Aceptaba las explicaciones moviendo la cabeza con gesto de inteligencia,

comprendiéndolo todo inmediatamente, para olvidarlo en seguida y repetir

una hora después las mismas dudas.

Sin embargo, empezó á mostrar una sorda hostilidad contra su hermana.

Había tolerado hasta entonces sus entusiasmos en favor de la patria del

marido porque consideraba más importantes los vínculos de familia que

las rivalidades de nación. Por el hecho de que Desnoyers fuese francés y

Karl alemán, ella no iba á pelear con Elena. Pero de pronto se

desvaneció este sentimiento de tolerancia. Su hijo estaba en peligro...

¡Que muriesen todos los Hartrott antes de que Julio recibiese la herida

más insignificante!... Participó de los sentimientos belicosos de su

hija, reconociendo en ella un gran talento para apreciar los sucesos.

Deseaba ver transportadas á la realidad todas las puñaladas fantásticas

de Chichí.

Afortunadamente, «la romántica» se fué antes de que se exteriorizase

esta antipatía. Pasaba las tardes fuera de la casa. Luego, al regresar,

iba repitiendo opiniones y noticias de amigos suyos desconocidos de la

familia.

Don Marcelo se indignaba contra los espías que aún vivían ocultos en

París. ¿Qué mundo misterioso frecuentaba su cuñada?...

Repentinamente anunció que se marchaba á la mañana siguiente: tenía un

pasaporte para Suiza, y de allí se dirigiría á Alemania. Ya era hora de

volver al lado de los suyos; agradecía mucho las bondades de la

familia... Y Desnoyers la despidió con irónica agresividad. Saludos á

von Hartrott; deseaba cuanto antes hacerle una visita en Berlín.

Una mañana, doña Luisa, en vez de entrar en la iglesia de la plaza

Víctor Hugo, siguió adelante hasta la _rue de la Pompe_, halagada por la

idea de ver el estudio. Le pareció que con esto iba á ponerse en

contacto con su hijo. Era un placer nuevo, más intenso que contemplar su

fotografía ó leer su última carta.

Esperaba encontrar á Argensola, el amigo de los buenos consejos. Sabía

que continuaba viviendo en el estudio. Dos veces había ido á verla por

la escalera de servicio, como en otros tiempos, pero ella estaba

ausente.

Al subir en el ascensor, palpitó su corazón con una celeridad de placer

y de angustia. Se le ocurrió á la buena señora, con cierto rubor, que

algo semejante debían sentir las «mujeres locas» cuando faltaban por

primera vez á sus deberes.

Sus lágrimas surgieron con toda libertad al verse en, aquella habitación

cuyos muebles y cuadros le recordaban al ausente.

Argensola corrió desde la puerta al fondo de la pieza, agitado, confuso,

saludándola con frases de bienvenida y removiendo al mismo tiempo

objetos. Un abrigo de mujer caído en un diván quedó borrado por una tela

oriental; un sombrero con flores fué volando de un manotazo á ocultarse

en un rincón. Doña Luisa creyó ver en el hueco de un cortinaje una

camisa femenil que huía, transparentando rosadas desnudeces. Sobre la

estufa, dos tazones y residuos de tostadas denunciaban un desayuno

doble. ¡Estos pintores!... ¡Lo mismo que su hijo! Y se enterneció al

pensar en la mala vida del consejero de Julio.

--Mi respetable doña Luisa... Querida Madama Desnoyers...

Hablaba en francés y á gritos, mirando á la puerta por donde había

desaparecido el aleteo blanco y rosado. Temblaba al pensar que la

compañera oculta incurriese en celosos errores, comprometiéndole con una

extemporánea aparición.

Luego hablaron del soldado. Los dos se comunicaban sus noticias. Doña

Luisa casi repitió textualmente los párrafos de sus cartas, tantas veces

releídas. Argensola se abstuvo modestamente de enseñar los textos de las

suyas. Los dos amigos empleaban un estilo epistolar que hubiese

ruborizado á la buena señora.

--Un valiente--afirmó con orgullo, considerando como propios los actos

de su compañero--, un verdadero héroe: y yo, Madama Desnoyers, entiendo

algo de esto... Sus jefes saben apreciarle...

Julio era sargento á los dos meses de estar en campaña. El capitán de su

compañía y otros oficiales del regimiento pertenecían al Círculo de

esgrima donde él había obtenido tantos triunfos.

