Lejos suena un clamoreo

de campanas...

Arrecia el repiqueteo

de la lluvia en las ventanas.

Fantástico labrador,

vuelvo a mis campos. ¡Señor,

cuánto te bendecirán

los sembradores del pan!

Señor, ¿no es tu lluvia ley,

en los campos que ara el buey,

y en los palacios del rey?

¡Oh, agua buena, deja vida

en tu huída!

¡Oh, tú, que vas gota a gota,

fuente a fuente y río a río,

como este tiempo de hastío

corriendo a la mar remota,

con cuanto quiere nacer,

cuanto espera

florecer

al sol de la primavera,

sé piadosa,

que mañana

serás espiga temprana.

prado verde, carne rosa,

y más: razón y locura

y amargura

de querer y no poder

creer, creer y creer!

Anochece;

el hilo de la bombilla

se enrojece,

luego brilla,

resplandece

poco más que una cerilla.

Dios sabe dónde andarán

mis gafas... entre librotes,

revistas y papelotes,

¿quién las encuentra?... Aquí están.

Libros nuevos. Abro uno

de Unamuno.

¡Oh, el dilecto,

predilecto

de esta España que se agita,

porque nace o resucita!

Siempre te ha sido, ¡oh Rector

de Salamanca!, leal

este humilde profesor

de un instituto rural.

Esa tu filosofía

que llamas dilettantesca,

voltaria y funambulesca,

gran Don Miguel, es la mía.

Agua del buen manantial,

siempre viva,

fugitiva;

poesía, cosa cordial.

¿Constructora?

--No hay cimiento

ni en el alma ni en el viento.--

Bogadora,

marinera,

hacia la mar sin ribera.

Enrique Bergson: «_Los datos

inmediatos

de la conciencia_». ¿Esto es

otro embeleco francés?

Este Bergson es un tuno;

¿verdad, maestro Unamuno?

Bergson no da como aquel

Immanuel

el volatín inmortal;

este endiablado judío

ha hallado el libre albedrío

dentro de su mechinal.

No está mal:

cada sabio, su problema,

y cada loco, su tema.

Mucho importa

que en la vida mala y corta

que llevamos

libres o siervos seamos;

mas, si vamos

a la mar,

lo mismo nos han de dar.

¡Oh estos pueblos! Reflexiones,

lecturas y acotaciones

pronto dan en lo que son:

bostezos de Salomón.

¿Todo es

soledad de soledades,

vanidad de vanidades,

que dijo el Eclesiastés?

Mi paraguas, mi sombrero,

mi gabán.... El aguacero

amaina... Vámonos, pues.

Es de noche. Se platica

al fondo de una botica.

--Yo no sé,

Don José,

cómo son los liberales

tan perros, tan inmorales.

--¡Oh, tranquilícese usted!

Pasados los carnavales,

vendrán los conservadores,

buenos administradores

de su casa.

Todo llega y todo pasa.

Nada eterno,

ni gobierno

que perdure,

ni mal que cien años dure.

--Tras estos tiempos, vendrán

otros tiempos y otros y otros,

y lo mismo que nosotros

otros se jorobarán.

Así es la vida, Don Juan.

--Es verdad, así es la vida.

--La cebada está crecida

--Con estas lluvias...

Y van

las habas que es un primor.

--Cierto; para marzo, en flor.

Pero, la escarcha, los hielos...

--Y además, los olivares

están pidiendo a los cielos

agua a torrentes.

--A mares.

¡Las fatigas, los sudores

que pasan los labradores!

En otro tiempo...

--Llovía

también cuando Dios quería.

--Hasta mañana, señores.

Tic-tic, tic-tic... Ya pasó

un día como otro día,

dice la monotonía

del reló.

Sobre mi mesa _Los datos

de la conciencia_, inmediatos.

No está mal

este yo fundamental,

contingente y libre, a ratos,

creativo, original;

este yo que vive y siente

dentro la carne mortal

¡ay! por saltar impaciente

las bardas de su corral.

_Baeza, 1913._

CXXIX

NOVIEMBRE, 1914

Un año más. El sembrador va echando

la semilla en los surcos de la tierra.

