Aun larga patria espera

abrir al corvo arado sus besanas;

para el grano de Dios hay sementera

bajo cardos y abrojos y bardanas.

¡Qué importa un día! Está el ayer alerto

a mañana, mañana al infinito,

hombres de España, ni el pasado ha muerto,

ni está el mañana--ni el ayer--escrito.

¿Quién ha visto la faz al Dios hispano?

Mi corazón aguarda

al hombre ibero de la recia mano,

que tallará en el roble castellano

el Dios adusto de la tierra parda.

CII

ORILLAS DEL DUERO

Primavera soriana, primavera

humilde, como el sueño de un bendito,

de un pobre caminante que durmiera

de cansancio en un páramo infinito!

¡Campillo amarillento,

como tosco sayal de campesina,

pradera de velludo polvoriento

donde pace la escuálida merina!

¡Aquellos diminutos pegujales

de tierra labrantía,

donde apuntan centenos y trigales

que el pan moreno nos darán un día!

Y otra vez roca y roca, pedregales

desnudos y pelados serrijones,

la tierra de las águilas caudales,

malezas y jarales,

hierbas monteses, zarzas y cambrones.

¡Oh tierra ingrata y fuerte, tierra mía!

¡Castilla, tus decrépitas ciudades!

¡La agria melancolía

que puebla tus sombrías soledades!

¡Castilla varonil, adusta tierra,

Castilla del desdén contra la suerte,

Castilla del dolor y de la guerra,

tierra inmortal, Castilla de la muerte!

Era una tarde, cuando el campo huía

del sol y en el asombro del planeta,

como un globo morado aparecía

la hermosa luna, amada del poeta.

En el cárdeno cielo violeta

alguna clara estrella fulguraba.

El aire ensombrecido

oreaba mis sienes, y acercaba

el murmullo del agua hasta mi oído.

Entre cerros de plomo y de ceniza

manchados de roídos encinares,

y entre calvas roquedas de caliza,

iba a embestir los ocho tajamares

del puente el padre río,

que surca de Castilla el yermo frío.

¡Oh Duero, tu agua corre

y correrá mientras las nieves blancas

de enero el sol de mayo

haga fluir por hoces y barrancas,

mientras tengan las sierras su turbante

de nieve y de tormenta,

y brille el olifante

del sol, tras de la nube cenicienta!...

¿Y el viejo romancero

fué el sueño de un juglar junto a tu orilla?

¿Acaso como tú y por siempre, Duero,

irá corriendo hacia la mar Castilla?

CIII

LAS ENCINAS

A los Sres. de Masriera, en recuerdo de una expedición al Pardo.

¡Encinares castellanos

en laderas y altozanos,

serrijones y colinas

llenos de obscura maleza,

encinas, pardas encinas,

--humildad y fortaleza--!

Mientras que llenándoos va

el hacha de calvijares,

¿nadie cantaros sabrá,

encinares?

El roble es la guerra, el roble

dice el valor y el coraje,

rabia inmoble

en su torcido ramaje,

y es más rudo

que la encina, más nervudo,

más altivo y más señor.

El alto roble parece

que recalca y ennudece

su robustez como atleta

que, erguido, afinca en el suelo.

El pino es el mar y el cielo

y la montaña: el planeta.

La palmera es el desierto,

el sol y la lejanía;

la sed: una fuente fría

soñada en el campo yerto.

Las hayas son la leyenda.

Alguien, en las viejas hayas,

leía una historia horrenda

de crímenes y batallas.

¿Quién ha visto sin temblar

un hayedo en un pinar?

Los chopos son la ribera,

liras de la primavera,

cerca del agua que fluye,

pasa y huye,

viva o lenta,

que se emboca turbulenta

o en remanso se dilata,

y en su eterno escalofrío

copian el agua del río

que fluye en ondas de plata.

De los parques las olmedas

son las buenas arboledas

que nos han visto jugar,

cuando eran nuestros cabellos

rubios y, con nieve en ellos,

nos han de ver meditar.

Tiene el manzano el olor

de su poma,

el eucalipto el aroma

de sus hojas, de su flor

el naranjo la fragancia;

y es del huerto

la elegancia

el ciprés oscuro y yerto.

¿Qué tienes tú, negra encina

campesina,

con tus ramas sin color

en el campo sin verdor;

con tu tronco ceniciento

sin esbeltez ni altiveza,

con tu vigor sin tormento,

y tu humildad que es firmeza?

