«¡Cuántos caen!--se dijo--. ¡Cómo estará su pobre madre!»

Pero inmediatamente sonrió al recordar á los que nacían. Nunca se había

preocupado la gente como ahora de acelerar la reproducción. La misma

señora Laurier ostentaba con orgullo la redondez de su maternidad, que

había llegado á los mayores extremos visibles. Sus ojos acariciaron el

volumen vital que se delataba bajo los velos del luto. Otra vez pensó en

Julio, sin tener en cuenta el curso del tiempo. Sintió la atracción de

la criatura futura, como si tuviese con ella algún parentesco; se

prometió ayudar generosamente al hijo de los Laurier, si alguna vez le

encontraba en la vida.

Al entrar en su casa, doña Luisa le salió al paso para manifestarle que

Lacour le estaba esperando.

--Vamos á ver qué cuenta nuestro ilustre consuegro--dijo alegremente.

La buena señora estaba inquieta. Se había alarmado sin saber por qué,

ante el gesto solemne del senador, con ese instinto femenil que perfora

las precauciones de los hombres, adivinando lo que hay oculto detrás de

ellas. Había visto además que René y su padre hablaban en voz baja, con

una emoción contenida.

Rondó con irresistible curiosidad por las inmediaciones del despacho,

esperando oir algo. Pero su espera no fué larga.

De repente, un grito... un alarido... una voz como sólo puede emitirla

un cuerpo al que se le escapan las fuerzas.

Y doña Luisa entró á tiempo para sostener á su marido, que se venía al

suelo.

El senador se excusaba, confuso, ante los muebles, ante las paredes,

volviendo la espalda en su aturdimiento al cabizbajo René, que era el

único que podía oirle.

--No me ha dejado terminar... Ha adivinado desde la primera palabra...

Chichí se presentó, atraída por el grito, para ver cómo su padre se

escapaba de los brazos de su esposa, cayendo en un sofá, rodando luego

por el suelo, con los ojos vidriosos y salientes, con la boca contraída,

llorando espuma.

Un lamento se extendió por las lujosas habitaciones, un quejido, siempre

el mismo, que pasaba por debajo de las puertas hasta la escalera

majestuosa y solitaria:

--¡Oh, Julio!... ¡Oh, hijo mío!...

V

Campos de muerte

Iba avanzando el automóvil lentamente, bajo el cielo lívido de una

mañana de invierno.

Temblaba el suelo á lo lejos con blancas palpitaciones, semejantes al

aleteo de una banda de mariposas posada en los surcos. Sobre unos

campos, el enjambre era denso; en otros, formaba pequeños grupos.

Al aproximarse el vehículo, las blancas mariposas se animaban con nuevos

colores. Un ala se volvía azul; otra, encarnada... Eran pequeñas

banderas, á cientos, á miles, que se estremecían día y noche con la

tibia brisa impregnada de sol, con el huracán acuoso de las mañanas

pálidas, con el frío mordiente de las noches interminables. La lluvia

había lavado y relavado sus colores, debilitándolos. Las telas,

inquietas, tenían sus bordes roídos por la humedad. Otras estaban

quemadas por el sol, como insectos que acabasen de rozar el fuego.

Las banderas dejaban entrever con las palpitaciones de su temblor leños

negros que eran cruces. Sobre estos maderos aparecían kepis obscuros,

gorros rojos, cascos rematados por cabelleras de crines que se pudrían

lentamente, llorando lágrimas atmosféricas por todas sus puntas.

--¡Cuánto muerto!--suspiró en el interior del automóvil la voz de don

Marcelo.

Y René, que iba enfrente de él, movió la cabeza con triste sentimiento.

Doña Luisa miraba la fúnebre llanura, mientras sus labios se estremecían

levemente con un rezo continuo. Chichí volvía á un lado y á otro sus

ojos, agrandados por el asombro. Parecía más grande, más fuerte, á

pesar de la palidez verdosa que descoloraba su rostro.

Las dos señoras iban vestidas de luto, con luengos velos. De luto

también el padre, hundido en su asiento, con aspecto de ruina, las

piernas cuidadosamente envueltas en una manta de pieles. René conservaba

su uniforme de campaña, llevando sobre él un corto impermeable de

automovilista. A pesar de sus heridas, no había querido retirarse del

ejército. Estaba agregado á una oficina técnica hasta la terminación de

la guerra.

