Y un enorme murciélago revolaba en torno de la cabeza del príncipe,
elevándose desde ella á las altas cúpulas y describiendo anchos
círculos.
Y la voz ronca del murciélago decia:
--Eres el califa más poderoso de la tierra; todo lo que ves es tuyo;
no hay placer semejante al de la contemplacion de estas preciosidades
y de estas riquezas: los hombres te reverenciaran como á un Dios; las
más hermosas mujeres del mundo te sonreirán enamoradas, y podrás cubrir
de naves el mar, y de soldados la tierra; porque el oro es el sultan
del mundo; al que todas las criaturas rinden un homenaje idólatra; todo
esto es tuyo, príncipe Aben-al-Malek; ¡quién como tú!
Y el príncipe, armando una saeta en su arco, contestó:
--La muerte no detendrá su segur sobre mi cabeza cuando llegue el plazo
prefijado á mi vida por el Altísimo, aunque yo ofreciese á la muerte un
tesoro mil y mil y mil veces mayor que este tesoro; todas las riquezas
del universo no abrirán las puertas de diamante del Paraíso como las
abren el buen corazon y la buena obra.
Y el príncipe disparó sobre el murciélago, que lanzó un chillido
horrible al sentirse herido y sujeto por la saeta entre las
deslumbrantes alhajas que pendian de la cúpula y producian un ruido
sonoro, movidas por el aleteo del murciélago.
La sangre de este cayó en una gigantesca ánfora de oro colocada bajo el
centro de la cúpula.
Instantáneamente se vió salir por la boca del ánfora un humo denso y
negro que se desvaneció, y luego, dentro del ánfora, se oyó el ruido
causado por una persona que pretendia salir en vano del ánfora que la
encerraba.
El príncipe soltó una carcajada.
--Hé ahí el destino del avaro, dijo, morir de una muerte mezquina,
sofocado por su tesoro; bendito sea el nombre del grande, del poderoso,
del invencible Allah.