Una tarde, á la hora de _alajá_[1], cuando la luna se levantaba sobre
los montes cercanos, un caballo cansado, cubierto de sangre y de
sudor, montado por un árabe del Hedjaz, entró con toda la velocidad
de su carrera en el valle, y cayó muerto de fatiga junto á la laguna.
El dueño se levantó mal parado y fué á sentarse al pié de la palmera,
donde permaneció inmóvil y silencioso, abismado en sus pensamientos.
Aquel dia los habitantes de la llanura habian vencido á los pastores
del Hedjaz y habian obligado á Aben-Zohayr, su caudillo, á salvarse en
lo inaccesible de sus montañas.
[1] Al oscurecer.
Aben-Zohayr lloraba amargamente la pérdida de los suyos, su valor
vencido y su orgullo humillado, cuando sintió agitarse la espesura, y
al rayo de la luna vió dos jóvenes y alegres niñas que se adelantaban
ligeras sin tocar casi con los pequeños piés las yerbecillas, y fuéron
á sentarse á poca distancia de Aben-Zohayr, del cual sólo las separaba
un bosquecillo de acacias.