Desde Salduero el camino

va al hilo de la ribera;

a ambas márgenes del río

el pinar crece y se eleva,

y las rocas se aborrascan,

al par que el valle se estrecha.

Los fuertes pinos del bosque

con sus copas gigantescas

y sus desnudas raíces

amarradas a las piedras;

los de troncos plateados

cuyas frondas azulean,

pinos jóvenes; los viejos

cubiertos de blanca lepra,

musgos y líquenes canos

que el grueso tronco rodean,

colman el valle y se pierden

rebasando ambas laderas.

Juan, el mayor dice: Hermano,

si Blas Antonio apacienta

cerca de Urbión su vacada,

largo camino nos queda.

--Cuanto hacia Urbión alarguemos

se puede acortar de vuelta,

tomando por el atajo,

hacia la Laguna Negra,

y bajando por el puerto

de Santa Inés a Vinuesa.

--Mala tierra y peor camino.

Te juro que no quisiera

verlos otra vez. Cerremos

los tratos en Covaleda;

hagamos noche y, al alba,

volvámonos a la aldea

por este valle, que, a veces,

quien piensa atajar rodea.

Cerca del río cabalgan

los hermanos, y contemplan

cómo el bosque centenario,

al par que avanzan, aumenta,

y los peñascos del monte

el horizonte les cierran.

El agua que va saltando

parece que canta o cuenta:

«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra.»

CASTIGO

I

Aunque la codicia tiene

redil que encierre la oveja,

trojes que guardan el trigo,

bolsas para la moneda

y garras, no tiene manos

que sepan labrar la tierra.

Así a un año de abundancia

siguió un año de pobreza.

II

En los sembrados crecieron

las amapolas sangrientas;

pudrió el tizón las espigas

de trigales y de avenas;

hielos tardíos mataron

en flor la fruta en la huerta

y una mala hechicería

hizo enfermar las ovejas.

A los dos Alvargonzález

maldijo Dios en sus tierras,

y al año pobre siguieron

luengos años de miseria.

III

Es una noche de invierno.

Cae la nieve en remolinos.

Los Alvargonzález velan

un fuego casi extinguido.

El pensamiento amarrado

tienen a un recuerdo mismo,

y en las ascuas mortecinas

del hogar los ojos fijos.

No tienen leña ni sueño.

Larga es la noche y el frío

mucho. Un candilejo humea

en el muro ennegrecido.

El aire agita la llama,

que pone un fulgor rojizo

sobre entrambas pensativas

testas de los asesinos.

El mayor de Alvargonzález,

lanzando un ronco suspiro,

rompe el silencio, exclamando:

--Hermano ¡qué mal hicimos!

El viento la puerta bate,

hace temblar el postigo,

y suena en la chimenea

con hueco y largo bramido.

Después el silencio vuelve,

y a intervalos el pabilo

del candil chisporrotea

en el aire aterecido.

El segundo dijo:--¡Hermano,

demos lo viejo al olvido!

EL VIAJERO

I

Es una noche de invierno.

Azota el viento las ramas

de los álamos. La nieve

ha puesto la tierra blanca.

Bajo la nevada, un hombre

por el camino cabalga;

va cubierto hasta los ojos,

embozado en luenga capa.

Entrado en la aldea, busca

de Alvargonzález la casa,

y ante su puerta llegado,

sin echar pie a tierra, llama.

II

Los dos hermanos oyeron

una aldabada a la puerta,

y de una cabalgadura

los cascos sobre las piedras.

Ambos los ojos alzaron

llenos de espanto y sorpresa.

--¿Quién es? responda, gritaron.

--Miguel, respondieron fuera.

Era la voz del viajero

que partió a lejanas tierras.

III

Abierto el portón, entróse

a caballo el caballero

y echó pie a tierra. Venía

todo de nieve cubierto.

En brazos de sus hermanos

lloró algún rato en silencio.

Después dió el caballo al uno,

al otro, capa y sombrero,

y en la estancia campesina

buscó el arrimo del fuego.

IV

El menor de los hermanos,

que niño y aventurero

fué más allá de los mares

y hoy torna indiano opulento,

vestía con negro traje

de peludo terciopelo,

ajustado a la cintura

por ancho cinto de cuero.

Gruesa cadena formaba

un bucle de oro en su pecho.

Era un hombre alto y robusto,

con ojos grandes y negros

llenos de melancolía;

la tez de color moreno,

y sobre la frente comba

enmarañados cabellos;

el hijo que saca porte

señor de padre labriego,

a quien fortuna le debe

amor, poder y dinero.

