[69.] Aun suponiendo que en el órden de la creacion hubiese un hecho

primitivo de tal naturaleza que todo el universo no fuera mas que un

simple desarrollo suyo, tampoco habriamos encontrado la verdad real,

fuente de toda ciencia; pues con esto nada adelantaríamos con respecto

al mundo de la posibilidad, es decir, al órden ideal, infinitamente

mayor que el de las existencias infinitas.

Supongamos que el progreso de las ciencias naturales conduzca al

descubrimiento de una ley simple, única, que presida al desarrollo de

todas las demás, y cuya aplicacion, variada segun las circunstancias,

sea suficiente para dar razon de todos los fenómenos que ahora se

reducen á muchas y muy complicadas. Este seria sin duda un adelanto

inmenso en las ciencias que tienen por objeto el mundo visible; ¿pero

qué sabríamos por esto del mundo de las inteligencias? ¿qué del mundo

de la posibilidad? (VI).

CAPÍTULO VII.

ESTERILIDAD DE LA FILOSOFÍA DEL _yo_ PARA PRODUCIR LA CIENCIA

TRASCENDENTAL.

[70.] El testimonio de la conciencia es seguro, irresistible, pero

nada tiene que ver con el de la evidencia. Aquel tiene por objeto un

hecho particular y contingente, este una verdad necesaria. Que yo

pienso ahora, es absolutamente cierto para mí; pero este pensar mio no

es una verdad necesaria sino muy contingente, ya que podia muy bien

suceder que jamás hubiese pensado ni existido; es un hecho puramente

individual, pues no sale de mí, y su existencia y no existencia en

nada afecta las verdades universales.

La conciencia es un áncora nó un faro; basta para evitar el naufragio

de la inteligencia, nó para indicarle el derrotero. En los asaltos de

la duda universal, ahí está la conciencia que no deja perecer; pero si

le pedís que os dirija, os presenta hechos particulares, nada mas.

Estos hechos no tienen un valor científico sino cuando se objetivan,

permítaseme la expresion; ó bien cuando reflexionando sobre ellos el

espíritu, los baña con la luz de las verdades necesarias.

Yo pienso; yo siento; yo soy libre; hé aquí hechos; pero ¿qué sacais

de ellos por sí solos? nada. Para fecundarlos es necesario que los

tomeis como una especie de materia de las ideas universales. El

pensamiento se inmoviliza, se hiela, si no le haceis andar con el

impulso de estas ideas; la sensacion os es comun con los brutos; y la

libertad carece de objeto, de vida, si no hay combinacion de motivos

presentados por la razon.

[71.] Aquí se encuentra la causa de la oscuridad y esterilidad de la

filosofía alemana, desde Fichte. Kant, se fijaba en el sujeto, pero

sin destruir la objetividad en el mundo interior; y por esto su

filosofía, si bien contiene muchos errores, ofrece al entendimiento

algunos puntos luminosos; pero fué mas allá, se colocó en el _yo_, no

sirviéndose de la objetividad sino en cuanto le era necesaria para

establecerse mas hondamente en un simple hecho de conciencia; así no

encontró mas que regiones tenebrosas ó contradicciones.

La inteligencia de hombres de talento se ha fatigado en vano para

hacer brotar un rayo de luz de un punto condenado á la oscuridad. El

_yo_ se manifiesta á sí mismo por sus actos; y para ser concebido de

sí propio no disfruta de ningun privilegio sobre los seres distintos

de él, sino el de presentar inmediatamente los hechos que pueden

conducir á su conocimiento. ¿Qué sabria el alma de sí misma, si no

sintiera su pensamiento, su voluntad, y el ejercicio de todas sus

facultades? ¿Cómo discurre sobre su propia naturaleza sino fundándose

en lo que le suministra el testimonio de sus actos? El _yo_ pues no es

visto por sí propio intuitivamente; no se ofrece á sus mismos ojos,

sino mediantamente, esto es por sus propios actos; es decir que en

cuanto á ser conocido, se halla en un caso semejante al de los seres

externos, que lo son por los efectos que nos causan.

