los ojos fijos en la cruz: unos ojos enormes, de córneas enrojecidas, y
que no podían llorar. Las lágrimas la habían acompañado hasta allí.
Ahora huían, como repelidas por la inmensidad de un dolor incapaz de
plegarse á las manifestaciones ordinarias.
El padre quedó mirando con extrañeza la rústica tumba. Su hijo estaba
allí, ¡allí para siempre!... ¡y no le vería más! Le adivinó dormido en
las entrañas del suelo sin ninguna envoltura, en contacto directo con la
tierra, tal como le había sorprendido la muerte, con su uniforme
miserable y heroico. La consideración de que las raíces de las plantas
tocaban tal vez con sus cabelleras el mismo rostro que él había besado
amorosamente, de que la lluvia serpenteaba en húmedas filtraciones á lo
largo de su cuerpo, fué lo primero que le sublevó, como si fuese un
ultraje. Hizo memoria de los exquisitos cuidados á que se había sometido
en vida: el largo baño, el masaje, la vigorización del juego de las
armas y del boxeo, la ducha helada, los elegantes y discretos
perfumes... ¡todo para venir á pudrirse en un campo de trigo como un
montón de estiércol, como una bestia de labor que muere reventada y la
entierran en el mismo lugar de su caída!
Quiso llevarse de allí á su hijo inmediatamente y se desesperó porque no
podía hacerlo. Lo trasladaría tan pronto como se lo permitiesen,
erigiéndole un mausoleo igual á los de los reyes... ¿Y qué iba á
conseguir con esto? Cambiaría de sitio un montón de huesos; pero su
carne, su envoltura, todo lo que formaba el encanto de su persona,
quedaría allí confundido con la tierra. El hijo del rico Desnoyers se
había agregado para siempre á un pobre campo de la Champaña. ¡Ah,
miseria! ¿Y para llegar á esto había trabajado tanto él, amontonando
millones?...
No conocía siquiera cómo había sido su muerte. Nadie podía repetirle sus
últimas palabras. Ignoraba si su fin había sido instantáneo, fulminante,
saliendo del mundo con una sonrisa de inconsciencia, ó si había pasado
largas horas de suplicio abandonado en el campo, retorciéndose como un
reptil, rodando por los círculos de un dolor infernal antes de sumirse
en la nada. Ignoraba igualmente qué había debajo de aquel túmulo: un
cuerpo entero tocado por la muerte con mano discreta, ó una amalgama de
restos informes destrozados por el huracán de acero... ¡Y no le vería
más! ¡Y aquel Julio que llenaba su pensamiento sería simplemente un
recuerdo, un nombre que viviría mientras sus padres viviesen y se
extinguiría luego poco á poco al desaparecer ellos!...
Se sorprendió al oir un quejido, un sollozo... Luego se dió cuenta de
que era él mismo el que acompañaba sus reflexiones con un hipo de dolor.
La esposa estaba á sus pies. Rezaba con los ojos secos, rezaba á solas
con su desesperación, fijando en la cruz una mirada de hipnótica
tenacidad... Allí estaba su hijo, tendido junto á sus rodillas, lo mismo
que de niño, en la cuna, cuando ella, vigilaba su sueño... La
exclamación del padre estallaba también en su pensamiento, pero sin
exasperaciones coléricas, con una tristeza desalentada. ¡Y no le vería
más!... ¡Y era posible esto!
Chichí interrumpió con su presencia las dolorosas reflexiones de los
dos. Había corrido hacia el automóvil y regresaba con una brazada de
flores. Colgó una corona en la cruz; depositó un ramo enorme al pie de
ésta. Luego fué derramando una lluvia de pétalos por toda la superficie
del túmulo, grave y ceñuda, como si cumpliese un rito religioso,
acompañando la ofrenda con salutaciones de su pensamiento: «A ti, que
tanto amaste la vida por sus bellezas y sus sensualismos... A ti, que
supiste hacerte amar de las mujeres...» Lloraba mentalmente su recuerdo
con tanta admiración como dolor. De no ser su hermana, hubiese querido
ser su amante.
Y al agotarse la lluvia de flores se apartó, para no turbar con su
presencia el dolor gimente de los padres.
Ante la inutilidad de sus quejas, el antiguo carácter de don Marcelo se
había despertado colérico, rugiendo contra el destino.
Miró al horizonte, allí donde él se imaginaba que debían estar los
enemigos, y cerró los puños con rabia. Creyó ver á la bestia, eterna
pesadilla de los hombres. ¿Y el mal quedaría sin castigo como tantas
veces?...
No había justicia; el mundo era un producto de la casualidad; todo
mentiras, palabras de consuelo para que el hombre sobrelleve sin
asustarse el desamparo en que vive.
Le pareció que resonaba á lo lejos el galope de los cuatro jinetes
apocalípticos atropellando á los humanos. Vió al mocetón brutal y
membrudo con la espada de la guerra, al arquero de sonrisa repugnante
con las flechas de la peste, al avaro calvo con las balanzas del hambre,
el cadáver galopante con la hoz de la muerte. Los reconoció como las
únicas divinidades familiares y terribles que hacían sentir su presencia
al hombre. Todo lo demás resultaba un ensueño. Los cuatro jinetes eran
la realidad...
