desmoronado. Era el puesto más peligroso. Un oficial examinaba desde él
la línea enemiga para apreciar la exactitud de los disparos. Mientras
sus camaradas estaban debajo de la tierra, ó disimulados por el ramaje,
él cumplía su misión desde este punto visible.
A corta distancia de la torre se abrió ante sus ojos un pasillo
subterráneo. Descendieron por sus entrañas lóbregas, hasta dar con
varias habitaciones excavadas en el suelo. Un lado de montaña cortado á
pico era su fachada exterior. Angostas ventanillas perforadas en la
piedra daban luz y aire á estas piezas.
Un comandante viejo, encargado del sector, salió á su encuentro,
Desnoyers creyó ver á un jefe de sección de un gran almacén de París.
Sus ademanes eran exquisitos, su voz suave parecía implorar perdón á
cada palabra, como si se dirigiese á un grupo de damas ofreciéndoles los
géneros de última novedad. Pero esta impresión sólo duró un momento. El
soldado de pelo canoso y lentes de miope, que guardaba en plena guerra
los gestos de un director de fábrica recibiendo á sus clientes, mostró
al mover los brazos unas vendas y algodones en el interior de sus
mangas. Estaba herido en ambas muñecas por una explosión de obús, y sin
embargo continuaba en su sitio.
«¡Diablo de señor melifluo y almibarado!--pensó don Marcelo--. Hay que
reconocer que es alguien.»
Habían entrado en el puesto de mando, vasta pieza que recibía la luz por
una ventana horizontal de cuatro metros de ancho con sólo una altura de
palmo y medio. Parecía el espacio abierto entre dos hojas de persiana.
Debajo de ella se extendía una mesa de pino cargada de papeles, con
varios taburetes. Ocupando uno de estos asientos se abarcaba con los
ojos toda la llanura. En las paredes había aparatos eléctricos, cuadros
de distribución, bocinas acústicas y teléfonos, muchos teléfonos.
El comandante apartó y amontonó los papeles, ofreciendo los taburetes
con el mismo ademán que si estuviese en un salón.
--Aquí, señor senador.
Desnoyers, compañero humilde, tomó asiento á su lado. El comandante
parecía un director de teatro preparándose á mostrar algo
extraordinario. Colocó sobre la mesa un enorme papel que reproducía
todos los accidentes de la llanura extendida ante ellos: caminos,
pueblos, campos, alturas y valles. Sobre este mapa aparecía un grupo
triangular de líneas rojas en forma de abanico. El vértice era el sitio
donde ellos estaban; la parte ancha del triángulo el límite del
horizonte real que abarcaban con los ojos.
--Vamos á tirar contra este bosque--dijo el artillero señalando un
extremo de la carta--. Aquí es allá--continuó, designando en el
horizonte una pequeña línea obscura--. Tomen ustedes los gemelos.
Pero antes de que los dos apoyasen el borde de los oculares en sus
cejas, el comandante colocó sobre el mapa un nuevo papel. Era una
fotografía enorme y algo borrosa, sobre cuyos trazos aparecía un abanico
de líneas encarnadas igual al otro.
--Nuestros aviadores--continuó el artillero cortés--han tomado esta
mañana algunas vistas de las posiciones enemigas. Esto es una ampliación
de nuestro taller fotográfico... Según sus informes, hay acampados en el
bosque dos regimientos alemanes.
Don Marcelo vió en la fotografía la mancha del bosque y dentro de ella
líneas blancas que figuraban caminos, grupos de pequeños cuadrados que
eran manzanas de casas de un pueblo. Creyó estar en un aeroplano
contemplando la tierra á mil metros de altura. Luego se llevó los
gemelos á los ojos, siguiendo la dirección de una de las líneas rojas, y
vió agrandarse en el redondel de la lente una barra negra, algo
semejante á una línea gruesa de tinta: el bosque, el refugio de los
enemigos.
--Cuando usted lo disponga, señor senador, empezaremos--dijo el
comandante, llegando al último extremo de la cortesía--. ¿Está usted
pronto?...
Desnoyers sonrió levemente. ¿A qué iba á estar pronto su ilustre amigo?
¿De qué podía servir, simple mirón como él, y emocionado indudablemente
por lo nuevo del espectáculo?...