El _yo_ considerando en sí, no es un punto luminoso; es un

sustentáculo para el edificio de la razon; mas nó la regla para

construirle. La verdadera luz se halla en la objetividad; pues en ella

está propiamente el blanco del conocimiento. El _yo_ no puede ni ser

conocido, ni pensado de ninguna manera, sino en cuanto se toma á sí

mismo por objeto, y por consiguiente en cuanto se coloca en la línea

de los demás seres, para sujetarse á la actividad intelectual que solo

obra en fuerza de las verdades objetivas.

[72.] La inteligencia no se concibe sin objetos al menos internos; y

estos objetos serán estériles, si el entendimiento no concibe en

ellos relaciones y por consiguiente verdades. Estas verdades, no

tendrán ningun enlace, serán hechos sueltos, si no entrañan alguna

necesidad; y aun las relaciones que se refieran á hechos particulares

suministrados por la experiencia, no serán susceptibles de ninguna

combinacion, si al menos condicionalmente, no incluyen algo de

necesario. El brillo de la luz en el aposento en que escribo es en sí

un hecho particular y contingente; y la ciencia como tal, no puede

ocuparse de él, sino sujetando el movimiento de la luz á leyes

geométricas, es decir á verdades necesarias.

Luego el _yo_ en sí mismo, como sujeto, no es punto de partida para la

ciencia, aunque sea un punto de apoyo. Lo individual no sirve para lo

universal, ni lo contingente para lo necesario. La ciencia del

individuo A, es cierto que no existiria si el individuo A no

existiese; pero esta ciencia que necesita del _yo_ individual, no es

la ciencia propiamente dicha, sino el conjunto de actos individuales

con que el individuo percibe la ciencia. Mas lo percibido no es esto;

lo percibido es comun á todas las inteligencias; no necesita de este ó

aquel individuo; el fondo de verdades que constituyen la ciencia no ha

nacido de aquel conjunto de actos individuales, hechos contingentes

que se pierden cual gotas imperceptibles en el océano de la

inteligencias.

¿Cómo se quiere pues fundar la ciencia sobre el simple _yo_

subjetivo? ¿Cómo de este _yo_ se quiere hacer brotar el objeto? El

hecho de la conciencia nada tiene que ver con la ciencia, sino en

cuanto ofrece hechos á los cuales se pueden aplicar los principios

objetivos, universales, necesarios, independientes de toda

individualidad finita, que constituyen el patrimonio de la razon

humana, pero que no han menester la existencia de ningun hombre.

[73.] Analícense cuanto se quiera los hechos de la conciencia, jamás

se encontrará en ellos uno que pueda engendrar la luz científica.

Aquel acto será ó una percepcion directa ó refleja. Si es directa, su

valor no es subjetivo sino objetivo; no es el acto lo que funda la

ciencia, sino la verdad percibida, no el sujeto sino el objeto, no el

_yo_ sino lo visto por el _yo_. Si el acto es reflejo, supone otro

acto anterior, á saber, el objeto de la reflexion; no es pues aquel el

primitivo sino este.

La combinacion del acto directo con el reflejo, tampoco sirve para

nada científico, sino en cuanto se somete á las verdades necesarias,

objetivas, independientes del _yo_. ¿Qué es un acto individualmente

considerado? un fenómeno interior. Y ¿qué nos enseña este fenómeno

separado de las verdades objetivas? nada. El fenómeno representa algo

en la ciencia, en cuanto es considerado bajo las ideas generales, de

ser, de causa, de efecto, de principio ó de producto de actividad, de

modificacion, de sus relaciones con su sujeto que es el _substratum_

de otros actos semejantes; es decir cuando es considerado como un

caso particular, comprendido en las ideas generales, como un fenómeno

contingente, apreciable con el auxilio de las verdades necesarias,

como un hecho esperimental, al cual se aplica una teoría.

El acto reflejo no es mas que el conocimiento de un conocimiento, ó

sentimiento, ó de algun fenómeno interior sea cual fuere; y así toda

reflexion sobre la conciencia presupone acto anterior directo. Este

acto directo no tiene por objeto el _yo_; luego el conocimiento no

tiene por principio fundamental el _yo_, sino como una condicion

necesaria (pues no puede haber pensamiento sin sujeto pensante), mas

nó como objeto conocido.

