En aquellos días preocupaba al viejo el recuerdo de ésta. La había

encontrado en la calle dando el brazo á su esposo, que ya estaba

restablecido de sus heridas. El ilustre Lacour contaba satisfecho la

reconciliación del matrimonio. El ingeniero sólo había perdido un ojo.

Ahora estaba al frente de su fábrica, requisada por el gobierno para la

fabricación de obuses. Era capitán y ostentaba dos condecoraciones. No

sabía ciertamente el senador cómo se había realizado la inesperada

reconciliación. Les había visto llegar un día á su casa juntos,

mirándose con ternura, olvidados completamente del pasado.

--¿Quién se acuerda de las cosas de antes de la guerra?--había dicho el

personaje--. Ellos y sus amigos han olvidado completamente lo del

divorcio. Vivimos todos una nueva existencia... Yo creo que los dos son

ahora más felices que antes.

Esta felicidad la había presentido Desnoyers al verles. Y el hombre de

rígida moral, que anatematizaba el año anterior la conducta de su hijo

con Laurier, teniéndola por la más nociva de las calaveradas, sintió

cierto despecho al contemplar á Margarita pegada á su marido, hablándole

con amoroso interés. Le pareció una ingratitud esta felicidad

matrimonial. ¡Una mujer que había influido tanto en la vida de Julio!...

¿Así pueden olvidarse los amores?...

Los dos habían pasado como si no le conociesen. Tal vez el capitán

Laurier no veía con claridad; pero ella le había mirado con sus ojos

cándidos, volviendo la vista precipitadamente para evitar su saludo...

El viejo se entristeció ante tal indiferencia, no por él, sino por el

otro. ¡Pobre Julio!... El inflexible señor, en plena inmoralidad mental,

lamentaba este olvido como algo monstruoso.

La guerra era otro objeto de conversación durante las tardes pasadas en

el estudio. Argensola ya no llevaba los bolsillos repletos de impresos,

como al principio de las hostilidades. Una calma resignada y serena

había sucedido á la excitación del primer momento, cuando las gentes

esperaban intervenciones extraordinarias y maravillosas. Todos los

periódicos decían lo mismo. Le bastaba con leer el comunicado oficial, y

este documento sabía esperarlo sin impaciencia, presintiendo que, poco

más ó menos, diría lo mismo que el anterior.

La fiebre de los primeros meses, con sus ilusiones y optimismos, le

parecía ahora algo quimérico. Los que no estaban en la guerra habían

vuelto poco á poco á las ocupaciones habituales. La existencia recobraba

su ritmo ordinario. «Hay que vivir», decían las gentes. Y la necesidad

de continuar la vida llenaba el pensamiento con sus exigencias

inmediatas. Los que tenían individuos armados en el ejército se

acordaban de ellos, pero sus ocupaciones amortiguaban la violencia del

recuerdo, acabando por aceptar la ausencia, como algo que de

extraordinario pasaba á ser normal. Al principio, la guerra cortaba el

sueño, hacía intragable la comida, amargaba el placer, dándole una

palidez fúnebre. Todos hablaban de lo mismo. Ahora, se abrían lentamente

los teatros, circulaba el dinero, reían las gentes, hablaban de la gran

calamidad, pero sólo á determinadas horas, como algo que iba á ser

largo, muy largo, y exigía con su fatalismo inevitable una gran

resignación.

--La humanidad se acostumbra fácilmente á la desgracia--decía

Argensola--, siempre que la desgracia sea larga... Esa es nuestra

fuerza; por eso vivimos.

Don Marcelo no aceptaba su resignación. La guerra iba á ser más corta de

lo que se imaginaban todos. Su entusiasmo le fijaba un término

inmediato: dentro de tres meses, en la primavera próxima. Y si la paz no

era en la primavera, sería en el verano.

Un nuevo interlocutor tomó parte en sus conversaciones. Desnoyers

conoció al vecino ruso, del que le hablaba Argensola. También este

personaje raro había tratado á su hijo, y esto bastó para que Tchernoff

le inspirase gran interés.