Sonaron á sus espaldas un sinnúmero de timbres: vibraciones que
llamaban, vibraciones que respondían. Los tubos acústicos parecían
hincharse con el galope de las palabras. El hilo eléctrico pobló el
silencio de la habitación con las palpitaciones de su vida misteriosa.
El amable jefe ya no se ocupaba de sus personas. Lo adivinaron á sus
espaldas ante la boca de un teléfono, conversando con sus oficiales á
varios kilómetros de distancia. El héroe dulzón y bienhablado no
abandonaba un momento su retorcida cortesía.
--¿Quiere usted tener la bondad de empezar?...--dijo suavemente al
oficial lejano--. Con mucho gusto le comunico la orden.
Sintió don Marcelo un ligero temblor nervioso junto á una de sus
piernas. Era Lacour, inquieto por la novedad. Iba á iniciarse el fuego;
iba ocurrir algo que no había visto nunca. Los cañones estaban encima de
sus cabezas: temblaría la bóveda como la cubierta de un buque cuando
disparan sobre ella. La habitación, con sus tubos acústicos y sus
vibraciones de teléfonos, era semejante al puente de un navío en el
momento del zafarrancho. ¡El estrépito que iba á producirse!...
Transcurrieron algunos segundos, que fueron larguísimos... De pronto, un
trueno lejano que parecía venir de las nubes. Desnoyers ya no sintió la
vibración nerviosa junto á su pierna. El senador se movió á impulsos de
la sorpresa; su gesto parecía decir: «¿Y esto es todo?...» Los metros de
tierra que tenían sobre ellos amortiguaron las detonaciones. El tiro de
una pieza gruesa equivalía á un garrotazo en un colchón. Más
impresionante resultaba el gemido del proyectil sonando á gran altura,
pero desplazando el aire con tal violencia, que sus ondas llegaban hasta
la ventana.
Huía... huía, debilitando su rugido. Pasó mucho tiempo antes de que se
notasen sus efectos. Los dos amigos llegaron á creer que se había
perdido en él espacio. «No llega... no llega», pensaban. De pronto
surgió en el horizonte, exactamente en el lugar indicado, sobre el
borrón del bosque, una enorme columna de humo, una torre giratoria de
vapor negro, seguida de una explosión volcánica.
--¡Qué mal debe vivirse allí!--dijo el senador.
El y Desnoyers experimentaron una impresión de alegría animal, un
regocijo egoísta, viéndose en lugar seguro, á varios metros debajo del
suelo.
--Los alemanes van á tirar de un momento á otro--dijo en voz baja don
Marcelo á su amigo.
El senador fué de la misma opinión. Indudablemente iban á contestar,
entablándose un duelo de artillería.
Todas las baterías francesas habían abierto el fuego. La montaña tronaba
incesantemente: se sucedían los rugidos de los proyectiles; el
horizonte, todavía silencioso, se iba erizando de negras columnas
salomónicas. Los dos reconocieron que se estaba muy bien en este
refugio, semejante á un palco de teatro...
Alguien tocó en un hombro á Lacour. Era uno de los capitanes que les
guiaban por el frente.
--Vamos arriba--dijo con sencillez--. Hay que ver de cerca cómo trabajan
nuestros cañones. El espectáculo vale la pena.
¿Arriba?... El personaje quedó perplejo, asombrado, como si le
propusiesen un viaje interplanetario. ¿Arriba, cuando los enemigos iban
á contestar de un momento á otro?...
El capitán explicó que el subteniente Lacour estaba tal vez esperando á
su padre. Habían avisado por teléfono á su batería, emplazada á un
kilómetro de distancia: debía aprovechar el tiempo para verle.
Subieron de nuevo á la luz por el boquete del subterráneo. El senador se
había erguido majestuosamente.
«Van á tirar--decía una voz en su interior--; van á contestar los
enemigos.»
Pero se ajustó el chaqué como un manto trágico, y siguió adelante, grave
y solemne. Si aquellos hombres de guerra, adversarios del
parlamentarismo, querían reír ocultamente de las emociones de un
personaje civil, se llevaban chasco.