De los tres Alvargonzález

era Miguel el más bello;

porque al mayor afeaba

el muy poblado entrecejo

bajo la frente mezquina,

y al segundo, los inquietos

ojos que mirar no saben

de frente, torvos y fieros.

V

Los tres hermanos contemplan

el triste hogar en silencio;

y con la noche cerrada

arrecia el frío y el viento.

--Hermanos ¿no tenéis leña?

dice Miguel.

--No tenemos,

responde el mayor.

Un hombre,

milagrosamente, ha abierto

la gruesa puerta cerrada

con doble barra de hierro.

El hombre que ha entrado tiene

el rostro del padre muerto.

Un halo de luz dorada

orla sus blancos cabellos.

Lleva un haz de leña al hombro

y empuña un hacha de hierro.

EL INDIANO

I

De aquellos campos malditos,

Miguel a sus dos hermanos

compró una parte, que mucho

caudal de América trajo,

y aun en tierra mala, el oro

luce mejor que enterrado,

y más en mano de pobres

que oculto en orza de barro.

Dióse a trabajar la tierra

con fe y tesón el indiano,

y a laborar los mayores

sus pegujales tornaron.

Ya con macizas espigas,

preñadas de rubios granos,

a los campos de Miguel

tornó el fecundo verano;

y ya de aldea en aldea

se cuenta como un milagro,

que los asesinos tienen

la maldición en sus campos.

Ya el pueblo canta una copla

que narra el crimen pasado:

«A la orilla de la fuente

lo asesinaron.

¡Qué mala muerte le dieron

los hijos malos!

En la laguna sin fondo

al padre muerto arrojaron.

No duerme bajo la tierra

el que la tierra ha labrado».

II

Miguel, con sus dos lebreles

y armado de su escopeta,

hacia el azul de los montes,

en una tarde serena,

caminaba entre los verdes

chopos de la carretera

y oyó una voz que cantaba:

«No tiene tumba en la tierra.

Entre los pinos del valle

del Revinuesa,

al padre muerto llevaron

hasta la Laguna Negra».

LA CASA

I

La casa de Alvargonzález

era una casona vieja,

con cuatro estrechas ventanas,

separada de la aldea

cien pasos y entre dos olmos

que, gigantes centinelas,

sombra le dan en verano,

y en el otoño hojas secas.

Es casa de labradores,

gente aunque rica plebeya,

donde el hogar humeante

con sus escaños de piedra

se ve sin entrar, si tiene

abierta al campo la puerta.

Al arrimo del rescoldo

del hogar borbollonean

dos pucherillos de barro

que a dos familias sustentan.

A diestra mano, la cuadra

y el corral, a la siniestra,

huerto y abejar y, al fondo,

una gastada escalera,

que va a las habitaciones

partidas en dos viviendas.

Los Alvargonzález moran

con sus mujeres en ellas.

A ambas parejas que hubieron,

sin que lograrse pudieran,

dos hijos, sobrado espacio

les da la casa paterna.

En una estancia que tiene

luz al huerto, hay una mesa

con gruesa tabla de roble,

dos sillones de vaqueta,

colgado en el muro un negro

ábaco de enormes cuentas,

y unas espuelas mohosas

sobre un arcón de madera.

Era una estancia olvidada

donde hoy Miguel se aposenta.

Y era allí donde los padres

veían en primavera

el huerto en flor, y en el cielo

de mayo, azul, la cigüeña

--cuando las rosas se abren

y los zarzales blanquean--

que enseñaba a sus hijuelos

a usar de las alas lentas.

Y en las noches del verano,

cuando la calor desvela,

desde la ventana al dulce

ruiseñor cantar oyeran.

Fué allí donde Alvargonzález,

del orgullo de su huerta

y del amor de los suyos,

sacó sueños de grandeza.

Cuando en brazos de la madre

vió la figura risueña

del primer hijo, bruñida

de rubio sol la cabeza,

del niño que levantaba

las codiciosas, pequeñas

manos a las rojas guindas

y a las moradas ciruelas,

aquella tarde de otoño

dorada, plácida y buena,

él pensó que ser podría

feliz el hombre en la tierra.

Hoy canta el pueblo una copla

que va de aldea en aldea:

«¡Oh, casa de Alvargonzález,

qué malos días te esperan;

casa de los asesinos,

que nadie llame a tu puerta!»

II

Es una tarde de otoño.