La familia Desnoyers iba á cumplir su deseo.

Al recobrar sus sentidos, después de la noticia fatal, el padre había

concentrado toda su voluntad en una petición:

--Necesito verle... ¡Oh, mi hijo!... ¡Mi hijo!

Inútilmente el senador le demostró la imposibilidad de este viaje. Se

estaban batiendo todavía en la zona donde había caído Julio. Más

adelante tal vez fuese posible la visita. «Quiero verle», insistió el

viejo. Necesitaba contemplar la tumba del hijo antes de morir él á su

vez. Y Lacour tuvo que esforzarse durante cuatro meses, formulando

súplicas y forzando resistencias para conseguir que don Marcelo pudiese

realizar este viaje.

Un automóvil militar se llevó, al fin, una mañana á todos los de la

familia Desnoyers. El senador no pudo ir con ellos. Circulaban rumores

de una próxima modificación ministerial, y él debía mostrarse en la Alta

Cámara, por si la República reclamaba sus servicios un tanto

menospreciados.

Pasaron la noche en una ciudad de provincia, donde estaba la comandancia

de un cuerpo de ejército. René tomó informes de los oficiales que habían

presenciado el gran combate. Con el mapa á la vista fué siguiendo sus

explicaciones, hasta conocer la sección de terreno en que se había

movido el regimiento de Julio.

A la mañana siguiente reanudaron el viaje. Un soldado que había tomado

parte en la batalla les servía de guía, sentado en el pescante, al lado

del _chauffeur_. René consultaba de vez en cuando el mapa extendido

sobre sus rodillas y hacía preguntas al soldado. El regimiento de éste

se había batido junto al de Desnoyers, pero no podía recordar con

exactitud los lugares pisados por él meses antes. El campo había sufrido

transformaciones. Presentaba un aspecto distinto de cuando lo vió

cubierto de hombres, entre las peripecias del combate. La soledad le

desorientaba... Y el automóvil fué avanzando con lentitud, sin más norte

que los grupos de sepulturas, siguiendo la carretera central, lisa y

blanca, metiéndose por los caminos transversales: zanjas tortuosas,

barrizales de relejes profundos, en los que daba grandes saltos que

hacían chillar sus muelles. A veces seguía á campo traviesa, de un grupo

de cruces á otro, aplastando con la huella de sus neumáticos los surcos

abiertos por la labranza.

Tumbas... tumbas por todos lados. Las blancas langostas de la muerte

cubrían el paisaje. No quedaba un rincón libre de este aleteo glorioso y

fúnebre. La tierra gris recién abierta por el arado, los caminos

amarillentos, las arboledas obscuras, todo palpitaba con una ondulación

incansable. El suelo parecía gritar; sus palabras eran las vibraciones

de las inquietas banderas. Y los miles de gritos, con una melopea

recomenzada incesantemente á través de los días y las noches, cantaban

el choque monstruoso que había presenciado esta tierra y del cual

guardaba todavía un escalofrío trágico.

--Muertos... muertos--murmuraba Chichí, siguiendo con la vista la fila

de cruces que se deslizaba por los flancos del automóvil en incesante

renovación.

--¡Señor, por ellos!... ¡por sus madres!--gemía doña Luisa reanudando su

rezo.

Aquí se había desarrollado lo más terrible del combate, la pelea á uso

antiguo, el choque cuerpo á cuerpo, fuera de las trincheras, á la

bayoneta, con la culata, con los puños, con los dientes.

El guía, que empezaba á orientarse, iba señalando diversos puntos del

horizonte solitario. Allí estaban los tiradores africanos; más acá, los

cazadores. Las grandes agrupaciones de tumbas eran de soldados de línea

que habían cargado á la bayoneta por los lados del camino.

Se detuvo el automóvil. René bajó detrás del soldado para examinar las

inscripciones de unas cruces. Tal vez procedían estos muertos del

regimiento que buscaban. Chichí bajó también maquinalmente, con el

irresistible deseo de proteger á su marido.

