Se oyeron pasos que se acercaban.
Un árabe pobre y enfermo, pero que andaba con facilidad, se detuvo
junto al príncipe y le contempló con placer.
--Soy un insensato, dijo, en quejarme, cuando hay criaturas tan
miserables como esta: comparado contigo, yo soy feliz.
Y el mendigo bebió de una gran calabaza que llevaba colgada de su
hombro.
--Dame una poca de agua, hermano, dijo el príncipe; la sed me devora.
--¡Agua! dijo el enfermo: una gota de agua en el Desierto es más
preciosa que una perla; hay que andar durante un sol y otro sol antes
de llegar á un nuevo oasis y á una nueva fuente: el agua que yo te
diera seria mi sed de mañana.
Y el enfermo se alejó.
--Perdónete Dios tu falta de compasion, dijo el príncipe, lleno de
caridad por aquel pecador.
Se oyó el fuerte y rápido paso de un hombre, y apareció un beduino
robusto, membrudo, fuerte, que se detuvo un momento á contemplar á
Aben-al-Malek.
Aquel hombre comia hermosos dátiles.
--¡Ah! dijo: yo blasfemaba, yo acusaba á Dios porque no tenia un
caballo, ya que no un camello, y ved este: ¡cuánto daria este por ser
tan fuerte como yo!
--Socórreme hermano, suplicó el príncipe.
--¿Para qué tocarte yo? para que tu lepra me contagie y me encuentre
dentro de poco tan miserable como tú, ¿te he dado yo la lepra? que te
socorra Dios.
Y el beduino se alejó rápidamente.
El príncipe Aben-al-Malek, en vez de envidiar la salud y la fuerza de
aquel hombre, rogó á Dios por él.