Dos lentas yuntas aran,

mientras pasan las nubes cenicientas

ensombreciendo el campo,

las pardas sementeras,

los grises olivares. Por el fondo

del valle el río el agua turbia lleva.

Tiene Cazorla nieve,

y Mágina, tormenta,

su montera, Aznaitín. Hacia Granada,

montes con sol, montes de sol y piedra.

CXXX

LA SAETA

¿Quién me presta una escalera,

para subir al madero,

para quitarle los clavos

a Jesús el Nazareno?

SAETA POPULAR.

¡Oh, la saeta, el cantar

al Cristo de los gitanos,

siempre con sangre en las manos,

siempre por desenclavar!

¡Cantar del pueblo andaluz

que todas las primaveras

anda pidiendo escaleras

para subir a la cruz!

¡Cantar de la tierra mía,

que echa flores

al Jesús de la agonía,

y es la fe de mis mayores!

¡Oh, no eres tú mi cantar!

¡No puedo cantar, ni quiero

a ese Jesús del madero,

sino al que anduvo en el mar!

CXXXI

DEL PASADO EFÍMERO

Este hombre del casino provinciano,

que vió a Cara-ancha recibir un día,

tiene mustia la tez, el pelo cano,

ojos velados de melancolía;

bajo el bigote gris, labios de hastío,

y una triste expresión que no es tristeza

sino algo más y menos: el vacío

del mundo en la oquedad de su cabeza.

Aun luce de corinto terciopelo

chaqueta y pantalón abotinado,

y un cordobés color de caramelo,

pulido y torneado.

Tres veces heredó; tres ha perdido

al monte su caudal: dos ha enviudado.

Sólo se anima ante el azar prohibido,

sobre el verde tapete reclinado,

o al evocar la tarde de un torero,

la suerte de un tahur, o si alguien cuenta

la hazaña de un gallardo bandolero,

o la proeza de un matón, sangrienta.

Bosteza de política banales

dicterios al gobierno reaccionario,

y augura que vendrán los liberales,

cual torna la cigüeña al campanario.

Un poco labrador, del cielo aguarda

y al cielo teme; alguna vez suspira,

pensando en su olivar, y al cielo mira

con ojo inquieto, si la lluvia tarda.

Lo demás, taciturno, hipocondríaco,

prisionero en la Arcadia del presente,

le aburre; sólo el humo del tabaco

simula algunas sombras en su frente.

Este hombre no es de ayer ni es de mañana,

sino de nunca; de la cepa hispana

no es el fruto maduro ni podrido,

es una fruta vana

de aquella España que pasó y no ha sido,

esa que hoy tiene la cabeza cana.

CXXXII

LOS OLIVOS

A Manuel Ayuso.

I

¡Viejos olivos sedientos

bajo el claro sol del día,

olivares polvorientos

del campo de Andalucía!

¡El campo andaluz, peinado

por el sol canicular,

de loma en loma rayado

de olivar y de olivar!

Son las tierras

soleadas,

anchas lomas, lueñes sierras

de olivares recamadas!

Mil senderos. Con sus machos,

abrumados de capachos,

van gañanes y arrieros.

De la venta del camino

a la puerta, soplan vino

trabucaires bandoleros!

Olivares y olivares

de loma en loma prendidos

cual bordados alamares!

Olivares coloridos

de una tarde anaranjada;

olivares rebruñidos

bajo la luna argentada!

Olivares centellados

en las tardes cenicientas,

bajo los cielos preñados

de tormentas!...

Olivares, Dios os dé

los eneros

de aguaceros,

los agostos de agua al pie,

los vientos primaverales,

vuestras flores racimadas;

y las lluvias otoñales,

vuestras olivas moradas.

Olivar, por cien caminos,

tus olivitas irán

caminando a cien molinos.

Ya darán

trabajo en las alquerías

a gañanes y braceros,

¡oh, buenas frentes sombrías

bajo los anchos sombreros!...

Olivar y olivareros,

bosque y raza,

campo y plaza

de los fieles al terruño

y al arado y al molino,

de los que muestran el puño

al destino,

los benditos labradores,

los bandidos caballeros,

los señores

devotos y matuteros!...

