Los campos, las montañas y los horizontes desaparecieron
instantáneamente, y sólo quedó ante Abu-Kalek, un patio magnífico,
cuyas galerías estaban sostenidas por arcos calados y delgadas columnas
de alabastro; en el sitio donde habia fijado su arco, habia aparecido
una fuente maravillosa sostenida por doce leones de piedra.
Entre los arcos vagaban esclavos etíopes de negro rostro y miradas
feroces, cubiertos de fuertes armaduras y con largas picas en las
manos; á las puertas de los retretes, blancos y hermosos mancebos
asiáticos, ostentaban sus galas de púrpura y brocado; cantaban pintados
pájaros en doradas jaulas de filigrana colgadas de las cúpulas, y el
ambiente estaba embalsamado por el blanco humo de los perfumes que se
quemaban en braserillos de oro; y los feroces guardas y los bellos
esclavos, tenian fija en el Almorabhid su mirada, como el perro inmóvil
que espera una seña de su amo para correr al sitio que le señale.
--¡El patio de los Leones! gritó Abu-Kalek, creyéndose aún entregado
á un hermoso ensueño; ¡la sala de las Dos Hermanas! ¡El retrete de
Lindaraja! ¡La Alhambra!
Y el anciano Almorabhid corria delirante por aquellos admirables
retretes, reconociendo cada uno de sus recónditos sitios, gozando con
cada uno de los labrados alhamís que encontraba por do quiera. Y vió
aposentos embaldosados de mármoles más blancos y tersos que el marfil,
con paredes adornadas de exquisita y menuda labor, con cúpulas doradas
y matizadas de estrellas, como el cielo de una noche tranquila.
--¡La Alhambra! gritó entregado al frenesí de su alegría; ¡la Alhambra,
no como ahora profanada por la planta del ambicioso y pérfido nazareno,
sino la Alhambra como en tiempos de mis padres, fresca y sonora con
el murmurio de sus fuentes y el canto de sus aves! ¡La Alhambra de
Boabdil y de Muza-aben-Abil-Gazan! ¡El alcázar de las zambras, el libro
de oro donde está escrita en caractéres de nácar la palabra de Dios!
¡La Alhambra! ¡La Alhambra! ¡La Alhambra!
Y lloraba como una mujer, y corria como un niño, y reia como un loco.