Desnoyers admiró la decisión con que el grande hombre se lanzaba fuera
del subterráneo, lo mismo que si marchase contra el enemigo.
A los pocos pasos se desgarró la atmósfera en ondas tumultuosas. Los dos
vacilaron sobre los pies, mientras zumbaban sus oídos y creían sentir en
la nuca la impresión de un golpe. Se les ocurrió al mismo tiempo que ya
habían empezado á tirar los alemanes. Pero eran los suyos los que
tiraban. Una vedija de humo surgió del bosque, á una docena de metros,
disolviéndose instantáneamente. Acababa de disparar una de las piezas de
enorme calibre, oculta en el ramaje junto á ellos. Los capitanes dieron
una explicación sin detener el paso. Tenían que seguir por delante de
los cañones, sufriendo la violenta sonoridad de sus estampidos, para no
aventurarse en el espacio descubierto donde estaba el torreón del vigía.
También ellos esperaban de un momento á otro la contestación de
enfrente.
El que iba junto á don Marcelo le felicitó por la impavidez con que
soportaba los cañonazos.
--Mi amigo conoce eso--dijo el senador con orgullo--. Estuvo en la
batalla del Marne.
Los dos militares apreciaron con alguna extrañeza la edad de Desnoyers.
¿En qué lugar había estado? ¿A qué cuerpo pertenecía?...
--Estuve de víctima--dijo el aludido, modestamente.
Un oficial venía corriendo hacia ellos del lado del torreón, por el
espacio desnudo de árboles. Repetidas veces agitó su kepis para que le
viesen mejor. Lacour tembló por él. Podían distinguirle los enemigos; se
ofrecía como blanco al cortar imprudentemente el espacio descubierto,
con el deseo de llegar antes. Y aún tembló más al verle de cerca... Era
René.
Sus manos oprimieron con cierta extrañeza unas manos fuertes, nervudas.
Vió el rostro de su hijo con los rasgos más acentuados, obscurecido por
la pátina que de la existencia campestre. Un aire de resolución, de
confianza en las propias fuerzas, parecía desprenderse de su persona.
Seis meses de vida intensa le habían transformado. Era el mismo, pero
con el pecho más amplio, las muñecas más fuertes. Las facciones suaves y
dulces de la madre se habían perdido bajo esta máscara varonil. Lacour
reconoció con orgullo que ahora se parecía á él.
Después de los abrazos de saludo, René atendió á don Marcelo con más
asiduidad que á su padre. Creía percibir en su persona algo del perfume
de Chichí. Preguntó por ella: quería saber detalles de su vida, á pesar
de la frecuencia con que llegaban sus cartas.
El senador, mientras tanto, conmovido por su reciente emoción, había
tomado cierto aire oratorio al dirigirse á su hijo. Improvisó un
fragmento de discurso en honor de este soldado de la República que
llevaba el glorioso nombre de Lacour, juzgando oportuno el momento para
hacer conocer á aquellos militares profesionales los antecedentes de su
familia.
--Cumple tu deber, hijo mío. Los Lacour tienen tradiciones guerreras.
Acuérdate de nuestro abuelo, el comisario de la Convención, que se
cubrió de gloria en la defensa de Maguncia.
Mientras hablaba se habían puesto todos en marcha, doblando una punta
del bosque para colocarse detrás de los cañones.
Aquí, el estrépito era menos violento. Las grandes piezas, después de
cada disparo, dejaban escapar por la recámara una nubecilla de humo
semejante á la de una pipa. Los sargentos dictaban cifras, comunicadas
en voz baja por otro artillero que tenía en una oreja el auricular del
teléfono. Los sirvientes obedecían silenciosos en torno del cañón.
Tocaban una ruedecita, y el monstruo elevaba su morro gris, lo movía á
un lado ó á otro, con la expresión inteligente y la agilidad de una
trompa de elefante. Al pie de la pieza más próxima se erguía, con el
tirador en las manos, un artillero de cara impasible. Debía estar sordo.
Su embrutecimiento facial delataba cierta autoridad. Para él, la vida no
era mas que una serie de tirones y de truenos. Conocía su importancia.
Era el servidor de la tormenta, el guardián del rayo.
--¡Fuego!--gritó el sargento.
