gris con los faldones abrochados atrás, examinando después el casco azul
obscuro de bordes planos adoptado por los franceses para la guerra de
trincheras. El kepis tradicional había desaparecido. Un airoso capacete,
semejante al de los arcabuceros de los tercios españoles, sombreaba el
rostro de Julio. Se fijó igualmente en su barba corta y bien cuidada,
distinta de la que él había visto en las trincheras. Iba limpio y
acicalado por su reciente salida del hospital.
--¿No es verdad que se me parece?--dijo el viejo con orgullo.
Doña Luisa protestó, con la intransigencia que muestran las madres en
materia de semejanzas.
--Siempre ha sido tu vivo retrato.
Al verle sano y alegre, toda la familia experimentó una repentina
inquietud. Deseaban examinar su herida para convencerse de que no corría
ningún peligro.
--¡Si no es nada!--protestó el subteniente--. Un balazo en un hombro.
Los médicos temieron que perdiese el brazo izquierdo; pero todo ha
quedado bien... No hay que acordarse.
Chichí revisó á Julio con los ojos, de pies á cabeza, descubriendo
inmediatamente los detalles de su elegancia militar. El capote estaba
rapado y sucio, las polainas arañadas, olía á paño sudado, á cuero, á
tabaco fuerte; pero en una muñeca llevaba un reloj de platino y en la
otra la medalla de identidad sujeta con una cadena de oro. Siempre había
admirado al hermano por su buen gusto ingénito; y guardó en su memoria
estos detalles para comunicarlos por escrito á René. Luego pensó en la
conveniencia de sorprender á mamá con una demanda de empréstito para
hacer por su cuenta un envío al artillero.
Don Marcelo contemplaba ante él quince días de satisfacción y de gloria.
El subteniente Desnoyers no pudo salir solo á la calle. El padre rondaba
por el recibimiento ante el casco que se exhibía en el perchero con un
fulgor modesto y glorioso. Apenas Julio lo colocaba en su cabeza, surgía
su progenitor, con sombrero y bastón, dispuesto á salir igualmente.
--¿Me permites que te acompañe?... ¿No te molesto?
Lo decía con tal humildad, con un deseo tan vehemente de ver admitido el
ruego, que el hijo no osaba repeler su acompañamiento. Para callejear
con Argensola tenía que escurrirse por la escalera de servicio y valerse
de otras astucias de colegial.
Nunca el señor Desnoyers había marchado tan satisfecho por las calles de
París como al lado de este mocetón con su capote de gloriosa vejez y el
pecho realzado por dos condecoraciones: la Cruz de Guerra y la Medalla
Militar. Era un héroe, y este héroe era su hijo. Las miradas simpáticas
del público en los tranvías y en el ferrocarril subterráneo las aceptaba
como un homenaje para ambos. Las ojeadas interesantes que las mujeres
lanzaban al buen mozo le producían cierto cosquilleo de vanidad é
inquietud. Todos los militares que encontraba, por más galones y cruces
que ostentasen, le parecían «emboscados» indignos de compararse con
Julio. Los heridos que descendían de los coches apoyándose en palos y
muletas le inspiraban un sentimiento de lástima humillante para ellos.
¡Desgraciados!... No tenían la suerte de su hijo. A éste no había quien
lo matase, y cuando por casualidad recibía una herida, sus vestigios se
borraban inmediatamente, sin detrimento de la gallardía de su persona.
Algunas veces, especialmente por la noche, mostraba una inesperada
magnanimidad, dejando que Julio saliese solo. Se acordaba de su juventud
triunfadora en amores, que tantos éxitos había conseguido antes de la
guerra. ¡Qué no obtendría ahora con su prestigio de soldado valeroso!...
Paseando por su dormitorio antes de acostarse, se imaginaba al héroe en
la amable compañía de una gran dama. Sólo una celebridad femenina era
digna de él; su orgullo paternal no aceptaba menos... Y nunca se le
podía ocurrir que Julio estaba con Argensola en un _music-hall_, en un
cinematógrafo, gozando de las monótonas y simples diversiones del París
ensombrecido por la guerra, con la simplicidad de gustos de un
subteniente, y que en punto á éxitos amorosos su buena fortuna no iba
más allá de la renovación de algunas amistades antiguas.