Cada sepultura guardaba varios hombres. El número de cadáveres podía

contarse por los kepis ó los cascos que se pudrían y oxidaban adheridos

á los brazos de la cruz. Las hormigas formaban rosario sobre las prendas

militares, perforadas por agujeros de putrefacción, y que ostentaban aún

la cifra del regimiento. Las coronas con que había adornado la piedad

patriótica algunos de estos sepulcros se ennegrecían y deshojaban. En

unas cruces los nombres de los muertos eran todavía claros; en otras

empezaban á borrarse y dentro de poco serían ilegibles.

«¡La muerte heroica!... ¡La gloria!», pensaba Chichí con tristeza.

Ni el nombre siquiera iba á sobrevivir de la mayor parte de estos

hombres vigorosos desaparecidos en plena juventud. Sólo quedaría de

ellos el recuerdo que asaltase de tarde en tarde á una campesina vieja

guiando su vaca por un camino de Francia y que le haría murmurar entre

suspiros: «¡Mi pequeño!... ¿dónde estará enterrado mi pequeño?» Sólo

viviría en la mujer del pueblo vestida de luto que no sabe cómo resolver

el problema de su existencia, en los niños que al ir á la escuela con

blusas negras dirían con una voluntad feroz: «Cuando yo sea grande iré á

matar _boches_ para vengar á mi padre.»

Y doña Luisa, inmóvil en su asiento, siguiendo con la mirada el paso de

Chichí entre las tumbas, volvía á, interrumpir su rezo:

--¡Señor, por las madres sin hijos... por los pequeños sin padre... por

que tu cólera nos olvide y tu sonrisa vuelva á nosotros!

El marido, caído en su asiento, miraba también el campo fúnebre. Pero

sus ojos se fijaban tenazmente en unas tumbas sin coronas ni banderas,

simples cruces con una tablilla de breve inscripción. Eran sepulturas

alemanas, que parecían formar página aparte en el libro de la muerte. A

un lado, en las innumerables tumbas francesas, inscripciones de poca

cuantía, números simples: uno, dos, tres muertos. Al otro, en las

sepulturas espaciadas y sin adornos, partidas fuertes, guarismos

abultados, cifras de un laconismo aterrador.

Cercas de palos largas y estrechas limitaban estas zanjas rellenas de

carne. La tierra blanqueaba como si tuviese nieve ó salitre. Era la cal

revuelta con los terrones. La cruz llevaba en su tablilla la indicación

de que la tumba contenía alemanes, y á continuación un número: 200...

300... 400.

Estas cifras obligaban á Desnoyers á realizar un esfuerzo imaginativo.

Se decían prontamente, pero no era fácil evocar con exactitud la visión

de trescientos muertos juntos, trescientos envoltorios de carne humana

lívida y sangrienta, los correajes rotos, el casco abollado, las botas

terminadas en bolas de fango, oliendo á tejidos rígidos en los que se

inicia la descomposición, con los ojos vidriosos y tenaces, con el

rictus del supremo misterio, alineándose en capas, lo mismo que si

fuesen ladrillos, en el fondo de un zanjón que va á cerrarse para

siempre... Y este fúnebre alineamiento se repetía á trechos por toda la

inmensidad de la llanura.

Don Marcelo sintió una alegría feroz. Su paternidad doliente

experimentaba el consuelo fugitivo de la venganza. Julio había muerto, y

él iba á morir también, no pudiendo sobrellevar su desgracia; pero

¡cuántos enemigos consumiéndose en estos pudrideros que dejaban en el

mundo seres amados que los recordasen, como él recordaba á su hijo!...

Se los imaginó tal como debían ser antes del momento de su muerte, tal

como él los había visto en los avances de la invasión en torno de su

castillo.