Ciudades y caseríos

en la margen de los ríos,

en los pliegues de la sierra!...

Venga Dios a los hogares

y a las almas de esta tierra

de olivares y olivares!

II

A dos leguas de Úbeda, la Torre

de Pero Gil, bajo este sol de fuego,

triste burgo de España. El coche rueda

entre grises olivos polvorientos.

Allá, el castillo heroico.

En la plaza, mendigos y chicuelos:

una orgía de harapos...

Pasamos frente al atrio del convento

de la Misericordia.

¡Los blancos muros, los cipreses negros!

¡Agria melancolía

como asperón de hierro

que raspa el corazón! Amurallada

piedad, erguida en este basurero!...

Esta casa de Dios, decid, hermanos,

esta casa de Dios ¿qué guarda dentro?

Y ese pálido joven,

asombrado y atento,

que parece mirarnos con la boca,

será el loco del pueblo,

de quien se dice: es Lucas,

Blas o Ginés, el tonto que tenemos.

Seguimos. Olivares. Los olivos

están en flor. El carricoche lento,

al paso de dos pencos matalones,

camina hacia Peal. Campos ubérrimos.

La tierra da lo suyo; el sol trabaja;

el hombre es para el suelo:

genera, siembra y labra

y su fatiga unce la tierra al cielo.

Nosotros enturbiamos

la fuente de la vida, el sol primero,

con nuestros ojos tristes,

con nuestro amargo rezo,

con nuestra mano ociosa,

con nuestro pensamiento

--se engendra en el pecado,

se vive en el dolor. ¡Dios está lejos!--

Esta piedad erguida

sobre este burgo sórdido, sobre este basurero,

esta casa de Dios, decid ¡oh, santos

cañones de von Kluk! ¿qué guarda dentro?

CXXXIII

LLANTO DE LAS VIRTUDES

Y COPLAS POR LA MUERTE DE DON GUIDO

Al fin una pulmonía

mató a don Guido, y están

las campanas todo el día

doblando por él ¡din-dan!

Murió don Guido, un señor

de mozo muy jaranero,

muy galán y algo torero;

de viejo, gran rezador.

Dicen que tuvo un serrallo

este señor de Sevilla;

que era diestro

en manejar el caballo,

y un maestro

en refrescar manzanilla.

Cuando mermó su riqueza,

era su monomanía

pensar que pensar debía

en asentar la cabeza.

Y asentóla

de una manera española,

que fué casarse con una

doncella de gran fortuna;

y repintar sus blasones,

hablar de las tradiciones

de su casa,

a escándalos y amoríos

poner tasa,

sordina a sus desvaríos.

Gran pagano,

se hizo hermano

de una santa cofradía;

y el Jueves Santo salía

llevando un cirio en la mano

--¡aquel trueno!--

vestido de nazareno.

Hoy nos dice la campana

que han de llevarse mañana

al buen don Guido, muy serio,

camino del cementerio.

Buen don Guido ya eres ido

y para siempre jamás...

Alguien dirá: ¿Qué dejaste?

Yo pregunto: ¿Qué llevaste

al mundo donde hoy estás?

¿Tu amor a los alamares

y a las sedas y a los oros,

y a la sangre de los toros

y al humo de los altares?

Buen don Guido y equipaje,

buen viaje!...

El acá

y el allá,

caballero,

se ve en tu rostro marchito,

lo infinito:

cero, cero.

¡Oh, las enjutas mejillas,

amarillas;

y los párpados de cera,

y la fina calavera

en la almohada del lecho!

¡Oh, fin de una aristocracia!

La barba canosa y lacia

sobre el pecho;

metido en tosco sayal,

las yertas manos en cruz

¡tan formal!

el caballero andaluz.

