El príncipe habia caido de nuevo en su postracion.
Le abrasaba la fiebre de la lepra; sentia una sed horrible, y no podia
moverse.
--¿No te causa envidia, exclamó Zahra, al contemplar mi salud, mi
fuerza y mi hermosura?
--La envidia es un pecado de muerte, dijo el príncipe; la envidia
hace sentir el aborrecimiento contra los que gozan más que él, al
desventurado á quien ha herido la mano del Señor y no tiene fe en el
corazon; la envidia engendra la calumnia, la traicion y el crímen; pero
Dios proteje al infeliz miserable y enfermo que, abandonado y débil,
guarda su fe, y le da el tesoro y el consuelo de la resignacion: la
caridad es el preservativo de la envidia: quien tiene caridad, aunque
esté postrado como Job en el muladar, vive en el Señor que le presta su
fortaleza.
--Mira, le dijo Zahra.