alguna cosa? ¿y cuándo es mas perfecto? lo es tanto mas, cuanto
encierra mayor número de casos en cada regla, y por consiguiente
cuanto es menor el número de estas. Antes de que se hubiesen formulado
las de la arquitectura, se habian construido sin duda edificios
sólidos, hermosos, y adaptados al uso á que se destinaban: pero el
gran progreso de la inteligencia en lo relativo á la construccion de
edificios consistió en encontrar lo que tenian de _comun_ los bien
construidos; en fijar la causa de la solidez y de la belleza en sí
mismas, pasando de lo individual á lo universal, es decir, formándose
ideas generales de solidez y de belleza aplicables á un sinnumero de
casos particulares: simplificando.
[47.] Lo dicho de la arquitectura, puede extenderse á las demás artes
liberales y mecánicas: en todas se encontrará que el adelanto de la
inteligencia se cifra en reducir á la unidad la multiplicidad, en
hacer que en el menor número de ideas posible, se encierre el mayor
número de aplicaciones posible. Por esta razon los amantes de las
letras y de las bellas artes, se afanan en busca de la idea de la
belleza en general, con la mira de encontrar un tipo aplicable á todos
los objetos literarios y artísticos. Tambien podemos observar que los
que se ocupan de artes mecánicas, discurren siempre por reducir sus
procedimientos á pocas reglas, y aquel se tiene por mas adelantado que
alcanza á combinar mayor variedad de los productos con mas sencillez
en los medios, haciendo depender de una sola idea lo que otros tienen
vinculado con muchas. Al contemplar una máquina que nos da admirables
productos con una combinacion muy sencilla, no tributamos menos
elogios al artífice por lo segundo que por lo primero: «esto es
magnífico, decimos, y lo mas asombroso es la sencillez con que se
ejecuta.»
[48.] Hagamos aplicacion de esta doctrina á las ciencias naturales y
exactas.
El mérito del sistema actual de numeracion consiste en encerrar en una
sola idea la espresion de todos los números, haciendo el valor de cada
guarismo, décuplo del que tiene á la derecha, y supliendo los huecos
con el cero. La expresion de la infinidad de los números, está
reducida á una sola regla, fundada en una sola idea: la relacion del
lugar con el décuplo del valor. La aritmética ha hecho un grande
adelanto disminuyendo el número de sus operaciones fundamentales por
medio de los logaritmos: reduciendo á sumar y restar las de
multiplicar y dividir. El álgebra no es mas que la generalizacion de
las expresiones y operaciones aritméticas: su simplificacion. La
aplicacion del álgebra á la geometría, es la generalizacion de las
expresiones geométricas: las fórmulas de las líneas, de las figuras,
de los cuerpos, no son mas que la expresion de su idea universal. En
ella, como en un tipo conserva el geómetra la idea matriz, generadora,
bástanle las aplicaciones mas sencillas para formar cálculos exactos
de todas las líneas de la misma clase que puedan ofrecérsele en la
práctica. En la sencilla expresion dz/dx = A, apellidada coeficiente
diferencial, se encierra la idea matriz del cálculo infinitesimal;
ella dimanó de consideraciones geométricas, pero tan pronto como fué
concebida en su universalidad, esparció sobre todos los ramos de las
matemáticas y de las ciencias naturales un raudal de luz que hizo
descubrir un nuevo mundo cuyos confines no se alcanzan. La prodigiosa
fecundidad de este cálculo dimana de su simplicidad, de que generaliza
por decirlo así de un golpe la misma álgebra y la geometría,
reuniéndolas en un solo punto que es la relacion de los límites de las
diferencias de toda funcion.
[49.] Esta unidad de idea, es el objeto de la ambicion de la humana
inteligencia, y una vez encontrada es el manantial de los mayores
adelantos. La gloria de los genios mas grandes se ha cifrado en
descubrirla; el progreso de las ciencias ha consistido en
aprovecharla. Vieta expone y aplica el principio de la expresion
general de las cantidades aritméticas; Descartes hace lo mismo con
respecto á las geométricas; Newton asienta el principio de la
gravitacion universal; él propio, al mismo tiempo que Leibnitz,
inventa el cálculo infinitesimal; y las ciencias naturales y exactas
alumbradas por una grande antorcha marchan á pasos agigantados por
caminos antes desconocidos. ¿Y por qué? porque la inteligencia se ha
aproximado á la unidad, ha entrado en posesion de una idea matriz en
que se encierran otras infinitas.