[74.] Estas consideraciones derriban por su cimiento el sistema de

Fichte y de cuantos toman el _yo_ humano por punto de partida en la

carrera de las ciencias. El _yo_ en sí mismo, no se nos presenta; lo

que conocemos de él lo sabemos por sus actos, y en esto participa de

una calidad de los demás objetos, que no nos ofrecen inmediatamente su

esencia sino lo que de ella emana, por la actividad con que obran

sobre nosotros.

De esta manera nos elevamos por raciocinio al conocimiento de las

cosas mismas, guiados por las verdades objetivas y necesarias, que son

la ley de nuestro entendimiento, el tipo de las relaciones de los

seres, y por tanto una regla segura para juzgar de ellos. ¿Qué sabemos

de nuestro espíritu? que es simple: ¿y esto, cómo lo sabemos? porque

piensa, y lo compuesto, lo múltiplo, no puede pensar. Hé aquí como

conocemos el _yo_. La conciencia nos manifiesta su actividad

pensadora; esta es la materia suministrada por el hecho; pero luego

viene el principio, la verdad objetiva, iluminando el hecho, mostrando

la repugnancia entre el pensamiento y la composicion, el enlace

necesario entre la simplicidad y la conciencia.

Si bien se observa, este raciocinio se aplica no solo al _yo_, sino á

todo ser que piense; y así es que la misma demostracion la extendemos

á todos; el _yo_ pues que la aplica no crea esta verdad, solo la

conoce, y se conoce á sí propio como un caso particular comprendido en

la regla general.

[75.] El pretender que del _yo_ subjetivo surja la verdad, es comenzar

por suponer al _yo_ un ser absoluto, infinito, orígen de todas las

verdades, y razon de todos los seres: lo que equivale á comenzar la

filosofía divinizando el entendimiento del hombre. Y como á esta

divinizacion no tiene mas derecho un individuo que otro, el admitirla

equivale á establecer el panteismo racional, que como veremos en su

lugar, dista poco ó nada del panteismo absoluto.

Suponiendo que las razones individuales no son mas que fenómenos de la

razon única y absoluta; y que por tanto lo que llamamos espíritus, no

son verdaderas substancias, sino simples modificaciones de un

espíritu único, y las conciencias particulares meras apariciones de la

conciencia universal, se concibe por qué se busca en el _yo_ la fuente

de toda verdad, y se interroga á la conciencia propia como una especie

de oráculo por el cual habla la conciencia universal. Pero la

dificultad está en que la suposicion es gratuita: y que tratándose de

buscar la razon de todas las verdades, se principia por establecer la

mas incomprensible y repugnante de las proposiciones. ¿Quién es capaz

de persuadirnos que nuestras conciencias no son mas que una

modificacion de una tercera? ¿Quién nos hará creer que eso que

llamamos el _yo_, es comun á todos los hombres, á todos los seres

inteligentes, y que no hay mas diferencia que la de modificaciones de

un ser absoluto? Este ser absoluto, ¿por qué no tiene conciencia de

todas las conciencias que comprende? ¿Por qué ignora lo que encierra

en sí, lo que le modifica? ¿Por qué se cree múltiplo si es uno? ¿Dónde

está el lazo de tanta multiplicidad? ¿Las conciencias particulares,

tendrán su unidad, su vínculo de todo lo que les acontece, á pesar de

no ser mas que modificaciones; y este vínculo, esta unidad, faltarán á

la substancia que ellas modifican?

[76.] Como quiera, aun con la suposicion del panteismo, nada adelantan

en sus pretensiones los amigos de la filosofía del _yo_. Con su

panteismo, legitiman por decirlo así su pretension, mas no logran lo

que pretenden. Se llaman á sí mismos dioses; y así tienen razon en

que en ellos está la fuente de verdad; pero como en su conciencia no

hay mas que una aparicion de su divinidad, una sola fase del astro

luminoso, no pueden ver en ella otra cosa que lo que se les presenta;

y su divinidad se encuentra sujeta á ciertas leyes que la

imposibilitan para dar la luz que la filosofía le pide.

