El príncipe Aben-al-Malek al entrar en la torre, habia visto, como ya
se ha relatado, no la desnuda, oscura y severa galería semicircular
con huecos y saeteras para las escuchas que ahora se ve en el primero
y segundo suelo de la torre, que son los únicos que permanecen hoy
descegados.
En el primer suelo, donde habia entrado el príncipe, descendiendo
por una estrecha escalera, habia visto una galería circular, pero
enriquecida con columnas, artesonados de preciosas labores, cúpulas
maravillosas, pavimento de brillante alicatado: ornadas las paredes
con ricas atauxías y ajaracas, y motes incitadores que representaban
el amor y la voluptuosidad en vez del nombre de Dios y las santas
suras del Koran, en hermosos caractéres africanos de oro y azul, todo
resplandeciente, todo enlanguidecedor, todo sensual, iluminado por una
luz blanda, ténue, dulce, que hacia sentir un sopor delicioso.
Blandos divanes que convidaban al reposo, se veian en el fondo de
calados alhamíes; odoríferos perfumes que exhalaban humo trasparente y
azulado sobre braserillos de oro.
Una música armoniosa llenaba con sus dulces ecos aquel espacio
encantado.
Todo allí era embriagador.