Una tarde, cuando marchaba á su lado por los Campos Elíseos, se
estremeció viendo á una dama que venía en dirección contraria. Era la
señora de Laurier... ¿La reconocería Julio? Creyó percibir que éste se
tornaba pálido, volviendo los ojos hacia otras personas con afectada
distracción. Ella siguió adelante, erguida, indiferente. El viejo casi
se irritó ante tal frialdad. ¡Pasar junto á su hijo sin que el instinto
le avisase su presencia! ¡Ah, las mujeres!... Volvió la cabeza para
seguirla, pero inmediatamente tuvo que desistir de su atisbo. Había
sorprendido á Margarita inmóvil detrás de ellos, con la palidez de la
sorpresa, fijando una mirada profunda en el militar que se alejaba. Don
Marcelo creyó leer en sus ojos la admiración, el amor, todo un pasado
que resurgía de pronto en su memoria. ¡Pobre mujer!... Sintió por ella
un cariño paternal, como si fuese la esposa de Julio. Su amigo Lacour
había vuelto á hablarle del matrimonio Laurier. Sabía que Margarita iba
á ser madre. Y el viejo, sin tener en cuenta la reconciliación de los
esposos ni el paso del tiempo, se sintió emocionado por esta maternidad,
como si su hijo hubiese intervenido en ella.
Mientras tanto, Julio seguía marchando, sin volver la cabeza, sin
enterarse de esta mirada fija en su dorso, pálido y canturreando para
disimular su emoción. Y nunca supo nada. Siguió creyendo que Margarita
había pasado junto á él sin conocerle, pues el viejo guardó silencio.
Una de las preocupaciones de don Marcelo era conseguir que su hijo
relatase el encuentro de guerra en que había sido herido. No llegaba
visitante á su casa para ver al subteniente, sin que el viejo dejase de
formular la misma petición:
--Cuéntanos cómo te hirieron... Explica cómo mataste al capitán alemán.
Julio se excusaba con visible molestia. Ya estaba harto de su propia
historia. Por complacer á su padre había hecho el relato ante el
senador, ante Argensola y Tchernoff en su estudio, ante otros amigos de
la familia que habían venido á verle... No podía más.
Y era el padre el que acometía la narración por su propia cuenta,
dándole el relieve y los detalles de un hecho visto con sus propios
ojos.
Había que apoderarse de las ruinas de una refinería de azúcar enfrente
de la trinchera. Los alemanes habían sido expulsados por el cañoneo
francés. Era necesario un reconocimiento, guiado por un hombre seguro. Y
los jefes habían designado, como siempre, al sargento Desnoyers.
Al romper el día, el pelotón había avanzado cautelosamente, sin
encontrar obstáculo. Los soldados se esparcieron por las ruinas. Julio
fué solo hasta el final de ellas, con el propósito de examinar las
posiciones del enemigo, cuando, al dar vuelta á un ángulo de pared, tuvo
el más inesperado de los encuentros. Un capitán alemán estaba frente á
él. Casi habían chocado al doblar la esquina. Se miraron en los ojos,
con más sorpresa que odio, al mismo tiempo que buscaban matarse por
instinto, procurando cada uno ganar al otro en velocidad. El capitán
había soltado la carta del país que llevaba en las manos. Su diestra
buscó el revólver, forcejeando por sacarlo de la funda, sin apartar un
instante su mirada del enemigo. Luego desistió, con la convicción de que
este movimiento era inútil. Demasiado tarde. Sus ojos, desmesuradamente
abiertos por la proximidad de la muerte, siguieron fijos en el francés.
Este se había echado el fusil á la cara. Un tiro casi á quemarropa... y
el alemán cayó redondo.
Sólo entonces se fijó en el ordenanza del capitán, que marchaba algunos
pasos detrás de éste. El soldado disparó su fusil contra Desnoyers,
hiriéndole en un hombro. Acudieron los franceses, matando al ordenanza.
Luego cruzaron un vivo fuego con la compañía enemiga, que había hecho
alto más allá mientras su jefe exploraba el terreno. Julio, á pesar de
la herida, continuó al frente de su sección, defendiendo la fábrica
contra fuerzas superiores, hasta que al fin llegaron auxilios y el
terreno quedó definitivamente en poder de los franceses.
--¿No fué así, hijo mío?--terminaba don Marcelo.
