Era esta torre circular; coronábala una muralla, defendida por dos
fuertes torreones, entre los cuales habia una puerta, por la cual salió
el desdichado Boabdil para entregar las llaves de la ciudad á los
vencedores.
Entre los torreones, la muralla y la torre misteriosa, existia un foso
por el cual se llegaba á una puerta de hierro pequeña, capaz sólo para
que pudiese penetrar un jinete en los Siete Suelos.
Sólo con inauditos esfuerzos se habia logrado abrir aquella puerta
y penetrar en el primer suelo; una vez allí, oíase un ruido sordo,
el vuelo contínuo de un enorme y solitario murciélago, que lanzaba
gritos semejantes á los de una mujer desesperada, y al que contestaban
subiendo del abismo, otros seis gritos horrorosos; uníase á esto un
viento pujante que apagaba las antorchas; un ruido sordo y atronador
semejante al de un torrente ó á la carrera de un millon de caballos,
y además una atmósfera impregnada de miasmas fétidas trastornaba los
sentidos y hacia huir de aquel lugar de muerte á el imprudente que en
él se habia aventurado; y si alguno fué bastante audaz para llegar,
arrostrando los horrores del primero hasta la puerta del segundo suelo,
nunca volvió á parecer.
Con estos prodigios la torre se habia hecho respetable; temblaban los
soldados nazarenos, al entrar de guardia en ella, y más de un escucha
fué víctima de su terror al encontrarse solo en su plataforma en las
altas horas de las oscuras noches de invierno.