III.

El príncipe retrocedió á la vista de Djeidah, una de las tres malditas

hermanas de Betsabé que habia aparecido delante de él, é invocó con

toda la fe de su alma el nombre de Dios.

Djeidah le miraba con sus grandes ojos garzos adormecidos, sonriéndole

lánguidamente, sueltos los luengos cabellos rizados, rubios y

brillantes como el oro; desnudo el seno de alabastro; mal cubierta la

hermosura de su cuerpo por una sutil túnica de gasa de plata y azul.

Se inclinaba, balanceaba muellemente su esbelto talle, y decia al

príncipe con una voz tan dulce como el murmullo del aliento de Dios en

las espesuras de los eternos bosquecillos del jardin de Hiram.

--El cansancio te abruma, amado mio, mi vida, alma de mi alma; ven,

reposa entre mis brazos en mi encantado alcázar; yo te adormeceré en un

sueño delicioso, durante el que gozarás las delicias del Paraíso.

--Hermosa eres, hada del sueño y del reposo, exclamó el príncipe

Aben-al-Malek; bello es tu alcázar; pero tú eres maldita, y maldito

lo que te rodea, y maldito el pensamiento de tu alma; para el árabe

temeroso de Dios no se han hecho las alkatifas de seda y oro, los

grandes divanes, los perfumes de Oriente, la música regalada y la

ramera indolente é impura: apártate de mi paso; yo voy á buscar á

la amada de mi alma, á la hurí Fayzuly que duerme encantada en este

maldito palacio y me espera.

--Yo soy Fayzuly, exclamó Djeidah estrechando entre sus brazos y

contra su seno al príncipe, haciéndole aspirar su aliento envenenado,

inundando su mirada con la mirada indolente de sus ojos soñolientos; yo

soy Fayzuly que te esperaba enamorada, amado mio, y que se aduerme al

fin entre tus brazos, contemplando tu hermosura, bebiendo el aliento de

tu boca y el fuego de tus ojos.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 80 / 111 题