II.

Un negro etíope, con una lámpara en la mano, examinó de alto á bajo á

Abu-Yshac, y tras este reconocimiento le permitió entrar, cerró, y le

condujo á un aposento en el extremo de la hospedería.

Junto á un hogar situado en el centro, estaban sentados dos hombres

cubiertos con trajes de guerra; los dos eran jóvenes y en sus miradas

se veia retratado un disgusto sombrío. Eran los walíes de Málaga y

Guadix, Abu-Abdalá y Abul-Hassan.

--Allah sea con vosotros, amigos mios, dijo Abu-Yshac, y perdonadme

si os he hecho esperar en una cita, que mi alma deseaba por vosotros,

que alentais mis cansados años y me recordais con vuestra mocedad mis

alegrías.

--Bien venido sea el sábio y el valiente. ¿Qué podrán contar las

golondrinas á sus hermanas de África, cuando vuelvan huyendo de las

heladas que se acercan?

--Calamidades, contestó Abu-Yshac. ¿Acaso no han visto á los leones

humillados y ensalzadas á las serpientes?

Despues de esto calló, y sentándose junto al fuego inclinó la cabeza

meditabundo.

--Los Zenetes son zorros miserables, exclamó el jóven walí Abul-Hassan;

los Zegríes cobardes perros que ladran entre los piés del amo que los

proteje. ¿Pero, por ventura, se han enmohecido nuestras lanzas porque

Al-Hhamar no ha contado con ellas para acorrer á los de Murcia?

--¿Quién habla aquí de Al-Hhamar? dijo una voz sonora desde la puerta.

Los tres walíes se estremecieron al escuchar aquella voz, y se

levantaron para recibir á un gallardo mancebo que adelantó hácia ellos.

Su traje resplandecia como una cascada herida por los rayos del sol, á

la luz de la lámpara que alumbraba la estancia; un joyel de diamantes

prendia su toca blanquísima, y su túnica y su caftan estaban salpicados

de perlas; llevaba unos borceguíes de grana, labrados con oro, y su

mano derecha jugaba con un venablo, mientras la izquierda acariciaba la

empuñadura de un corvo y reluciente alfanje, sujeto á su cintura en una

faja de la India.

Era de mediana estatura, aunque robusto y gallardo; su semblante,

imberbe aún, participaba de la alegre expresion de candor del niño y

de la profunda reserva del anciano; á pesar de una eterna y burlona

sonrisa, se adivinaba en su hermoso semblante blanco y pálido, de

hermosos ojos azules, el paso de profundos pensamientos que hacian

respetable á aquel mancebo de quince años, soberbio ya, y cuyas manos,

hermosas como las de una mujer, apretaban membrudas, ora la espada de

los combates, ora la lanza de las sortijas.

Era este niño el príncipe Juzef-ben-A'bd-Allah, hijo menor del rey

Aben-Al-Hhamar.

--¡Ah! ¡sois vosotros! dijo el príncipe dirigiéndose á los tres walíes;

¿qué haceis aquí? ¿por qué los leopardos dejan sus guaridas cuando no

los llama el leon?

El acento del príncipe al pronunciar estas palabras era tan marcado,

que los tres walíes se miraron recíprocamente antes de contestar.

--¡Conspirais contra el rey! exclamó el príncipe fijando en ellos una

mirada tan penetrante como la que tiende la serpiente á su presa.

--¡Esperanza de los creyentes! contestó el astuto Abu-Yshac: es cierto

que hemos dejado sin licencia del rey nuestros castillos, y que hemos

venido á Granada por ocultos senderos; pero tambien es cierto, que

mañana se corren en Bib-Rambla toros y cañas en celebridad de la jura

y proclamacion de tu hermano Mohamet, y hemos creido que debiamos

aventurar algo para alcanzar una fiesta tan magnífica, y por añadir á

la _khotba_ pública[23] en la gran mezquita al nombre del magnífico

rey Al-Hhamar, nuestro dueño, el del príncipe Mohamet, su sucesor y

partícipe en el mando.

[23] Oracion que se hacia en las mezquitas por el rey.

