V.

Fingíase algunos años atrás en Cairvan[24]. Veia la torre de un

fuerte castillo, y un estrecho postigo de su muro. La noche, oscura

y medrosa, tendia su negra sombra sobre un espeso palmar, cuyas

penachudas copas mecia el viento de la tormenta. La lluvia mojaba su

blanca túnica de vírgen, y algun lívido relámpago iluminaba su frente

pálida de impaciencia. Amaba como aman las mujeres de África: de una

vez y sola una vez. Su pensamiento volaba fuera de los muros hasta un

hombre, siempre fijo en él. Su oído pretendia escuchar el galope de

un caballo, cada vez que arreciando la lluvia desplomaba sus gruesos

goterones sobre la tierra abrasada y seca por el sol del estío. Pero

el rumor acompasado y tenaz se prolongaba... era un delirio. Al fin,

tras larga espera, sentia distintamente pisadas cautelosas. Una mano

prudente introducia una llave en el postigo, y un hombre jóven y

hermoso envuelto en un albornoz entraba y asiendo su mano temblorosa la

llevaba á una apartada galería. La lluvia continuaba; los relámpagos

eran más frecuentes y brillantes; el mugido del huracan se unia

al ronco estallido del trueno. Y sin embargo, la tempestad de los

elementos cedia á la tempestad de su pasion. De repente la galería

se iluminaba con el resplandor de cien antorchas. Feroces esclavos

negros, con las cimitarras desnudas rodeaban á los amantes. Un anciano,

de semblante noble y ademan imponente, se adelantaba en el centro

del círculo formado por los esclavos. Su brazo firme, tranquilo, se

levantaba en un ademan de mandato señalando al hermoso jóven á quien

amenazaban cien cimitarras. Luego oia el choque del acero contra el

acero; el hombre de su amor se defendia como un tigre; el anciano,

tranquilo siempre, presenciaba la lucha sin tomar parte en ella; al fin

un grito de dolor resonaba sobre el estruendo de los aceros y un cuerpo

caia en tierra. Todo concluia para Wahdah: sólo quedaba á su amor un

recuerdo funesto.

[24] Antigua capital del Moghrebeb.

Sólo la quedaba un recuerdo de dolor.

El anciano walí de Cairvan, la hacia conducir á su harem; era su

esclava. Su padre la habia vendido por un caballo, cuando aún era

niña. El walí de Cairvan la habia sentado cuando aún niña sobre sus

rodillas, y antes de poder codiciar su hermosura, la habia amado

como hija. Wahdah era hermosa como una hada, y pura como las brisas

de la mañana. Era además valiente; apenas salida de la infancia, se

la veia acompañando al walí en la caza; arrojar su venablo á las

fieras. Creció obedecida, sin encontrar obstáculos á su voluntad;

fiera y altiva con su valor y su hermosura, llegó á la edad en que

pensamientos desconocidos mecen el insomnio sobre las noches de la

mujer. Sensaciones misteriosas que el corazon no puede descifrar en su

pureza; padecimientos recónditos que cubren con un velo de languidez

los ojos de la vírgen. Sufrió y cayó, entregándose á una vida errante y

solitaria.

Apenas el sol coloraba los horizontes, la puerta del muro se abria

y Wahdah lanzaba su caballo salvaje á través de los bosques; á

veces se la veia en lo más oscuro de ellos, sentada sobre la punta

de una roca, con la mirada fija en el espacio, mientras una lágrima

tranquila descendia hasta su blanquísimo y descuidado seno. Su corazon

sentia una extraña necesidad de dilatarse y dejaba rebosar aquella

lágrima solitaria. Y así permanecia hasta que el sol trasmontaba los

horizontes de Occidente. La noche la veia volver al alcázar de Cairvan

aguijoneando la veloz carrera de su caballo.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 36 / 111 题