Algunos de ellos, los más ilustrados y temibles, ostentaban en el rostro

las teatrales cicatrices de los duelos universitarios. Eran soldados que

llevaban libros en la mochila y después del fusilamiento de un lote de

campesinos ó del saqueo de una aldea se dedicaban á leer poetas y

filósofos al resplandor de los incendios. Hinchados de ciencia, con la

hinchazón del sapo, orgullosos de su intelectualidad pedantesca y

suficiente, habían heredado la dialéctica pesada y tortuosa de los

antiguos teólogos. Hijos del sofisma y nietos de la mentira, se

consideraban capaces de probar los mayores absurdos con las cabriolas

mentales á que les tenía acostumbrados su acrobatismo intelectual. El

método favorito de la tesis, la antítesis y la síntesis lo empleaban

para demostrar que Alemania debía ser señora del mundo; que Bélgica era

la culpable de su ruina por haberse defendido; que la felicidad consiste

en vivir todos los humanos regimentados á la prusiana, sin que se pierda

ningún esfuerzo; que el supremo ideal de la existencia consiste en el

establo limpio y el pesebre lleno; que la libertad y la justicia no

representan mas que ilusiones del romanticismo revolucionario francés;

que todo hecho consumado resulta santo desde el momento que triunfa, y

el derecho es simplemente un derivado de la fuerza. Estos intelectuales

con fusil se consideraban los paladines de una cruzada civilizadora.

Querían que triunfase definitivamente el hombre rubio sobre el moreno;

deseaban esclavizar al despreciable hombre del Sur, consiguiendo para

siempre que el mundo fuese dirigido por los germanos, «la sal de la

tierra», «la aristocracia de la humanidad». Todo lo que en la Historia

valía algo era alemán. Los antiguos griegos habían sido de origen

germánico; alemanes también los grandes artistas del Renacimiento

italiano. Los hombres del Mediterráneo, con la maldad propia de su

origen, habían falsificado la Historia.

Pero en lo mejor de estos ensueños ambiciosos, el cruzado del

pangermanismo recibía un balazo del «latino» despreciable, bajando á la

tumba con todos sus orgullos.

«Bien estás donde estás, pedante belicoso», pensaba Desnoyers,

acordándose de las conversaciones con su amigo el ruso.

¡Lástima que no estuviesen allí también todos los _Herr Professor_ que

se habían quedado en las universidades alemanas, sabios de indiscutible

habilidad en su mayor parte para desmarcar los productos intelectuales,

cambiando la terminología de las cosas! Estos hombres de barba fluvial y

antiparras de oro, pacíficos conejos del laboratorio y de la cátedra,

habían preparado la guerra presente con sus sofismas y su orgullo. Su

culpabilidad era mayor que la del _Herr Lieutenant_ de apretado corsé y

reluciente monóculo, que al desear la lucha y la matanza no hacía mas

que seguir sus aficiones profesionales.

Mientras el soldado alemán de baja clase pillaba lo que podía y fusilaba

ebrio lo que le saltaba al paso, el estudiante guerrero leía en el vivac

á Hégel y Nietzsche. Era demasiado culto para ejecutar con sus manos

estos actos de «justicia histórica». Pero él y sus profesores habían

excitado todos los malos instintos de la bestia germánica, dándoles un

barniz de justificación científica.

«Sigue en tu sepulcro, intelectual peligroso», continuaba Desnoyers

mentalmente.

Los marroquíes feroces, los negros de mentalidad infantil, los

indostánicos tétricos, le parecían más respetables que todas las togas

de armiño que desfilaban orgullosas y guerreras por los claustros de las

universidades alemanas. ¡Qué tranquilidad para el mundo si

desapareciesen sus portadores! Ante la barbarie refinada, fría y cruel

del sabio ambicioso, prefería la barbarie pueril y modesta del salvaje:

le molestaba menos, y además no era hipócrita.

Por esto los únicos enemigos que le inspiraban conmiseración eran los

soldados obscuros y de pocas letras que se pudrían en aquellas tumbas.

Habían sido rústicos del campo, obreros de fábricas, dependientes de

comercio, alemanes glotones de intestino inconmensurable que veían en la

guerra una ocasión de satisfacer sus apetitos, de mandar y pegar á

alguien, después de pasar la vida en su país obedeciendo y recibiendo

patadas.

La historia de su patria no era mas que una serie de correrías hacia el

Sur, semejantes á los _malones_ de los indios, para apoderarse de los

bienes de los hombres que viven en las orillas templadas del

Mediterráneo. Los _Herr Professor_ habían demostrado que estas

expediciones de saqueo representaban un trabajo de alta civilización. Y

el alemán marchaba adelante, con el entusiasmo de un buen padre que se

sacrifica por conquistar el pan de los suyos.

