Junto á los arroyos aleteaban ropas blancas puestas á secar. Filas de

hombres despechugados hacían frente al fresco de la mañana, inclinándose

sobre la lámina acuática para lavarse con ruidosas ablaciones seguidas

de enérgicos restriegos... En un puente escribía un soldado, empleando

como mesa el parapeto... Los cocineros se movían en torno de las ollas

humeantes. Un tufillo grasiento de sopa matinal iba esparciéndose entre

los perfumes resinosos de los árboles y el olor de la tierra mojada.

Largos barracones de madera y cinc servían á la caballería y la

artillería para guardar el ganado y el material. Los soldados limpiaban

y herraban al aire libre los caballos, lucios y gordos. La guerra de

trincheras mantenía á éstos en plácida obesidad.

--¡Si hubiesen estado así en la batalla del Marne!...--dijo Desnoyers á

su amigo.

Ahora, la caballada vivía en interminable descanso. Sus jinetes

combatían á pie, haciendo fuego en las trincheras. Las bestias se

hinchaban en una tranquilidad conventual, y había que sacarlas de paseo

para que no enfermasen ante el pesebre repleto.

Se destacaron sobre la llanura, como libélulas grises, varios aeroplanos

dispuestos á volar. Muchos hombres se agrupaban en torno de ellos. Los

campesinos convertidos en soldados consideraban con admiración al

camarada encargado del manejo de estas máquinas. Veían en su persona el

mismo poder de los brujos venerados y temidos en los cuentos de la

aldea.

Don Marcelo se fijó en la transformación general del uniforme de los

franceses. Todos iban vestidos de azul grisáceo de cabeza á pies. Los

pantalones de grana, los kepis rojos que había visto en las jornadas del

Marne, ya no existían. Los hombres que transitaban por los caminos eran

militares. Todos los vehículos, hasta las carretas de bueyes, iban

guiados por un soldado.

Se detuvo de pronto el automóvil junto á unas casas arruinadas y

ennegrecidas por el incendio.

--Ya hemos llegado--dijo el oficial--. Ahora habrá que caminar un poco.

El senador y su amigo empezaron á marchar por la carretera.

--Por ahí no--volvió á decir el guía--. Ese camino es nocivo para la

salud. Hay que librarse de las corrientes de aire.

Explicó que los alemanes tenían sus cañones y atrincheramientos al final

de esta carretera, que descendía por una depresión del terreno y

remontaba en el horizonte su cinta blanca entre dos filas de árboles y

casas quemadas. La mañana lívida, con su esfumamiento brumoso, les ponía

á cubierto del fuego enemigo. En un día de sol, la llegada del automóvil

habría sido saludada con un obús. «Esta guerra es así--terminó

diciendo--; se aproxima uno á la muerte sin verla.»

Se acordaron los dos de las recomendaciones del general que los había

tenido el día antes á su mesa. «Mucho cuidado: la guerra de trincheras

es traidora.» Vieron ante ellos el inmenso campo sin una persona, pero

con su aspecto ordinario. Era el campo en domingo, cuando los

trabajadores están en sus casas y el suelo parece reconcentrarse en

silenciosa meditación. Se veían objetos informes abandonados en la

llanura, como los instrumentos agrícolas en día de asueto. Tal vez eran

automóviles rotos, armones de artillería destrozados por la explosión de

su carga.

--Por aquí--dijo el oficial, al que se habían agregado cuatro soldados

para llevar á hombros varios sacos y paquetes traídos por Desnoyers en

el techo del automóvil.

Avanzaron en fila á lo largo de un muro de ladrillos ennegrecidos,

siguiendo un camino descendente. A los pocos pasos la superficie del

suelo estaba á la altura de sus rodillas; más allá les alcanzaba al

talle; luego á los hombros; y así se hundieron en la tierra, viendo

únicamente sobre sus cabezas una estrecha faja de cielo.

Estaban en pleno campo. Habían dejado á sus espaldas el grupo de ruinas

que ocultaba la entrada del camino. Marchaban de un modo absurdo, como

si aborreciesen la línea recta, en zigzag, en curvas, en ángulos. Otros

senderos no menos complicados partían de esta zanja, que era la avenida

central de una inmensa urbe subterránea. Caminaban... caminaban.

