El príncipe Aben-al-Malek se sintió acometido por una languidez
deliciosa.
Un negro murciélago, un murciélago gigantesco revolaba en torno de una
de las cúpulas, descendia estrechando el círculo de su vuelo, rodeaba
la cabeza del príncipe, y le halagaba, arrojando sobre él un leve y
suavísimo perfume con sus alas de crespon.
El príncipe lanzó de sí aquella tentacion invocando el nombre de Dios,
se quitó de sobre su espalda su arco, le entezó, armó en él una saeta
que sacó de su aljaba, y cuando el murciélago se elevó, disparó sobre
él y le clavó con su saeta en el artesonado de la cúpula.
Cayó delante del príncipe sobre el pavimento la sangre del murciélago
en un negro chorro.
De aquella sangre se elevó un vapor rojizo é inflamado que fué
condensándose hasta que tomó las formas de una hermosísima doncella,
lánguida como aquel alcázar, como la ténue y blanca luz que le
iluminaba, como el perfume que se elevaba de los braserillos, como la
música que llenaba aquel espacio de armonía.