Entre tanto habia llegado á una sala más extensa que las otras; el
pavimento era de riquísimo mosáico; los muros abiertos por alhamís
con ajimeces en el fondo, eran altísimos y adornados de labor persa y
caprichosos trasparentes por los cuales penetraba una ténue luz; la
puerta arqueada con más gracia que las cejas de una hurí, dejaba ver
un ancho patio y en él un dilatado estanque de mármol donde flotaban
blancos cisnes y nadaban peces brillantes como el oro, rojos como la
púrpura, y blancos como el velo de una vírgen esclava.
--No, no es la Alhambra de mis padres, exclamó Abu-Kalek mirando al
campo desde uno de los ajimeces; si fuera ella, veria desde aquí el
barrio de las gentes de Baeza[14], y el alegre Generalife dominando
los cármenes de Aynadamar, y el Darro arrastrando entre ellos sus
arenas de oro, Granada apoyando sus muros en la vega, y más allá Sierra
Elvira y los montes de Loja por junto á los cuales se desliza el Genil.
¡No! ¡Esta es la Alhambra de los genios! ¡La Alhambra del Hadjaz! ¡Qué
poderoso eres Allah, que con una mirada de tus ojos puedes reproducir
la más hermosa de tus maravillas!
[14] El Albaicin.
El morabhita se alejó suspirando del ajimez, atravesó retretes y
galerías, y salió del alcázar; dirigióse á la gruta, tomó entre sus
brazos la cunita que contenia al infante, y desandando el mismo camino,
la depositó en el retrete de los ajimeces; el caballo de batalla de
Boabdil le habia seguido, y se detuvo quedando otra vez inmóvil como
una estátua junto al estanque donde flotaban los cisnes y nadaban los
peces de colores.
--Aquí morarás, _Aben-al-Malek_ (Hijo del rey), exclamó el anciano
dirigiéndose al niño; el morabhita en la gruta del valle; pero subirá
cada vez que el sol aparezca, para enseñarte la palabra de Dios y
hacerte buen muslim y buen caballero.
Y así sucedió: los genios guardaban el alcázar, y servian al príncipe
Aben-al-Malek, como jamás ha sido servido príncipe alguno; ofrecíanle
los más exquisitos manjares, los perfumes más suaves, los lechos más
frescos y regalados, donde velaban su sueño halagándole con sus alas
invisibles: Abu-Kalek pasaba todo el dia á su lado, desarrollando en él
las dotes que debe poseer todo buen muslim: temor de Dios, generosidad
y valentía. Cuando el príncipe llegó á la edad de doce años, descifraba
como un faquí los misterios del libro de Dios; cabalgaba sobre caballos
salvajes; esgrimia la lanza como un Almorabhid; manejaba el alfanje
como un Abencerraje; cogia una sortija á la carrera como un Zenete, y
ponia una saeta á larga distancia en el blanco como un Scita; componia
elegantes versos, tañia maravillosamente todo género de instrumentos y
cantaba á la perfeccion: era hermoso como Rhadhyah y valiente y fiero
como Boabdil.
Abu-Kalek, que observaba la vida más austera en la gruta, durmiendo
sobre la yerba y comiendo los peces que pescaba con gran paciencia en
la laguna, se contristó al ver que habia llegado la época de separarse
de Aben-al-Malek, á quien amaba con toda la ternura de un padre: á
pesar de esto, el dia que señaló nueve años despues del en que el
príncipe fué confiado á su fidelidad, fué á una oscura estancia del
alcázar, donde se guardaba en dos jarrones de porcelana un innumerable
tesoro, le cargó sobre dos camellos, montó en un asno y llevando á
su lado á Aben-al-Malek, ginete en un poderoso caballo, abandonó el
alcázar y se dirigió lentamente á la Meca.