Transcurrió un cuarto de hora, media hora, una hora entera. Lacour y su

amigo pensaban con nostalgia en las carreteras flanqueadas de árboles,

en la marcha al aire libre, viendo el cielo y los campos. No daban

veinte pasos seguidos en la misma dirección. El oficial, que marchaba

delante, desaparecía á cada momento en una revuelta. Los que iban detrás

jadeaban y hablaban invisibles, teniendo que apresurar el paso para no

perderse. De vez en cuando hacían alto para reconcentrarse y contarse,

por miedo á que alguien se hubiese extraviado en una galería

transversal. El suelo era resbaladizo. En algunos lugares había un barro

casi líquido, blanco y corrosivo, semejante al que chorrea de los

andamios de una casa en construcción.

El eco de sus pasos, el roce de sus hombros, desprendían terrones y

guijarros de los dos taludes. De tarde en tarde subía el zanjón y los

caminantes subían con él. Bastaba un pequeño esfuerzo para ver por

encima de los montones de tierra. Pero lo que veían eran campos

incultos, alambrados con postes en cruz, el mismo aspecto de llanura que

descansa, falta de habitantes. Sabía por experiencia el oficial lo que

costaba muchas veces esta curiosidad, y no les permitía prolongarla:

«Adelante, adelante.»

Llevaban hora y media caminando. Los dos viajeros empezaron á sentir la

fatiga y la desorientación de esta marcha en zigzag. No sabían ya si

avanzaban ó retrocedían. Las rudas pendientes, las continuas revueltas,

produjeron en ellos un principio de vértigo.

--¿Falta mucho para llegar?--preguntó el senador.

--Allí--dijo el oficial, señalando por encima de los montones de tierra.

Allí, era un campanario en ruinas y varias casas quemadas que se veían á

lo lejos: los restos de un pueblo tomado y perdido varias veces por unos

y otros.

El mismo trayecto lo habrían hecho sobre la corteza terrestre en media

hora marchando en línea recta. A los ángulos del camino subterráneo,

preparados para impedir un avance del enemigo, había que añadir los

obstáculos de la fortificación de campaña: túneles cortados por verjas;

jaulones de alambre que estaban suspendidos, pero al caer obstruían el

zanjón, pudiendo los defensores hacer fuego á través de su enrejado.

Empezaron á encontrar soldados con fardos y cubos de agua. Se perdían en

la tortuosidad de los senderos transversales. Algunos, sentados en un

montón de maderos, sonreían leyendo un pequeño periódico redactado en

las trincheras.

Se notaban en el camino los mismos indicios que denuncian sobre la

superficie de la tierra la proximidad de una población. Se apartaban los

soldados para abrir paso á la comitiva; asomaban caras barbudas y

curiosas en los callejones. Sonaba á lo lejos un estrépito de ruidos

secos, como si al final de la vía tortuosa existiese un polígono de tiro

ó se ejercitase un grupo de cazadores en derribar palomas.

La mañana continuaba nebulosa y glacial. A pesar del ambiente húmedo,

un moscardón de zumbido pegajoso cruzó varias veces sobre los dos

visitantes.

--Balas--dijo lacónicamente el oficial.

Desnoyers había hundido un poco su cabeza entre los hombros. Conocía

perfectamente este ruido de insecto. El senador marchó más aprisa: ya no

sentía cansancio.

Se vieron ante un teniente coronel, que los recibió como un ingeniero

que enseña sus talleres, como un oficial de marina que muestra las

baterías y torres de su acorazado. Era el jefe del batallón que ocupaba

este sector de las trincheras. Don Marcelo le miró con interés al pensar

que su hijo estaba bajo sus órdenes.

--Esto es lo mismo que un buque--dijo luego de saludarles.

Los dos amigos reconocieron que las fortificaciones subterráneas tenían

cierta semejanza con las entrañas de un navío. Pasaron de trinchera en

trinchera. Eran las de última línea, las más antiguas: galerías obscuras

en las que sólo entraban hilillos de luz á través de las aspilleras y

las ventanas amplias y bajas de las ametralladoras. La larga línea de

defensa formaba un túnel, cortado por breves espacios descubiertos. Se

iba saltando de la luz á la obscuridad y de la obscuridad á la luz con

una rudeza visual que fatigaba los ojos. En los espacios abiertos el

suelo era más alto. Había banquetas de tablas empotradas en los taludes

para que los observadores pudiesen sacar la cabeza ó examinar el paisaje

valiéndose del periscopio. Los espacios cerrados servían á la vez de

baterías y dormitorios.