En tiempo normal, lo habría mantenido á distancia. El millonario era

partidario del orden. Abominaba de los revolucionarios, con el miedo

instintivo de todos los ricos que han creado su fortuna y recuerdan la

modestia de su origen. El socialismo de Tchernoff y su nacionalidad

habrían provocado forzosamente en su pensamiento una serie de imágenes

horripilantes: bombas, puñaladas, justas expiaciones en la horca, envíos

á Siberia. No, no era un amigo recomendable... Pero ahora don Marcelo

experimentaba un profundo trastorno en la apreciación de las ideas

ajenas. ¡Había visto tanto!... Los procedimientos terroríficos de la

invasión, la falta de escrúpulos de los jefes alemanes, la tranquilidad

con que los submarinos echaban á pique buques pacíficos cargados de

viajeros indefensos, las hazañas de los aviadores, que á dos mil metros

de altura arrojaban bombas sobre las ciudades abiertas, destrozando

mujeres y niños, le hacían recordar como sucesos sin importancia los

atentados del terrorismo revolucionario que años antes provocaban su

indignación.

--¡Y pensar--decía--que nos enfurecíamos, como si el mundo fuese á

deshacerse, porque alguien arrojaba una bomba contra un personaje!

Estos exaltados ofrecían para él una cualidad que atenuaba sus crímenes.

Morían víctimas de sus propios actos ó se entregaban sabiendo cuál iba á

ser su castigo. Se sacrificaban sin buscar la salida: rara vez se habían

salvado valiéndose de las precauciones de la impunidad. ¡Mientras que

los terroristas de la guerra!...

Con la violencia de su carácter imperioso, el viejo efectuaba una

reversión absoluta de valores.

--Los verdaderos anarquistas están ahora en lo alto--decía con risa

irónica--. Todos los que nos asustaban antes eran unos infelices... En

un segundo matan los de nuestra época más inocentes que los otros en

treinta años.

La dulzura de Tchernoff, sus ideas originales, sus incoherencias de

pensador acostumbrado á saltar de la reflexión á la palabra sin

preparación alguna, acabaron por seducir á don Marcelo. Todas sus dudas

las consultaba con él. Su admiración le hacía pasar por alto la

procedencia de ciertas botellas con que Argensola obsequiaba algunas

veces á su vecino. Aceptó con gusto que Tchernoff consumiese estos

recuerdos de la época en que vivía él luchando con su hijo.

Después de saborear el vino de la avenida Víctor Hugo, sentía el ruso

una locuacidad visionaria semejante á la de la noche en que evocó la

fantástica cabalgada de los cuatro jinetes apocalípticos.

Lo que más admiraba Desnoyers era su facilidad para exponer las cosas,

fijándolas por medio de imágenes. La batalla del Marne con los combates

subsiguientes y la carrera de ambos ejércitos hacia la orilla del mar

eran para él hechos de fácil explicación... ¡Si los franceses no

hubiesen estado fatigados después de su triunfo en el Marne!...

--...Pero las fuerzas humanas--continuaba Tchernoff--tienen un límite, y

el francés, con todo su entusiasmo, es un hombre como los demás.

Primeramente la marcha rapidísima del Este al Norte para hacer frente á

la invasión por Bélgica; luego los combates; á continuación una retirada

veloz para no verse envueltos; finalmente una batalla de siete días; y

todo esto en un período de tres semanas nada más... En el momento del

triunfo faltaron piernas á los vencedores para ir adelante y faltó

caballería para perseguir á los fugitivos. Las bestias estaban más

extenuadas aún que los hombres. Al verse acosados con poca tenacidad,

los que se retiraban, cayéndose de fatiga, se tendieron y excavaron la

tierra, creándose un refugio. Los franceses también se acostaron,

arañando el suelo para no perder lo recuperado... Y empezó de este modo

la guerra de trincheras.

Luego, cada línea, con el intento de envolver á la línea enemiga, había

ido prolongándose hacia el Noroeste, y de los estiramientos sucesivos

resultó la carrera hacia el mar de unos y otros, formando el frente de

combate más grande que se conocía en la Historia.

Cuando don Marcelo, en su optimismo entusiasta, anunciaba la terminación

de la guerra para la primavera siguiente... para el verano, siempre con

cuatro meses de plazo á lo más, el ruso movía la cabeza.