CXXXIV

LA MUJER MANCHEGA

La Mancha y sus mujeres... Argamasilla, Infantes,

Esquivias, Valdepeñas. La novia de Cervantes,

y del manchego heroico, el ama y la sobrina

(el patio, la alacena, la cueva y la cocina,

la rueca y la costura, la cuna y la pitanza),

la esposa de don Diego y la mujer de Panza,

la hija del ventero, y tantas como están

bajo la tierra, y tantas que son y que serán

encanto de manchegos y madres de españoles

por tierras de lagares, molinos y arreboles.

Es la mujer manchega garrida y bien plantada,

muy sobre sí, doncella, perfecta de casada.

El sol de la caliente llanura vinariega

quemó su piel, mas guarda frescura de bodega

su corazón. Devota, sabe rezar con fe

para que Dios nos libre de cuanto no se ve.

Su obra es la casa--menos celada que en Sevilla,

más gineceo y menos castillo que en Castilla.--

Y es del hogar manchego la musa ordenadora;

alínea los vasares, los lienzos alcanfora;

las cuentas de la plaza anota en su diario,

cuenta garbanzos, cuenta las cuentas del rosario.

¿Hay más? Por estos campos hubo un amor de fuego.

Dos ojos abrasaron un corazón manchego.

¿No tuvo en esta Mancha su cuna Dulcinea?

¿No es el Toboso patria de la mujer idea

del corazón, engendro e imán de corazones,

a quien varón no impregna y aun parirá varones?

Por esta Mancha--prados, viñedos y molinos--

que so el igual del cielo iguala sus caminos,

de cepas arrugadas sobre el tostado suelo

y mustios pastos como raído terciopelo;

por este seco llano de sol y lejanía,

en donde el ojo alcanza su pleno mediodía

(un diminuto bando de pájaros puntea

el índigo del cielo sobre la blanca aldea,

y allá se yergue un soto de verdes alamillos,

tras leguas y más leguas de campos amarillos),

por esta tierra, lejos del mar y la montaña,

el ancho reverbero del claro sol de España,

anduvo un pobre hidalgo ciego de amor un día

--amor nublóle el juicio; su corazón veía--.

Y tú, la cerca y lejos, por el inmenso llano

eterna compañera y estrella de Quijano,

lozana labradora fincada en tus terrones

--oh madre de manchegos y numen de visiones--

viviste, buena Aldonza, tu vida verdadera,

cuando tu amante erguía su lanza justiciera,

y en tu casona blanca ahechando el rubio trigo.

Aquel amor de fuego era por ti y contigo.

Mujeres de la Mancha, con el sagrado mote

de Dulcinea, os salva la gloria de Quijote.

CXXXV

EL MAÑANA EFÍMERO

A Roberto Castrovido.

La España de charanga y pandereta,

cerrado y sacristía,

devota de Frascuelo y de María,

de espíritu burlón y de alma quieta,

ha de tener su mármol y su día,

su infalible mañana y su poeta.

El vano ayer engendrará un mañana

vacío y ¡por ventura! pasajero.

Será un joven lechuzo y tarambana,

un sayón con hechuras de bolero;

a la moda de Francia royalista,

un poco al uso de París pagano,

y al estilo de España especialista

en el vicio al alcance de la mano.

Esa España inferior que ora y bosteza,

vieja y tahur, zaragatera y triste,

esa España inferior que ora y embiste,

cuando se digna usar de la cabeza,

aun tendrá luengo parto de varones

amantes de sagradas tradiciones

y de sagradas formas y maneras;

florecerán las barbas apostólicas,

y otras calvas en otras calaveras

brillarán, venerables y católicas.

El vano ayer engendrará un mañana

vacío y ¡por ventura! pasajero,

la sombra de un lechuzo tarambana,

de un sayón con hechuras de bolero,

el vacuo ayer dará un mañana huero.

Como la náusea de un borracho ahito

de vino malo, un rojo sol corona

de heces turbias las cumbres de granito,

hay un mañana estomagante escrito

en la tarde pragmática y dulzona.

Mas otra España nace,

la España del cincel y de la maza,

con esa eterna juventud que se hace

del pasado macizo de la raza.

Una España implacable y redentora,

España que alborea

con un hacha en la mano vengadora,

España de la rabia y de la idea.