Estos acuartelamientos habían sido al principio trincheras descubiertas,

iguales á las de la primera línea. Al repeler al enemigo y ganar

terreno, los combatientes, que llevaban en ellas todo un invierno,

habían buscado instalarse con la mayor comodidad. Sobre las zanjas al

aire libre habían atravesado vigas de las casas arruinadas; sobre las

vigas, tablones, puertas, ventanas, y encima del maderaje varías filas

de sacos de tierra. Estos sacos estaban cubiertos por una capa de humus

de la que brotaban hierbas, dando al lomo de la trinchera una placidez

verde y pastoril. Las bóvedas de ocasión resistían la caída de los

obuses, que se enterraban en ellas sin causar grandes daños. Cuando un

estallido las quebrantaba demasiado, los trogloditas salían de noche,

como hormigas desveladas, recomponiendo ágilmente el «tejado» de su

vivienda.

Todo aparecía limpio, con la pulcritud ruda y algo torpe que pueden

conseguir los hombres cuando viven lejos de las mujeres y entregados á

sus propios recursos. Estas galerías tenían algo de claustro de

monasterio, de cuadra de presidio, de entrepuente de acorazado. Su piso

era medio metro más bajo que el de los espacios descubiertos que unían á

unas trincheras con otras. Para que los oficiales pudiesen avanzar sin

bajadas y subidas, unos tablones formando andamio estaban tendidos de

puerta á puerta.

Al ver los soldados al jefe se formaban en fila. Sus cabezas quedaban al

nivel del talle de los que iban pasando por los tablones. Desnoyers miró

con avidez á todos estos hombres. ¿Dónde estaría Julio?...

Se fijó en la fisonomía especial de los diversos reductos. Todos

parecían iguales en su construcción, pero los ocupantes los habían

modificado con sus adornos. La cara exterior era siempre la misma,

cortada por aspilleras en las que había fusiles apuntados hacia el

enemigo y por ventanas de ametralladoras. Los vigías, de pie junto á

estas aberturas, espiaban el campo solitario, como los marinos de cuarto

exploran el mar desde el puente. En las caras interiores estaban los

armeros y los dormitorios: tres filas de literas hechas con tablas,

iguales á los lechos de los hombres de mar. El deseo de ornato artístico

que sienten las almas simples había embellecido los subterráneos. Cada

soldado tenía un museo formado con láminas de periódicos y postales de

colores. Retratos de comediantas y bailarinas sonreían con su boca

pintada en el charolado cartón, alegrando el ambiente casto del reducto.

Don Marcelo sintió impaciencia al ver tantos centenares de hombres sin

encontrar entre ellos á su hijo. El senador, avisado por sus ojeadas,

habló al jefe, que le precedía con grandes muestras de deferencia. Este

hizo un esfuerzo de memoria para recordar quién era Julio Desnoyers.

Pero su duda fué corta. Se acordó de las hazañas del sargento.

--Un excelente soldado--dijo--; van á llamarlo inmediatamente, señor

senador... Está de servicio con su sección en las trincheras de primera

línea.

El padre, impaciente por verle, propuso que los llevasen á ellos á este

sitio avanzado; pero su petición hizo sonreir al jefe y á los otros

militares. No eran para visitas de paisanos estas zanjas descubiertas, á

cien metros, á cincuenta metros del enemigo, sin otra defensa que

alambrados y sacos de tierra. El barro resultaba perpetuo en ellas;

había que arrastrarse, expuestos á recibir un balazo, sintiendo caer en

la espalda la tierra levantada por los proyectiles. Sólo los

combatientes podían frecuentar estas obras avanzadas.

--Siempre hay peligro--continuó el jefe--, siempre hay tiroteo... ¿Oye

usted cómo tiran?