En tu copa ancha y redonda

nada brilla,

ni tu verdioscura fronda

ni tu flor verdiamarilla.

Nada es lindo ni arrogante

en tu porte, ni guerrero,

nada fiero

que aderece su talante.

Brotas derecha o torcida

con esa humildad que cede

sólo a la ley de la vida,

que es vivir como se puede.

El campo mismo se hizo

árbol en ti, parda encina.

Ya bajo el sol que calcina,

ya contra hielo invernizo,

el bochorno y la borrasca,

el agosto y el enero,

los copos de la nevasca,

los hilos del aguacero,

siempre firme, siempre igual,

impasible, casta y buena,

¡oh tú, robusta y serena,

eterna encina rural

de los negros encinares

de la raya aragonesa

y las crestas militares

de la tierra pamplonesa;

encinas de Extremadura,

de Castilla, que hizo a España,

encinas de la llanura,

del cerro y de la montaña;

encinas del alto llano

que el joven Duero rodea,

y del Tajo que serpea

por el suelo toledano;

encinas de junto al mar

--en Santander--encinar

que pones tu nota arisca,

como un castellano ceño,

en Córdoba la morisca,

y tú, encinar madrileño,

bajo el Guadarrama frío,

tan hermoso, tan sombrío,

con tu adustez castellana

corrigiendo,

la vanidad y el atuendo

y la hetiquez cortesana!...

Ya sé, encinas

campesinas,

que os pintaron con lebreles

elegantes y corceles,

los más egregios pinceles,

que os cantaron los poetas

augustales,

que os asordan escopetas

de cazadores reales;

mas sois el campo y el lar

y la sombra tutelar

de los buenos aldeanos

que visten parda estameña,

y que cortan vuestra leña

con sus manos.

CIV

CAMINOS

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo,

la sierra gris y blanca,

la sierra de mis tardes madrileñas

que yo veía en el azul pintada?

Por tus barrancos hondos

y por tus cumbres agrias,

mil Guadarramas y mil soles vienen,

cabalgando conmigo, a tus entrañas.

_Camino de Balsaín, 1914._

CV

EN ABRIL, LAS AGUAS MIL

Son de abril las aguas mil.

Sopla el viento achubascado,

y entre nublado y nublado

hay trozos de cielo añil.

Agua y sol. El iris brilla.

En una nube lejana,

zigzagea

una centella amarilla.

La lluvia da en la ventana

y el cristal repiquetea.

A través de la neblina

que forma la lluvia fina,

se divisa un prado verde,

y un encinar se esfumina,

y una sierra gris se pierde.

Los hilos del aguacero

sesgan las nacientes frondas,

y agitan las turbias ondas

en el remanso del Duero.

Lloviendo está en los habares

y en las pardas sementeras;

y el sol, en los encinares,

charcos por las carreteras.

Lluvia y sol. Ya se obscurece

el campo, ya se ilumina;

allí un cerro desparece,

allá surge una colina.

Ya son claros, ya sombríos

los dispersos caseríos,

los lejanos torreones.

Hacia la sierra plomiza

van rodando en pelotones

nubes de uata y ceniza.

CVI

UN LOCO

Es una tarde mustia y desabrida

de un otoño sin frutos, en la tierra

estéril y raída

donde la sombra de un centauro yerra.

Por un camino en la árida llanura,

entre álamos marchitos,

a solas con su sombra y su locura,

va el loco, hablando a gritos.

Lejos se ven sombríos estepares,

colinas con malezas y cambrones,

y ruinas de viejos encinares,

coronando los agrios serrijones.

El loco vocifera

a solas con su sombra y su quimera.

Es horrible y grotesca su figura;

flaco, sucio, maltrecho y mal rapado,

ojos de calentura

iluminan su rostro demacrado.

Huye de la ciudad... Pobres maldades,

misérrimas virtudes y quehaceres

de chulos aburridos, y ruindades

de ociosos mercaderes.

Por los campos de Dios el loco avanza.

Tras la tierra esquelética y sequiza

--rojo de herrumbre y pardo de ceniza--

hay un sueño de lirio en lontananza.

Huye de la ciudad. ¡El tedio urbano!

--¡carne triste y espíritu villano!--

No fué por una trágica amargura

esta alma errante desgajada y rota;

purga un pecado ajeno: la cordura,

la terrible cordura del idiota.