[50.] Es digno de notarse que á medida que se va adelantando en las
ciencias se encuentran entre ellas numerosos puntos de contacto,
estrechas relaciones que á primera vista nadie hubiera podido
sospechar. Cuando los matemáticos antiguos se ocupaban de las
secciones cónicas estaban muy lejos de creer que la idea de la elipse
hubiese de servir de base á un sistema astronómico; los focos eran
simples puntos, la curva una línea y nada mas; las relaciones de
aquellos con esta, eran objeto de combinaciones estériles, sin
aplicacion. Siglos despues esos focos son el sol, y la curva las
órbitas de los planetas. Las líneas de la mesa del geómetra
representaban un mundo!.....
El íntimo enlace de las ciencias matemáticas con las naturales es un
hecho fuera de duda; ¿y quién sabe hasta qué punto se enlazan unas y
otras con las ontológicas, psicológicas, teológicas y morales? La
dilatada escala en que están distribuidos los seres, y que á primera
vista pudiera parecer un conjunto de objetos inconexos, va
manifestándose á los ojos de la ciencia como una cadena delicadamente
trabajada cuyos eslabones presentan sucesivamente mayor belleza y
perfeccion. Los diferentes reinos de la naturaleza se muestran
enlazados con íntimas relaciones; así las ciencias que los tienen por
objeto, se prestan recíprocamente sus luces, y entran alternativamente
la una en el terreno de la otra. La complicacion de los objetos entre
sí, trae consigo esa complicacion de conocimientos; y la unidad de
las leyes que rigen diferentes órdenes de seres, aproximan todas las
ciencias y las encaminan á formar una sola. ¡Quién nos diera ver la
identidad de orígen, la unidad del fin, la sencillez de los caminos!
Entonces poseeríamos la verdadera ciencia trascendental, la ciencia
única, que las encierra todas; ó mejor diremos, la idea única en que
todo se pinta tal como es, en que todo se ve sin necesidad de
combinar, sin esfuerzo de ninguna clase, como en un clarísimo espejo
se retrata un magnífico paisage, con su tamaño, figura y colores!
Entretanto, nos es preciso contentarnos con sombras de la realidad; y
en el instinto de nuestro entendimiento para simplificar, para
reducirlo todo ó aproximarlo cuando menos á la unidad, debemos ver el
indicio, el anuncio, de esa ciencia única, de esa intuicion de la idea
única, infinita; así como en el deseo de felicidad que agita nuestro
corazon, en la sed de gozar que nos atormenta, hallamos la prueba de
que no acaba todo aquí, de que nuestra alma ha sido criada para la
posesion de un bien que no se alcanza en la vida mortal.
[51.] Lo mismo que hemos observado en la escala de los seres, y en el
progreso de las ciencias, podemos notarlo comparando hombres con
hombres, y atendiendo el carácter que ofrece el punto mas elevado de
la humana inteligencia: el genio. Los hombres de verdadero genio se
distinguen por la unidad y amplitud de su concepcion. Si tratan una
cuestion difícil y complicada, la simplifican y allanan tomando un
punto de vista elevado, fijando una idea principal que comunica luz á
todas las otras; si se proponen contestar á una dificultad, señalan la
raíz del error, y destruyen con una palabra toda la ilusion del
sofisma; si emplean la síntesis, aciertan desde luego en el principio
que ha de servir de base, y de un rasgo trazan el camino que se ha de
seguir para llegar al resultado que se desea; si se valen del análisis
atinan en el punto por donde debe empezar la descomposicion, en el
resorte oculto, y de un golpe por decirlo asi, nos abren el objeto,
nos ponen de manifiesto sus interioridades mas recónditas; si se trata
de una invencion, mientras los demás están buscando acá y acullá,
ellos hieren el suelo con el pie, y dicen «el tesoro está aquí.» Nada
de dilatados raciocinios; nada de rodeos: pocos pensamientos, pero
fecundos: pocas palabras, pero en cada una de ellas engastada una
perla de inmenso valor.
