El príncipe buscó entre la pavorosa oscuridad, tocando el áspero muro,
la entrada de la escalera que conducia á la segunda bóveda.
La encontró, bajó por ella, y en el momento, un vivísimo resplandor le
deslumbró.
Tenia ante sí un inmenso tesoro de cuantas piedras preciosas de vivos
destellos y trasparentes colores Dios crió, y perlas, y corales, y
jarrones, y ánforas, y fuentes de plata y oro cincelados, y arneses, y
armas de un valor maravilloso, y espejos bruñidos, y lámparas de gran
precio, y el pavimento cubierto de monedas de oro, en las cuales se
hundian los piés del príncipe, que adelantaba con trabajo, viéndose
obligado á apartar de su paso objetos preciosos y pesados de un valor
inmenso.
Todo resplandecia de una manera deslumbrante; la bóveda, los muros,
el pavimento y todas aquellas alhajas y aquellas ánforas, y aquellos
arneses, y aquellas armas, y aquellos espejos, y otro número infinito
de preciosidades, estaban agrupados y armonizados, y contrastados de
tal manera, que formaban cúpulas y arcos y pilastras, produciendo la
perspectiva de un alcázar incomparable por lo hermoso de la forma y lo
resplandeciente de la luz.