En la alameda dorada

no quedan ya ruiseñores;

enmudeció la cigarra.

Las últimas golondrinas,

que no emprendieron la marcha,

morirán, y las cigüeñas

de sus nidos de retamas,

en torres y campanarios,

huyeron.

Sobre la casa

de Alvargonzález, los olmos

sus hojas que el viento arranca

van dejando. Todavía

las tres redondas acacias,

frente al atrio de la iglesia,

conservan verdes sus ramas,

y las castañas de Indias

a intervalos se desgajan

cubiertas de sus erizos;

tiene el rosal rosas grana

otra vez, y en las praderas

brilla la alegre otoñada.

En laderas y en alcores,

en ribazos y cañadas,

el verde nuevo y la hierba,

aun del estío quemada,

alternan; los serrijones

pelados, las lomas calvas,

se coronan de plomizas

nubes apelotonadas;

y bajo el pinar gigante,

entre las marchitas zarzas

y amarillentos helechos,

corren las crecidas aguas

a engrosar el padre río

por canchales y barrancas.

Abunda en la tierra un gris

de plomo y azul de plata,

con manchas de roja herrumbre,

todo envuelto en luz violada.

¡Oh, tierras de Alvargonzález,

en el corazón de España,

tierras pobres, tierras tristes,

tan tristes que tienen alma!

Páramo que cruza el lobo

aullando a la luna clara

de bosque a bosque, baldíos

llenos de peñas rodadas,

donde roída de buitres

brilla una osamenta blanca;

pobres campos solitarios

sin caminos ni posadas,

¡oh, pobres campos malditos,

pobres campos de mi patria!

LA TIERRA

I

Una mañana de otoño,

cuando la tierra se labra,

Juan y el indiano aparejan

las dos yuntas de la casa.

Martín se quedó en el huerto

arrancando hierbas malas.

II

Una mañana de otoño,

cuando los campos se aran,

sobre un otero, que tiene

el cielo de la mañana

por fondo, la parda yunta

de Juan lentamente avanza.

Cardos, lampazos y abrojos,

avena loca y cizaña

llenan la tierra maldita,

tenaz a pico y escarda.

Del corvo arado de roble

la hundida reja trabaja

con vano esfuerzo; parece

que al par que hiende la entraña

del campo y hace camino

se cierra otra vez la zanja.

«Cuando el asesino labre

será su labor pesada;

antes que un surco en la tierra,

tendrá una arruga en su cara.»

III

Martín, que estaba en la huerta

cavando, sobre su azada

quedó apoyado un momento;

frío sudor le bañaba

el rostro.

Por el oriente,

la luna llena manchada

de un arrebol purpurino,

lucía tras de la tapia

del huerto.

Miguel tenía

la sangre de horror helada.

La azada que hundió en la tierra

teñida de sangre estaba.

IV

En la tierra en que ha nacido

supo afincar el indiano;

por mujer a una doncella

rica y hermosa ha tomado.

La hacienda de Alvargonzález

ya es suya, que sus hermanos

todo le vendieron: casa,

huerto, colmenar y campo.

LOS ASESINOS

I

Juan y Martín, los mayores

de Alvargonzález, un día

pesada marcha emprendieron

con el alba, Duero arriba.

La estrella de la mañana

en el alto azul ardía.

Se iba tiñendo de rosa

la espesa y blanca neblina

de los valles y barrancos,

y algunas nubes plomizas

a Urbión, donde el Duero nace,

como un turbante ponían.

Se acercaban a la fuente.

El agua clara corría

sonando cual si contara

una vieja historia dicha

mil veces y que tuviera

mil veces que repetirla.

Agua que corre en el campo

dice en su monotonía:

Yo sé el crimen ¿no es un crimen

cerca del agua, la vida?

Al pasar los dos hermanos

relataba el agua limpia:

«A la vera de la fuente

Alvargonzález dormía.»

II

--Anoche, cuando volvía

a casa--Juan a su hermano

dijo--a la luz de la luna

era la huerta un milagro.

Lejos, entre los rosales,

divisé un hombre inclinado

hacia la tierra; brillaba

una hoz de plata en su mano.

Después irguióse y, volviendo

el rostro, dió algunos pasos

por el huerto, sin mirarme,

y a poco lo vi encorvado

otra vez sobre la tierra.

Tenía el cabello blanco.

La luna llena brillaba,

y era la huerta un milagro.

III

Pasado habían el puerto

de Santa Inés, ya mediada

la tarde, una tarde triste

de noviembre fría y parda.

