Habia en los montes del Hedjaz, en una de sus profundas gargantas,
una oscura gruta, donde no penetraba más luz que la que se desprendia
de un cielo tristísimo á través de un bosque de higueras silvestres,
sobre las cuales, descollaba como un minarete entre chozas una vieja y
altísima palmera; al pié de esta palmera brotaba una fuentecilla, que
iba á formar más abajo entre las quebraduras de las rocas una pequeña
laguna, y en este paraje solitario, no pisado hacia centenares de años
por pié humano, ni por errante gacela, ni sediento leon, no se oia otro
ruido que el del viento meciendo eternamente la palmera, el murmullo
del arroyuelo, el canto de una rana moradora de la laguna y el grito
de un buho que anidaba en lo más profundo de la gruta.
En los primeros tiempos de la Egira, cuando los árabes del Hedjaz
dejaban sus rebaños y tomaban sus arcos para acometer á los árabes del
Yémen, ó cuando estos subian á la montaña para robar los camellos á sus
enemigos, este lugar era fértil y alegre; sus higueras producian fruto,
su vieja palmera se doblegaba con el peso de los dátiles, y las aves y
los animales venian á apagar su sed á la laguna henchida entonces de
peces; las hadas se solazaban en su espesura á la luz de la luna, y la
alegría de Dios se posaba sobre la gruta del Hedjaz.