CXXXVI

PROVERBIOS Y CANTARES

I

Nunca perseguí la gloria

ni dejar en la memoria

de los hombres mi canción;

yo amo los mundos sutiles,

ingrávidos y gentiles

como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse

de sol y grana, volar

bajo el cielo azul, temblar

súbitamente y quebrarse.

II

¿Para qué llamar caminos

a los surcos del azar?...

Todo el que camina anda,

como Jesús, sobre el mar.

III

A quien nos justifica nuestra desconfianza

llamamos enemigo, ladrón de una esperanza.

Jamás perdona el necio si ve la nuez vacía

que dió a cascar al diente de la sabiduría.

IV

Nuestras horas son minutos

cuando esperamos saber,

y siglos cuando sabemos

lo que se puede aprender.

V

Ni vale nada el fruto

cogido sin sazón...

ni aunque te elogie un bruto

ha de tener razón.

VI

De lo que llaman los hombres

virtud, justicia y bondad,

una mitad es envidia,

y la otra, no es caridad.

VII

Yo he visto garras fieras en las pulidas manos;

conozco grajos mélicos y líricos marranos...

El más truhán se lleva la mano al corazón;

y el bruto más espeso se carga de razón.

VIII

En preguntar lo que sabes

el tiempo no has de perder...

y a preguntas sin respuesta

¿quién te podrá responder?

IX

El hombre, a quien el hambre de la rapiña acucia,

de ingénita malicia y natural astucia,

formó la inteligencia y acaparó la tierra.

¡Y aún la verdad proclama! ¡Supremo ardid de guerra!

X

La envidia de la virtud

hizo a Caín criminal.

¡Gloria a Caín! Hoy el vicio

es lo que se envidia más.

La mano del piadoso nos quita siempre honor;

mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador.

Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;

escudo, espada y maza llevar bajo la frente;

porque el valor honrado de todas armas viste:

no sólo para, hiere, y más que aguarda, embiste.

Que la piqueta arruine y el látigo flagele;

la fragua ablande el hierro, la lima pula y gaste,

y que el buril burile, y que el cincel cincele,

la espada punce y hienda y el gran martillo aplaste.

XI

¡Ojos que a la luz se abrieron

un día para, después,

ciegos tornar a la tierra,

hartos de mirar sin ver!

XII

Es el mejor de los buenos

quien sabe que en esta vida

todo es cuestión de medida:

un poco más, algo menos...

XIII

Virtud es la alegría que alivia el corazón

más grave y desarruga el ceño de Catón.

El bueno es el que guarda, cual venta del camino,

para el sediento, el agua, para el borracho, el vino.

XIV

Cantad conmigo en coro: Saber, nada sabemos,

de arcano mar vinimos, a ignota mar iremos...

Y entre los dos misterios está el enigma grave;

tres arcas cierra una desconocida llave.

La luz nada ilumina y el sabio nada enseña.

¿Qué dice la palabra? ¿Qué el agua de la peña?

XV

El hombre es por natura la bestia paradójica,

un animal absurdo que necesita lógica.

--Creó de nada un mundo y, su obra terminada,

«Ya estoy en el secreto--se dijo--todo es nada.»

XVI

El hombre sólo es rico en hipocresía.

En sus diez mil disfraces para engañar confía;

y con la doble llave que guarda su mansión

para la ajena hace ganzúa de ladrón.

XVII

¡Ah, cuando yo era niño

soñaba con los héroes de la Iliada!

Ayax era más fuerte que Diomedes,

Héctor, más fuerte que Ayax,

y Aquiles el más fuerte; porque era

el más fuerte... ¡Inocencias de la infancia!

¡Ah, cuando yo era niño

soñaba yo en los héroes de la Iliada!

XVIII

El casca-nueces-vacías,

Colón de cien vanidades,

vive de supercherías,

que vende como verdades.

XIX

¡Teresa, alma de fuego,

Juan de la Cruz, espíritu de llama,

por aquí hay mucho frío, padres, nuestros

corazoncitos de Jesús se apagan!

XX

Ayer soñé que veía

a Dios y que a Dios hablaba;

y soñé que Dios me oía...

Después soñé que soñaba.

