Mientras Aben-Zohayr dormia, un genio horroroso se habia levantado
sobre las aguas del lago; tenia cabeza de basilisco, alas de
murciélago, cuerpo de leon y cola de serpiente; llevaba en la mano
un cráneo de cocodrilo en forma de copa, lleno de un licor negro
y flameante. El cielo se nubló, mugió el semoum, callaron las aves
aterradas, y sólo se escuchó el canto de una rana, el grito de un buho
y el zumbido del ramaje de las higueras y de la palmera. El genio
vertió tres veces en la laguna parte del licor que contenia el cráneo
hasta acabarlo, y dijo con una voz hueca y horrible, como el sonido de
una losa al caer sobre una tumba.
--Perezca todo lo que existe en este valle; pero vive, tú, fuente, y
tú, laguna, y tú, rana, y tú, buho é higueras y palmera; pero estériles
como las lágrimas del impío. Vivid para cantar á Allah, el Santo, el
Grande, el Justo.
Cuando Aben-Zohayr despertó, el genio del exterminio habia desaparecido
y la luna brillaba á través de un ambiente despejado, pero triste,
sin brisas, ni perfumes; los árboles se mecian sordamente sin que el
más ligero céfiro los impulsase, y se oia el murmurar de la fuente,
el canto de la rana y el grito del buho; Aben-Zohayr estaba pálido
como un cadáver y sus ojos se habian hundido de una manera horrible:
su frente se abrasaba y su garganta seca hacia producir un sonido
ronco á su aliento; sintió sed y se arrojó á beber á la laguna.
Entonces sintió que su corazon se ensanchaba, que una luz inmensa
iluminaba su espíritu, que sus miembros se endurecian y crecia todo
su sér; misterios impenetrables se abrian ante su inteligencia y todo
aquel aumento de vida pesaba sobre él más que pesa la tierra de la
fosa sobre el cadáver del justo. Su vista abarcó la inmensidad; vió
sus hermanos los árabes del Hedjaz muertos sobre el campo de sangre
devorados por las hienas y los buitres, y en su aduar delante de su
tienda su cadáver cubierto con su arnés de guerra, y al lado su lanza
y su espada. Aben-Zohayr no se estremeció; quiso hacer la prueba de su
poder, y se acercó á su caballo que aún permanecia yerto junto á la
laguna.
--Levántate Rhadjih, le dijo.
El valiente corcel se levantó, dió un relincho de alegría al conocer
á su amo, pero en el mismo momento lanzó otro relincho de espanto y
de dolor, y quedó inmóvil, cual si se hubiera convertido en una roca.
Aben-Zohayr cogió agua de la laguna en el hueco de la mano y la aplicó
á las narices del bruto; el sortilegio produjo un efecto terrible:
Rhadjih se encabritó y quiso resistir á su ginete; pero Aben-Zohayr
saltó sobre él y le sujetó.
Reinaba un silencio profundo: el impío evocó á Fayzuly, y una sombra
blanquísima apareció en los aires y se posó inmóvil y aterrada junto
al caballero maldito; era Fayzuly; llevaba en vez de túnica un sudario
y sobre sus negros cabellos una corona de siemprevivas nacidas en
el jardin de Hiram y regadas por genios con agua del pozo Zemzem;
Aben-Zohayr quiso apoderarse de ella, pero Fayzuly huyó con la
velocidad de una flecha, seguida siempre á corta distancia por Rhadjih
que volaba dejando tras de sus cascos un rastro de fuego. Fayzuly, el
caballero y el corcel, desaparecieron perdiéndose entre la niebla de la
mañana en las revueltas de las montañas del Hedjaz.
Hé ahí por qué en el valle maldito no se oia otro ruido que el canto de
la rana, el grito del buho, el columpiarse de las higueras silvestres,
el gemido de la palma estéril y del arroyo solitario. Hé ahí por qué no
venian á beber las aguas de la laguna la errante gacela y el sediento
leon.