[52.] No cabe pues duda alguna de que en el órden intelectual hay una
verdad de la cual dimanan todas las verdades, hay una idea que
encierra todas las ideas; así nos lo enseña la filosofía, así nos los
indican los esfuerzos, las tendencias naturales, instintivas, de toda
inteligencia, cuando se afana por la simplificacion y la unidad; así
lo estima el sentido comun, que considera tanto mas alto y noble el
pensamiento, cuanto es mas vasto y mas uno (IV).
CAPÍTULO V.
NO EXISTE LA CIENCIA TRASCENDENTAL EN EL ORDEN INTELECTUAL HUMANO NO
PUEDE DIMANAR DE LOS SENTIDOS.
[53.] En el órden intelectual humano, mientras vivimos sobre la
tierra, no hay una verdad de la cual dimanen todas: en vano la han
buscado los filósofos; no la han encontrado porque no era posible
encontrarla. Y en efecto, ¿dónde se hallaria la deseada verdad?
[54.] ¿Dimanará de los sentidos?
Las sensaciones son tan varias como los objetos que las producen. Por
ellas adquirimos noticia de cosas individuales y materiales; y en
ninguna de estas ni en las sensaciones que de ellas dimanan, puede
hallarse la verdad, fuente de todas las demás.
[55.] Observando las impresiones que por los sentidos recibimos,
podemos notar que con respecto á producir certeza, todas son iguales
entre sí. Tan ciertos estamos de la sensacion que nos causa un ruido
cualquiera como de la producida por la presencia de un objeto á
nuestros ojos, de un cuerpo oloroso cercano al olfato, de uno sabroso
aplicado al paladar, ó de otro que afecte vivamente el tacto. En la
certeza producida por aquellas sensaciones no hay gradacion, todas
son iguales; porque si hablamos de la sensacion misma, esta la
experimentamos de una manera que no nos consiente incertidumbre; y si
se trata de la relacion de la sensacion con la existencia del objeto
externo que la causa, tan ciertos estamos de que á la sensacion que se
llama _vision_, corresponde un objeto externo _visto_, como que á lo
que se apellida _tacto_, corresponde un objeto externo _tocado_.
Se infiere de lo dicho, que no hay una sensacion orígen de la certeza
de las demás; en este punto todas son iguales; y para el comun de los
hombres no hay mas razon que los asegure de la certeza, sino que lo
experimentan así. No ignoro que lo sucedido con los individuos á
quienes se ha hecho la operacion de las cataratas, indica que para
apreciar debidamente el objeto _sentido_ no es suficiente la simple
sensacion, y que unos sentidos auxilian á los otros; pero esto no
prueba la preferencia de ninguno de ellos; pues así como el ciego á
quien se dió repentinamente la vista, no formaba por la simple vision
juicio exacto sobre el tamaño y distancia de los objetos vistos, sino
que necesitaba el auxilio del tacto; así es muy probable que si
suponemos á una persona con vista, privada de tacto desde su
nacimiento, y se lo damos despues repentinamente, tampoco formará
juicio exacto de los objetos tocados, hasta que con el auxilio de la
vista, se haya ido acostumbrando á combinar el nuevo órden de
sensaciones con el antiguo, aprendiendo con el ejercicio á fijar las
relaciones de la sensacion con el objeto y á conocer por medio de
aquella las propiedades de este.
[56.] El mismo hecho del ciego á quien se quitaron las cataratas, está
contrariado por otros que conducen á un resultado directamente
opuesto. La jóven á quien hizo la misma operacion el oculista Juan
Janin, y unos ciegos de nacimiento á quienes el profesor Luis de
Gregori restituyó en parte la vista, no creyeron como el ciego de
Cheselden, que los objetos estuviesen pegados á sus ojos, sino que
luego los vieron como cosas realmente externas y separadas. Así lo
refiere Rosmini (Ensayo sobre el orígen de las ideas parte 5. cap. 4.
Tomo, 2. p. 286 citando el opúsculo «de las cataratas de los ciegos de
nacimiento, observaciones teórico-químicas, del profesor de química y
oftalmia Luis de Gregori, Romano.» Roma 1826); bien que dando la
preferencia al de Cheselden que dice fué renovado en Italia por el
profesor Jacobo de Pavía, con toda diligencia y con el mismo resultado
en todas sus partes.