XXI

Cosas de hombres y mujeres,

los amoríos de ayer,

casi los tengo olvidados,

si fueron alguna vez.

XXII

No extrañéis, dulces amigos,

que esté mi frente arrugada.

Yo vivo en paz con los hombres

y en guerra con mis entrañas.

XXIII

De diez cabezas, nueve

embisten y una piensa.

Nunca extrañéis que un bruto

se descuerne luchando por la idea.

XXIV

Las abejas de las flores

sacan miel, y melodía

del amor, los ruiseñores;

Dante y yo--perdón, señores--,

trocamos--perdón, Lucía--,

el amor en Teología.

XXV

Poned sobre los campos

un carbonero, un sabio y un poeta.

Veréis cómo el poeta admira y calla,

el sabio mira y piensa...

Seguramente, el carbonero busca

las moras o las setas.

Llevadlos al teatro

y sólo el carbonero no bosteza.

Quien prefiere lo vivo a lo pintado

es el hombre que piensa, canta o sueña.

El carbonero tiene

llena de fantasías la cabeza.

XXVI

¿Dónde está la utilidad

de nuestras utilidades?

Volvamos a la verdad:

vanidad de vanidades.

XXVII

Todo hombre tiene dos

batallas que pelear.

En sueños lucha con Dios;

y despierto, con el mar.

XXVIII

Caminante, son tus huellas

el camino, y nada más;

caminante, no hay camino,

se hace camino al andar.

Al andar se hace camino,

y al volver la vista atrás

se ve la senda que nunca

se ha de volver a pisar.

Caminante, no hay camino,

sino estelas en la mar.

XXIX

El que espera desespera,

dice la voz popular.

¡Qué verdad tan verdadera!

La verdad es lo que es,

y sigue siendo verdad

aunque se piense al revés.

XXX

Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?

Tu alcancía,

antes que el tiempo la rompa,

¿se irá quedando vacía?

Confiemos

en que no será verdad

nada de lo que sabemos.

XXXI

¡Oh fe del meditabundo!

¡Oh fe después del pensar!

Sólo si viene un corazón al mundo

rebosa el vaso humano y se hincha el mar.

XXXII

Soñé a Dios como una fragua

de fuego, que ablanda el hierro,

como un forjador de espadas,

como un bruñidor de aceros

que iba firmando en las hojas

de luz: Libertad.--Imperio.

XXXIII

Yo amo a Jesús que nos dijo:

Cielo y tierra pasarán.

Cuando cielo y tierra pasen

mi palabra quedará.

¿Cuál fué, Jesús, tu palabra?

¿Amor? ¿Perdón? ¿Caridad?

Todas tus palabras fueron

una palabra: Velad.

Como no sabéis la hora

en que os han de despertar,

os despertarán dormidos,

si no veláis: despertad.

XXXIV

Hay dos modos de conciencia:

una es luz, y otra, paciencia.

Una estriba en alumbrar

un poquito el hondo mar;

otra, en hacer penitencia

con caña o red, y esperar

el pez, como pescador.

Dime tú: ¿Cuál es mejor?

¿Conciencia de visionario

que mira en el hondo acuario

peces vivos

fugitivos

que no se pueden pescar,

o esta maldita faena

de ir arrojando a la arena,

muertos, los peces del mar?

XXXV

Fe empirista. Ni somos ni seremos.

Todo nuestro vivir es emprestado.

Nada trajimos; nada llevaremos.

XXXVI

¿Dices que nada se crea?

No te importe, con el barro

de la tierra, haz una copa

para que beba tu hermano.

XXXVII

¿Dices que nada se crea?

Alfarero, a tus cacharros.

Haz tu copa y no te importe

si no puedes hacer barro.

XXXVIII

Dicen que el ave divina

trocada en pobre gallina,

por obra de las tijeras

de aquel sabio profesor

(fué Kant un esquilador

de las aves altaneras;

toda su filosofía,

un sport de cetrería)

dicen que quiere saltar

las tapias del corralón,

y volar

otra vez, hacia Platón.

¡Hurra! ¡Sea!

¡Feliz será quien lo vea!

