IV.

Y la maldita Djeidah sonreia, porque el príncipe vacilaba y temblaba y

se adormecia.

--¡Ah! yo soy Fayzuly, exclamaba Djeidah estrechando más y más al

príncipe entre sus brazos.

Aben-al-Malek, fuerte por su creencia, por su virtud y por su amor,

siguió adelante empujando á Djeidah, llevándola consigo, abrazado por

ella, sintiéndola, aspirando la languidez, los encantos de su maldito

sér.

Y avanzaba lentamente, á cada momento más envuelto por la mágia que

rodeaba á Djeidah.

Al fin, despues de una larga lucha, el príncipe llegó, impulsando

siempre á Djeidah, al otro extremo del primer suelo, y delante de una

puerta dorada.

A medida que habia ido avanzando, la belleza de aquel alcázar habia

crecido, habian crecido la hermosura de Djeidah, y el brillo de sus

ojos, y lo delicioso de los perfumes, y la armonía de la música, y la

dulce languidez de la luz.

Y todo en vano.

Su fe y su amor habian salvado al príncipe, que habia llegado á la

brillante puerta de oro, en la cual se veia en inscripciones cúficas,

el nombre de Dios cien veces repetido y ensalzado.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 81 / 111 题