[57.] El modo con que esta combinacion de unas sensaciones con otras
nos enseña á juzgar bien de los objetos externos es difícil saberlo:
porque cabalmente el desarrollo de nuestras facultades sensitivas é
intelectuales se verifica antes que podamos reflexionar sobre él; y
así nos encontramos ya ciertos de la existencia y propiedades de las
cosas, sin que hayamos pensado en la certeza, ni mucho menos en los
medios de adquirirla.
[58.] Pero aun suponiendo que despues nos ocupemos de las sensaciones
mismas, y de sus relaciones con los objetos, prescindiendo de la
certeza que ya tenemos y haciendo como que la buscamos, es imposible
hallar una sensacion que pueda servir de punto de apoyo á la certeza
de los demás. Las dificultades que estas nos ofrecieran las
encontraríamos en aquella.
[59.] El fijar las relaciones del sentido de la vista con el del
tacto, y el determinar hasta qué punto dependen uno de otro, da lugar
á cuestiones que pienso examinar mas abajo con alguna extension; y por
lo mismo me abstendré de entrar en ellas por ahora, ya porque no son
tales que puedan ventilarse por incidencia, ya tambien porque su
resolucion sea en el sentido que fuere, en nada se opone á lo que me
propongo establecer aquí.
[60.] Nada adelantaríamos con saber que la certeza de todas las
sensaciones está, filosóficamente hablando, vinculada en una. Toda
sensacion es un hecho individual contingente; ¿cómo podemos sacar de
él la luz para guiarnos á las verdades necesarias? Considérese bajo el
aspecto que se quiera la sensacion, no es mas que la impresion que
recibimos por conducto de los órganos. De la impresion estamos seguros
porque está intimamente presente á nuestra alma; de sus relaciones con
el objeto que la produce, nos cercioramos por la repeticion de ella,
con el auxilio de otras sensaciones, ya del mismo sentido, ya de
otros; pero todo instintivamente, con poca ó ninguna reflexion, y
siempre condenados, por mas que reflexionemos, á llegar á un punto del
cual no podemos pasar porque allí nos detiene la naturaleza.
[61.] Lejos pues de encontrar en ninguna sensacion un hecho
fundamental en que podamos apoyarnos para establecer una certeza
filosófica, vemos un conjunto de hechos particulares, muy distintos
entre sí, pero que se parecen en cuanto á producir en nosotros esa
seguridad que se llama certeza. En vano es que se descomponga al
hombre, que se le reduzca primero á una máquina inanimada, que luego
se le otorgue un sentido haciéndole percibir diferentes sensaciones,
que despues se le conceda otro, haciéndole combinar las nuevas con las
antiguas, y así se proceda sintéticamente hasta llegar á la posesion y
ejercicio de todos; estas cosas son buenas para entretener la
curiosidad, alimentar pretensiones filosóficas, y dar un viso de
probabilidad á sistemas imaginarios; pero en la realidad se adelanta
poco ó nada: las evoluciones que finge el observador, no se parecen á
las de la naturaleza; y el verdadero filósofo debe examinar, nó lo que
en su concepto pudiera haber, sino lo que hay.
Condillac animando progresivamente su estatua y haciendo dimanar de
una sensacion todo el caudal de los conocimientos humanos, se parece
á aquellos sacerdotes que se ocultaban dentro de la estatua del ídolo
y desde allí emitian sus oráculos. No es la estatua que se va animando
lo que piensa y habla, es Condillac que está dentro. Concedámosle al
filósofo sensualista todo lo que quiera; dejémosle que arregle á su
modo la dependencia respectiva de las sensaciones; todo se le
desconcierta desde el momento en que le exigis que no discurra sino
con sensaciones puras, por mas que las suponga transformadas. Pero
reservemos estas cuestiones para el lugar en que examinaremos la
naturaleza y el orígen de las ideas.
[62.] ¿Por qué estoy seguro de que la grata sensacion que experimento
en el sentido del olfato procede de un objeto que se llama _rosa_?