--Esto será largo... muy largo. Es una guerra nueva, la verdadera guerra

moderna. Los alemanes iniciaron las hostilidades á estilo antiguo, como

si no hubiesen observado nada después de 1870: una guerra de movimientos

envolventes, de batallas á campo raso, lo mismo que podía discurrirla

Moltke imitando á Napoleón. Deseaban terminar pronto y estaban seguros

del triunfo. ¿Para qué hacer uso de procedimientos nuevos?... Pero lo

del Marne torció sus planes: de agresores tuvieron que pasar á la

defensiva, y entonces emplearon todo lo que su Estado Mayor había

aprendido en las campañas de japoneses y rusos, iniciándose la guerra de

trincheras, la lucha subterránea, que es lógica, por el alcance y la

cantidad de disparos del armamento moderno. La conquista de un kilómetro

de terreno representa ahora más que hace un siglo el asalto de una

fortaleza de piedra... Ni unos ni otros van á avanzar en mucho tiempo.

Tal vez no avancen nunca definitivamente. Esto va á ser largo y

aburrido, como las peleas entre atletas de fuerzas equilibradas.

--Pero alguna vez tendrá fin--dijo Desnoyers.

--Indudablemente; pero ¿quién sabe cuándo?... ¿Y cómo quedarán unos y

otros cuando todo termine?...

El creía en un final rápido, cuando menos lo esperase la gente, por la

fatiga de uno de los dos luchadores, cuidadosamente disimulada hasta el

último momento.

--Alemania será la derrotada--añadió con firme convicción--. No sé

cuándo ni cómo, pero caerá lógicamente. Su golpe maestro le falló en

Septiembre, al no entrar en París deshaciendo al ejército enemigo. Todos

los triunfos de su baraja los echó entonces sobre la mesa. No ganó, y

continúa prolongando el juego porque tiene muchas cartas, y lo

prolongará todavía largo tiempo... Pero lo que no pudo hacer en el

primer momento no lo hará nunca.

Para Tchernoff, la derrota final no significaba la destrucción de

Alemania ni el aniquilamiento del pueblo alemán.

--A mí me indignan--continuó--los patriotismos excesivos. Oyendo á

ciertas gentes que formulan planes para la supresión definitiva de

Alemania, me parece estar escuchando á los pangermanistas de Berlín

cuando repartían los continentes.

Luego concretó su opinión.

--Hay que derrotar al Imperio, para tranquilidad del mundo: suprimir la

gran máquina de guerra que perturba la paz de las naciones... Desde 1870

todos vivimos pésimamente. Durante cuarenta y cuatro años se ha

conjurado el peligro, pero en todo este tiempo ¡qué de angustias!...

Lo que más irritaba á Tchernoff era la enseñanza inmoral nacida de esta

situación y que había acabado por apoderarse del mundo: la glorificación

de la fuerza, la santificación del éxito, el triunfo del materialismo,

el respeto al hecho consumado, la mofa de los más nobles sentimientos,

como si fuesen simples frases sonoras y ridículas, el trastorno de los

valores morales, una filosofía de bandidos que pretendía ser la última

palabra del progreso y no era mas que la vuelta al despotismo, la

violencia, la barbarie de las épocas más primitivas de la Historia.

Deseaba la supresión de los representantes de esta tendencia, pero no

por esto pedía el exterminio del pueblo alemán.

--Ese pueblo tiene grandes méritos confundidos con malas condiciones,

que son herencia de un pasado de barbarie demasiado próximo. Posee el

instinto de la organización y del trabajo, y puede prestar buenos

servicios á la humanidad... Pero antes es necesario administrarle una

ducha: la ducha del fracaso. Los alemanes están locos de orgullo, y su

locura resulta peligrosa para el mundo. Cuando hayan desaparecido los

que les envenenaron con ilusiones de hegemonía mundial, cuando la

desgracia haya refrescado su imaginación y se conformen con ser un grupo

humano ni superior ni inferior á los otros, formarán un pueblo

tolerante, útil... y quién sabe si hasta simpático.

No había en la hora presente, para Tchernoff, pueblo más peligroso. Su

organización política lo convertía en una horda guerrera educada á

puntapiés y sometida á continuas humillaciones para anular la voluntad,

que se resiste siempre á la disciplina.

