Una lámpara de hierro alumbraba el aposento del rey, modesto y severo,
en cuyas paredes se veian escritas por do quiera _suras_ (versos) del
Koran: en un alhamí en el fondo dormia Al-Hhamar, con el sueño que
prestan un corazon puro y una ambicion satisfecha. Sobre el lecho,
cuyas ropas eran de blanco lino, la luz de la lámpara hacia lanzar
brillantes destellos á un fuerte arnés, á una hacha de armas y á una
espada.
El príncipe se acercó cautelosamente al lecho y contempló largo rato
el noble y hermoso semblante de su padre: si este hubiese entonces
despertado, le hubiera causado horror la expresion del semblante
de su hijo predilecto, de su querido leoncillo, con quien tal vez
soñaba en las horas de su breve reposo; los ojos del príncipe estaban
desencajados, su boca contraida, sus mejillas cárdenas, sus manos
crispadas. Una sonrisa siniestra vagaba en sus labios y su corazon
estaba frio.
De repente, como arrastrado de una fuerza irresistible, se separó del
lecho, llegó al centro de la estancia y, con una calma horrible, vertió
el contenido del pomo en el agua que llenaba una fuente de alabastro.
Luego, cauteloso como habia entrado, tornó junto á Betsabé.
Estaba rodeada de Djeidah, Zahra y Obeidah.
--¿Qué es de vuestros esposos? les preguntó.
Las tres hadas, como Betsabé á Juzef, se habian enlazado á los walíes.
--Abo-Ishac, contestó Djeidah, está inconsolable, por la pérdida del
oro invertido en pagar sus caballeros; apenas repara en mí; es un
miserable.
--Abu-Abdalá, dijo Zahra, está aún avergonzado de haber sido vencido
por un niño, y me hace sufrir todas las rarezas de su ridículo orgullo.
Es un gato salvaje que no me ama.
--Abul-Hassan, murmuró Obeidah, no se ha perdonado aún el descalabro
de Bib-Rambla y ha levantado sobre mí su látigo. Es un perro infiel que
me hace muy desdichada.
--¿Qué me importan vuestra felicidad ó vuestro enojo? exclamó colérica
Betsabé, dirigiéndose á sus hermanas. ¿Os he lanzado yo junto á ellos
para que solo penseis en el amor? ¿Qué hacen vuestros esposos? ¿Qué
meditan contra el rey?
--Han enviado mensajeros, contestó Djeidah, acogiéndose bajo la fe y
amparo del rey Alfonso X de Castilla: con él vendrán sobre Granada, y
la muerte y el estrago cabalgarán delante de ellos.
--Pues bien, que entren sus algaras por la vega, dijo Betsabé, que
arrasen sus villas, que incendien sus castillos; es necesario que si el
tósigo respeta á ese hombre, sucumba por el hierro: es necesario que no
se levante la Torre de los Siete Suelos. Idos, y cumplid lo que os he
ordenado.
Las tres hadas desaparecieron. Juzef dormia, entregado á un letargo
profundo; por los ajimeces penetraba ya la luz de la alborada.
Betsabé fijaba en la cumbre de la Colina Roja una mirada sombría; era
el momento en que Wahdah salia de la sima.
--¡Oh! ¡ya es tarde para tí, esclava! murmuró Betsabé; el muecin llama
á la oracion, y muy pronto el tósigo penetrará en las venas de tu amado.
Y en efecto, el muecin llamaba á los fieles, desde el alminar, á la
oracion de azohhi.
Betsabé se dirigió al aposento del rey; los guardas la detuvieron.
--No puedes entrar, princesa, dijo uno de ellos; nuestro rey y señor
está haciendo su ablucion.
Y era así; Betsabé, á través de las plegaduras del tapiz que cubria la
puerta, vió á Al-Hhamar, arrojando sobre su cabeza el agua de la pila
de alabastro situada en el centro del retrete real.
Entonces un pensamiento extraño surgió en su mente.
--¡Si Juzef no hubiera vertido el tósigo! se dijo.
Y corrió á su retrete donde dormia el príncipe, y le arrancó el pomo
que asia aún entre sus crispadas manos.
--¡Vacío! ¡está vacío! exclamó Betsabé entregándose á una feroz
alegría. ¡Oh! ¡volveré á mi eternidad, á mis jardines, á mis alcázares!
¡Oh Salomon! ¡qué grande y poderoso eres!