El hijo asentía, deseoso de que acabase cuanto antes un relato molesto
por su persistencia. Sí; así había sido. Pero lo que ignoraba su padre,
lo que él no diría nunca, era el descubrimiento que había hecho después
de matar al capitán.
Los dos hombres, al mirarse frente á frente durante un segundo que les
pareció interminable, mostraron en sus ojos algo más que la sorpresa del
encuentro y el deseo de suprimirse. Desnoyers conocía á aquel hombre. El
capitán, por su parte, le conocía á él. Lo adivinó en su gesto... Pero
cada uno de ellos, con la preocupación de matar para seguir viviendo, no
podía reunir sus recuerdos.
Desnoyers hizo fuego con la seguridad de que mataba á una persona
conocida. Luego, mientras dirigía la defensa de la posición aguardando
la llegada de refuerzos, se le ocurrió la sospecha de que aquel enemigo
cuyo cadáver estaba á poca distancia podía ser un individuo de su
familia, uno de los Hartrott. Parecía, sin embargo, más viejo que sus
primos y mucho más joven que su tío Karl. Este, con sus años, no iba á
figurar como simple capitán de infantería.
Cuando, debilitado por la pérdida de sangre, pudo ser conducido á las
trincheras, el sargento quiso ver el cuerpo de su enemigo. Sus dudas
continuaron ante la faz empalidecida por la muerte. Los ojos, abiertos,
parecían guardar aún la impresión de la sorpresa. Aquel hombre le
conocía indudablemente; él también conocía aquella cara. ¿Quién era?...
De pronto, con su imaginación vió el mar, vió un gran buque, una mujer
alta y rubia que le miraba con los ojos entornados, un hombre fornido y
bigotudo que hacía discursos imitando el estilo de su emperador.
«Descansa en paz, capitán Erckmann.» Así habían venido á terminar, en un
rincón de Francia, las discusiones entabladas en medio del Océano.
Se disculpó mentalmente, como si estuviese en presencia de la dulce
Berta. Había tenido que matar para que no le matasen. Así es la guerra.
Intentó consolarse pensando que Erckmann tal vez había caído sin
identificarle, sin saber que su matador era el compañero de viaje de
meses antes... Y guardó secreto en lo más profundo de su memoria este
encuentro preparado por la fatalidad. Se abstuvo de comunicarlo á su
amigo Argensola, que conocía los incidentes de la travesía atlántica.
Cuando menos lo esperaba, don Marcelo se encontró al final de aquella
existencia de alegría y orgullo que le había proporcionado la presencia
de su hijo. Quince días transcurren pronto. El subteniente se marchó, y
toda la familia, después de este período de realidades, tuvo que volver
á las caricias engañosas de la ilusión y la esperanza, aguardando la
llegada de las cartas, haciendo conjeturas sobre el silencio del
ausente, enviándole paquete tras paquete con todo lo que el comercio
ofrecía para los militares: cosas útiles y absurdas.
La madre cayó en un gran desaliento. El viaje de Julio había servido
para hacerla sentir con más intensidad su ausencia. Viéndole, escuchando
aquellos relatos de muerte que el padre se complacía en repetir, se dió
mejor cuenta de los peligros que rodeaban á su hijo. La fatalidad
parecía avisarla con fúnebres presentimientos.
--Le van á matar--decía á su marido--. Esa herida es un aviso del cielo.
Al salir á la calle temblaba de emoción ante los soldados inválidos. Los
convalecientes de aspecto enérgico, próximos á volver al frente, aún le
inspiraban mayor lástima. Se acordó de un viaje á San Sebastián con su
esposo, de una corrida de toros que le había hecho gritar de indignación
y lástima, apiadada de la suerte de los pobres caballos. Quedaban con
las entrañas colgando y eran sometidos en los corrales á una rápida
cura, para volver á salir á la arena enardecidos por falsas energías.
Repetidas veces aguantaban esta recomposición macabra, hasta que al fin
llegaba la última cornada, la definitiva... Los hombres recién curados
evocaban en ella la imagen de las pobres bestias. Algunos habían sido
heridos tres veces desde el principio de la guerra y volvían remendados
y galvanizados á someterse á la lotería de la suerte, siempre en espera
del golpe supremo... ¡Ay, su hijo!
Desnoyers se indignaba oyendo á su esposa.
