Djeidah luchó entonces con toda la fuerza de sus encantos para impedir
que el príncipe tocase la puerta.
Pero Aben-al-Malek arrolló á la hada maldita, lanzándola de sí y
haciéndola chocar contra la puerta de oro.
Y Djeidah la condenada, al tocar la puerta, se desvaneció en vapor como
una gota de agua que cae sobre un hierro candente.