El príncipe retrocedió á la vista de Djeidah, una de las tres malditas
hermanas de Betsabé que habia aparecido delante de él, é invocó con
toda la fe de su alma el nombre de Dios.
Djeidah le miraba con sus grandes ojos garzos adormecidos, sonriéndole
lánguidamente, sueltos los luengos cabellos rizados, rubios y
brillantes como el oro; desnudo el seno de alabastro; mal cubierta la
hermosura de su cuerpo por una sutil túnica de gasa de plata y azul.
Se inclinaba, balanceaba muellemente su esbelto talle, y decia al
príncipe con una voz tan dulce como el murmullo del aliento de Dios en
las espesuras de los eternos bosquecillos del jardin de Hiram.
--El cansancio te abruma, amado mio, mi vida, alma de mi alma; ven,
reposa entre mis brazos en mi encantado alcázar; yo te adormeceré en un
sueño delicioso, durante el que gozarás las delicias del Paraíso.
--Hermosa eres, hada del sueño y del reposo, exclamó el príncipe
Aben-al-Malek; bello es tu alcázar; pero tú eres maldita, y maldito
lo que te rodea, y maldito el pensamiento de tu alma; para el árabe
temeroso de Dios no se han hecho las alkatifas de seda y oro, los
grandes divanes, los perfumes de Oriente, la música regalada y la
ramera indolente é impura: apártate de mi paso; yo voy á buscar á
la amada de mi alma, á la hurí Fayzuly que duerme encantada en este
maldito palacio y me espera.
--Yo soy Fayzuly, exclamó Djeidah estrechando entre sus brazos y
contra su seno al príncipe, haciéndole aspirar su aliento envenenado,
inundando su mirada con la mirada indolente de sus ojos soñolientos; yo
soy Fayzuly que te esperaba enamorada, amado mio, y que se aduerme al
fin entre tus brazos, contemplando tu hermosura, bebiendo el aliento de
tu boca y el fuego de tus ojos.