--¡Pero si á Julio no hay quien le mate!... Es mi hijo. Yo he pasado en
mi juventud por terribles peligros. También me hirieron en las guerras
del otro mundo, y sin embargo, aquí me tienes cargado de años.
Los sucesos se encargaban de robustecer su fe ciega. Llovían desgracias
en torno de la familia, entristeciendo á sus allegados, y ni una sola
rozaba al intrépido subteniente, que insistía en sus hazañas con un
desenfado heroico de mosquetero.
Doña Luisa recibió una carta de Alemania. Su hermana le escribía desde
Berlín, valiéndose de un Consulado sudamericano en Suiza. Esta vez la
señora Desnoyers lloró por alguien que no era su hijo: lloró por Elena y
por los enemigos. En Alemania también había madres, y ella colocaba el
sentimiento de la maternidad por encima de todas las diferencias
patrióticas.
--¡Pobre señora von Hartrott! Su carta, escrita un mes antes, sólo
contenía fúnebres noticias y palabras de desesperación. El capitán Otto
había muerto. Muerto también uno de sus hermanos menores. Este, al
menos, ofrecía á la madre el consuelo de haber caído en un territorio
dominado por los suyos. Podía llorar junto á su tumba. El otro estaba
enterrado en suelo francés; nadie sabía dónde. Jamás descubriría ella
sus restos, confundidos con centenares de cadáveres; ignoraría
eternamente dónde se consumía este cuerpo salido de sus entrañas... Un
tercer hijo estaba herido en Polonia. Sus dos hijas habían perdido á sus
prometidos, y la desesperaban con su mudo dolor. Von Hartrott seguía
presidiendo sociedades patrióticas y hacía planes de engrandecimiento
sobre la próxima victoria, pero había envejecido mucho en los últimos
meses. El «sabio» era el único que se mantenía firme. Las desgracias de
la familia recrudecían la ferocidad del profesor Julius von Hartrott.
Calculaba, para un libro que estaba escribiendo, los centenares de miles
de millones que Alemania debería exigir después de su triunfo y las
partes de Europa que necesitaba hacer suyas...
La señora Desnoyers creyó escuchar desde la avenida Víctor Hugo aquel
llanto de madre que corría silencioso en una casa de Berlín.
«Comprenderás mi desesperación, Luisa... ¡Tan felices que éramos! ¡Que
Dios castigue á los que han hecho caer sobre el mundo tantas
desgracias! El emperador es inocente. Sus enemigos tienen la culpa de
todo...»
Don Marcelo callaba en presencia de su esposa. Compadecía á Elena por su
infortunio, pasando por alto las afirmaciones políticas de la carta. Se
enterneció además al ver cómo lloraba doña Luisa á su sobrino Otto.
Había sido su madrina de bautizo y Desnoyers el padrino. Era verdad; don
Marcelo lo había olvidado. Vió con la imaginación la plácida vida de la
estancia, los juegos de la chiquillería rubia, que él acariciaba á
espaldas del abuelo, antes de que naciese Julio. Durante unos años había
dedicado á sus sobrinos todo su amor, desorientado por la tardanza de un
hijo propio. De buena fe se conmovió al pensar en la desesperación de
Karl.
Pero luego, al verse solo, una frialdad egoísta borraba estos
sentimientos. La guerra era la guerra, y los otros la habían buscado.
Francia debía defenderse, y cuantos más enemigos cayesen, mejor... Lo
único que debía interesarle á él era Julio. Y su fe en los destinos del
hijo le hizo experimentar una alegría brutal, una satisfacción de padre
cariñoso hasta la ferocidad.
--A ese no hay quien le mate... Me lo dice el corazón.
Otra desgracia más próxima quebrantó su calma. Un anochecer, al regresar
á la avenida Víctor Hugo, encontró á doña Luisa con aspecto de terror
llevándose las manos á la cabeza.
--La niña, Marcelo... ¡la niña!
Chichí estaba en el salón tendida en un sofá, pálida, con una blancura
verdosa, mirando ante ella fijamente, como si viese á alguien en el
vacío. No lloraba; sólo un ligero brillo de nácar hacía temblar sus
ojos, redondeados por el espasmo.
--¡Quiero verle!--dijo con voz ronca--. ¡Necesito verle!
El padre adivinó que algo terrible le había ocurrido al hijo de Lacour.
Únicamente por esto podía mostrar Chichí tal desesperación. Su esposa le
fué relatando la triste noticia. René estaba herido, gravemente herido.
