Cinco veces el viento del invierno habia arrebatado sus hojas á las
higueras del valle, y cinco veces las brisas de la primavera habian
murmurado entre el rico penacho de la vieja palmera, desde el dia en
que Abu-Kalek habia abandonado á sí mismo al príncipe.
Era una de las primeras noches de la luna de Dilhagia; acababa
Abu-Kalek de hacer su azalá de alajá, en que no habia olvidado su
oracion particular por el príncipe, cuando sintió ruido entre la
maleza y poco despues se presentó ante él un robusto mancebo: iba
humildemente vestido; llevaba á la espalda una aljaba, un venablo en
la diestra y una cimitarra pendiente de su costado. La luna alumbró su
semblante y el morabhita lanzó un grito de alegría: era el príncipe
Aben-al-Malek.
--¡Estaba escrito! gritó el morabhita arrojándose en los brazos del
jóven; ¡bendito sea Allah!
El príncipe se sentó sobre la yerba, y contó sus aventuras á Abu-Kalek;
estaban reducidas á lo siguiente: habia invertido su tesoro en los
hospitales y en los pobres; habia viajado y hecho la guerra santa en
los galeones muslimes sobre los mares de los nazarenos: volvia pobre,
pero fuerte, como el brazo de Dios; hermoso como un cielo sin nubes, y
tranquilo como el corazon del justo.
--Sin embargo, padre mio, añadió Aben-al-Malek prosiguiendo su relato;
hay un sér que acompaña mis sueños, á quien veo despierto, por quien
padezco ausente; es una mujer; tiene la tez blanca y los cabellos y
los ojos negros: es hermosa como la felicidad y pura como el fuego;
yo la tengo dentro de mi corazon; me parece haberla visto alguna vez
y no recuerdo dónde: ahora mismo la veo: tiende hácia mí sus brazos;
me llama: ¡oh padre mio, tú, que eres sábio, justo y bueno, dime dónde
está el alma de mi alma!
Abu-Kalek reclinó la cabeza sobre su pecho y oró; el Señor iluminó
el espíritu de Abu-Kalek y le dejó leer en el libro del porvenir, que
abarca omnipotente los tiempos y los espacios. La mirada del Almorabhid
era radiante y su voz profética.
--Príncipe, dijo á Aben-al-Malek, el sér á quien amas es una hurí.
El príncipe se prosternó.
--Pero esa hurí está sujeta á un espíritu rebelde, y duerme encantada
hace más de ochocientos años. ¿Tienes valor para luchar por ella con
los espíritus invisibles?
--Mi fortaleza está en Allah, contestó el príncipe.
--¿Vacilarás una vez aceptada la empresa?
--No.
--Pues bien, levántate y escucha: en las tierras de Occidente veo una
altísima sierra, cuya cima toca á las nubes; al pié de esa sierra hay
una ciudad tendida sobre tres montes: en el de en medio dominando á la
ciudad, hay un fuerte castillo, y en el castillo una torre misteriosa:
no hay guardas en sus almenas, ni en sus muros anidan aves, ni pié
humano pasa sin temblar á su alrededor: en esta torre está encantada la
querida de tu corazon; para llegar hasta ella, tendrás que pasar siete
suelos; en cada uno de aquellos suelos hay un murciélago maldito: en
cada uno de estos murciélagos vive encantado un espíritu condenado.
Para llegar hasta la amada de tu alma, tendrás que vencer siete
terribles encantos; si los resistes con valor, alcanzarás la posesion
de la hurí blanca de los ojos negros; si vacilas un solo momento, ella
y tú quedareis sepultados en el fondo de la terrible torre en una noche
sin fin.
--Acepto, dijo el jóven; Dios es grande y luchará conmigo.
Entonces Abu-Kalek asió al jóven, y le llevó al patio del estanque del
alcázar; inmóvil como una estátua de mármol, erguido el cuello, las
orejas enhiestas y los ojos centelleantes, el caballo de batalla de
Boabdil estaba en el centro de una galería: Abu-Kalek se acercó á él, y
tomó de sobre su espalda la loriga, el caftan, la toca y la corona del
rey.
--Viste este traje, dijo el anciano á Aben-al-Malek, es el traje de
guerra de un valiente.
El jóven se ciñó el traje en silencio.
--Ajusta tu cintura con este cíngulo; es el cíngulo de tu madre.
El príncipe besó con ternura el talisman y se le ciñó.
--Ahora toma este alfanje, esta jacerina y este broquel, y á caballo.
Aben-al-Malek cabalgó de un salto en el generoso bruto, que sacudió sus
crines en un movimiento de alegría, y empezó á piafar impaciente.
El morabhita le asió de la rienda, y le sacó del alcázar; era la hora
de azzohbi, la aurora tendia su blanca luz sobre los horizontes
orientales, mientras al Occidente algunas estrellas tardías,
acompañaban las últimas sombras de la noche: Abu-Kalek volvió el
caballo al Occidente y miró por última vez al príncipe. Estaba
hermosísimo; la profunda mirada de sus grandes ojos azules abarcaba la
inmensidad, como si viese en ella un objeto fijo en su pensamiento.
Firme sobre la silla; la adarga embrazada y la pica enhiesta, con la
boca entreabierta en una ligera expresion de bravura, hubiera creido
cualquiera aquel grupo compuesto de un caballero y un anciano, el genio
de la guerra dominado por la prudencia.
Dos lágrimas rodaron por las secas mejillas del morabhita.
--¡Señor, dijo levantando su mano sobre el cuello del corcel, he
cumplido mi mision! ¡cúmplase su destino!
La mano descarnada del viejo cayó sobre el cuello del bruto, que se
estremeció de alegría, lanzó un relincho salvaje, se lanzó desde la
montaña en el espacio, devoró los campos, pasó como una tempestad
los montes, llegó á remotas playas, salvó las ondas y arribó á otras
orillas; ave, bruto y pez, condujo al príncipe al pié de la torre
misteriosa, que guardaba encantada á la querida de su corazon.