VI.

Un dia de los más ardientes del estío, cabalgaba lentamente á

través del bosque. Un silencio profundo dominaba cerca y léjos; los

pensamientos de Wahdah eran más recónditos y misteriosos que nunca: su

vida era triste, y todo la parecia estéril y sombrío.

El bosque estaba desierto, y algunos rayos del sol penetrando entre su

follaje, doraban los enormes troncos de las encinas y de los castaños

silvestres. La jóven caminaba entre ellos abandonadas las riendas á

su cabalgadura sin direccion ni objeto. El caballo trotaba con ardor

obedeciendo á su instinto salvaje, y respiraba con placer el escaso

aire de la montaña que se perdia á lo léjos en calientes ráfagas. Tal

vez recordaba el tiempo en que libre con la espalda desnuda oteaba en

los fértiles valles del Atlas.

Mas de repente se detuvo, dilató las anchas narices, irguió el

flexible cuello, se plantó, lanzando un relincho de espanto, y fijó su

centelleante mirada en el fondo del bosque; todo indicaba que el bruto

habia olfateado una fiera, y Wahdah atenta á aquel aviso, armó una

saeta en su arco y esperó.

No tardó en oirse un rugido que repitieron los ámbitos del bosque, al

par que una robusta voz que invocaba á Allah; un árabe, lanzando su

caballo á rienda suelta, apareció entre las encinas inmediatas, huyendo

con la velocidad del huracan, de una pantera furiosa que le seguia

saltando sobre la maleza; el caballo tropezó y cayó arrastrando á su

ginete, y la fiera se arrojó sobre él, á tiempo que Wahdah, disparando

su arco, clavó una saeta en el corazon de la pantera.

Un nuevo rugido inmenso y rabioso se dejó oir, y la bestia rodó sobre

el césped, arrojando de su costado un surtidor de negra sangre.

Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su salvador, Wahdah vió

unos ojos hermosísimos de profunda mirada, en los cuales se retrataba

una viva expresion de agradecimiento, que volvieron á inclinarse al

encontrar los de Wahdah, como los del imprudente que se atreve á

desafiar el resplandor del sol; un estremecimiento inmenso agitó el

sér de la vírgen, y cuando pasados los primeros momentos de confusion

su alma franca acogió ávida las protestas de agradecimiento del

extranjero; cuando más adelante sentada junto á él en la misma roca que

habia visto correr sus lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de

niña, el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su corazon

era de amor, y le ofreció el suyo.

Wahdah no le ocultó su posicion: se creia hija del walí de Cairvan; los

ojos del extranjero se dilataron. Wahdah no supo dar valor á la sonrisa

cruel que vagó un momento en los desdeñosos labios del árabe.

Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado por el walí, y

se regocijó al entrever una ocasion de arrojar una mancha deshonrosa

sobre la frente del noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se

apoderó del alma de la incauta Wahdah, y esta consintió en facilitarle

los medios de entrar en el alcázar de su enemigo.

Horrible fué para la infortunada el resultado de su primera é

involuntaria falta. Habia bebido el amor hasta las heces en la palabra

y en las miradas del extranjero, y su muerte la enlutó el alma. Pero

aún tenia que apurar la amargura de su destino. El severo walí la

presentó entre las mujeres de su harem, como se presenta á una esclava

culpable. Declaró que no era su hija, y la mandó azotar. Despues llamó

á un mercader judío y la vendió como la habia comprado: á cambio de un

caballo.

Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan, donde habia sido señora por

el amor del walí, para ser esclava de un judío, que expuso en su bazar

desnuda ante la vista de más de un extranjero á la desdichada niña;

pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico para satisfacer la

codicia de Absalon, que se creia poseedor en Wahdah de un tesoro de

hermosura; pasaron dias bastantes para que la soberbia africana diese

tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazon un odio inmenso á todo

lo que no era la memoria del hombre á quien habia amado, y á cuya

perfidia debia sus largos dias de amargura.

Entre tanto, el judío Absalon habia recorrido el Moghrebeb presentando

su esclava en los bazares más concurridos; los compradores se

multiplicaban; á cada mirada que se posaba sobre ella, cada vez que el

rubor cubria su semblante, un nuevo y más terrible odio sustituia en su

corazon á la sed de venganza que lo devoraba; y ¡cosa extraña! á medida

que su odio crecia, era más dulce la expresion de su semblante, menos

intenso el carmin que el rubor hacia subir á sus mejillas.

Habian pasado tres años y ningun comprador de esclavas habia poseido lo

bastante para llenar los deseos del judío; cada mes que transcurria,

aumentaba maravillosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon añadia á

su precio algunos millares de doblas.

La africana habia dejado de ser una niña casi salvaje; tañia la guzla

primorosamente, cantaba como una alondra, y componia hermosos versos;

sus labios purpúreos, estaban siempre embellecidos por una sonrisa

tentadora, y sus ojos habian perdido lo bravío de su mirada, que se

adormecia lanzando relámpagos de amor, entre el pelo de sus largas

pestañas.

Wahdah era una hurí terrestre, segun la expresion del judío, y sólo un

rey, y un rey poderoso, podia aspirar á la posesion de la hermosísima

esclava.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 37 / 111 题