Desapareció lo que rodeaba al príncipe, y en su lugar quedó un desierto
yermo é infinito, cubierto por un celaje sombrío.
Un viento abrasador arrojaba sobre el príncipe arenas candentes,
irritando las úlceras de su lepra, y causándole agudos dolores.
Pretendia arrastrarse, y parecia como que estaba adherido á la abrasada
arena de aquel desierto horrible.
Sintió ruido junto á sí.
Otro leproso se arrastraba lentamente, pasaba, mientras él no podia
moverse.
--Ese es menos desdichado que tú, dijo la voz de Zahra que se habia
hecho invisible.
--Dios le favorezca, contestó el príncipe sin sentir el más ligero
impulso de envidia.
--Mira, dijo la voz de Zahra.
Pasó un mendigo tullido que se arrastraba sobre sus manos, pero con más
rapidez que el anterior leproso.
El mendigo se detuvo y miró al príncipe con una expresion de repugnante
alegría.
--Hé aquí otro más desventurado que yo, dijo.
--Ayúdame, hermano, exclamó el príncipe con ánsia: vuélveme al menos;
estoy sufriendo horriblemente con mi inmovilidad.
El mendigo soltó una carcajada cruel, y sin ayudar al príncipe, siguió
su lenta marcha.
El príncipe lloró y oró; pero no sintió envidia contra el mendigo, ni
aborrecimiento porque le habia negado su ayuda.
--Dios tenga misericordia de él, dijo, porque es duro de corazon.