El viejo walí sorprendió una ligera indicacion de impaciencia en el

rostro del príncipe, cuyas manos apretaron con más fuerza el venablo y

la empuñadura del alfanje.

--Y sin duda, dijo Juzef con sarcasmo, deseosos de rendir ese justo

homenaje á mi amado hermano, velais, cuando ya ha dejado oir su primer

canto el gallo, para ser unos de los primeros que pidan por él al

Altísimo en la azalá de azzohbi.

--Dios lee en los corazones, exclamó impetuosamente el ceñudo walí de

Guadix, Abul-Hassan, y sabe cuál es la causa que tiene de pié á nuestro

amado príncipe cuando están en la mitad de su curso las estrellas.

--¡Por los siete durmientes! exclamó Juzef, eres harto malicioso

Abul-Hassan. Y por cierto que no debe ser muy grato á Allah el motivo

que me desvela, añadió haciendo gala de su impiedad en una larga

carcajada.

El respeto ató la lengua de los tres walíes, que no se atrevieron á

aventurar una pregunta, por más que los inquietase sobre manera el

lenguaje misterioso del príncipe.

--¡Por Salomon! continuó este, ¿creereis _mis valientes alcaides_, y el

príncipe dió una intencion marcada á estas palabras, que Juzef-ben-A'bd

alá, el hijo de Aben-Nazar el vencedor, su querido leoncillo, como le

llama cuando besa sus mejillas, ha huido como un perro vagabundo de los

guardas de la ciudad?

--¡Oh poderoso señor! exclamó hablando por primera vez el walí de

Málaga Abu-Abdalá, y ¿quién se ha atrevido á insultar al real mancebo

_esperanza de los buenos creyentes_?

--¿Quereis venir conmigo á castigar á esos miserables? preguntó el

príncipe mirando fijamente á los tres africanos.

No habia medio de negarse, á pesar de que una inquietud mortal hacia

temblar sus corazones.

--¿Y dónde hemos de ir, luz del cielo? preguntó dominándose Abu-Yshac.

--A la plaza de Bib-Al-bolut, contestó el príncipe; á la casa del judío

Absalon. Quiero que me acompañeis, porque he encontrado un caballo en

su soportal, y me pesaria escapase el dueño que sin duda está dentro.

--¿Este es un negocio de amor? dijo Abu-Abdalá; ¡por Mahoma! si te has

enamorado de Betsabé, huye de ella como huirias de Satanás, príncipe

mio.

--¿Y cómo huirias tú de ella, mi prudente walí? repuso con punzante

ironía Juzef.

La sangre subió á las mejillas del walí; y su mano oculta entre los

pliegues del alquicel, buscó entre su faja el puñal.

--El caballo que has visto en su puerta, dijo Abu-Yshac procurando

distraer al príncipe, es mio, magnífico señor, y nada tienes que temer.

--Valientes caballeros, contestó el jóven, junto á vosotros desafío

los ejércitos de Castilla y de Leon. Venid, pues; procuraré distraeros

de manera que esteis dispuestos cuando el muecin suba al alminar para

llamar á los fieles á la azalá de azzohbi.

Tras esto salió del aposento, y los tres walíes le siguieron mirándose

recelosos.

El príncipe llegó á la puerta exterior.

--Makssan, dijo en voz baja al negro que habia abierto á Abu-Yshac,

haz que se armen treinta arqueros de la guardia negra, y que me sigan

descalzos sin dejarse sentir de los walíes.

Estos aparecieron entonces, despues de haber conferenciado á su vez

antes de unirse al príncipe, que al verlos dió á Makssan algunas

órdenes insignificantes en voz alta, saliendo despues seguido de los

walíes, que temblaban al ver la imprudencia con que Juzef reia y

cantaba al pasar junto á los guardas de Hins-al-Roman. Pero sea que

estos descuidasen la vigilancia, sea que estuviesen prevenidos, los

rondadores llegaron salvos á la plaza de Bib-Al-bolut.

Historia de los siete murciélagos, leyenda árabe · 第 33 / 111 题