De pronto, por un misterio de asimilación mental, le pareció leer lo que
pensaba aquella cabeza lloriqueante que permanecía á sus pies.
La madre, impulsada por sus propias desgracias, había evocado las
desgracias de los otros. También ella miraba al horizonte. Se imaginó
ver más allá de la línea de los enemigos un desfile de dolor igual al de
su familia. Contempló á Elena con sus hijas marchando entre tumbas,
buscando un nombre amado, cayendo de rodillas ante una cruz. ¡Ay! Esta
satisfacción dolorosa no podía conocerla por completo. Le era imposible
pasar al lado opuesto para ir en busca de otra sepultura. Y aunque
alguna vez pasase, no la encontraría. El cuerpo adorado se había perdido
para siempre en los pudrideros anónimos, cuya vista le había hecho
recordar poco antes á su sobrino Otto.
--Señor, ¿por qué vinimos á estas tierras? ¿por qué no continuamos
viviendo en el lugar donde nacimos?...
Al adivinar estos pensamientos, vió Desnoyers la llanura inmensa y verde
de la estancia donde había conocido á su esposa. Le pareció oir el trote
de los ganados. Contempló al centauro Madariaga en la noche tranquila,
proclamando bajo el fulgor de las estrellas las alegrías de la paz, la
santa fraternidad de unas gentes de las más diversas procedencias unidas
por el trabajo, la abundancia y la falta de ambiciones políticas.
El también, pensando en su hijo, se lamentó como la esposa: «¿Por qué
habremos venido?...» El también, con la solidaridad del dolor,
compadeció á los del otro lado. Sufrían lo mismo que ellos: habían
perdido á sus hijos. Los dolores humanos son iguales en todas partes.
Pero luego se revolvió contra su conmiseración. Karl era partidario de
la guerra; era de los que la consideraban como el estado perfecto del
hombre, y la había preparado con sus provocaciones. Estaba bien que la
guerra devorase á sus hijos: no debía llorarlos. ¡Pero él, que había
amado siempre la paz! ¡él, que sólo tenía un hijo, uno solo... y lo
perdía para siempre!...
Iba á morir; estaba seguro de que iba á morir... Sólo le quedaban unos
meses de existencia. Y la pobre compañera que rezaba á sus pies también
desaparecería pronto. No se sobrevive á un golpe como el que acababan de
experimentar. Nada les quedaba que hacer en el mundo.
Su hija sólo pensaba en ella, en formar un núcleo aparte, con el duro
instinto de independencia que separa á los hijos de los padres, para que
la humanidad continúe su renovación.
Julio era el único que podía haber prolongado la familia, perpetuando el
apellido. Los Desnoyers habían muerto; los hijos de su hija serían
Lacour... Todo terminado.
Don Marcelo sintió cierta satisfacción al pensar en su próxima muerte.
Deseaba salir del mundo cuanto antes. No le inspiraba curiosidad el
final de esta guerra que tanto le había preocupado. Fuese cual fuese su
terminación, acabaría mal. Aunque la bestia quedase mutilada, volvería á
resurgir años después, como eterna compañera de los hombres.... Para él,
lo único importante era que la guerra le había robado su hijo. Todo
sombrío, todo negro... El mundo iba á perecer... El iba á descansar.
Chichí estaba subida en un montículo que tal vez contenía cadáveres. Con
el entrecejo fruncido contemplaba la llanura. ¡Tumbas... siempre tumbas!
El recuerdo de Julio había pasado á segundo término en su memoria. No
podría resucitarle por más que llorase.
La vista de los campos de muerte sólo le hacía pensar en los vivos.
Volvió sus ojos á un lado y á otro, mientras sujetaba con ambas manos el
revuelo de sus faldas, movidas por el viento.
René se hallaba al pie del montículo. Varias veces le miró, luego de
contemplar las sepulturas, como si estableciese una relación entre su
marido y aquellos muertos. ¡Y él había expuesto su existencia en
combates iguales á éste!...
--¡Y tú, pobrecito mío--continuó en alta voz--, podías estar á estas
horas debajo de un montón de tierra con una cruz de palo, lo mismo que
tantos infelices!...
El subteniente sonrió con melancolía. Así era.
--Ven, sube--dijo Chichí imperiosamente--. Quiero decirte una cosa.
Al tenerle cerca le echó los brazos al cuello, lo apretó contra las
magnolias ocultas de su pecho, que exhalaban un perfume de vida y de
amor, le besó rabiosamente en la boca, le mordió, sin acordarse ya de su
hermano, sin ver á los dos viejos, que lloraban abajo queriendo morir...
y sus faldas, libres al viento, moldearon la soberbia curva de unas
caderas de ánfora.
FIN
París.--Noviembre 1915. Febrero 1916.