Fingíase algunos años atrás en Cairvan[24]. Veia la torre de un
fuerte castillo, y un estrecho postigo de su muro. La noche, oscura
y medrosa, tendia su negra sombra sobre un espeso palmar, cuyas
penachudas copas mecia el viento de la tormenta. La lluvia mojaba su
blanca túnica de vírgen, y algun lívido relámpago iluminaba su frente
pálida de impaciencia. Amaba como aman las mujeres de África: de una
vez y sola una vez. Su pensamiento volaba fuera de los muros hasta un
hombre, siempre fijo en él. Su oído pretendia escuchar el galope de
un caballo, cada vez que arreciando la lluvia desplomaba sus gruesos
goterones sobre la tierra abrasada y seca por el sol del estío. Pero
el rumor acompasado y tenaz se prolongaba... era un delirio. Al fin,
tras larga espera, sentia distintamente pisadas cautelosas. Una mano
prudente introducia una llave en el postigo, y un hombre jóven y
hermoso envuelto en un albornoz entraba y asiendo su mano temblorosa la
llevaba á una apartada galería. La lluvia continuaba; los relámpagos
eran más frecuentes y brillantes; el mugido del huracan se unia
al ronco estallido del trueno. Y sin embargo, la tempestad de los
elementos cedia á la tempestad de su pasion. De repente la galería
se iluminaba con el resplandor de cien antorchas. Feroces esclavos
negros, con las cimitarras desnudas rodeaban á los amantes. Un anciano,
de semblante noble y ademan imponente, se adelantaba en el centro
del círculo formado por los esclavos. Su brazo firme, tranquilo, se
levantaba en un ademan de mandato señalando al hermoso jóven á quien
amenazaban cien cimitarras. Luego oia el choque del acero contra el
acero; el hombre de su amor se defendia como un tigre; el anciano,
tranquilo siempre, presenciaba la lucha sin tomar parte en ella; al fin
un grito de dolor resonaba sobre el estruendo de los aceros y un cuerpo
caia en tierra. Todo concluia para Wahdah: sólo quedaba á su amor un
recuerdo funesto.
[24] Antigua capital del Moghrebeb.
Sólo la quedaba un recuerdo de dolor.
El anciano walí de Cairvan, la hacia conducir á su harem; era su
esclava. Su padre la habia vendido por un caballo, cuando aún era
niña. El walí de Cairvan la habia sentado cuando aún niña sobre sus
rodillas, y antes de poder codiciar su hermosura, la habia amado
como hija. Wahdah era hermosa como una hada, y pura como las brisas
de la mañana. Era además valiente; apenas salida de la infancia, se
la veia acompañando al walí en la caza; arrojar su venablo á las
fieras. Creció obedecida, sin encontrar obstáculos á su voluntad;
fiera y altiva con su valor y su hermosura, llegó á la edad en que
pensamientos desconocidos mecen el insomnio sobre las noches de la
mujer. Sensaciones misteriosas que el corazon no puede descifrar en su
pureza; padecimientos recónditos que cubren con un velo de languidez
los ojos de la vírgen. Sufrió y cayó, entregándose á una vida errante y
solitaria.
Apenas el sol coloraba los horizontes, la puerta del muro se abria
y Wahdah lanzaba su caballo salvaje á través de los bosques; á
veces se la veia en lo más oscuro de ellos, sentada sobre la punta
de una roca, con la mirada fija en el espacio, mientras una lágrima
tranquila descendia hasta su blanquísimo y descuidado seno. Su corazon
sentia una extraña necesidad de dilatarse y dejaba rebosar aquella
lágrima solitaria. Y así permanecia hasta que el sol trasmontaba los
horizontes de Occidente. La noche la veia volver al alcázar de Cairvan
aguijoneando la veloz carrera de su caballo.