Hacia la Laguna Negra

silenciosos caminaban.

IV

Cuando la tarde caía,

entre las vetustas hayas

y los pinos centenarios,

un rojo sol se filtraba.

Era un paraje de bosque

y peñas aborrascadas;

aquí bocas que bostezan

o monstruos de fieras garras;

allí una informe joroba,

allá una grotesca panza,

torvos hocicos de fieras

y dentaduras melladas,

rocas y rocas, y troncos

y troncos, ramas y ramas.

En el hondón del barranco

la noche, el miedo y el agua.

V

Un lobo surgió, sus ojos

lucían como dos ascuas.

Era la noche, una noche

húmeda, oscura y cerrada.

Los dos hermanos quisieron

volver. La selva ululaba.

Cien ojos fieros ardían

en la selva, a sus espaldas.

VI

Llegaron los asesinos

hasta la Laguna Negra,

agua transparente y muda

que enorme muro de piedra,

donde los buitres anidan

y el eco duerme, rodea,

agua clara donde beben

las águilas de la sierra,

donde el jabalí del monte

y el ciervo y el corzo abrevan,

agua pura y silenciosa

que copia cosas eternas,

agua impasible que guarda

en su seno las estrellas.

¡Padre! gritaron; al fondo

de la laguna serena

cayeron y el eco ¡padre!

repitió de peña en peña.

CXV

A UN OLMO SECO

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo,

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana

ardas, de alguna mísera caseta,

al borde de un camino,

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hacia la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

_Soria, 1912._

CXVI

RECUERDOS

¡Oh Soria, cuando miro los frescos naranjales

cargados de perfume, y el campo enverdecido,

abiertos los jazmines, maduros los trigales,

azules las montañas y el olivar florido;

Guadalquivir corriendo al mar entre vergeles,

y al sol de abril los huertos colmados de azucenas,

y los enjambres de oro, para libar sus mieles

dispersos en los campos, huir de sus colmenas;

yo sé la encina roja crujiendo en tus hogares,

barriendo el cierzo helado tu campo empedernido;

y en sierras agrias sueño--¡Urbión, sobre pinares!

¡Moncayo blanco, al cielo aragonés erguido!--

Y pienso: Primavera, como un escalofrío

irá a cruzar el alto solar del romancero,

ya verdearán de chopos las márgenes del río.

¿Dará sus verdes hojas el olmo aquel del Duero?

Tendrán los campanarios de Soria sus cigüeñas,

y la roquedad parda más de un zarzal en flor,

ya los rebaños blancos, por entre grises peñas,

hacia los altos prados conducirá el pastor.

¡Oh, en el azul, vosotras, viajeras golondrinas

que vais al joven Duero, zagales y merinos

con rumbo hacia altas praderas numantinas,

por mestas y cañadas, veredas y caminos;

hayedos y pinares que cruza el ágil ciervo,

montañas, serrijones, lomazos, parameras,

en donde reina el águila, por donde busca el cuervo

su infecto expoliario; menudas sementeras

cual sayos cenicientos, casetas y majadas

entre desnuda roca, arroyos y hontanares

donde a la tarde beben las yuntas fatigadas,

dispersos huertecillos, humildes abejares!...

¡Adiós, tierra de Soria, adiós el alto llano

cercado de colinas y crestas militares,

alcores y roquedas del yermo castellano,

fantasmas de robledos y sombras de encinares!

En la desesperanza y en la melancolía

de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Tierra de alma, toda, hacia la tierra mía,

por los floridos valles, mi corazón te lleva.

_En el tren.--abril, 1913._

CXVII

AL MAESTRO «AZORÍN», POR SU LIBRO «CASTILLA»

La venta de Cidones está en la carretera

que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,

que llaman la Ruipérez, es una viejecita

que aviva el fuego donde borbolla la marmita.

Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto

--bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto--

contempla silencioso la lumbre del hogar.

Se oye la marmita al fuego borbollar.

Sentado ante una mesa de pino, un caballero

escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,

dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.

El caballero es joven, vestido va de luto.

El viento frío azota los chopos del camino.

Se ve pasar de polvo un blanco remolino.

La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,

la mano en la mejilla, medita ensimismado.

Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,

la tarde habrá caído sobre la tierra parda

de Soria. Todavía los grises serrijones,

con ruinas de encinares y mellas de aluviones,

las lomas azuladas, las agrias barranqueras,

picotas y colinas, ribazos y laderas

del páramo sombrío por donde cruza el Duero,

darán al sol de ocaso un resplandor de acero.