[77.] Si interrogamos nuestra conciencia sobre las verdades

necesarias, notaremos que lejos de pretender ó fundarlas ó crearlas,

las conoce, las confiesa independientes de sí misma. Pensemos en esta

proposicion: «es imposible que á un mismo tiempo, una cosa sea y no

sea» y preguntémonos si la verdad de ella nace de nuestro pensamiento;

desde luego la conciencia misma responde que no. Antes de que mi

conciencia existiera, la proposicion era verdad; si yo no existiese

ahora, seria tambien verdad; cuando no pienso en ella, es tambien

verdad; el _yo_ no es mas que un ojo que contempla el sol, pero que no

es necesario para la existencia del sol.

[78.] Otra consideracion hay que demuestra la esterilidad de toda

filosofía que busque en el solo _yo_ el orígen único y universal de

los conocimientos humanos. Todo conocimiento exige un objeto; el

conocimiento puramente subjetivo es inconcebible; aun suponiendo

identidad entre el sujeto y el objeto, se necesita la dualidad de

relacion, real ó concebida; es decir que el sujeto en cuanto conocido,

esté en cierta oposicion al menos concebida, con el mismo sujeto en

cuanto conoce. Ahora bien; ¿cuál es el objeto en el acto primitivo que

se busca? Es el _no yo_? Entonces la filosofía del _yo_ entra en el

cauce de las demás filosofías: pues en este _no yo_ están las verdades

objetivas, ¿Es el _yo_? Entonces preguntaremos, si es el _yo_ en sí, ó

en sus actos; si es el _yo_ en sus actos, entonces la filosofía del

_yo_ se reduce á un análisis ideológico, nada tiene de característico;

si es el _yo_ en sí, diremos que este no es conocido intuitivamente; y

que menos que nadie pueden pretender á esta intuicion, los que le

llaman el _absoluto_. Para ellos mas que para los otros, es el _yo_ un

abismo tenebroso. En vano os inclinais sobre este abismo y gritais

para evocar la verdad; el sordo ruido que os llega á los oidos es el

eco de vuestra voz misma, son vuestras palabras que la honda cavidad

os devuelve mas ahuecadas y misteriosas.

[79.] Entre estos filósofos que se pierden en vanas cavilaciones,

descuella el autor de la _Doctrina de la ciencia_, Fichte, de cuyo

sistema ha dicho con mucha gracia Madama de Stael, que se parece algun

tanto al dispertar de la estatua de Pigmalion, que tocándose

alternativamente á sí misma y á la piedra sobre que está sentada,

dice: soy yo, no soy yo.

Fichte comienza su obra titulada _Doctrina de la ciencia_, diciendo

que se propone buscar el principio mas absoluto, el principio

absolutamente incondicional de todo conocimiento humano. Hé aquí un

método erróneo; se comienza por suponer lo que se ignora, la unidad

del principio, y ni aun se sospecha que en la basa del conocimiento

humano puede haber una verdadera multiplicidad. Yo creo que la puede

haber y la hay en efecto, que las fuentes de nuestro conocimiento son

varias, de órdenes diversos, y que no es posible llegar á la unidad,

sino saliéndose del hombre y remontándose á Dios. Lo repito, hay aqui

una equivocacion en que se ha incurrido con demasiada generalidad,

resultando de ella el fatigar inútilmente los espíritus

investigadores, y arrojarlos á sistemas extravagantes.

Pocos filósofos habrán hecho un esfuerzo mayor que Fichte para llegar

á este principio absoluto. ¿Y qué consiguió? Lo diré francamente;

nada: ó repite el principio de Descartes, ó se entretiene en un juego

de palabras. Lástima da el verle forcejar con tal ahinco y con tan

poco resultado. Ruego al lector que tenga paciencia para seguirme en

el exámen de la doctrina del filósofo aleman, no con la esperanza de

adquirir una luz que le guie en los senderos de la filosofía, sino

para poder juzgar con conocimiento de causa, doctrinas que tanto ruido

meten en el mundo.

«Si este principio, dice Fichte, es verdaderamente el mas absoluto, no

podrá ser ni definido ni demostrado. Deberá expresar el acto que no se

presenta ni puede presentarse entre las determinaciones empíricas de

nuestra conciencia; por el contrario, sobre él descansa toda

conciencia, y solo él la hace posible (1.° parte § 1.).«

Sin ningun antecedente, sin ninguna razon, sin tomarse siquiera la

pena de indicar en qué se funda, asegura Fichte que el primer

principio deberá expresar un acto. ¿Por qué no podria ser una verdad

objetiva? esto merecia cuando menos algun exámen, ya que todas las

escuelas anteriores, incluso la de Descartes, no habian colocado el

primer principio entre los actos, sino entre las verdades objetivas.

