Y la voz doliente y lánguida de Djeidah, continuó quejándose y
excitando de una manera indolente al condenado walí de Comares
Abu-Ishac.
Y el príncipe lo oia, y fortalecia su espíritu con la oracion,
preparándose á una nueva prueba.
Al fin salió del mirab, recorrió de nuevo entre la oscuridad el
primer suelo, y al pasar por debajo del sitio donde convertida
otra vez en murciélago, estaba clavada á la bóveda por su saeta y
aleteando Djeidah, oyó que esta decia con su voz amortiguada y siempre
soñolienta.
--Maldito, maldito, maldito seas tú, príncipe Aben-al-Malek, que no has
querido mi amor.