CVII

FANTASÍA ICONOGRÁFICA

La calva prematura

brilla sobre la frente amplia y severa;

bajo la piel de pálida tersura

se trasluce la fina calavera.

Mentón agudo y pómulos marcados

por trazos de un punzón adamantino;

y de insólita púrpura manchados

los labios que soñara un florentino.

Mientras la boca sonreir parece,

los ojos perspicaces,

que un ceño de atención empequeñece,

miran y ven, profundos y tenaces.

Tiene sobre la mesa un libro viejo

donde posa la mano distraída.

Al fondo de la cuadra, en el espejo,

una tarde dorada está dormida.

Montañas de violeta

y grisientos breñales,

la tierra que ama el santo y el poeta,

los buitres y las águilas caudales.

Del abierto balcón al blanco muro

va una franja de sol anaranjada

que inflama el aire, en el ambiente obscuro

que envuelve la armadura arrinconada.

CVIII

UN CRIMINAL

El acusado es pálido y lampiño.

Arde en sus ojos una fosca lumbre,

que repugna a su máscara de niño

y ademán de piadosa mansedumbre.

Conserva del obscuro seminario

el talante modesto y la costumbre

de mirar a la tierra o al breviario.

Devoto de María,

madre de pecadores,

por Burgos bachiller en teología,

presto a tomar las órdenes menores.

Fué su crimen atroz. Hartóse un día

de los textos profanos y divinos,

sintió pesar del tiempo que perdía

enderezando hipérbatons latinos.

Enamoróse de una hermosa niña;

subiósele el amor a la cabeza

como el zumo dorado de la viña,

y despertó su natural fiereza.

En sueños vió a sus padres--labradores

de mediano caudal--iluminados,

del hogar por los rojos resplandores,

los campesinos rostros atezados.

Quiso heredar. ¡Oh, guindos y nogales

del huerto familiar, verde y sombrío,

y doradas espigas candeales

que colmarán los trojes del estío!

Y se acordó del hacha que pendía

en el muro, luciente y afilada,

el hacha fuerte que la leña hacía

de la rama de roble cercenada.

...............................

Frente al reo, los jueces en sus viejos

ropones enlutados,

y una hilera de obscuros entrecejos

y de plebeyos rostros--los jurados.

El abogado defensor perora,

golpeando el pupitre con la mano;

emborrona papel un escribano,

mientras oye el fiscal indiferente

el alegato enfático y sonoro,

y repasa los autos judiciales

o, entre sus dedos, de las gafas de oro

acaricia los límpidos cristales.

Dice un ujier: «Va sin remedio al palo».

El joven cuervo la clemencia espera.

Un pueblo carne de horca, la severa

justicia aguarda que castiga al malo.

CIX

AMANECER DE OTOÑO

A Julio Romero de Torres.

Una larga carretera

entre grises peñascales

y alguna humilde pradera

donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada

por las gotas del rocío,

y la alameda dorada,

hacia la curva del río.

Tras los montes de violeta

quebrado el primer albor.

A la espalda la escopeta,

entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

CX

EN TREN

Yo para todo viaje,

--siempre sobre la madera

de mi vagón de tercera--

voy ligero de equipaje.

Si es de noche, porque no

acostumbro a dormir yo,

y de día, por mirar

los arbolitos pasar,

yo nunca duermo en el tren,

y, sin embargo, voy bien.

¡Este placer de alejarse!

Londres, Madrid, Ponferrada,

tan lindos para marcharse...

Lo molesto es la llegada.

Luego, el tren, al caminar,

siempre nos hace soñar;

y casi, casi olvidamos

el jamelgo que montamos.

¡Oh, el pollino

que sabe bien el camino!

¿Dónde estamos?

¿Dónde todos nos bajamos?

¡Frente a mí va una monjita

tan bonita!

Tiene esa expresión serena

que a la pena

da una esperanza infinita.

Y yo pienso: Tú eres buena;

porque diste tus amores

a Jesús; porque no quieres

ser madre de pecadores.

Mas tú eres

maternal,

bendita entre las mujeres,

madrecita virginal.

Algo en tu rostro es divino

bajo tus cofias de lino.

Tus mejillas

--esas rosas amarillas--

fueron rosadas, y, luego,

ardió en tus entrañas fuego;

y hoy, esposa de la Cruz,

ya eres luz, y sólo luz...