--Es una nación donde todos reciben golpes y desean darlos al que está

más abajo. El puntapié que suelta el emperador se transmite de dorso en

dorso hasta las últimas capas sociales. Los golpes empiezan en la

escuela y se continúan en el cuartel, formando parte de la educación. El

aprendizaje de los príncipes herederos de Prusia consistió siempre en

recibir bofetadas y palos de su progenitor el rey. El kaiser pega á sus

retoños, el oficial á sus soldados, el padre á sus hijos y á la mujer,

el maestro á los alumnos; y cuando el superior no puede dar golpes,

impone á los que tiene debajo el tormento del ultraje moral.

Por eso cuando abandonaban su vida ordinaria, tomando las armas para

caer sobre otro grupo humano, eran de una ferocidad implacable.

--Cada uno de ellos--continuó el ruso--lleva debajo de la espalda un

depósito de patadas recibidas, y desea consolarse dándolas á su vez á

los infelices que coloca la guerra bajo su dominación. Este pueblo de

«señores», como él mismo se llama, aspira á serlo... pero fuera de su

casa. Dentro de ella, es el que menos conoce la dignidad humana. Por eso

siente con tanta vehemencia el deseo de esparcirse por el mundo, pasando

de lacayo á patrón.

Repentinamente, don Marcelo dejó de ir con frecuencia al estudio.

Buscaba ahora á su amigo el senador. Una promesa de éste había

trastornado su tranquila resignación.

El personaje estaba triste desde que el heredero de las glorias de su

familia se había ido á la guerra, rompiendo la red protectora de

recomendaciones en que le había envuelto.

Una noche, comiendo en casa de Desnoyers, apuntó una idea que hizo

estremecer á éste. «¿No le gustaría ver á su hijo?...» El senador estaba

gestionando una autorización del Cuartel General para ir al frente.

Necesitaba ver á René. Pertenecía al mismo cuerpo de ejército que Julio;

tal vez estaban en lugares algo lejanos, pero un automóvil puede dar

muchos rodeos antes de llegar al término de su viaje.

No necesitó decir más. Desnoyers sintió de pronto un deseo vehemente de

ver á su hijo. Llevaba muchos meses teniendo que contentarse con la

lectura de sus cartas y la contemplación de una fotografía hecha por uno

de sus camaradas...

Desde entonces asedió á Lacour como si fuese uno de sus electores

deseoso de un empleo. Le visitaba por las mañanas en su casa, lo

invitaba á comer todas las noches, iba á buscarle por las tardes en los

salones del Luxemburgo. Antes de la primera palabra de saludo, sus ojos

formulaban siempre la misma interrogación... «¿Cuándo conseguiría el

permiso?»

El grande hombre lamentaba la indiferencia de los militares con el

elemento civil. Siempre habían sido enemigos del parlamentarismo.

--Además, Joffre se muestra intratable. No quiere curiosos... Mañana

veré al Presidente.

Pocos días después llegó á la casa de la avenida Víctor Hugo con un

gesto de satisfacción que llenó de alegría á don Marcelo.

--¿Ya está?...

--Ya está... Pasado mañana salimos.

Desnoyers fué en la tarde siguiente al estudio de la _rue de la Pompe_.

--Mañana me voy.

El pintor deseó acompañarle. ¿No podría ir también como secretario del

senador?... Don Marcelo sonrió. La autorización servía únicamente para

Lacour y un acompañante. El era quien iba á figurar como secretario,

ayuda de cámara ó lo que fuese de su futuro consuegro.

Al final de la tarde salió del estudio, acompañado hasta el ascensor por

las lamentaciones de Argensola. ¡No poder agregarse á la expedición!...

Creía haber perdido la oportunidad, para pintar su obra maestra.

Cerca de su casa encontró á Tchernoff. Don Marcelo estaba de buen humor.

La seguridad de que iba á ver pronto á su hijo le comunicaba una alegría

infantil. Casi abrazó al ruso, á pesar de su aspecto desastrado, sus

barbas trágicas y su enorme sombrero, que hacían volver la cabeza á los

transeuntes.