Porque así me lo atestigua el recuerdo de mil otras ocasiones en que
he experimentado la misma impresion, porque con el testimonio del
olfato están de acuerdo el tacto y la vista. Pero ¿cómo puedo saber
que estas sensaciones son algo mas que impresiones que recibe mi alma?
¿por qué no he de creer que viene de una causa cualquiera sin relacion
á objetos externos? ¿Será porque dicen lo contrario los demás hombres?
¿Me consta que existan? ¿Y cómo saben ellos lo que me dicen? ¿cómo sé
que los oigo bien? La misma dificultad que se ofrece con respeto á los
otros sentidos existe en cuanto al oido; si dudo del testimonio de
tres, ¿por qué no dudo del de cuatro? No adelanto pues nada con el
raciocinio; este me conduciria á cavilaciones tales, que me exigirian
una duda imposible, que me arrancarian una seguridad de que no puedo
desprenderme por mas esfuerzos que haga.
Además, si para apoyar la verdad de la sensacion apelo á los
principios del raciocinio, ya salgo del terreno de las sensaciones, ya
no pongo en estas la verdad primitiva orígen de las otras, no cumplo
lo que habia ofrecido.
[63.] De lo dicho resulta: 1.º que no se encuentra una sensacion
orígen de la certeza de las otras, lo que me he contentado con
indicarlo aquí, reservándome demostrarlo al tratar de las sensaciones;
2.° que aun cuando existiese esta sensacion, no bastaria á fundar nada
en el órden intelectual, pues con las solas sensaciones no es posible
ni aun pensar; 3.º que las sensaciones lejos de poder ser la basa de
la ciencia trascendental, no sirven por sí solas para establecer
ninguna ciencia; pues de ellas, por ser hechos contingentes, no pueden
dimanar las verdades necesarias (V).
CAPÍTULO VI.
CONTINÚA LA DISCUSION SOBRE LA CIENCIA TRASCENDENTAL. INSUFICIENCIA DE
LAS VERDADES REALES.
[64.] Ha sido conveniente rebatir de paso el sistema de Condillac, no
por su importancia intrínseca, ni porque no esté ya bastante
desacreditado, sino para dejar el campo libre á investigaciones mas
elevadas, mas propiamente filosóficas. Es preciso no perder ocasion de
indemnizar á la filosofía de los perjuicios que le irrogara un sistema
tan vanidoso como estéril. Todo lo mas sublime de la ciencia del
espíritu, desaparecia con el _hombre-estatua_, y las sensaciones
transformadas; venguemos pues los derechos de la razon humana,
manifestando que antes de entrar en las cuestiones mas
trascendentales, le es indispensable descartar el sistema de
Condillac; como para construir un buen camino se quita ante todo la
broza que obstruye el paso.
[65.] Vamos ahora á probar que en el órden intelectual humano, tal
como es en esta vida, no existe ningun principio que sea fuente de
todas las verdades; porque no hay ninguna verdad que las encierre
todas.
Las verdades son de dos clases: reales ó ideales. Llamo verdades
reales á los hechos, ó lo que existe; llamo ideales el enlace
necesario de las ideas. Una verdad real puede expresarse por el verbo
_ser_ tomado sustantivamente, ó al menos supone una proposicion en que
el verbo se haya tomado en este sentido; una verdad ideal se expresa
por el mismo verbo tomado copulativamente, en cuanto significa la
relacion necesaria de un predicado con un sujeto, prescindiendo de la
existencia de uno y de otro. _Yo soy_, esto es, _yo existo_, expresa
una verdad real, un hecho. _Lo que piensa existe_; expresa una verdad
ideal, pues no se afirma que haya quien piense ni quien exista, sino
que si hay quien piensa, existe; ó en otros términos, se afirma una
relacion necesaria entre el pensamiento y el ser. A las verdades
reales corresponde el mundo real, el mundo de las existencias; á las
ideales el mundo lógico, el de la posibilidad.
