IV.

A su fin encontró una puerta; empujóla y adelantó en un retrete, en el

cual se hundieron sus piés sobre una alfombra de la India; una lámpara

de alabastro consumia aceite aromático y reflejaba su melancólico

resplandor en paredes blancas y brillantes como el marfil, labradas con

oro pulimentado; al frente, cubierta por un tapiz de púrpura, se abria

una comunicacion á otro aposento y á través de ella volaba un suavísimo

perfume.

--Hé aquí los judíos, observó el príncipe atravesando el retrete;

miseria, pestilencia en el exterior; oro, perfumes, en los escondidos

aposentos de sus rameras; la lepra á las puertas del paraíso.

Llegó al tapiz y le alzó; un nuevo aposento, más rico que el primero,

deslumbró al príncipe acostumbrado á la riqueza de los retretes de la

Casa del Gallo; la alfombra era de oro y seda; las paredes entapizadas

de brocado; el techo de sándalo, incrustado de nácar y ébano; flores

de Asia frescas y olorosas encerradas en vasos de ágata; pájaros

atados á hilos de oro acurrucados en las cornisas y entre las flores,

mostrando sus caprichosos plumajes; pebeteros de inmenso valor cargados

de perfumes, y lámparas preciosas, en las que daba pábulo á una luz,

velada por gasas trasparentes, purísimo aceite de Siracusa.

Los pebeteros difundían por la estancia un ambiente fresco y oloroso, y

parecian halagar el sueño de una mujer que dormia sobre almohadones de

púrpura en el fondo del aposento.

El príncipe observó rápidamente sus adornos, y se adelantó comprimiendo

su corazon, que se agitaba violentamente, hasta la hermosa. Porque era

muy hermosa la mujer que dormia ó fingia dormir. Descuidada, sonriendo

á sus sueños, con la cabellera tendida, el seno y los brazos desnudos

y deslumbrantes de blancura, á la luz opaca de las lámparas, dejando

ver bajo su túnica arrollada un pié magnífico y parte de una pierna

adornada con una ajorca de oro, era la más hermosa imágen del ángel de

la tentacion.

Aben-Juzef se arrodilló sobre los almohadones, y fijó su mirada llena

de un amor insensato en aquella purísima niña que reia y suspiraba á un

tiempo, á impulsos de su recóndito y dormido pensamiento. La vista del

príncipe devoraba ansiosa aquellas formas redondas, aquellos cabellos

negrísimos, que lanzaban brillantes reflejos, heridos por la luz, y se

tendian en largos rizos sobre el lecho, velando á medias los desnudos

hombros de la dama dormida. La frente que aquellos rizados cabellos

orlaban, era tersa, pura y majestuosa como la de una sultana; dos

cejas perfectamente arqueadas coronaban dos ojos, que aunque dormidos,

lanzaban rayos de un fuego intenso á través de sus entreabiertas y

sedosas pestañas, y sobre sus mejillas, á quienes hubieran robado

envidiosas su blancura la azucena, y la rosa su leve carmin, se

suspendian dos lágrimas tranquilas. La pureza de sus húmedos y rojos

labios, revelaba á una vírgen, y la suave dilatacion de su seno,

enamorados pensamientos.

Aben-Juzef, pálido y tembloroso de emocion, acercaba insensiblemente

su bello semblante al semblante de la hermosa: sentia su aliento

impregnado de ambrosía, cada vez más cercano, más ardiente: toda su

ambicion, todo su porvenir estaban allí.

La dama despertó levantándose sobre su lecho como al impulso de un

poder invisible.

--¿Quién ha entrado aquí? dijo Betsabé; la hija del gran rio quiere

dormir tranquila; yo oia cantar los pájaros de mi país, y mis plantas

pisaban los alcázares de mi padre; ¿quién ha venido á turbar mi reposo?

El príncipe se volvió; Betsabé de pié envuelta enteramente en su túnica

de finísimo lino, estaba delante de él, mal despierta aún, arrojando á

su espalda con sus pequeñas manos, sus largísimos cabellos.

