En aquel momento, por el ajimez que habia dejado abierto el príncipe,
penetraron tres horribles y enormes murciélagos, que revolotearon al
rededor de Betsabé.
El príncipe estaba atónito: Betsabé tendió su mano hácia los
murciélagos y dijo:
--¡Hermana mia, Djeidah, ven!
Uno de los murciélagos se posó sobre la mano de Betsabé y batió
impaciente sus alas.
--¿De dónde vienes? le preguntó la jóven.
--Del castillo de Comares, contestó el murciélago en un acento lleno de
suave languidez.
--¿Qué has encontrado en él?
--Mi prometido.
--¿Te conoce?
--Me ha visto en sueños.
--¿Te ama?
--Me idolatra.
--Por el poder del anillo del gran Salomon, que pongo sobre tu cabeza,
vuelve á tu sér, hermana mia.
Al decir esto, Betsabé puso sobre la alfombra al murciélago que se
trasformó en una nube blanquísima; la nube se elevó hasta cierta
altura, tomó formas y se convirtió en una mujer hechicera.
La admiracion del príncipe tocaba á su colmo: Djeidah hubiera podido
pasar por la doncella más hermosa del mundo, si no hubiera existido
Betsabé; sus cabellos rubios y larguísimos caian sueltos sobre su
espalda; el arco de sus cejas era perfecto y sus grandes ojos azules
tenian una expresion de languidez irresistible. Cubríala una túnica
blanquísima y entre sus anchos pliegues se marcaban sus formas redondas
y voluptuosas. Djeidah se recostó muellemente sobre el divan y Betsabé
llamó á otro de los murciélagos.
--¡Hermana mia Zahra, ven!
El segundo murciélago se posó como el primero en la mano de Betsabé.
--¿Dónde has estado? le preguntó esta.
--En la fortaleza de Guadix, contestó con voz sonora el murciélago.
--¿Qué has hecho allí?
--Guardar el sueño á mi prometido.
--¿Te conoce?
--Sí.
--¿Te ama?
--Me adora.
--Por el anillo del poderoso Salomon, vuelve á ser lo que eras, hermana
mia, murmuró Betsabé poniendo sobre el divan al negro murciélago.
Un instante despues una jóven y apuesta doncella fijaba una profunda
mirada en el príncipe Juzef: á pesar de ser muy hermosa, la expresion
de sus ojos pardos y centelleantes era sombría y fija; su hermoso
entrecejo se fruncia de una manera terrible, y sus labios purpúreos
estaban orlados de una sonrisa cruel; pero esta expresion desfavorable
duró sólo un momento: su frente apareció tersa, sus ojos retrataron la
paz más profunda y en su pequeña boca apareció una sonrisa candorosa;
apartó con sus manos, que parecian hechas de alabastro, los negros y
larguísimos rizos que cubrian en parte su semblante teñido de un leve
matiz moreno, y se sentó en el divan junto á Djeidah, cubriendo sus
piés con la falda de su ancha túnica de escarlata.
Revoloteaba aún en torno de la cabeza de Betsabé el tercer murciélago.
--¡Hermana mia Obeidah, dijo Betsabé tendiendo de nuevo su mano, ven!
El murciélago se posó en ella.
--Vengo del alcázar de Málaga, dijo con una voz dulcísima.
--¿Qué has hecho allí?
--Velar á mi prometido.
--¿Te ha visto?
--En sueños.
--¿Te ama?
--Está loco por mí.
--En nombre del alto y poderoso Salomon, torna á ser hermosa, hermana
mia.
Una tercera y linda jóven apareció á la voz de Betsabé.
Una túnica dorada pretendia en vano ocultar lo aéreo de su esbelto
talle; la mirada de sus hermosísimos ojos celestes era tan indiferente
que hubiera ofendido al amor; su cabellera, bermeja como el oro,
embellecia una frente en que era difícil encontrar las huellas del más
ligero pesar. Obeidah ocupó un lugar en el divan entre Djeidah y Zahra.
Entonces Betsabé tocó con el anillo la cadena de oro que sujetaba su
pié.
--Rómpase el signo de mi esclavitud, exclamó.
La cadena se rompió en mil pedazos.
--¡Ya soy libre! gritó Betsabé, saltando hasta el sitio en que el
príncipe contemplaba inmóvil de asombro tanta maravilla; ¡ya soy reina!
hermanas mias, levantaos.
--Tengo sueño, contestó Djeidah, dilatando su linda boca en un largo
bostezo.
--Siempre perezosa, murmuró Betsabé; y tú Zahra, ¿has olvidado tus
noches de dolor, que así reposas cuando hemos menester todo nuestro
esfuerzo para la última prueba?
--Sí; contestó agriamente Zahra dirigiéndose á Djeidah y Obeidah;
esforcémonos, hermanas mias, para que nuestra hermana Betsabé logre los
amores de su bellísimo príncipe; ayudémosla para que despues nos trate
como esclavas.
Betsabé se mordió los labios impaciente y se dirigió á Obeidah.
--Tengo hambre, dijo esta, fijando su mirada indiferente en su hermana.