Un proyectil había estallado sobre su batería, matando á muchos de sus
compañeros. El oficial había sido extraído de un montón de cadáveres:
le faltaba una mano, tenía heridas en las piernas, en el tronco, en la
cabeza.
--¡Quiero verle!--repetía Chichí.
Y don Marcelo tuvo que hacer grandes esfuerzos para que su hija
desistiese de esta testarudez dolorosa que la impulsaba á exigir un
viaje inmediato al frente, atropellando obstáculos, hasta llegar al lado
del herido. El senador acabó de convencerla. Había que esperar; él, que
era su padre, tenía que resignarse. Estaba gestionando que René fuese
trasladado á un hospital de París.
El grande hombre inspiró lástima á Desnoyers. Hacía esfuerzos por
conservar su serenidad estoica de padre á estilo antiguo, recordaba á
sus ascendientes gloriosos y á todas las figuras heroicas de la
República romana. Pero estas ilusiones de orador se desplomaban de
pronto, y su amigo le sorprendió llorando más de una vez. ¡Un hijo
único, y podía perderlo!... El mutismo de Chichí le inspiraba aún mayor
conmiseración. No lloraba: su dolor era sin lágrimas, sin desmayos. La
palidez verdosa de su rostro, el brillo de fiebre de sus ojos, una
rigidez que le hacía marchar como un autómata, eran los únicos signos de
su emoción. Vivía con el pensamiento alejado, sin darse cuenta de lo que
la rodeaba.
Cuando el herido llegó á París, ella y el senador se transfiguraron.
Iban á verle, y esto bastó para que se imaginasen que ya se había
salvado.
La novia corrió al hospital con su futuro suegro y su madre. Luego fué
sola, quiso quedarse allí, vivir al lado del herido, declarando la
guerra á todos los reglamentos, chocando con monjas y enfermeras, que le
inspiraban un odio de rivalidad. Pero al ver el escaso resultado de sus
violencias, se empequeñeció, se hizo humilde, pretendiendo ganar con sus
gracias una por una á todas las mujeres. Al fin consiguió pasar gran
parte del día junto á René.
Desnoyers tuvo que retener sus lágrimas al contemplar al artillero en la
cama... ¡Ay! ¡así podía verse su hijo!... Le pareció una momia egipcia,
á causa de su envoltura de apretados vendajes. Los cascos de obús le
habían acribillado. Sólo pudo ver unos ojos dulces y un bigotillo rubio
asomando entre las tiras blancas. El pobre sonreía á Chichí, que velaba
junto á él con cierta autoridad, como si estuviese en su casa.
Transcurrieron dos meses. René se mejoró; ya estaba casi restablecido.
Su novia no había dudado de esta curación desde que la dejaron
permanecer junto á él.
--A mí no se me muere quien yo quiera--decía con una fe semejante á la
de su padre--. ¡A cualquier hora permito que los _boches_ me dejen sin
marido!
Conservaba á su «soldadito de azúcar», pero en un estado lamentable...
Nunca don Marcelo se dió cuenta del horror de la guerra como al ver
entrar en su casa á este convaleciente que había conocido meses antes
fino y esbelto, con una belleza delicada y algo femenil. Tenía el rostro
surcado por varias cicatrices que formaban un arabesco violáceo. Su
cuerpo guardaba ocultas otras semejantes. La mano izquierda había
desaparecido con una parte del antebrazo. La manga colgaba sobre el
vacío doloroso del miembro ausente. La otra mano se apoyaba en un
bastón, auxilio necesario para poder mover una pierna que no quería
recobrar su elasticidad.
Pero Chichí estaba contenta. Veía á su soldadito con más entusiasmo que
nunca: un poco deformado, pero muy interesante. Ella, seguida de su
madre, acompañaba al herido para que pasease por el Bosque. Sus miradas
se volvían fulminantes cuando, al atravesar una calle, automovilistas y
cocheros no retenían su carrera para dejar paso al inválido...
«_¡Emboscados_ sin vergüenza!...» Sentía la misma alma iracunda de las
mujeres del pueblo que en otros tiempos insultaban á René viéndole sano
y feliz. Temblaba de satisfacción y de orgullo al devolver el saludo á
sus amigas. Sus ojos hablaban: «Sí; éste es mi novio... Un héroe.» Le
preocupaba la Cruz de Guerra puesta en el pecho de la blusa «horizonte».