¡Todas las mujeres bellas

fueran, como tú, doncellas

en un convento a encerrarse!...

Y la niña que yo quiero

¡ay! ¡preferirá casarse

con un mocito barbero!

El tren camina y camina,

y la máquina resuella,

y tose con tos ferina.

¡Vamos en una centella!

_1909._

CXI

NOCHE DE VERANO

Es una hermosa noche de verano.

Tienen las altas casas

abiertos los balcones

del viejo pueblo a la anchurosa plaza.

En el amplio rectángulo desierto,

bancos de piedra, evónimos y acacias

simétricos dibujan.

sus negras sombras en la arena blanca.

En el cénit, la luna y en la torre

la esfera del reloj iluminada.

Yo en este viejo pueblo paseando

solo, como un fantasma.

CXII

PASCUA DE RESURRECCIÓN

Mirad: el arco de la vida traza

el iris sobre el campo que verdea.

Buscad vuestros amores, doncellitas,

donde brota la fuente de la piedra.

En donde el agua ríe y sueña y pasa,

allí el romance del amor se cuenta.

¿No han de mirar un día, en vuestros brazos,

atónitos, el sol de primavera,

ojos que vienen a la luz cerrados,

y que al partirse de la vida ciegan?

¿No beberán un día en vuestros senos

los que mañana labrarán la tierra?

¡Oh, celebrad este domingo claro,

madrecitas en flor, vuestras entrañas nuevas!

Gozad esta sonrisa de vuestra ruda madre.

Ya sus hermosos nidos habitan las cigüeñas

y escriben en las torres sus blancos garabatos.

Como esmeraldas lucen los musgos de las peñas.

Entre los robles muerden

los negros toros la menuda hierba,

y el pastor que apacienta los merinos

su pardo sayo en la montaña deja.

CXIII

CAMPOS DE SORIA

I

Es la tierra de Soria árida y fría.

Por las colinas y las sierras calvas,

verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa

dejando entre las hierbas olorosas

sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.

Al empezar abril está nevada

la espalda del Moncayo;

el caminante lleva en su bufanda

envueltos cuello y boca, y los pastores

pasan cubiertos con sus luengas capas.

II

Las tierras labrantías,

como retazos de estameñas pardas,

el huertecillo, el abejar, los trozos

de verde oscuro en que el merino pasta,

entre plomizos peñascales, siembran

el sueño alegre de infantil arcadia.

En los chopos lejanos del camino,

parecen humear las yertas ramas

como un glauco vapor--las nuevas hojas--

y en las quiebras de valles y barrancas

blanquean los zarzales florecidos

y brotan las violetas perfumadas.

III

Es el campo ondulado, y los caminos

ya ocultan los viajeros que cabalgan

en pardos borriquillos,

ya al fondo de la tarde arrebolada

elevan las plebeyas figurillas

que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo

desde los picos donde habita el águila,

son tornasoles de carmín y acero,

llanos plomizos, lomas plateadas,

circuídos por montes de violeta,

con las cumbres de nieve sonrosada.

IV

¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran

en un alcor cuando el otoño empieza,

y entre las negras testas doblegadas

bajo el pesado yugo,

pende un cesto de juncos y retama,

que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha

un hombre que se inclina hacia la tierra,

y una mujer que en las abiertas zanjas

arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,

en el oro fluido y verdinoso

del poniente las sombras se agigantan.

V

La nieve. En el mesón al campo abierto

se ve el hogar donde la leña humea

y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto

alborotando en blancos torbellinos

la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,

cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose

cerca del fuego; su mechón de lana

la vieja hila, y una niña cose

verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero

que caminó sobre la blanca tierra,

y una noche perdió ruta y sendero,

y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío,

y en la frente del viejo, de hosco ceño,

como un tachón sombrío

--tal el golpe de un hacha sobre un leño--.

La vieja mira al campo cual si oyera

pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,

desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados

ha de correr con otras doncellitas

en los días azules y dorados,

cuando crecen las blancas margaritas.

VI

¡Soria fría, _Soria pura,

cabeza de Extremadura_,

con su castillo guerrero

arruinado, sobre el Duero;

con sus murallas roídas

y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores

soldados o cazadores;

de portales con escudos

de cien linajes hidalgos,

y de famélicos galgos,

de galgos flacos y agudos,

que pululan

por las sórdidas callejas,

y a la media noche ululan,

cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana

de la Audiencia da la una.