Y el trueno estalló á su voz. Todo pareció temblar; pero acostumbrados
los dos viajeros á oir los estampidos de las piezas por la parte de la
boca, les pareció de segundo orden el estrépito presente.
Lacour iba á continuar su relato sobre el glorioso abuelo de la
Convención, cuando algo extraordinario cortó su facundia.
--Tiran--dijo simplemente el artillero que ocupaba el teléfono.
Los dos oficiales repitieron al senador esta noticia, transmitida por
los vigías de la torre. ¿No había dicho él que los enemigos iban á
contestar?... Obedeciendo al santo instinto de conservación y empujado
al mismo tiempo por su hijo, se vió en un «abrigo» de la batería. No
quiso agazaparse en el interior de la estrecha cueva. Permaneció junto á
la entrada, con una curiosidad que se sobreponía á la inquietud.
Sintió venir al invisible proyectil á pesar del estrépito de los cañones
inmediatos. Percibía, con rara sensibilidad su paso á través de la
atmósfera por encima de los otros ruidos más potentes y cercanos. Era un
gemido que ensanchaba su intensidad; un triángulo sonoro, con el vértice
en el horizonte, que se abría al avanzar, llenando todo el espacio.
Luego ya no fué un gemido, fué un bronco estrépito; formado por diversos
choques y roces, semejantes al descenso de un tranvía eléctrico por una
calle en cuesta, á la carrera de un tren que pasa ante una estación sin
detenerse.
Le vió aparecer en forma de nube, agrandóse como si fuese á desplomarse
sobre la batería. Sin saber cómo, se encontró en el fondo del «abrigo»,
y sus manos tropezaron con el frío contacto de un montón de cilindros de
acero alineados como botellas. Eran proyectiles.
«Si la «marmita» alemana--pensó--estallase sobre esta madriguera... ¡qué
espantosa voladura!...»
Pero se tranquilizaba al considerar la solidez de la bóveda: vigas y
sacos de tierra se sucedían en un espesor de varios metros. Quedó de
pronto en absoluta obscuridad. Otro se había refugiado en el «abrigo»,
obstruyendo con su cuerpo la entrada de la luz: tal vez su amigo
Desnoyers.
Pasó un año que en su reloj sólo representaba un segundo; luego pasó un
siglo de igual duración... y al fin estalló el esperado trueno,
temblando el «abrigo», pero con blandura, con sorda elasticidad, como si
fuese de caucho. La explosión, á pesar de esto, resultaba horrible.
Otras explosiones menores, enroscadas, juguetonas y silbantes surgieron
detrás de la primera. Con la imaginación dió forma Lacour á este
cataclismo. Vió una serpiente alada vomitando chispas y humo, una
especie de monstruo wagneriano que al aplastarse contra el suelo abría
sus entrañas, esparciendo miles de culebrillas ígneas que lo cubrían
todo con sus mortales retorcimientos... El proyectil debía haber
estallado muy cerca, tal vez en la misma plazoleta ocupada por la
batería.
Salió del «abrigo», esperando encontrar un espectáculo horroroso de
cadáveres despedazados, y vió á su hijo que sonreía encendiendo un
cigarro y hablando con Desnoyers... ¡Nada! Los artilleros terminaban
tranquilamente de cargar una pieza gruesa. Habían levantado los ojos un
momento al pasar el proyectil enemigo, continuando luego su trabajo.
--Ha debido caer á unos trescientos metros--dijo René tranquilamente.
El senador, espíritu impresionable, sintió de pronto una confianza
heroica. No valía la pena ocuparse tanto de la propia seguridad cuando
los otros hombres, iguales á él--aunque fuesen vestidos de distinto
modo--, no parecían reconocer el peligro.
Y al pasar nuevos proyectiles, que iban á perderse en los bosques con
estallidos de cráter, permaneció al lado de su hijo, sin otro signo de
emoción que un leve estremecimiento en las piernas. Le parecía ahora que
únicamente los proyectiles franceses, por ser «suyos», daban en el
blanco y mataban. Los otros tenían la obligación de pasar por alto,
perdiéndose lejos entre un estrépito inútil. Con tales ilusiones se
fabrica el valor... «¿Y esto es todo?», parecían decir sus ojos.
