El príncipe entre tanto adelantaba entre las tinieblas, y al fin entró
en un segundo mirab, más bello y más rico que el anterior.
Se prosternó y oró.
Sentía cansancio en el cuerpo y en el alma.
Tenia miedo, porque su espíritu vacilaba.
Recordaba la hermosura de Djeidah, las muelles delicias que le habian
rodeado en la primera bóveda y las inmensas riquezas que habia visto en
la segunda.
Oró con más fervor, salió del mirab, recorrió la oscura bóveda y empezó
á descender por las escaleras de la tercera.
Empezó á sentirse débil, enfermo, miserable.
Le aquejaban el hambre, el frio, la sed.
Cuando entró en la tercera bóveda, la encontró opaca, triste, húmeda.
Quiso andar y no pudo: vaciló y cayó.
Estaba cubierto de lepra: sus ricas vestiduras se habian convertido en
andrajos asquerosos.
Un negro murciélago revolaba sobre él.
La alimaña se reia.
--Hé ahí á lo que ha quedado reducido el hermoso, el jóven, el fuerte
príncipe Aben-al-Malek. Dios te ha abandonado. ¿Hay alguien sobre la
tierra más miserable que tú?
--Cúmplase la voluntad del Señor; contestó humildemente Aben-al-Malek;
suyos somos; polvo éramos antes de que Él nos dijese «sed». Él puede
reducirnos de nuevo á polvo: el Señor de la vida es tambien el Señor de
la muerte: Él prospera sus criaturas, y Él las abate: cúmplase su santa
voluntad.
Y la fe del príncipe le reanimó por un momento, tendió su arco,
disparó, y el tercer murciélago fué clavado en la bóveda como los
anteriores, por la tercera saeta del príncipe.
Se oyó un agudo alarido de mujer.
Al pié del príncipe cayeron algunas gotas de sangre.
Se levantó un vapor sutil que se condensó, y apareció Zahra, la segunda
hermana de Betsabé; la hada maldita y condenada por Allah, con su
grande hermosura, fijando en el príncipe sus terribles ojos negros, en
que aparecia su mirada envidiosa.