La venta se oscurece. El rojo lar humea.

La mecha de un mohoso candil arde y chispea.

El enlutado tiene clavados en el fuego

los ojos largo rato; se los enjuga luego

con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar

el son de la marmita, el ascua del hogar?

Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo

y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.

CXVIII

CAMINOS

De la ciudad moruna

tras las murallas viejas,

yo contemplo la tarde silenciosa,

a solas con mi sombra y con mi pena.

El río va corriendo,

entre sombrías huertas

y grises olivares

por los alegres campos de Baeza.

Tienen las vides pámpanos dorados

sobre las rojas cepas.

Guadalquivir como un alfanje roto

y disperso reluce y espejea.

Lejos, los montes duermen

envueltos en la niebla,

niebla de otoño, maternal; descansan

las rudas moles de su ser de piedra

en esta tibia tarde de noviembre,

tarde piadosa, cárdena y violeta.

El viento ha sacudido

los mustios olmos de la carretera,

levantando en rosados torbellinos

el polvo de la tierra.

La luna está subiendo

amoratada, jadeante y llena.

Los caminitos blancos

se cruzan y se alejan,

buscando los dispersos caseríos

del valle y de la sierra.

Caminos de los campos...

¡Ay, ya no puedo caminar con ella!

CXIX

Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.

Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.

Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.

Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.

CXX

Dice la esperanza: un día

la verás, si bien esperas.

Dice la desesperanza:

sólo tu amargura es ella.

Late, corazón... No todo

se lo ha tragado la tierra.

CXXI

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños...

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

CXXII

Soñé que tú me llevabas

por una blanca vereda,

en medio del campo verde,

hacia el azul de las sierras,

hacia los montes azules,

una mañana serena.

Sentí tu mano en la mía,

tu mano de compañera,

tu voz de niña en mi oído

como una campana nueva,

como una campana virgen

de un alba de primavera.

¡Eran tu voz y tu mano,

en sueños, tan verdaderas!...

Vive, esperanza, ¡quién sabe

lo que se traga la tierra!

CXXIII

Una noche de verano

--estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa--

la muerte en mi casa entró.

Se fué acercando a su lecho

--ni siquiera me miró--,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió,

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón.

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

CXXIV

Al borrarse la nieve, se alejaron

los montes de la sierra.

La vega ha verdecido

al sol de abril, la vega

tiene la verde llama,

la vida, que no pesa;

y piensa el alma en una mariposa,

atlas del mundo, y sueña.

Con el ciruelo en flor y el campo verde,

con el glauco vapor de la ribera,

en torno de las ramas,

con las primeras zarzas que blanquean,

con este dulce soplo

que triunfa de la muerte y de la piedra,

esta amargura que me ahoga fluye

en esperanza de Ella...

CXXV

En estos campos de la tierra mía,

y extranjero en los campos de mi tierra

--yo tuve patria donde corre el Duero

por entre grises peñas,

y fantasmas de viejos encinares,

allá en Castilla, mística y guerrera,

Castilla la gentil, humilde y brava,

Castilla del desdén y de la fuerza--,

en estos campos de mi Andalucía,

¡oh, tierra en que nací!, cantar quisiera.

Tengo recuerdos de mi infancia, tengo

imágenes de luz y de palmeras,

y en una gloria de oro,

de lueñes campanarios con cigüeñas,

de ciudades con calles sin mujeres

bajo un cielo de añil, plazas desiertas

donde crecen naranjos encendidos

con sus frutas redondas y bermejas;

y en un huerto sombrío, el limonero

de ramas polvorientas

y pálidos limones amarillos,

que el agua clara de la fuente espeja,

un aroma de nardos y claveles

y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena;

imágenes de grises olivares

bajo un tórrido sol que aturde y ciega,

y azules y dispersas serranías

con arreboles de una tarde inmensa;

mas falta el hilo que el recuerdo anuda

al corazón, el ancla en su ribera,

o estas memorias no son alma. Tienen,

en sus abigarradas vestimentas,

señal de ser despojos del recuerdo,

la carga bruta que el recuerdo lleva.

Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,

los cuerpos virginales a la orilla vieja.

_Lora del Río, 4 abril 1913._

CXXVI

A JOSÉ MARÍA PALACIO

Palacio, buen amigo,

¿está la primavera

vistiendo ya las ramas de los chopos

del río y los caminos? En la estepa

del alto Duero, Primavera tarda,

¡pero es tan bella y dulce cuando llega!...