Recordaba con cierta vergüenza su refugio en el «abrigo»; se reconocía
capaz de vivir allí, lo mismo que René.
Sin embargo, los obuses alemanes eran cada vez más frecuentes. Ya no se
perdían en el bosque; sus estallidos sonaban más cercanos. Los dos
oficiales cruzaron sus miradas. Tenían el encargo de velar por la
seguridad del ilustre visitante.
--Esto se calienta--dijo uno de ellos.
René, como si adivinase lo que pensaban, se dispuso á partir. «¡Adiós,
papá!» Estaba haciendo falta en su batería. El senador intentó
resistirse, quiso prolongar la entrevista, pero chocó con algo duro é
inflexible que repelía toda su influencia. Un senador valía poco entre
aquella gente acostumbrada á la disciplina.
--¡Salud, hijo mío!... Mucha suerte... Acuérdate de quién eres.
Y el padre lloró al oprimirle entre sus brazos. Lamentaba en silencio la
brevedad de la entrevista; pensó en los peligros que aguardaban á su
único hijo al separarse de él.
Cuando René hubo desaparecido, los capitanes iniciaron la marcha del
grupo. Se hacía tarde; debían llegar antes de anochecer á un determinado
acantonamiento. Iban cuesta abajo, al abrigo de una arista de la
montaña, viendo pasar muy altos los proyectiles enemigos.
En una hondonada encontraron varios grupos de cañones de 75. Estaban
esparcidos en la arboleda, disimulados por montones de ramaje, como
perros agazapados que ladraban asomando sus hocicos grises. Los grandes
cañones rugían con intervalos de grave pausa. Estas jaurías de acero
gritaban incesantemente, sin abrir el más leve paréntesis en su cólera
ruidosa, igual al rasgón de una tela que se parte sin fin. Las piezas
eran muchas, los disparos vertiginosos, y las detonaciones se confundían
en una sola, como las series de puntos se unen formando una línea
compacta.
Los jefes, embriagados por el estrépito, daban sus órdenes á gritos,
agitaban los brazos paseando por detrás de las piezas. Los cañones se
deslizaban sobre las cureñas inmóviles, avanzando y retrocediendo como
pistolas automáticas. Cada disparo arrojaba la cápsula vacía,
introduciendo al punto un nuevo proyectil en la recámara humeante.
Se arremolinaba el aire á espaldas de las baterías con oleaje furioso.
Lacour y su compañero recibían á cada tiro un golpe en el pecho, el
violento contacto de una mano invisible que los empujaba hacia atrás.
Tenían que acompasar su respiración al ritmo de los disparos. Durante
una centésima de segundo, entre la onda aérea barrida y la nueva onda
que avanzaba, sus pechos experimentaban la angustia del vacío. Desnoyers
admiró el ladrido de estos perros grises. Conocía bien sus mordeduras,
que alcanzaban á muchos kilómetros. Aún se mantenían frescas en su pobre
castillo.
A Lacour le pareció que las filas de cañones cantaban algo monótono y
feroz, como debieron ser los himnos guerreros de la humanidad de los
tiempos prehistóricos. Esta música de notas secas, ensordecedoras,
delirantes, iba despertando en los dos algo que duerme en el fondo de
todas las almas: el salvajismo de los remotos abuelos. El aire se
caldeaba con olores acres, punzantes, bestialmente embriagadores. Los
perfumes del explosivo llegaban hasta el cerebro por la boca, por las
orejas, por los ojos.
Experimentaron el mismo enardecimiento de los directores de las piezas,
que gritaban y braceaban en medio del trueno. Las cápsulas vacías iban
formando una capa espesa detrás de los cañones. ¡Fuego!... ¡siempre
fuego!
--Hay que rociar bien--gritaban los jefes--. Hay que dar un buen riego
al bosque donde están los _boches_.
Y las bocas del 75 regaban sin interrupción, inundando de proyectiles la
remota arboleda.
Enardecidos por esta actividad mortal, embriagados por la celeridad
destructora, sometidos al vértigo de las horas rojas, Lacour y Desnoyers
se vieron de pronto agitando sus sombreros, moviéndose de un lado á otro
como si fuesen á bailar la danza sagrada de la muerte, gritando con la
boca seca por el acre vapor de la pólvora: «¡Viva... viva!»