XXXIX

Sí, cada uno y todos sobre la tierra iguales:

el ómnibus que arrastran dos pencos matalones,

por el camino, a tumbos, hacia las estaciones,

el ómnibus completo de viajeros banales,

y en medio un hombre mudo, hipocondríaco, austero,

a quien se cuentan cosas y a quien se ofrece vino...

Y allá, cuando se llegue ¿descenderá un viajero

no más? ¿O habránse todos quedado en el camino?

XL

Bueno es saber que los vasos

nos sirven para beber;

lo malo es que no sabemos

para qué sirve la sed.

XLI

¿Dices que nada se pierde?

Si esta copa de cristal

se me rompe, nunca en ella

beberé, nunca jamás.

XLII

Dices que nada se pierde,

y acaso dices verdad;

pero todo lo perdemos

y todo nos perderá.

XLIII

Todo pasa y todo queda;

pero lo nuestro es pasar,

pasar haciendo caminos,

caminos sobre la mar.

XLIV

Morir... ¿Caer como gota

de mar en el mar inmenso?

¿O ser lo que nunca he sido:

uno, sin sombra y sin sueño,

un solitario que avanza

sin camino y sin espejo?

XLV

Anoche soñé que oía

a Dios, gritándome: ¡Alerta!

Luego era Dios quien dormía,

y yo gritaba: ¡Despierta!

XLVI

Cuatro cosas tiene el hombre

que no sirven en la mar:

ancla, gobernalle y remos,

y miedo de naufragar.

XLVII

Mirando mi calavera

un nuevo Hamlet dirá:

He aquí un lindo fósil de una

careta de carnaval.

XLVIII

Ya noto, al paso que me torno viejo,

que en el inmenso espejo,

donde orgulloso me miraba un día,

era el azogue lo que yo ponía.

Al espejo del fondo de mi casa

una mano fatal

va rayendo el azogue, y todo pasa

por él como la luz por el cristal.

XLIX

--Nuestro español bosteza.

¿Es hambre? ¿Sueño? ¿Hastío?

Doctor, ¿tendrá el estómago vacío?

--El vacío es más bien en la cabeza.

L

Luz del alma, luz divina,

faro, antorcha, estrella, sol...

Un hombre a tientas camina;

lleva a la espalda un farol.

LI

Discutiendo están dos mozos

si a la fiesta del lugar

irán por la carretera

o campo atraviesa irán.

Discutiendo y disputando

empiezan a pelear.

Ya con las trancas de pino

furiosos golpes se dan;

ya se tiran de las barbas,

que se las quieren pelar.

Ha pasado un carretero,

que va cantando un cantar:

«Romero, para ir a Roma,

lo que importa es caminar;

a Roma por todas partes,

por todas partes se va».

LII

En esta España de los pantalones

lleva la voz el macho;

mas si un negocio importa

lo resuelven las faldas a escobazos.

LIII

Ya hay un español que quiere

vivir y a vivir empieza,

entre una España que muere

y otra España que bosteza.

Españolito que vienes

al mundo, te guarde Dios.

Una de las dos Españas

ha de helarte el corazón.

CXXXVII

PARÁBOLAS

I

Era un niño que soñaba

un caballo de cartón.

Abrió los ojos el niño

y el caballito no vió.

Con un caballito blanco

el niño volvió a soñar;

y por la crin lo cogía...

¡Ahora no te escaparás!

Apenas lo hubo cogido,

el niño se despertó.

Tenía el puño cerrado.

¡El caballito voló!

Quedóse el niño muy serio

pensando que no es verdad

un caballito soñado.

Y ya no volvió a soñar.

Pero el niño se hizo mozo

y el mozo tuvo un amor,

y a su amada le decía:

¿Tú eres de verdad o no?

Cuando el mozo se hizo viejo

pensaba: todo es soñar,

el caballito soñado

y el caballo de verdad.

Y cuando vino la muerte,

el viejo a su corazón

preguntaba: ¿Tú eres sueño?

¡Quién sabe si despertó!

II

A Don Vicente Clurana.

Poesías completas · 第 5 / 7 段