Sus manos cuidaban de su arreglo, para que se destacase con mayor
visualidad. Se ocupaba en prolongar la vida de su uniforme, siempre el
mismo, el viejo, el que llevaba en el momento de ser herido. Uno nuevo
le daría cierto aire de militar oficinesco, de los que se quedaban en
París.
En vano René, cada vez más fuerte, quería emanciparse de sus cuidados
dominadores. Era inútil que intentase marchar con ligereza y soltura.
--Apóyate en mí.
Y tenía que tomar el brazo de su novia. Todos los planes de ella para el
porvenir se basaban en la fiereza con que protegería á su marido, en los
cuidados que iba á dedicar á su debilidad.
--¡Mi pobre invalidito!--decía con susurro amoroso--. ¡Tan feo y tan
inútil que me lo han dejado esos pillos!... Pero, por suerte, me tiene á
mí, que lo adoro... Nada importa que te falte una mano; yo te cuidaré:
serás mi hijito. Vas á ver, cuando nos casemos, con qué regalo vives,
cómo te llevaré de elegante y acicalado... Pero ¡ojo con las otras! Mira
que á la primera que me hagas, invalidito, te dejo abandonado á tu
inutilidad.
Desnoyers y el senador también se ocupaban del porvenir de ellos, pero
de un modo más positivo. Había que realizar el matrimonio cuanto antes.
¿Qué esperaban?... La guerra no era un obstáculo. Se efectuaban más
casamientos que nunca, en el secreto de la intimidad. El tiempo no era
de fiestas.
Y René Lacour se quedó para siempre en la casa de la avenida Víctor Hugo
después de la ceremonia nupcial, presenciada por una docena de personas.
Don Marcelo había soñado otras cosas para su hija: una boda ruidosa de
la que hablasen largamente los periódicos, un yerno de brillante
porvenir... Pero ¡ay, la guerra! Todos veían destruídas á aquellas horas
algunas de sus ilusiones.
Se consoló apreciando su situación. ¿Qué le faltaba? Chichí era feliz,
con una alegría egoísta y ruidosa que dejaba en olvido todo lo que no
fuese su amor. Sus negocios no podían resultar mejores. Después de la
crisis de los primeros momentos, las necesidades de los beligerantes
arrebataban los productos de sus estancias. Jamás había alcanzado la
carne precios tan altos. El dinero afluía á él con más ímpetu que antes
y los gastos de su vida habían disminuído... Julio estaba en peligro de
muerte, pero él tenía la convicción de que nada malo podía ocurrirle. Su
única preocupación era permanecer tranquilo, evitándose las emociones
fuertes. Experimentaba cierta alarma al considerar la frecuencia con que
se sucedían en París los fallecimientos de personas conocidas:
políticos, artistas, escritores. Todos los días caía alguien de cierto
nombre. La guerra no sólo mataba en el frente. Sus emociones volaban
como flechas por las ciudades, tumbando á los quebrantados, á los
débiles, que en tiempo normal habrían prolongado su existencia.
«¡Atención, Marcelo!--se decía con un regocijo egoísta--. Mucha calma.
Hay que evitar á los cuatro jinetes del amigo Tchernoff.»
Pasó una tarde en el estudio conversando con éste y Argensola de las
noticias que publicaban los periódicos. Se había iniciado una ofensiva
de los franceses en Champaña, con grandes avances y muchos prisioneros.
Desnoyers pensó en la pérdida de vidas que esto podía representar. Pero
la suerte de Julio no le hizo sentir ninguna inquietud. Su hijo no
estaba en aquella parte del frente. El día anterior había recibido una
carta de él fechada una semana antes; pero casi todas llegaban con igual
retraso. El subteniente Desnoyers se mostraba animoso y alegre. Lo iban
á ascender de un momento á otro: figuraba entre los propuestos para la
Legión de Honor. Don Marcelo se veía en lo futuro padre de un general
joven, como los de la Revolución. Contempló los bocetos en torno de él,
admirándose de que la guerra hubiese torcido de un modo tan
extraordinario la carrera de su hijo.
Al volver á casa se cruzó con Margarita Laurier, que iba vestida de
luto. El senador le había hablado de ella pocos días antes. Su hermano
el artillero acababa de morir en Verdún.