--¡Ah, eres tú! ¡lumbre de mis ojos! exclamó al reconocer al príncipe;

tambien soñaba contigo; te veia pasar, ginete en un caballo negro y

rodeado de una brillante córte; llevabas en la frente una corona;

pendiente del costado una espada de oro. Junto á tí cabalgaban,

inclinando su frente respetuosa, wasires y kadies y los alféreces

conducian delante tu bandera de rey: el pueblo te seguia victoreando y

sobre todo esto brillaba un sol resplandeciente. ¡Qué hermoso estabas!

--Betsabé, contestó el príncipe, esta es la primera vez que al

lenguaje de nuestros ojos se une el de nuestras bocas, y me hablas de

tronos; antes, cuando yo dormia tranquilo sin conocerte, cuando veia

sin conmoverme las mujeres de mi pequeño harem, cuando los más ricos

mercaderes me mostraban en vano los encantos de sus esclavas, ¡qué

feliz era! ¡amaba á mis hermanos, amaba á mi padre!

Betsabé se dejó caer sobre los almohadones.

--¡Y ahora no eres feliz, alma de mi alma!

El príncipe palideció.

--No, dijo, tu amor me mata. Si yo hubiera podido creer que tu serias

mi señora y yo tu esclavo.... hubiera huido de tí. Ya no es tiempo de

retroceder; no, aunque tuviera delante de mí el puente Sirat, con todo

su fuego eterno.

Betsabé lanzó una radiante mirada al príncipe.

--¡Oh si tú supieras...! le dijo: mira, y le mostró su pié sujeto por

la ajorca á una gruesa cadena de oro fija en el pavimento junto al

lecho.

El príncipe miró asombrado á Betsabé.

--Yo te amo, dijo la vírgen, condensando cada vez más su amorosa

mirada, y todo lo espero de tí.... pero es necesario luchar.... ¿tienes

valor?

--Sí.

--Yo quiero ser sultana.

El príncipe se estremeció.

--Pero yo no puedo ser rey; contestó Juzef; mañana mi hermano Mohhanmed

será proclamado sucesor á la corona....

--Sí, y tú, el más valiente, el más querido de tu padre entre tus

hermanos, irás á vivir vergonzosamente en lo más hondo de tu harem,

ó á morir sin gloria defendiendo una corona que habrás perdido por

cobarde....

Betsabé pronunció estas palabras con el más frio desden y rechazó al

príncipe con enojo.

Juzef era muy jóven aún; corria por sus venas la ardiente sangre de

los Al-Hhamares, y no podia tolerar nada que se opusiese á sus deseos;

sentia por Betsabé un amor idólatra, superior á todas sus creencias, y

luchaba procurando desoir el grito de sus deberes. Más de una vez sus

ojos se habian deslumbrado ante el brillo de la corona de su padre, y

un pensamiento terrible, inspirado por Satanás, le agitaba haciéndole

estremecer de espanto. El mal y el bien se disputaban el dominio de su

alma, y aquel terrible combate empezado, apenas pudieron desarrollarse

sus deseos, habia dado á su semblante el tinte de reflexion y

prudencia, que en la hospedería le habia hecho respetable á los tres

walíes.

Pero Juzef amaba á su padre y á sus hermanos, y apenas nacidos aquellos

criminales deseos, desaparecian dejando marcado en su rostro el rubor

y en su alma un arrepentimiento sincero. Corria al mirab, oraba y la

tentacion desaparecia. Era un alma de niño franca y generosa, por más

que su pureza estuviese manchada con conatos de crímen.

Tal vez debia á su madre, africana ambiciosa, aquellos insensatos

deseos de poder: allá en las prolijas noches de invierno, cuando la

lluvia azotaba las espesas celosías del harem y el viento se quebraba

zumbando en los calados ajimeces, la hermosa Wahdah palidecia, sus

ojos de una hermosura salvaje lanzaban rayos, y oprimia contra su seno

palpitante al pequeño Juzef, que despertaba al impulso de aquella

presion terrible: Wahdah le miraba ceñuda, y una sonrisa horrible

contraia su boca temblorosa; recordaba una historia funesta, que

encerraba sus recuerdos de amor; recuerdos dolorosos que desgarraban su

pensamiento.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 35 / 111 题