El príncipe se detuvo en el soportal de la casa donde Abu-Yshac habia
dejado su caballo, y llamó á una ventana baja. Oyéronse tardos pasos en
el interior, y la puerta se abrió. Un viejo cubierto con una hopalanda
negra, de aspecto humilde hasta la bajeza, de blanca barba y lacios
cabellos canos, sobre los que se ceñia un gorro amarillo, apareció
llevando en la diestra un haz de gruesas llaves, y en la siniestra una
lámpara, cuya luz lanzaba trémulos reflejos.
--¿Quién eres? preguntó á Juzef.
--_Soy el que será_, contestó con intencion el príncipe.
--¿Y quiénes son esos que te acompañan? insistió el viejo posando una
mirada recelosa en los tres walíes.
--Son los que me ayudarán á _ser_, repuso en voz baja el jóven.
--El Señor de Abraham sea contigo y con los tuyos, dijo el viejo
franqueando la puerta á los tres africanos que entraron á una
indicacion del príncipe.
El dueño de la casa cerró, conduciendo á sus visitantes á un reducido
aposento, cuya miseria contrastaba enérgicamente con la belleza de las
casas de Bibal-bolut.
Las paredes estaban cubiertas por altos armarios forrados de hierro,
que habia enmohecido la humedad de un pavimento mal cubierto por una
rota y manchada estera de palma; negras telas de araña festoneaban
el techo sustentado por vigas corroidas, y una fuerte reja, que
correspondia á un patio oscuro, y ante la cual habia una mugrienta
mesa, se dejaba ver en la parte del aposento desprovista de armarios.
El mueblaje se reducia á un taburete forrado de grasienta baqueta. El
príncipe fué á sentarse en él, pero le detuvo el dueño de la casa.
--Espera, le dijo este, el águila no debe manchar su régio plumaje en
el nido del buho.
Tras esta observacion, el viejo abrió uno de los armarios, y sacó un
rollo de tela que brilló deslumbrante, herida por la opaca luz de la
lámpara, y cortó de ella un pedazo con el cual cubrió hasta el suelo el
viejo taburete; despues tendió delante una piel; la tela era brocado de
oro sembrado de rubíes; la piel de leopardo, cuya cabeza mostraba aún
los ojos inyectados de sangre y los afilados y blancos dientes.
--Muy espléndido estás, Absalon, observó el príncipe: este es un trono.
--O un tajo, contestó sombriamente el judío.
--Sea lo que quiera; ¿pero no tendrás otros tres asientos para mis tres
valientes compañeros?
Los tres walíes se habian detenido en la puerta, y á más de estar
envueltos en la sombra, se habian cubierto la cabeza con los capuces de
sus alquiceles.
--¿Acaso el siervo se sienta al par de su señor? dijo el judío
contestando á la pregunta del príncipe: el perro ha nacido para
arrastrarse á los piés de quien puede zurrarle con su azote.
Tres miradas profundas se perdieron en la oscuridad, y tres manos
membrudas buscaron los puñales, cubiertas por los alquiceles.
--Pero esos tres hombres no son perros, contestó el príncipe; son tres
leones que vienen á buscar garras en tu casa.
--¿Y vienes á eso, príncipe? preguntó con inquietud Absalon.
Una mirada profunda de Juzef Aben-A'bd-Allah, contuvo al viejo
israelita.
--En cuanto á garras, dijo, dárselas puedo tales, que no encuentren
jaco bien templado, ni mallas bastante fuertes para resistir su embate.
--¿Recuerdas lo que te propuse anoche?
--¿Puede olvidar el siervo los mandatos de su señor? contestó el judío
doblegándose hasta apoyar la barba en su pecho.
--Ahora bien, mis valientes amigos, añadió el príncipe levantándose
y dirigiéndose á los tres walíes; tal vez necesite mañana de vuestro
esfuerzo, y como habeis venido sin armas, justo es que yo os las
procure tales como las pudiera desear el más bizarro caudillo. Entrad:
Absalon dará á cada uno un arnés, una pica, una espada y un caballo de
batalla. Entrad.
Los tres walíes entraron en el aposento, siempre cubiertos por los
capuces.
--Entrad, les dijo el judío abriendo una puerta escondida por un
armario, y silbando al mismo tiempo de un modo particular.
Un negro apareció instantáneamente tras la puerta recien franqueada, y
alumbrando con una antorcha un largo pasadizo estrecho y húmedo.
Los tres africanos entraron; cada uno de ellos llevaba un puñal
desnudo. Cuando hubieron adelantado algun tanto, Juzef dijo al judío:
--Cumple tu promesa.
--¿Cumplirás la tuya? dijo mirándole intensamente Absalon.
--Sí, contestó el príncipe.
--¿Aún cuando hubieras de manchar con sangre el trono de tu padre?
--Sí, por el Dios que salvó en su huida al Profeta.
--Tú lo has dicho, añadió el judío abriendo otro de los armarios, tras
el cual apareció una escalera; sube, al fin guardo el mayor de mis
tesoros; tu vida está en mis manos, y ¡ay si el leon insulta al lobo!
Dichas estas palabras, Absalon se perdió por la bóveda en que habian
penetrado los walíes, y el príncipe subió de tres en tres peldaños, y
con el corazon agitado, la escalera que se abria delante de él.