El verbo _ser_ se toma á veces copulativamente sin que la relacion que
por él se expresa sea necesaria; así sucede en todas las proposiciones
contingentes, ó cuando el predicado no pertenece á la esencia del
sujeto. A veces la necesidad es condicional, es decir que supone un
hecho; y en tal caso tampoco hay necesidad absoluta, pues el hecho
supuesto es siempre contingente. Cuando hablo de las verdades ideales,
me refiero á las que expresan una relacion absolutamente necesaria,
prescindiendo de todo órden á la existencia; y por el contrario,
comprendo entre las reales á todas las que suponen una proposicion en
que se haya establecido un hecho. A esta clase pertenecen las de las
ciencias naturales, por suponer todas algun hecho objeto de
observacion.
[66.] Ninguna verdad real finita puede ser orígen de todas las demás.
La verdad de esta clase es la expresion de un hecho particular,
contingente; y que por lo mismo no puede encerrar en sí ni las demás
verdades reales, ó sea el mundo de las existencias, ni tampoco las
verdades ideales, que solo se refieren á las relaciones necesarias en
el mundo de la posibilidad.
[67.] Si nosotros viésemos intuitivamente la existencia infinita,
causa de todas las demás, conoceríamos una verdad real, orígen de las
otras; pero como esta existencia infinita no la conocemos por
intuicion, sino por discurso, resulta que no conocemos el hecho de la
existencia en que se contiene la razon de todas las demás existencias.
Despues que por el discurso nos hemos elevado á dicho conocimiento,
tampoco nos es posible explicar desde aquel punto de vista la
existencia de lo finito por sola la existencia de lo infinito; porque
si prescindimos de la existencia de lo finito, desaparece el discurso
por el cual nos habiamos elevado hasta el conocimiento de lo infinito,
y por consiguiente se hunde todo el edificio de nuestra ciencia. Dad á
un hombre por medio del discurso la demostracion de la existencia de
Dios, y pedidle que prescindiendo del punto de partida, y fijándose
solo en la idea de lo infinito explique la creacion, no solo en su
posibilidad sino en su realidad, no lo podrá verificar. Con solo
prescindir de lo finito se hunde todo su discurso, sin que ningun
esfuerzo sea bastante á evitarlo; se halla en el caso de un arquitecto
á quien, habiendo construido una soberbia cúpula, se le exigiese que
la sostuviera, quitando el cimiento al edificio.
[68.] Tómese una verdad real cualquiera, el hecho mas seguro, mas
cierto para nosotros; nada se puede sacar de él si no se le fecunda
con verdades ideales. Yo existo, yo pienso, yo siento. Hé aqui hechos
indudables; pero ¿qué puede deducir de ellos la ciencia? nada: son
hechos particulares, contingentes, cuya existencia ó no existencia, no
afecta á los demás hechos ni alcanza al mundo de las ideas.
Estas verdades son de puro sentimiento; en sí solas nada tienen que
ver con el órden científico, y solo se elevan hasta él, cuando se las
combina con verdades ideales. Descartes, al consignar el hecho del
pensamiento y de la existencia, pasaba sin advertirlo, del órden real
al órden ideal, forzado por su propósito de levantar el edificio
científico. _Yo pienso_, decia; si se hubiese limitado á esto, se
habria reducido su filosofía á una simple intuicion de su conciencia;
pero queria hacer algo mas, queria discurrir, y por necesidad echaba
mano de una verdad ideal: _Lo que piensa existe_. Así fecundaba el
hecho individual, contingente, con la verdad universal y necesaria; y
como habia menester una regla para conducirse en adelante, la buscaba
en la legitimidad de la evidencia de las ideas. Por donde se echa de
ver como este filósofo, que con tanto afan buscaba la unidad, se
encontraba desde luego con la triplicidad: _un hecho, una verdad
objetiva, un criterio_. Un hecho en la conciencia del _yo_; una verdad
objetiva en la relacion necesaria del pensamiento con la existencia;
un criterio, en la legitimidad de la evidencia de las ideas.
Se puede desafiar á todos los filósofos del mundo á que discurran
sobre un hecho cualquiera sin el auxilio de las verdades ideales. La
esterilidad que hemos encontrado en el hecho de la _conciencia_, se
hallará en todos los demás. Esto no es una conjetura, es una
demostracion rigurosa. Solo una existencia contiene la razon de todas
las demás; en no conociéndola pues de una manera inmediata, intuitiva,
nos es imposible encontrar una verdad real orígen de todas las otras.