¿Tienen los viejos olmos

algunas hojas nuevas?

Aun las acacias estarán desnudas

y nevados los montes de las sierras.

¡Oh, mole del Moncayo blanca y rosa,

allá, en el cielo de Aragón, tan bella!

¿Hay zarzas florecidas

entre las grises peñas,

y blancas margaritas

entre la fina hierba?

Por esos campanarios

ya habrán ido llegando las cigüeñas.

Habrá trigales verdes,

y mulas pardas en las sementeras,

y labriegos que siembran los tardíos

con las lluvias de abril. Ya las abejas

libarán del tomillo y el romero.

¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?

Furtivos cazadores, los reclamos

de la perdiz bajo las capas luengas,

no faltarán. Palacio, buen amigo,

¿tienen ya ruiseñores las riberas?

Con los primeros lirios

y las primeras rosas de las huertas,

en una tarde azul, sube al Espino,

al alto Espino donde está su tierra...

_Baeza, 29 de marzo 1913._

CXXVII

OTRO VIAJE

Ya en los campos de Jaén,

amanece. Corre el tren

por sus brillantes rieles,

devorando matorrales,

alcaceles,

terraplenes, pedregales,

olivares, caseríos,

praderas y cardizales,

montes y valles sombríos.

Tras la turbia ventanilla,

pasa la devanadera

del campo de primavera.

La luz en el techo brilla

de mi vagón de tercera.

Entre nubarrones blancos,

oro y grana.

La niebla de la mañana

huyendo por los barrancos.

¡Este insomne sueño mío!

¡Este frío

de un amanecer en vela!...

Resonante,

jadeante,

marcha el tren. El campo vuela.

Enfrente de mí, un señor

sobre su manta dormido;

un fraile y un cazador

--el perro a sus pies tendido--.

Yo contemplo mi equipaje,

mi viejo saco de cuero;

y recuerdo otro viaje

hacia las tierras del Duero.

Otro viaje de ayer

por la tierra castellana,

¡pinos del amanecer

entre Almazán y Quintana!

¡Y alegría

de un viajar en compañía!

¡Y la unión

que ha roto la muerte un día!

¡Mano fría

que aprietas mi corazón!

Tren camina, silba, humea,

acarrea

tu ejército de vagones,

ajetrea

maletas y corazones.

Soledad,

sequedad.

Tan pobre me estoy quedando,

que ya ni siquiera estoy

conmigo, ni sé si voy

conmigo a solas viajando.

CXXVIII

POEMA DE UN DÍA

MEDITACIONES RURALES

Heme aquí ya profesor

de lenguas vivas (ayer

maestro de gay-saber,

aprendiz de ruiseñor)

en un pueblo húmedo y frío,

destartalado y sombrío,

entre andaluz y manchego.

Invierno. Cerca del fuego.

Fuera llueve un agua fina,

que ora se trueca en neblina,

ora se torna aguanieve.

Fantástico labrador,

pienso en los campos. ¡Señor,

qué bien haces! Llueve, llueve

tu agua constante y menuda

sobre alcaceles y habares,

tu agua muda,

en viñedos y olivares.

Te bendecirán conmigo

los sembradores del trigo;

los que viven de coger

la aceituna;

los que esperan la fortuna

de comer;

los que hogaño

como antaño

tienen toda su moneda

en la rueda,

traidora rueda del año.

¡Llueve, llueve; tu neblina

que se torne en aguanieve,

y otra vez en agua fina!

¡llueve, Señor, llueve, llueve!

En mi estancia, iluminada

por esta luz invernal

--la tarde gris tamizada

por la lluvia y el cristal--,

sueño y medito.

Clarea

el reloj arrinconado

y su tic-tic, olvidado

por repetido, golpea.

Tic-tic, tic-tic... Ya te he oído

Tic-tic, tic-tic... Siempre igual,

monótono y aburrido.

Tic-tic, tic-tic, el latido

de un corazón de metal.

En estos pueblos, ¿se escucha

el latir del tiempo? No.

En estos pueblos se lucha

sin tregua con el reló,

con esa monotonía,

que mide un tiempo vacío.

Pero ¿tu hora es la mía?

¿Tu tiempo, reloj, el mío?

(Tic-tic, tic-tic)... Era un día

(tic-tic, tic-tic) que pasó,

y lo que yo más quería

la muerte se lo llevó.

Poesías completas · 第 4 / 7 段