Desnoyers percibió, efectivamente, un crepitamiento lejano en el que no

se había fijado hasta entonces. Experimentó una sensación de angustia al

pensar que su hijo estaba allí, donde sonaba la fusilería. Se le

aparecieron con todo el relieve de la realidad los peligros que le

rodeaban diariamente. ¿Si moriría en aquellos momentos, antes de que él

pudiese verle?...

Transcurrió el tiempo para don Marcelo con una desesperante lentitud.

Pensó que el mensajero que había salido con el aviso para la trinchera

avanzada no llegaría nunca. Apenas se fijó en las dependencias que les

iba mostrando el jefe: piezas subterráneas que servían á los soldados de

gabinetes de aseo y desaseo; salas de baño de una instalación primitiva;

una cueva con un rótulo: «Café de la Victoria»; otra cueva con un

letrero: «Teatro»... Lacour se interesaba por todo esto, celebrando la

alegría francesa, que ríe y canta ante el peligro. Su amigo continuaba

pensando en Julio. ¿Cuándo le encontraría?...

Se detuvieron junto á una ventana de ametralladora, manteniéndose, por

recomendación de los militares, á ambos lados de la hendidura

horizontal, ocultando el cuerpo, avanzando la cabeza prudentemente para

mirar con un solo ojo. Vieron una profunda excavación y el borde opuesto

del suelo. A corta distancia, varias filas de equis de madera unidas por

hilos de púas, que formaban un alambrado compacto. Cien metros más allá,

un segundo alambrado. Reinaba un silencio profundo, un silencio de

absoluta soledad, como si el mundo estuviese dormido.

--Ahí están los _boches_--dijo el comandante con voz apagada.

--¿Dónde?--preguntó el senador esforzándose por ver.

Indicó el jefe el segundo alambrado, que Lacour y su amigo creían

perteneciente á los franceses. Era de la trinchera alemana.

--Estamos á cien metros de ellos--continuó--, pero hace tiempo que no

atacan por este lado.

Los dos experimentaron cierta emoción al pensar que el enemigo estaba á

tan corta distancia, oculto en el suelo, en una invisibilidad misteriosa

que aún le hacía más temible. ¡Si surgiese de pronto con la bayoneta

calada, con la granada de mano, los líquidos incendiarios y las bombas

asfixiantes para asaltar el reducto!...

Desde esta ventana percibieron con más intensidad el tiroteo de la

primera línea. Los disparos parecían aproximarse. El comandante les hizo

abandonar rudamente su observatorio: temía que se generalizase el fuego,

llegando hasta allí. Los soldados, sin recibir órdenes, con la prontitud

de la costumbre, se habían aproximado á sus fusiles, que estaban en

posición horizontal asomando por las aspilleras.

Otra vez los visitantes marcharon uno tras de otro. Descendieron á

cuevas que eran antiguas bodegas de casas desaparecidas. Los oficiales

se habían instalado en estos antros, utilizando todos los residuos de la

destrucción. Una puerta de calle sobre dos caballetes de troncos era una

mesa. Las bóvedas y paredes estaban tapizadas con cretona de los

almacenes de París. Fotografías de mujeres y niños adornaban las paredes

entre el brillo niquelado de aparatos telegráficos y telefónicos.

Desnoyers vió sobre una puerta un Cristo de marfil, amarillento por los

años, tal vez por los siglos: una imagen heredada de generación en

generación, que debía haber presenciado muchas agonías... En otra cueva

encontró, en lugar ostensible, una herradura de siete agujeros. Las

creencias religiosas extendían sus alas con toda amplitud en este

ambiente de peligro y de muerte, y al mismo tiempo adquirían nuevo valor

las supersticiones más grotescas, sin que nadie osase reír de ellas.

Al salir de uno de los subterráneos, en mitad de un espacio descubierto,

encontró á su hijo. Supo que era él por el gesto indicador del jefe,

porque un militar avanzaba sonriente, tendiéndole las manos. El instinto

de la paternidad, del que había hablado tantas veces como de algo

infalible, no le avisó en la presente ocasión. ¿Cómo podía reconocer á

Julio en este sargento cuyos pies era dos bolas de tierra mojada, con un

capote descolorido y de bordes deshilachados, lleno de barro hasta los

hombros, oliendo á paño húmedo y á correa?... Después del primer abrazo,

echó la cabeza atrás para contemplarle, sin desprenderse de él. Su

palidez morena había adquirido un tono bronceado. Llevaba la barba

crecida, una barba negra y rizosa. Don Marcelo se acordó de su suegro.

