Un mes duró el viaje; al fin de él, una tarde, al trasmontar el sol los
horizontes, divisaron los altos minaretes y las cúpulas de la mezquita
de la Santa Ciudad: entraron en ella, y despues de haber hecho su
ablucion en el pozo Zemzem, oraron en el mirab. Despues, en la puerta
de la mezquita, dijo Abu-Kalek al príncipe, con las lágrimas en los
ojos:
--Aben-al-Malek, vamos á separarnos; está escrito que peregrinarás
sobre la tierra y pondrás á prueba tu corazon. Te dejo un inmenso
tesoro y una lanza: no olvides nunca que el mejor objeto en que puedes
invertir el primero, es en aliviar la miseria de tus hermanos, y la
segunda en proteger al débil y combatir los infieles enemigos de Allah;
huye de la indolencia y de la impureza, como de vicios fatales; y sé
siempre generoso, valiente y fiel.
Abrazó al príncipe tras estos consejos, y montando en su asno, volvió
triste y afligido á la gruta del Hedjaz.