El automóvil rodó toda la tarde, deteniéndose algunas veces en los
caminos congestionados por el largo desfile de los convoyes. Pasaron á
través de campos sin cultivar, con esqueletos de viviendas. Corrieron á
lo largo de pueblos incendiados que no eran mas que una sucesión de
fachadas negras con huecos abiertos sobre el vacío.
--Ahora le toca á usted--dijo el senador á Desnoyers--. Vamos á ver á su
hijo.
Se cruzaron á la caída de la tarde con numerosos grupos de infantería,
soldados de luengas barbas y uniformes azules descoloridos por la
intemperie. Volvían de los atrincheramientos, llevando sobre la joroba
de sus mochilas palas, picos y otros útiles para remover la tierra, que
habían adquirido una importancia de armas de combate. Iban cubiertos de
barro de cabeza á pies. Todos parecían viejos en plena juventud. Su
alegría al volver al acantonamiento después de una semana de trinchera
poblaba el silencio de la llanura con canciones acompañadas por el sordo
choque de sus zapatos claveteados. En el atardecer de color de violeta,
el coro varonil iba esparciendo las estrofas aladas de la _Marsellesa_ ó
las afirmaciones heroicas del _Canto de partida_.
--Son los soldados de la Revolución--decía entusiasmado el senador--;
Francia ha vuelto á 1792.
Pasaron la noche en un pueblo medio arruinado, donde se había
establecido la comandancia de una división. Los dos capitanes se
despidieron. Otros se encargarían de guiarles en la mañana siguiente.
Se habían alojado en el «Hotel de la Sirena», edificio viejo, con la
fachada roída por los obuses. El dueño les mostró con orgullo una
ventana rota que había tomado la forma de un cráter. Esta ventana hacía
perder su importancia á la antigua muestra del establecimiento: una
mujer de hierro con cola de pescado. Como Desnoyers ocupaba la
habitación inmediata á la que había recibido el proyectil, el hotelero
quiso enseñársela antes de que se acostase.
Todo roto: paredes, suelo, techo. Los muebles hechos astillas en los
rincones; harapos de floreado papel colgando de las paredes. Por un
agujero enorme se veían las estrellas y entraba el frío de la noche. El
dueño hizo constar que este destrozo no era obra de los alemanes. Lo
había causado un proyectil del 75 al ser repelidos los invasores fuera
del pueblo. Y sonreía con patriótico orgullo ante la destrucción,
repitiendo:
--Es obra de los nuestros. ¿Qué le parece cómo trabaja el 75?... ¿Qué
dice usted de esto?...
A pesar de la fatiga del viaje, don Marcelo durmió mal, agitado por el
pensamiento de que su hijo estaba á corta distancia.
Una hora después del amanecer salieron del pueblo en automóvil, guiados
por otro oficial. A los dos lados del camino vieron campamentos y
campamentos. Dejaron atrás los parques de municiones; pasaron la tercera
línea de tropas; luego la segunda. Miles y miles de hombres se habían
instalado en pleno campo, improvisando sus viviendas. Este hormigueo
varonil recordaba, con su variedad de uniformes y razas, las grandes
invasiones de la Historia. No era un pueblo en marcha: el éxodo de un
pueblo lleva tras de él mujeres y niños. Aquí sólo se veían hombres,
hombres por todas partes.
Todos los géneros de habitación discurridos por la humanidad, á partir
de la caverna, eran utilizados en estas aglomeraciones militares. Las
cuevas y canteras servían de cuarteles. Unas chozas recordaban el rancho
americano; otras, cónicas y prolongadas, imitaban al _gurbi_ de África.
Muchos de los soldados procedían de las colonias; algunos habían vivido
como negociantes en países del nuevo mundo, y al tener que improvisar
una casa más estable que la tienda de lona, apelaban á sus recuerdos,
imitando la arquitectura de las tribus con las que estuvieron en
contacto. Además, en esta masa de combatientes había tiradores
marroquíes, negros y asiáticos, que parecían crecerse lejos de las
ciudades, adquiriendo á campo raso una superioridad que los convertía en
maestros de los civilizados.