El mismo Descartes al consignar el hecho del pensamiento y de la

existencia, echa mano de una verdad objetiva. «Lo que piensa existe» ó

en otros términos: «Lo que no existe, no puede pensar.»

[80.] La observacion que precede, señala uno de los vicios radicales

de la doctrina de Fichte y otros filósofos alemanes, que dan á la

filosofía subjetiva, ó del sujeto, una importancia que no merece.

Ellos acusan á los demás de hacer con demasiada facilidad la

transicion del sujeto al objeto, y olvidan que al propio tiempo ellos

pasan del pensamiento objetivo al sujeto puro, sin ninguna razon ni

título que los autorice. Ateniéndonos al citado pasaje de Fichte, ¿qué

será un acto que no se presenta, ni se puede presentar entre las

determinaciones empíricas de nuestra conciencia? El principio buscado,

por ser absoluto, no se exime de ser conocido, pues si no lo

conocemos, mal podremos afirmar que es absoluto; y si no se presenta

ni se puede presentar entre las determinaciones empíricas de nuestra

conciencia, ni es, ni puede ser conocido. El hombre no conoce lo que

no se presenta en su conciencia.

El principio absoluto en que toda conciencia descansa y que la hace

posible, pertenece ó nó á la conciencia. Si lo primero, sufre todas

las dificultades que afectan á los demás actos de la conciencia; si lo

segundo, no puede ser objeto de observacion, y por consiguiente nada

sabemos de él.

Para llegar al acto primitivo, separando del mismo todo lo que no le

pertenece realmente, confiesa Fichte que es necesario suponer

valederas las reglas de toda reflexion, y partir de una proposicion

cualquiera de las muchas que se podrian escoger entre aquellas que

todo el mundo concede sin ningun reparo. «Concediéndosenos esta

proposicion, dice, se nos debe conceder al mismo tiempo como acto, lo

que queremos poner como principio de la ciencia del conocimiento; y el

resultado de la reflexion debe ser que este acto nos sea concedido

como principio, junto con la proposicion. Ponemos un hecho cualquiera

de la conciencia empírica, y quitamos de él una tras otra todas las

determinaciones empíricas, hasta que se reduzca á toda su pureza, sin

contener mas que lo que el pensamiento no puede absolutamente excluir

y de lo que nada puede quitar; (ibid.).»

Se ve por estas palabras que el filósofo aleman se proponia elevarse á

un acto de conciencia enteramente puro, sin ninguna determinacion.

Esto es imposible: ó Fichte toma el acto en un sentido muy lato,

entendiendo por él el _substratum_ de toda conciencia, en cuyo caso no

hace mas que expresar en otros términos la idea de substancia; ó habla

de un acto propiamente dicho, esto es, de un ejercicio cualquiera de

esa actividad, de esa espontaneidad que sentimos dentro de nosotros; y

en este concepto el acto de conciencia no puede estar libre de toda

determinacion so pena de destruir su individualidad y su existencia.

No se piensa sin pensar algo; no se quiere sin querer algo; no se

siente sin sentir algo; no se reflexiona sobre los actos internos, sin

que la reflexion se fije en algo. En todo acto de conciencia hay

determinacion: un acto del todo puro, abstraido de todo, enteramente

indeterminado, es imposible, absolutamente imposible; ya

subjetivamente, porque el acto de conciencia aun considerado en el

sujeto, exige una determinacion; ya objetivamente, porque un acto

semejante es inconcebible como individual, y por tanto como existente,

pues que nada determinado ofrece al espíritu.

[81.] El acto indeterminado de Fichte no es mas que la idea de acto en

general; el filósofo aleman creyó haber hecho un gran descubrimiento

cuando en el fondo no concebia otra cosa que el principio de los

actos, es decir la idea de la substancia aplicada á ese ser activo

cuya existencia nos atestigua la conciencia misma.

