque ese _yo_ es un acto, y los actos

se suceden como una serie de fluxiones desenvueltas hasta lo infinito.

Así, lejos de salvarse la unidad absoluta, ni la identidad entre el

sujeto y el objeto, se establece la pluralidad y multiplicidad en el

sujeto mismo; y la misma unidad de conciencia, en peligro de ser

rasgada por las cavilaciones filosóficas, tiene que guarecerse á la

sombra de la invencible naturaleza.

[97.] Queda probado pues de una manera incontestable, que hay en

nosotros una dualidad primitiva entre el sujeto y el objeto; que sin

esta no se concibe el conocimiento; y que la representacion misma es

una palabra contradictoria, si de un modo ú otro no se admiten en los

arcanos de la inteligencia cosas realmente distintas. Permítaseme

recordar que de esta distincion hallamos un tipo sublime en el augusto

misterio de la Trinidad, dogma fundamental de nuestra sacrosanta

religion, cubierto con un velo impenetrable, pero de donde salen

torrentes de luz para ilustrar las cuestiones filosóficas mas

profundas. Este misterio no es explicado por el débil hombre; pero es

para el hombre una explicacion sublime. Asi Platon se apoderó de las

vislumbres de aquel arcano como de un tesoro de inmenso valor para las

teorías filosóficas; asi los santos padres y los teólogos al

esforzarse por aclararle con algunas razones de congruencia, han

ilustrado los mas recónditos misterios del pensamiento humano.

[98.] Los sostenedores de la identidad universal á mas de contradecir

uno de los hechos primitivos y fundamentales de la conciencia, no

adelantan nada para explicar ni el orígen de la representacion

intelectual, ni su conformidad con los objetos. Es evidente que ningun

hombre posee la intuicion de la naturaleza del _yo_ individual, y

mucho menos del ser absoluto que estos filósofos suponen como el

_substratum_, de todo lo que existe ó aparece. Sin esta intuicion, no

les será posible explicar _à priori_ la representacion de los objetos,

ni tampoco la conformidad de estos con aquella. El hecho pues en que

se quiere cimentar toda la filosofía, ó no existe, ó nos es

desconocido, en ambos casos no puede servir para fundar un sistema.

Si este hecho existiese no se podria presentar á nuestro entendimiento

por medio de una enunciacion á que llegásemos por raciocinio. Ha de

ser mas bien visto que conocido; ó ha de ocupar el primer lugar ó

ninguno. Si empezamos por raciocinar sin tomarle á él por fundamento,

estribamos en lo aparente para llegar á lo verdadero; nos valemos de

la ilusion para alcanzar la realidad. Así resulta evidentemente del

sistema de nuestros adversarios, que, ó la filosofía debe comenzar por

la intuicion mas poderosa que imaginarse pueda, ó no le es dable

adelantar un paso.

[99.] Las escuelas distinguian entre el principio de ser y el de

conocer, _principium essendi et principium cognoscendi_; mas esta

distincion no tiene cabida en el sistema filosófico que impugnamos; el

ser se confunde con el conocer; lo que existe, existe porque se

conoce, y solo existe en cuanto se conoce. Deducir la serie de los

conocimientos es desenvolver la serie de la existencia. No hay ni

siquiera dos movimientos paralelos, no hay mas que un movimiento; el

_yo_ es el universo, el universo es el _yo_; todo cuanto existe es un

desarrollo del hecho primitivo, es el mismo hecho que se despliega

ofreciendo diferentes formas, extendiéndose como un océano infinito:

su lugar es un espacio sin límites, su duracion la eternidad (VIII).

CAPÍTULO IX.

CONTINÚA EL EXÁMEN DEL SISTEMA DE LA IDENTIDAD UNIVERSAL.

[100.] Estos sistemas tan absurdos como funestos, y que bajo formas

distintas y por diversos caminos, van á parar al panteismo, encierran

no obstante una verdad profunda, que desfigurada por vanas

cavilaciones, se presenta como un abismo de tinieblas, cuando en sí es

un rayo de vivísima luz.

