Un dia de los más ardientes del estío, cabalgaba lentamente á
través del bosque. Un silencio profundo dominaba cerca y léjos; los
pensamientos de Wahdah eran más recónditos y misteriosos que nunca: su
vida era triste, y todo la parecia estéril y sombrío.
El bosque estaba desierto, y algunos rayos del sol penetrando entre su
follaje, doraban los enormes troncos de las encinas y de los castaños
silvestres. La jóven caminaba entre ellos abandonadas las riendas á
su cabalgadura sin direccion ni objeto. El caballo trotaba con ardor
obedeciendo á su instinto salvaje, y respiraba con placer el escaso
aire de la montaña que se perdia á lo léjos en calientes ráfagas. Tal
vez recordaba el tiempo en que libre con la espalda desnuda oteaba en
los fértiles valles del Atlas.
Mas de repente se detuvo, dilató las anchas narices, irguió el
flexible cuello, se plantó, lanzando un relincho de espanto, y fijó su
centelleante mirada en el fondo del bosque; todo indicaba que el bruto
habia olfateado una fiera, y Wahdah atenta á aquel aviso, armó una
saeta en su arco y esperó.
No tardó en oirse un rugido que repitieron los ámbitos del bosque, al
par que una robusta voz que invocaba á Allah; un árabe, lanzando su
caballo á rienda suelta, apareció entre las encinas inmediatas, huyendo
con la velocidad del huracan, de una pantera furiosa que le seguia
saltando sobre la maleza; el caballo tropezó y cayó arrastrando á su
ginete, y la fiera se arrojó sobre él, á tiempo que Wahdah, disparando
su arco, clavó una saeta en el corazon de la pantera.
Un nuevo rugido inmenso y rabioso se dejó oir, y la bestia rodó sobre
el césped, arrojando de su costado un surtidor de negra sangre.
Cuando el árabe se repuso de su caida y buscó á su salvador, Wahdah vió
unos ojos hermosísimos de profunda mirada, en los cuales se retrataba
una viva expresion de agradecimiento, que volvieron á inclinarse al
encontrar los de Wahdah, como los del imprudente que se atreve á
desafiar el resplandor del sol; un estremecimiento inmenso agitó el
sér de la vírgen, y cuando pasados los primeros momentos de confusion
su alma franca acogió ávida las protestas de agradecimiento del
extranjero; cuando más adelante sentada junto á él en la misma roca que
habia visto correr sus lágrimas sin objeto, le dejó leer en su alma de
niña, el árabe se encargó de hacerla sentir que la sed de su corazon
era de amor, y le ofreció el suyo.
Wahdah no le ocultó su posicion: se creia hija del walí de Cairvan; los
ojos del extranjero se dilataron. Wahdah no supo dar valor á la sonrisa
cruel que vagó un momento en los desdeñosos labios del árabe.
Tal vez era un caudillo rebelde vencido y desterrado por el walí, y
se regocijó al entrever una ocasion de arrojar una mancha deshonrosa
sobre la frente del noble anciano. Insinuante y astuto como Satanás, se
apoderó del alma de la incauta Wahdah, y esta consintió en facilitarle
los medios de entrar en el alcázar de su enemigo.
Horrible fué para la infortunada el resultado de su primera é
involuntaria falta. Habia bebido el amor hasta las heces en la palabra
y en las miradas del extranjero, y su muerte la enlutó el alma. Pero
aún tenia que apurar la amargura de su destino. El severo walí la
presentó entre las mujeres de su harem, como se presenta á una esclava
culpable. Declaró que no era su hija, y la mandó azotar. Despues llamó
á un mercader judío y la vendió como la habia comprado: á cambio de un
caballo.
Wahdah salió, pues, del alcázar de Cairvan, donde habia sido señora por
el amor del walí, para ser esclava de un judío, que expuso en su bazar
desnuda ante la vista de más de un extranjero á la desdichada niña;
pero no habiendo en Cairvan comprador bastante rico para satisfacer la
codicia de Absalon, que se creia poseedor en Wahdah de un tesoro de
hermosura; pasaron dias bastantes para que la soberbia africana diese
tregua á sus lágrimas, y guardase en su corazon un odio inmenso á todo
lo que no era la memoria del hombre á quien habia amado, y á cuya
perfidia debia sus largos dias de amargura.
Entre tanto, el judío Absalon habia recorrido el Moghrebeb presentando
su esclava en los bazares más concurridos; los compradores se
multiplicaban; á cada mirada que se posaba sobre ella, cada vez que el
rubor cubria su semblante, un nuevo y más terrible odio sustituia en su
corazon á la sed de venganza que lo devoraba; y ¡cosa extraña! á medida
que su odio crecia, era más dulce la expresion de su semblante, menos
intenso el carmin que el rubor hacia subir á sus mejillas.
Habian pasado tres años y ningun comprador de esclavas habia poseido lo
bastante para llenar los deseos del judío; cada mes que transcurria,
aumentaba maravillosamente la hermosura de Wahdah, y Absalon añadia á
su precio algunos millares de doblas.
La africana habia dejado de ser una niña casi salvaje; tañia la guzla
primorosamente, cantaba como una alondra, y componia hermosos versos;
sus labios purpúreos, estaban siempre embellecidos por una sonrisa
tentadora, y sus ojos habian perdido lo bravío de su mirada, que se
adormecia lanzando relámpagos de amor, entre el pelo de sus largas
pestañas.
Wahdah era una hurí terrestre, segun la expresion del judío, y sólo un
rey, y un rey poderoso, podia aspirar á la posesion de la hermosísima
esclava.