--¡Oh! sois las mismas exclamó con despecho Betsabé; y en verdad que
he hecho mal en acordarme de vosotras, para arrancaros de vuestra
cautividad; tu pereza, Djeidah, te hace merecedora á que te dejen
dormir arropada con tus negras alas en el oscuro rincon de unas ruinas;
tú, Zahra, envidiosa y cruel, no debias volver á ver el sol; y tu
glotonería, Obeidah, sólo debia ser satisfecha con los insectos que
encontrases en tu vuelo nocturno.
Los tres bellos semblantes de las tres damas apostrofadas, se animaron
con una expresion de cólera, y se lanzaron á Betsabé.
--¿Por qué me llamas perezosa, gritó Djeidah, cuando tus locuras de
amor nos han reducido á este estado?
--¿Y á mí envidiosa, añadió Zahra, cuando harias pedazos á la mujer á
quien amase tu hermoso Juzef?
--¿Y á mí glotona, prosiguió Obeidah, cuando tu sed de amor devorará á
tu lindo príncipe?
Betsabé habia retrocedido ante el furor de sus hermanas, pero sin
miedo, como el luchador que se retira á la vista de su adversario para
buscar el punto de ataque.
--¿Sabeis, les dijo despues de un momento de observacion, mostrándolas
el anillo cabalístico, que por el poder de este talisman, como os he
sacado de vuestros hediondos nidos puedo volveros á ellos?
Las tres rebeldes beldades palidecieron, y miraron á su hermana con
ansiedad.
--No lo haré, continuó Betsabé, porque no soy rencorosa. Pero es
necesario que nos unamos para inclinar nuestro doble destino á la
buena parte, y que procuremos huir de la mala. ¿Qué quereis mejor, las
tinieblas de la torre de los Siete Suelos ó los alcázares de nuestro
padre?
--Los alcázares de nuestro padre, contestaron en coro y de la manera
más humilde que supieron las tres rebeldes.
--Pues bien, para eso es necesario luchar. Cuando veníais á visitarme
cerniéndoos sobre vuestras alas de crespon, erais más razonables y
más humildes; me deciais con el acento de la desesperacion: «Hermana
Betsabé, arráncanos de nuestro estado, y te obedecerémos; vuélvenos á
nuestro sér, y serémos tus esclavas.» Pues bien, el destino ha puesto
en mis manos ese poder, y sois otra vez jóvenes y hermosas.
Betsabé se detuvo para dar más prestigio á lo solemne de sus palabras.
--¿Y qué hemos de hacer? contestaron á la vez las tres mujeres en el
colmo de la humildad.
--Abajo hay tres osos salvajes que es necesario domesticar. ¿Decís que
os aman los walíes?
--Sí, dijeron las tres.
--Pues bien, amadlos vosotras, ó á lo menos fingidlo.
--Abu-Yshac es viejo, feo y avaro, dijo Djeidah haciendo un mohin de
disgusto, y si me abandonas á él sin poder, me tratará como á sus
etíopes, y me venderá si hay quien le dé por mí cien doblas de oro.
--Abu-Abdalá, dijo á su vez Zahra, es soberbio y me mirará como una
esclava.
--Abul-Hassan, murmuró Obeidah, es iracundo y celoso, y me azotará como
á sus perros.
--¡Por el ángel Leviatan! gritó colérica Betsabé, ¿quién os ha hecho
pensar, descontentadizas hermanas, que yo os abandonaré? ¿Acaso puedo
yo subir al cielo de mi amor sin vosotras que sois mis alas? ¿A qué
rebelaros contra vuestro destino? ¿No ha dispuesto él que guardaseis el
sueño de esos tres hombres y les presentaseis visiones tentadoras, como
ha dispuesto que yo ame al hijo de un rey?
--Pues bien, observó Zahra, matemos á esos tres hombres.
--Guardaos bien de hacerlo, dijo Betsabé; sin ellos, ¿quién haria
perecer al hombre destinado á edificar la torre de los Siete Suelos?
El príncipe que presenciaba absorto esta terrible conversacion, se
estremeció de piés á cabeza, y creyó llegada su hora cuando Zahra
contestó:
--¿Y para qué guardas á tu príncipe? ¿Acaso no es hijo de ese hombre,
y no puede llegar cuando quiera hasta lo más reservado de su haren?
¿Acaso no hay tósigos y puñales?
--El pueblo nunca elige por rey á quien ha asesinado á su padre, y para
fijar nuestro porvenir es necesario que yo sea sultana. Meditadlo bien;
un año vuela con la velocidad del huracan, y si ese año pasa sin que
haya muerto Al-Hhamar... ¡ay de nosotras!
Las tres jóvenes miraron irresolutas á Betsabé; esta estaba á punto,
irritada por su obstinacion, de volverlas á trasformar por castigo en
murciélagos.
--¿Os resolveis? gritó: sí ó no.
--Sí, contestaron con voz quejumbrosa las tres.
Entonces Betsabé se volvió al príncipe.
--Amado mio, dijo, vas á ver lo que ningun mortal puede contar;
¿quieres que traiga aquí los arcángeles del sétimo cielo? ¿Por qué la
luz de mis ojos está tan triste?
Juzef tomó una mano de su amada, y la estrechó entre las suyas.
Betsabé describió un círculo en el suelo con el anillo, murmuró
algunas palabras misteriosas, y añadió con voz potente:
--¡Espíritus que escuchais mis conjuros, esclavos de mi poder, salid á
luz!