Centenares de miles de cartas escritas por las familias con manos

temblorosas seguían á la gran horda germánica en sus avances á través de

las tierras invadidas. Desnoyers había oído la lectura de algunas de

ellas, á la caída de la tarde, ante su castillo arruinado. Eran papeles

encontrados en los bolsillos de muertos y prisioneros. «No tengas

misericordia con los pantalones rojos. Mata _welches_: no perdones ni á

los pequeños...» «Te agradecemos los zapatos, pero la niña no puede

ponérselos. Esos franceses tienen unos pies ridículamente pequeños...»

«Procura apoderarte de un piano.» «Me gustaría un buen reloj.» «Nuestro

vecino el capitán ha enviado á su esposa un collar de perlas. ¡Y tú sólo

envías cosas insignificantes!»

Avanzaba heroicamente el virtuoso germano con el doble deseo de

engrandecer á su país y hacer valiosos envíos á los hijos. «¡Alemania

sobre el mundo!» Pero en lo mejor de sus ilusiones caía en la fosa

revuelto con otros camaradas que acariciaban los mismos ensueños.

Desnoyers se imaginó la impaciencia, al otro lado del Rhin, de las

piadosas mujeres que esperaban y esperaban. Las listas de muertos no

habían dicho nada tal vez de los ausentes. Y las cartas seguían

partiendo hacia las líneas alemanas: unas cartas que nunca recibiría el

destinatario. «Contesta. Cuando no escribes es tal vez porque nos

preparas una buena sorpresa. No olvides el collar. Envíanos un piano. Un

armario tallado de comedor me gustaría mucho. Los franceses tienen cosas

hermosas...»

La cruz escueta permanecía inmóvil sobre la tierra blanca de cal. Cerca

de ella aleteaban las banderas. Se movían á un lado y á otro como una

cabeza que protesta, sonriendo irónicamente. ¡No!... ¡No!

Siguió avanzando el automóvil. El guía señalaba ahora un grupo lejano de

tumbas. Allí era indudablemente donde se había batido el regimiento. Y

el vehículo salió del camino, hundiendo sus ruedas en la tierra

removida, teniendo que hacer grandes rodeos para evitar los sepulcros

esparcidos caprichosamente por los azares del combate.

Casi todos los campos estaban arados. El trabajo del hombre se extendía

de tumba en tumba, haciéndose más visible así como la mañana iba

repeliendo su envoltura de nieblas.

Bajo los últimos soles del invierno empezaba á sonreir la Naturaleza,

ciega, sorda, insensible, que ignora nuestra existencia y acoge

indiferente en sus entrañas lo mismo á un pobre animalillo humano que á

un millón de cadáveres.

Las fuentes guardaban todavía sus barbas de hielo; la tierra se

desmenuzaba bajo el pie con un crujido de cristal; las charcas tenían

arrugas inmóviles; los árboles, negros y dormidos, conservaban sobre el

tronco la camisa de verde metálico con que los había vestido el

invierno; las entrañas del suelo respiraban un frío absoluto y feroz,

semejante al de los planetas apagados y muertos... Pero ya la primavera

se había ceñido su armadura de flores en los palacios del trópico,

ensillando el verde corcel que relinchaba con impaciencia: pronto

correría los campos, llevando ante su galope en desordenada fuga á los

negros trasgos invernales, mientras á su espalda flotaba la suelta

melena de oro como una estela de perfumes. Anunciaban su llegada las

hierbas de los caminos cubriéndose de minúsculos botones. Los pájaros se

atrevían á salir de sus refugios para aletear entre los cuervos que

graznaban de cólera junto á las tumbas cerradas. El paisaje iba tomando

bajo el sol una sonrisa falsamente pueril, un gesto de niño que mira con

ojos cándidos, mientras sus bolsillos están repletos de cosas robadas.

El labriego tenía arado el bancal y relleno de semilla el surco. Podían

los hombres seguir matándose; la tierra nada tiene que ver con sus

odios, y no por ellos va á interrumpirse el curso de su vida. La reja

había abierto sus renglones rectos é inflexibles, como todos los años,

borrando el pateo de hombres y bestias, los profundos relejes de los

cañones. Nada desorientaba su testarudez laboriosa. Los embudos abiertos

por las bombas los había rellenado.