El espíritu humano busca con el discurso lo mismo á que le impele un

instinto intelectual: el modo de reducir la pluralidad á la unidad, de

recoger por decirlo así la variedad infinita de las existencias en un

punto del cual todas dimanen y en que se confundan. El entendimiento

conoce que lo condicional ha de refundirse en lo incondicional, lo

relativo en lo absoluto, lo finito en lo infinito, lo múltiplo en lo

uno. En esto convienen todas las religiones, todas las escuelas

filosóficas. La proclamacion de esta verdad no pertenece á ninguna

exclusivamente; se la encuentra en todos los paises del mundo, en los

tiempos primitivos, junto á la cuna de la humanidad. Tradicion bella,

tradicion sublime, que conservada al través de todas las generaciones,

entre el flujo y reflujo de los acontecimientos, nos presenta la idea

de la divinidad presidiendo al orígen y al destino del universo.

[101.] Sí: la unidad buscada por los filósofos es la Divinidad misma,

es la Divinidad cuya gloria anuncia el firmamento y cuya faz augusta

nos aparece en lo interior de nuestra conciencia con resplandor

inefable. Sí: ella es la que ilumina y consuela al verdadero filósofo,

y ciega y perturba al orgulloso sofista; ella es la que el verdadero

filósofo llama Dios, á quien acata y adora en el santuario de su alma,

y la que el filósofo insensato apellida el _yo_ con profanacion

sacrílega; ella es la que considerada con su personalidad, con su

conciencia, con su inteligencia infinita, con su perfectísima

libertad, es el cimiento y la cúpula de la religion; ella es la que

distinta del mundo le ha sacado de la nada, la que le conserva, le

gobierna, le conduce por misteriosos senderos al destino señalado en

sus decretos inmutables.

[102.] Hay pues unidad en el mundo; hay unidad en la filosofía; en

esto convienen todos; la diferencia está en que unos separan con

muchísimo cuidado lo infinito de lo finito, la fuerza creatriz de la

cosa creada, la unidad de la multiplicidad, manteniendo la

comunicacion necesaria entre la libre voluntad del agente todopoderoso

y las existencias finitas, entre la sabiduría de la soberana

inteligencia y la ordenada marcha del universo; mientras los otros

tocados de una ceguera lamentable, confunden el efecto con la causa,

lo finito con lo infinito, lo vario con lo uno; y reproducen en la

region de la filosofía el caos de los tiempos primitivos; pero todo en

dispersion, todo en confusion espantosa, sin esperanza de reunion ni

de órden: la tierra de esos filósofos está vacía, las tinieblas yacen

sobre la faz del abismo, mas no hay el espíritu de Dios llevado sobre

las aguas para fecundar el caos y hacer que surjan de las sombras y de

la muerte piélagos de luz y de vida.

Con los absurdos sistemas excogitados por la vanidad filosófica, nada

se aclara; con el sistema de la religion que es al propio tiempo el de

la sana filosofía y el de la humanidad entera, todo se explica; el

mundo de las inteligencias como el mundo de los cuerpos es para el

espíritu humano un caos desde el momento en que desecha la idea de

Dios; ponedla de nuevo, y el órden reaparece.

[103.] Los dos problemas capitales: ¿de dónde nace la representacion

intelectual? ¿de dónde su conformidad con los objetos? tienen entre

nosotros una explicacion muy sencilla. Nuestro entendimiento aunque

limitado, participa de la luz infinita: esta luz no es la que existe

en el mismo Dios, es una semejanza comunicada á un ser, criado á

imágen del mismo Dios.

Con el auxilio de esta luz resplandecen los objetos á los ojos de

nuestro espíritu; ya sea que aquellos estén en comunicacion con este

por medios que nos son desconocidos; ya sea que la representacion nos

haya sido dada directamente por Dios á la presencia de los objetos.

La conformidad de la representacion con la cosa representada, es un

resultado de la veracidad divina. Un Dios infinitamente perfecto no

puede complacerse en engañar á sus criaturas. Esta es la teoría de

Descartes y Malebranche: pensadores eminentes que no sabian dar un

paso en el órden intelectual sin dirigir una mirada al Autor de todas

las luces, que no acertaban á escribir una página donde no pusiesen la

palabra Dios.

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 4 / 21 段