Al final de la avenida destacaba su mole el Arco de Triunfo sobre un

cielo coloreado por la puesta del sol. Una nube roja flotaba en torno

del monumento, reflejándose en su blancura con palpitaciones purpúreas.

Desnoyers se acordó de los cuatro jinetes y todo lo demás que le había

contado Argensola antes de presentarle al ruso.

--Sangre--dijo alegremente--. Todo el cielo parece de sangre... Es la

bestia apocalíptica que ha recibido el golpe de gracia. Pronto la

veremos morir.

Tchernoff sonrió igualmente, pero su sonrisa fué melancólica.

--No; la bestia no muere. Es la eterna compañera de los hombres. Se

oculta, chorreando sangre, cuarenta años... sesenta... un siglo, pero

reaparece. Todo lo que podemos desear es que su herida sea larga, que se

esconda por mucho tiempo y no la vean nunca las generaciones que

guardarán todavía nuestro recuerdo.

III

La guerra

Iba ascendiendo don Marcelo por una montaña cubierta de arboleda.

El bosque ofrecía una trágica desolación. Se había inmovilizado en él

una tempestad muda, fijándolo todo en posiciones violentas,

antinaturales. Ni un solo árbol conservaba la forma rectilínea y el

abundante ramaje de los días de paz. Los grupos de pinos recordaban las

columnatas de los templos ruinosos. Unos se mantenían erguidos en toda

su longitud, pero sin el remate de la copa, como fustes que hubiesen

perdido su capitel; otros estaban cortados por la mitad, en pico de

flauta, lo mismo que las pilastras partidas por el rayo. Algunos dejaban

colgar en torno de su seccionamiento las esquirlas filamentosas de la

madera muerta, á semejanza de un mondadientes roto.

La fuerza destructora se había ensañado en los árboles seculares: hayas,

encinas y robles. Grandes marañas de ramaje cortado cubrían el suelo,

como si acabase de pasar por él una banda de leñadores gigantescos. Los

troncos aparecían seccionados á poca distancia de la tierra, con un

corte limpio y pulido, como de un solo hachazo. En torno de las raíces

desenterradas abundaban las piedras revueltas con los terrones; piedras

que dormían en las entrañas del suelo y la explosión había hecho volar

sobre la superficie.

A trechos--brillando entre los árboles ó partiendo el camino con una

inoportunidad que obligaba á molestos rodeos--extendían sus láminas

acuáticas unos charcos enormes, todos iguales, de una regularidad

geométrica, redondos, exactamente redondos. Desnoyers los comparó con

palanganas hundidas en el suelo para uso de los invisibles titanes que

habían talado la selva. Su profundidad enorme empezaba en los mismos

bordes. Un nadador podía arrojarse en estos charcos sin tocar el fondo.

El agua era verdosa, agua muerta, agua de lluvia, con una costra de

vegetación perforada por las burbujas respiratorias de los pequeños

organismos que empezaban á vivir en sus entrañas.

En mitad de la cuesta, rodeadas de pinos, había varias tumbas con cruces

de madera; tumbas de soldados franceses rematadas por banderitas

tricolores. Sobre estos túmulos cubiertos de musgo descansaban viejos

kepis de artilleros. El leñador feroz, al destrozar el bosque, había

alcanzado ciegamente á las hormigas que se movían entre los troncos.

Don Marcelo llevaba polainas, amplio sombrero, y sobre los hombros un

poncho fino arrollado como una manta. Había sacado á luz estas prendas

que le recordaban su lejana vida en la estancia. Detrás de él caminaba

Lacour, procurando conservar su dignidad senatorial entre los jadeos y

resoplidos de fatiga. También llevaba botas altas y sombrero blando,

pero había conservado el chaqué de solemnes faldones, por no renunciar

por completo á su uniforme parlamentario. Delante marchaban dos

capitanes sirviéndoles de guías.

Estaban en una montaña ocupada por la artillería francesa. Iban hacia

las cumbres, donde había ocultos cañones y cañones formando una línea de

varios kilómetros. Los artilleros alemanes habían causado estos

destrozos contestando á los tiros de los franceses. El bosque estaba

rasgado por el obús. Las lagunas circulares eran embudos abiertos por

las «marmitas» germánicas en un suelo de fondo calizo é impermeable que

conservaba los regueros de la lluvia.