Soria, ciudad castellana

¡tan bella! bajo la luna.

VII

¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, oscuros encinares,

ariscos pedregales, calvas sierras,

caminos blancos y álamos del río,

tardes de Soria, mística y guerrera,

hoy siento por vosotros, en el fondo

del corazón, tristeza,

tristeza que es amor! ¡Campos de Soria

donde parece que las rocas sueñan,

conmigo vais!... ¡Colinas plateadas,

grises alcores, cárdenas roquedas!

VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,

álamos del camino en la ribera

del Duero, entre San Polo y San Saturio,

tras las murallas viejas

de Soria--barbacana

hacia Aragón, en castellana tierra.

Estos chopos del río, que acompañan

con el sonido de sus hojas secas

el son del agua cuando el viento sopla,

tienen en sus cortezas

grabadas iniciales que son nombres

de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis

de ruiseñores vuestras ramas llenas;

álamos que seréis mañana liras

del viento perfumado en primavera;

álamos del amor cerca del agua

que corre y pasa y sueña,

álamos de las márgenes del Duero,

conmigo vais, mi corazón os lleva!

IX

¡Oh!, sí, conmigo vais, campos de Soria,

tardes tranquilas, montes de violeta,

alamedas del río, verde sueño

del suelo gris y de la parda tierra,

agria melancolía

de la ciudad decrépita,

¿me habéis llegado al alma,

o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino

que a Dios guardáis como cristianas viejas,

que el sol de España os llene

de alegría, de luz y de riqueza!

CXIV

LA TIERRA DE ALVARGONZÁLEZ

Al poeta Juan Ramón Jiménez.

I

Siendo mozo Alvargonzález,

dueño de mediana hacienda,

que en otras tierras se dice

bienestar y aquí, opulencia,

en la feria de Berlanga

prendóse de una doncella,

y la tomó por mujer

al año de conocerla.

Muy ricas las bodas fueron,

y quien las vió las recuerda;

sonadas las tornabodas

que hizo Alvar en su aldea;

hubo gaitas, tamboriles,

flauta, bandurria y vihuela,

fuegos a la valenciana

y danza a la aragonesa.

II

Feliz vivió Alvargonzález

en el amor de su tierra.

Naciéronle tres varones,

que en el campo son riqueza,

y, ya crecidos, los puso,

uno a cultivar la huerta,

otro a cuidar los merinos,

y dió el menor a la iglesia.

III

Mucha sangre de Caín

tiene la gente labriega,

y en el hogar campesino

armó la envidia pelea.

Casáronse los mayores;

tuvo Alvargonzález nueras,

que le trajeron cizaña,

antes que nietos le dieran.

La codicia de los campos

ve tras la muerte la herencia;

no goza de lo que tiene

por ansia de lo que espera.

El menor, que a los latines

prefería las doncellas

hermosas y no gustaba

de vestir por la cabeza,

colgó la sotana un día

y partió a lejanas tierras.

La madre lloró y el padre

dióle bendición y herencia.

IV

Alvargonzález ya tiene

la adusta frente arrugada,

por la barba le platea

el bozo azul de la cara.

Una mañana de otoño

salió solo de su casa;

no llevaba sus lebreles,

agudos canes de caza;

iba triste y pensativo

por la alameda dorada;

anduvo largo camino

y llegó a una fuente clara.

Echóse en la tierra; puso

sobre una piedra la manta,

y a la vera de la fuente

durmió al arrullo del agua.

EL SUEÑO

I

Y Alvargonzález veía,

como Jacob, una escala

que iba de la tierra al cielo,

y oyó una voz que le hablaba.

Mas las hadas hilanderas,

entre las guedejas blancas

y vellones de oro, han puesto

un mechón de negra lana.

II

Tres niños están jugando

a la puerta de su casa;

entre los mayores brinca

un cuervo de negras alas.

La mujer vigila, cose

y, a ratos, sonríe y canta.

--Hijos, ¿qué hacéis? les pregunta.

Ellos se miran y callan.

--Subid al monte, hijos míos,

y antes que la noche caiga,

con un brazado de estepas

hacedme una buena llama.

III

Sobre el lar de Alvargonzález

está la leña apilada;

el mayor quiere encenderla,

pero no brota la llama.

--Padre, la hoguera no prende,

está la estepa mojada.

Su hermano viene a ayudarle

y arroja astillas y ramas

sobre los troncos de roble;

pero el rescoldo se apaga.