Algunas veces, el triángulo de acero tropezaba con obstáculos

subterráneos... un muerto anónimo y sin tumba. El férreo arañazo seguía

adelante, sin piedad para lo que no se ve. De tarde en tarde se detenía

ante obstáculos menos blandos. Eran proyectiles hundidos en el suelo y

sin estallar. Desenterraba el campesino el aparato de muerte, que á

veces, con tardía maldad, hacía explosión entre sus manos... Pero el

hombre de la tierra no conoce el miedo cuando va en busca del sustento,

y continuaba su avance rectilíneo, torciéndolo únicamente al llegar

junto á una tumba visible. Los surcos se apartaban piadosamente,

rodeando con su pequeño oleaje, como si fuesen islas, á estos pedazos de

suelo rematados por banderas ó cruces. El terrón hundido en una boca

lívida guardaba en sus entrañas los gérmenes creadores de un pan futuro.

Las semillas, como pulpos en gestación, se preparaban á extender los

tentáculos de sus raíces hasta los cráneos que pocos meses antes

contenían gloriosas esperanzas ó monstruosas ambiciones. La vida iba á

renovarse una vez más.

El automóvil se detuvo. Corrió el guía entre las cruces, inclinándose

para descifrar sus borrosas inscripciones.

--¡Aquí es!

Había encontrado en una sepultura el número del regimiento.

Saltaron con prontitud fuera del vehículo Chichí y su marido. Luego

descendió doña Luisa con una rigidez dolorosa, contrayendo el rostro

para ocultar sus lágrimas. Finalmente, los tres se decidieron á ayudar

al padre, que había repelido su envoltorio de pieles. ¡Pobre señor

Desnoyers! Al tocar el suelo vaciló sobre sus piernas; luego fué

avanzando trabajosamente, moviendo los pies con dificultad, hundiendo su

bastón en los surcos.

--Apóyate, viejo mío--dijo la esposa ofreciéndole un brazo.

El autoritario jefe de familia no podía moverse ahora sin la protección

de los suyos.

Se inició la marcha entre las tumbas, lenta, penosa.

Exploraba el guía el matorral de cruces, deletreando nombres,

permaneciendo indeciso ante los rótulos borrosos. René efectuaba el

mismo trabajo por otro lado. Chichí avanzó sola, de tumba en tumba. El

viento hacía revolotear sus velos negros. Los rizos se escapaban de su

sombrero de luto cada vez que inclinaba la cabeza ante una inscripción,

pugnando por descifrarla. Sus breves pies se hundieron en los surcos.

Recogió su falda para marchar con más soltura, dejando al descubierto

una parte de su adorable basamento. Una atmósfera voluptuosa, de vida,

de belleza oculta, de amor, siguió sus pasos sobre esta tierra de muerte

y podredumbre.

A lo lejos sonaba la voz del padre.

--¿Todavía no?...

Los dos viejos se impacientaban, queriendo encontrar cuanto antes la

tumba de su hijo.

Transcurrió media hora sin que los exploradores diesen con ella. Siempre

nombres desconocidos, cruces anónimas ó inscripciones que consignaban

cifras de otros regimientos. Don Marcelo ya no podía tenerse en pie. La

marcha por la tierra blanda, á través de los surcos, era para él un

tormento. Empezó á desesperarse... ¡Ay! No encontrarían nunca la

sepultura de Julio. Los padres también la buscaron por su lado.

Inclinaban sus cabezas dolorosas ante todas las cruces; hundían muchas

veces los pies en el montículo largo y estrecho que parecía marcar el

bulto del cadáver. Leían los nombres... ¡Tampoco estaba allí! Y seguían

adelante por el rudo camino de esperanzas y desalientos.

Fué Chichí la que avisó con un grito: «¡Aquí... aquí!» Los viejos

corrieron, temiendo caer á cada paso. Toda la familia se agrupó ante un

montón de tierra que tenía la forma vaga de un féretro y empezaba á

cubrirse de hierbas. En la cabecera, una cruz con letras grabadas

profundamente á punta de cuchillo, obra piadosa de los compañeros de

armas. «Desnoyers...» Luego, en abreviaturas militares, el grado, el

regimiento y la compañía.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 32 / 33 段