Habían dejado su automóvil al pie de la montaña. Uno de los oficiales,

viejo artillero, les explicó esta precaución. Debían seguir cuesta

arriba cautelosamente. Estaban al alcance del enemigo, y un automóvil

podía atraer sus cañonazos.

--Un poco fatigosa la subida--continuó--. ¡Animo, señor senador!... Ya

estamos cerca.

Empezaron á cruzarse en el camino con soldados de artillería. Muchos de

ellos sólo tenían de militar el kepis. Parecían obreros de una fábrica

de metalurgia, fundidores y ajustadores, con pantalones y chalecos de

pana. Llevaban los brazos descubiertos, y algunos, para marchar sobre el

barro con mayor seguridad, calzaban zuecos de madera. Eran antiguos

trabajadores del hierro incorporados por la movilización á la artillería

de reserva. Sus sargentos habían sido contramaestres; muchos de sus

oficiales, ingenieros y dueños de taller.

De pronto, los que subían tropezaron con los férreos habitantes del

bosque. Cuando éstos hablaban se estremecía el suelo, temblaba el aire,

y los pobladores de la arboleda, cuervos y liebres, mariposas y

hormigas, huían despavoridos para ocultarse, como si el mundo fuese á

perecer en ruidosa convulsión. Ahora, los monstruos bramadores

permanecían callados. Se llegaba junto á ellos sin verlos. Entre el

ramaje verde asomaba el extremo de algo semejante á una viga gris; otras

veces, esta aparición emergía de un amontonamiento de troncos secos. Al

dar vuelta al obstáculo, aparecía una plazoleta de tierra limpia ocupada

por varios hombres que vivían, dormían y trabajaban en torno de un

artefacto enorme montado sobre ruedas.

El senador, que había escrito versos en su juventud y hacía poesía

oratoria cuando inauguraba alguna estatua en su distrito, vió en estos

solitarios de la montaña, ennegrecidos por el sol y el humo,

despechugados y arremangados, una especie de sacerdotes puestos al

servicio de la divinidad fatal, que recibía de sus manos la ofrenda de

las enormes cápsulas explosivas, vomitándolas en forma de trueno.

Ocultos bajo el ramaje, para librarse de la observación de los aviadores

enemigos, los cañones franceses se esparcían por las crestas y mesetas

de una serie de montañas. En este rebaño de acero había piezas enormes,

con ruedas reforzadas de patines, semejantes á las de las locomóviles

agrícolas que Desnoyers tenía en sus estancias para arar la tierra. Como

bestias menores, más ágiles y juguetonas en su incesante ladrido, los

grupos del 75 aparecían interpolados entre los sombríos monstruos.

Los dos capitanes habían recibido del general de su cuerpo de ejército

la orden de enseñar minuciosamente al senador el funcionamiento de la

artillería. Y Lacour aceptaba con reflexiva gravedad sus observaciones,

mientras volvía los ojos á un lado y á otro con la esperanza de

reconocer á su hijo. Lo interesante para él era ver á René... Pero

recordando el pretexto oficial de su viaje, seguía de cañón en cañón

oyendo explicaciones.

Mostraban los proyectiles los sirvientes de las piezas: grandes

cilindros ojivales extraídos de los almacenes subterráneos. Estos

almacenes, llamados «abrigos», eran profundas madrigueras, pozos

oblicuos reforzados con sacos de tierra y maderos. Servían de refugio al

personal libre y guardaban las municiones á cubierto de una explosión.

Un artillero les mostró dos bolsas unidas de tela blanca, bien repletas.

Parecían un salchichón doble y eran la carga de uno de los grandes

cañones. La bolsa quedó abierta, saliendo á la luz unos paquetes de

hojas color de rosa. El senador y su acompañante se admiraron de que

esta pasta, que parecía un artículo de tocador, fuese uno de los

terribles explosivos de la guerra moderna.

--Afirmo--dijo Lacour--que al encontrar en la calle uno de estos atados

lo habría creído procedente del bolso de una dama ó un olvido de

dependiente de perfumería... todo, menos un explosivo. ¡Y con esto, que

parece fabricado para los labios, puede volarse un edificio!...

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 28 / 33 段