Acude el menor y enciende,

bajo la negra campana

de la cocina, una hoguera

que alumbra toda la casa.

IV

Alvargonzález levanta

en brazos al más pequeño

y en sus rodillas lo sienta:

--Tus manos hacen el fuego...

aunque el último naciste

tú eres en mi amor primero.

Los dos mayores se alejan

por los rincones del sueño.

Entre los dos fugitivos

reluce un hacha de hierro.

AQUELLA TARDE...

I

Sobre los campos desnudos,

la luna llena manchada

de un arrebol purpurino,

enorme globo, asomaba.

Los hijos de Alvargonzález

silenciosos caminaban,

y han visto al padre dormido

junto de la fuente clara.

II

Tiene el padre entre las cejas

un ceño que le aborrasca

el rostro, un tachón sombrío

como la huella de un hacha.

Soñando está con sus hijos,

que sus hijos lo apuñalan;

y cuando despierta mira

que es cierto lo que soñaba.

III

A la vera de la fuente

quedó Alvargonzález muerto.

Tiene cuatro puñaladas

entre el costado y el pecho,

por donde la sangre brota,

más un hachazo en el cuello.

Cuenta la hazaña del campo

el agua clara corriendo,

mientras los dos asesinos

huyen hacia los hayedos.

Hasta la Laguna Negra,

bajo las fuentes del Duero,

llevan el muerto, dejando

detrás un rastro sangriento;

y en la laguna sin fondo,

que guarda bien los secretos,

con una piedra amarrada

a los pies, tumba le dieron.

IV

Se encontró junto a la fuente

la manta de Alvargonzález,

y camino del hayedo

se vió un reguero de sangre.

Nadie de la aldea ha osado

a la laguna acercarse,

y el sondarla inútil fuera,

que es la laguna insondable.

Un buhonero que cruzaba

aquellas tierras errante,

fué en Dauria acusado, preso

y muerto en garrote infame.

V

Pasados algunos meses,

la madre murió de pena.

Los que muerta la encontraron

dicen que las manos yertas

sobre su rostro tenía,

oculto el rostro con ellas.

VI

Los hijos de Alvargonzález

ya tienen majada y huerta,

campos de trigo y centeno

y prados de fina hierba;

en el olmo viejo, hendido

por el rayo, la colmena,

dos yuntas para el arado,

un mastín y cien ovejas.

OTROS DÍAS

I

Ya están las zarzas floridas

y los ciruelos blanquean;

ya las abejas doradas

liban para sus colmenas,

y en los nidos que coronan

las torres de las iglesias

asoman los garabatos

ganchudos de las cigüeñas.

Ya los olmos del camino

y chopos de las riberas

de los arroyos, que buscan

al padre Duero, verdean.

El cielo está azul, los montes

sin nieve son de violeta.

La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza;

muerto está quien la ha labrado,

mas no le cubre la tierra.

II

La hermosa tierra de España

adusta, fina y guerrera

Castilla, de largos ríos,

tiene un puñado de sierras

entre Soria y Burgos como

reductos de fortaleza,

como yelmos crestonados

y Urbión es una cimera.

III

Los hijos de Alvargonzález,

por una empinada senda,

para tomar el camino

de Salduero a Covaleda,

cabalgan en pardas mulas

bajo el pinar de Vinuesa.

Van en busca de ganado

con que volver a su aldea,

y por tierra de pinares

larga jornada comienzan.

Van Duero arriba, dejando

atrás los arcos de piedra

del puente y el caserío

de la ociosa y opulenta

villa de indianos. El río,

al fondo del valle, suena,

y de las cabalgaduras

los cascos baten las piedras.

A la otra orilla del Duero

canta una voz lastimera:

«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra.»

IV

Llegados son a un paraje

en donde el pinar se espesa,

y el mayor, que abre la marcha,

su parda mula espolea,

diciendo: démonos prisa;

porque son más de dos leguas

de pinar y hay que apurarlas

antes que la noche venga.

Dos hijos del campo, hechos

a quebradas y asperezas,

porque recuerdan un día

la tarde en el monte tiemblan.

Allá en lo espeso del bosque

otra vez la copla suena:

«La tierra de Alvargonzález

se colmará de riqueza,

y el que la tierra ha labrado

no duerme bajo la tierra.»

V

Poesías completas · 第 3 / 7 段