El centauro Madariaga se reconocería indudablemente en este guerrero

endurecido por la vida al aire libre. Lamentó en el primer momento su

aspecto sucio y fatigado; luego volvió á encontrarle más hermoso, más

interesante que en sus épocas de gloria mundana.

--¿Qué necesitas?... ¿Qué deseas?

Su voz temblaba de ternura. Habló al combatiente tostado y robusto con

la misma entonación que usaba veinte años antes, cuando se detenía ante

los escaparates de Buenos Aires llevando á un niño de la mano.

--¿Quieres dinero?...

Había traído una cantidad importante para entregarla á su hijo. Pero el

militar hizo un gesto de indiferencia, como si le ofreciese un juguete.

Nunca había sido tan rico como en el momento presente. Tenía mucho

dinero en París y no sabía qué hacer de él: de nada le servía.

--Envíeme cigarros... Son para mí y para los camaradas.

Recibía grandes paquetes de su madre llenos de víveres escogidos, de

tabaco, de ropas. Pero él no guardaba nada; todo era poco para atender á

sus compañeros, hijos de familias pobres ó que estaban solos en el

mundo. Su munificencia se había extendido desde su grupo á la compañía,

y de ésta á todo el batallón. Don Marcelo adivinó una popularidad

simpática en las miradas y sonrisas de los soldados que pasaban junto á

ellos. Era el hijo generoso de un millonario. Y esta popularidad le

acarició á él igualmente al circular la noticia de que había llegado el

padre del sargento Desnoyers, un potentado que poseía fabulosas riquezas

al otro lado del mar.

--He adivinado tus deseos--continuó el viejo.

Y buscaba con la vista los sacos traídos desde el automóvil por las

tortuosidades del camino subterráneo.

Todas las hazañas de su hijo ensalzadas y amplificadas por Argensola

desfilaban ahora por su memoria. Tenía al héroe ante sus ojos.

--¿Estás contento?... ¿No te arrepientes de tu decisión?...

--Sí; estoy contento, papá... muy contento.

Julio habló sin jactancia, modestamente. Su vida era dura, pero igual á

la de millones de hombres. En su sección, que sólo se componía de unas

docenas de soldados, los había superiores á él por la inteligencia, por

sus estudios, por su carácter. Y todos sobrellevaban animosamente la

ruda prueba, experimentando la satisfacción del deber cumplido. Además,

el peligro en común servía para desarrollar las más nobles virtudes de

los hombres. Nunca en tiempo de paz había sabido como ahora lo que era

el compañerismo. ¡Qué sacrificios tan hermosos había presenciado!

--Cuando esto termine, los hombres serán mejores... más generosos. Los

que queden con vida podrán hacer grandes cosas.

Sí; estaba contento. Por primera vez paladeaba el goce de considerarse

útil, la convicción de que servía para algo, de que su paso por el mundo

no resultaría infructuoso. Se acordaba con lástima de aquel Desnoyers

que no sabía cómo ocupar el vacío de su existencia y lo rellenaba con

toda clase de frivolidades. Ahora tenía obligaciones que absorbían todas

sus fuerzas; colaboraba en la formación del porvenir; era un hombre.

--Estoy contento--repitió.

El padre lo creía. Pero en un rincón de su mirada franca se imaginó ver

algo doloroso, un recuerdo tal vez del pasado que persistía entre las

emociones del presente. Cruzó por su memoria la gentil figura de la

señora Laurier. Adivinó que su hijo aún se acordaba de ella. «¡Y no

poder traérsela!...» El padre rígido del año anterior se contempló con

asombro al formular mentalmente este deseo inmoral.

Pasaron un cuarto de hora sin soltarse las manos, mirándose en los ojos.

Julio preguntó por su madre y por Chichí. Recibía cartas de ellas con

frecuencia, pero esto no bastaba á su curiosidad. Rió al conocer la vida

amplia y abundante de Argensola. Estas noticias que le alegraban venían

de un mundo que sólo estaba á cien kilómetros en línea recta, pero tan

lejano... ¡tan lejano!