Si he de decir ingenuamente lo que pienso, séame permitido manifestar

que en mi concepto Fichte con todo el alambicar de su análisis, no ha

hecho adelantar un solo paso á la filosofía en la investigacion del

primer principio. Por lo dicho hasta aquí se echa de ver que es muy

fácil detenerle con solo pedirle cuenta de las suposiciones que hace

desde la primera página de su libro. Sin embargo, para proceder en la

impugnacion con cumplida lealtad, no quiero extractar sus ideas, sino

dejarle que las explique él mismo.

«Todo el mundo concede la proposicion: A es A, así como que A = A,

porque esto es lo que significa la cópula lógica, y esto es admitido

sin reflexion alguna como completamente cierto. Si alguno pidiese la

demostracion, nadie pensaria en dársela sino que se sostendria que

esta proposicion es cierta absolutamente, es decir, sin razon alguna

mas desarrollada. Procediendo así incontestablemente con el

asentimiento general, nos atribuimos el derecho de poner alguna cosa

absolutamente.»

«Al afirmar que la proposicion precedente es cierta en sí, no se pone

la existencia de A. La proposicion A es A, no equivale á esta A es, ó

hay un A. (_Ser,_ puesto sin predicado, tiene un significado muy

distinto de _ser_ con predicado, segun veremos despues). Si se admite

que A designa un espacio comprendido entre dos rectas, la proposicion

permanece exacta, aun cuando en este caso la proposicion A es, sea de

una falsedad evidente. Lo que se pone es, que si A es, A es así. La

cuestion no está en si A es ó nó; se trata aquí nó del contenido de la

proposicion, sino únicamente de su forma; nó de un objeto del cual se

sepa algo, sino de lo que se sabe de todo objeto sea el que fuere.»

«De la certeza absoluta de la proposicion precedente resulta que entre

el _si_ y el _así_ hay una relacion necesaria: ella es la que está

puesta absolutamente y sin otro fundamento; á esta relacion necesaria

la llamo previsoriamente X.»

Todo este aparato de análisis no significa mas de lo que sabe un

estudiante de lógica; esto es, que en toda proposicion la cópula, ó el

verbo _ser_, no significa la existencia del sujeto, sino su relacion

con el predicado; para decirnos una cosa tan sencilla no eran

necesarias tantas palabras, ni tan afectados esfuerzos de

entendimiento, mucho menos tratándose de una proposicion idéntica.

Pero tengamos paciencia para continuar oyendo al filósofo aleman.

«¿Este A es ó no es? nada hay decidido todavía sobre el particular; se

presenta pues la siguiente cuestion, bajo qué condicion A es?

«En cuanto á X ella está en el _yo_ y es puesta por el _yo_; porque el

_yo_ es quien juzga en la proposicion expresada y hasta juzga con

verdad, con arreglo á X como una ley; por consiguiente X es dada al

_yo_; y siendo puesta absolutamente y sin otro fundamento, debe ser

dada al _yo_ por el _yo_ mismo.»

[82.] A qué se reduce toda esa algarabia? hélo aquí traducido al

lenguaje comun; en las proposiciones de identidad ó igualdad, hay una

relacion, el espíritu la conoce, la juzga y falla sobre lo demás con

arreglo á ella. Esta relacion es dada á nuestro espíritu, en las

proposiciones idénticas no necesitamos de ninguna prueba para el

asenso. Todo esto es muy verdadero, muy claro, muy sencillo; pero

cuando Fichte añade que esta relacion debe ser dada al _yo_ por el

mismo _yo_, afirma lo que no sabe ni puede saber. ¿Quién le ha dicho

que las verdades objetivas nos vienen de nosotros mismos? ¿tan

ligeramente, de una sola plumada, se resuelve una de las principales

cuestiones de la filosofía, cual es la del orígen de la verdad? nos ha

definido por ventura el _yo_? nos ha dado de él alguna idea? Sus

palabras ó no significan nada ó expresan lo siguiente. Juzgo de una

relacion; este juicio está en mí; esta relacion como conocida, y

prescindiendo de su existencia real, está en mí; todo lo cual se

reduce á lo mismo que con mas sencillez y naturalidad dijo Descartes:

«Yo pienso, luego existo.»

Filosofía Fundamental, Tomo I · 第 3 / 21 段