Y la maldita Djeidah sonreia, porque el príncipe vacilaba y temblaba y
se adormecia.
--¡Ah! yo soy Fayzuly, exclamaba Djeidah estrechando más y más al
príncipe entre sus brazos.
Aben-al-Malek, fuerte por su creencia, por su virtud y por su amor,
siguió adelante empujando á Djeidah, llevándola consigo, abrazado por
ella, sintiéndola, aspirando la languidez, los encantos de su maldito
sér.
Y avanzaba lentamente, á cada momento más envuelto por la mágia que
rodeaba á Djeidah.
Al fin, despues de una larga lucha, el príncipe llegó, impulsando
siempre á Djeidah, al otro extremo del primer suelo, y delante de una
puerta dorada.
A medida que habia ido avanzando, la belleza de aquel alcázar habia
crecido, habian crecido la hermosura de Djeidah, y el brillo de sus
ojos, y lo delicioso de los perfumes, y la armonía de la música, y la
dulce languidez de la luz.
Y todo en vano.
Su fe y su amor habian salvado al príncipe, que habia llegado á la
brillante puerta de oro, en la cual se veia en inscripciones cúficas,
el nombre de Dios cien veces repetido y ensalzado.