De pronto notó el padre que le oía con menos atención. Sus sentidos,

aguzados por una vida de alarmas y asechanzas, parecían apartarse de

allí, atraídos por el tiroteo. Ya no eran disparos aislados. Se unían,

formando un crepitamiento continuo.

Apareció el senador, que se había alejado para que el padre y el hijo

hablasen con más libertad.

--Nos echan de aquí, amigo mío. No tenemos suerte en nuestras visitas.

Ya no pasaban soldados. Todos habían acudido á ocupar sus puestos, como

en un buque que se prepara al combate. Julio tomó su fusil, que había

dejado contra el talud. En el mismo instante saltó un poco de polvo

encima de la cabeza de su padre; se formó un pequeño agujero en la

tierra.

--Pronto, lejos de aquí--dijo empujando á don Marcelo.

En el interior de una trinchera cubierta fué la despedida, breve,

nerviosa: «Adiós, papá.» Un beso, y le volvió la espalda. Deseaba

correr cuanto antes al lado de los suyos.

Se había generalizado el fuego en toda la línea. Los soldados disparaban

serenamente, como si cumpliesen una función ordinaria. Era un combate

que surgía todos los días, sin saber ciertamente quién lo había

iniciado, como una consecuencia del emplazamiento de dos masas armadas á

corta, distancia, frente á frente. El jefe del batallón abandonó á sus

visitantes temiendo una intentona de ataque.

Otra vez el oficial encargado de guiarles se puso á la cabeza de la fila

y empezaron á desandar el camino tortuoso y resbaladizo.

El señor Desnoyers marchaba con la cabeza baja, colérico por esta

intervención del enemigo que había cortado su dicha.

Ante sus ojos revoloteaba la mirada de Julio, su barba negra y rizosa,

que era para él la mayor novedad del viaje. Oía su voz grave de hombre

que ha encontrado un nuevo sentido á la vida.

--Estoy contento, papá... estoy contento.

El tiroteo, cada vez más lejano, le producía una dolorosa inquietud.

Luego sintió una fe instintiva, absurda, firmísima. Veía á su hijo

hermoso é inmortal como un dios. Tenía el presentimiento de que su vida

saldría intacta de todos los peligros. Que muriesen otros era natural:

¡pero Julio!...

Mientras caminaba, alejándose de él, la esperanza parecía cantar en su

oído. Y como un eco de sus gratas afirmaciones, el padre repitió

mentalmente:

--No hay quien le mate. Me lo anuncia el corazón, que nunca me engaña...

¡No hay quien le mate!

IV

No hay quien le mate

Cuatro meses después, la confianza de don Marcelo sufrió un rudo golpe.

Julio estaba herido. Pero al mismo tiempo que recibía la noticia con un

retraso lamentable, Lacour le tranquilizó con sus averiguaciones en el

Ministerio de la Guerra. El sargento Desnoyers era subteniente, su

herida estaba casi curada, y gracias á las gestiones del senador vendría

á pasar una quincena de convalecencia al lado de su familia.

--Un valiente, amigo mío--terminó diciendo el personaje--. He leído lo

que dicen de él sus jefes. Al frente de su pelotón atacó á una compañía

alemana; mató por su mano al capitán; hizo no sé cuántas hazañas más...

Le han dado la Medalla Militar, lo han hecho oficial... Un verdadero

héroe.

Y el padre, llorando de emoción, movía su cabeza temblorosamente, cada

vez más envejecido y más entusiasta. Se arrepintió de su falta de fe en

los primeros momentos, al recibir la noticia de la herida. Casi había

creído que su hijo podía morir. ¡Un absurdo!... A Julio no había quien

lo matase: se lo afirmaba el corazón.

Le vió entrar un día en su casa, entre gritos y espasmos de las mujeres.

La pobre doña Luisa lloraba abrazada á él, colgándose de su cuello con

estertores de emoción. Chichí le contempló grave y reflexiva, colocando

la mitad de su pensamiento en el recién llegado, mientras el resto

volaba lejos, en busca de otro combatiente. Las doncellas cobrizas se

disputaron la abertura de un cortinaje, pasando por este hueco sus

curiosas miradas de antílope.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 30 / 33 段