--¡Qué carrera!--continuó--. Es de los que llegan jóvenes á los grados

más altos, como los generales de la Revolución... ¡Y qué de hazañas!

El militar sólo había mencionado ligeramente en sus cartas algunos de

sus actos, con la indiferencia del que vive acostumbrado al peligro y

aprecia en sus camaradas un arrojo igual. Pero el bohemio los exageró,

ensalzándolos como si fuesen los hechos más culminantes de la guerra.

Había llevado una orden á través de un fuego infernal, después de haber

caído muertos tres mensajeros sin poder cumplir el mismo encargo. Había

saltado el primero al atacar muchas trincheras y salvado á bayonetazos,

en choques cuerpo á cuerpo, á numerosos camaradas. Cuando sus jefes

necesitaban un hombre de confianza, decían invariablemente: «Que llamen

al sargento Desnoyers.»

Lo afirmó como si lo hubiese presenciado, como sí acabase de llegar de

la guerra; y doña Luisa temblaba, derramando lágrimas de alegría y de

miedo al pensar en las glorias y peligros de su hijo. Aquel Argensola

tenía el don de conmoverla, por la vehemencia con que relataba las

cosas.

Creyó que debía agradecer tanto entusiasmo mostrando algún interés por

la persona del panegirista... ¿Qué había hecho él en los últimos

tiempos?...

--Yo, señora, he estado donde debía estar. No me he movido de aquí. He

presenciado el «sitio» de París.

En vano su razón protestaba de la inexactitud de esta palabra. Bajo la

influencia de sus lecturas sobre la guerra de 1870, llamaba «sitio» á

las operaciones desarrolladas junto á París durante el curso de la

batalla del Marne.

Modestamente señaló un diploma con marco de oro que figuraba sobre el

piano, teniendo como fondo una bandera tricolor. Era un papel que se

vendía en las calles: un certificado de permanencia en la capital

durante la semana del peligro. Había llenado los blancos con sus nombres

y cualidades, y al pie figuraban las firmas de dos habitantes de la _rue

de la Pompe_: un tabernero y un amigo de la portera. El comisario de

policía del distrito garantizaba con rúbrica y sello la responsabilidad

de estos honorables testigos. Nadie pondría en duda, después de tal

precaución, si había presenciado ó no el «sitio» de París. ¡Tenía amigos

tan incrédulos!...

Para conmover á la buena señora, hizo memoria de sus impresiones. Había

visto en pleno día un rebaño de ovejas en el bulevar, junto á la verja

de la Magdalena. Sus pasos habían despertado en muchas calles el eco

sonoro de las ciudades muertas. El era el único transeunte: en las

aceras vagaban perros y gatos abandonados.

Sus recuerdos militares le enardecían como soplos de gloria.

--Yo he visto el paso de los marroquíes... He visto los zuavos en

automóvil.

La misma noche que Julio había salido para Burdeos, él vagó hasta el

amanecer, siguiendo una línea de avenidas á través de medio París, desde

el león de Belfort á la estación del Este. Veintisiete mil hombres, con

todo su material de campaña, procedentes de Marruecos, habían

desembarcado en Marsella y llegado á la capital, realizando una parte

del viaje en ferrocarril y otra á pie. Acudían para intervenir en la

gran batalla que se estaba iniciando. Eran tropas compuestas de europeos

y africanos. La vanguardia, al entrar por la puerta de Orleáns,

emprendió el paso gimnástico, atravesando así medio París, hasta la

estación del Este, donde esperaban los trenes.

El vecindario vió escuadrones de _spahis_, de teatrales uniformes,

montados en sus caballitos nerviosos y ligeros; tiradores marroquíes con

turbantes amarillos; tiradores senegaleses de cara negra y gorro rojo;

artilleros coloniales; cazadores de África. Eran combatientes de

profesión, soldados que en tiempos de paz vivían peleando en las

colonias, perfiles enérgicos, rostros bronceados, ojos de presa. El

largo desfile se inmovilizaba en las calles durante horas enteras para

dar tiempo á que se acomodasen en los trenes las fuerzas que iban

delante... Y Argensola había seguido esta masa armada é inmóvil desde

los bulevares á la puerta de Orleáns, hablando con los oficiales,

escuchando los gritos ingenuos de los guerreros africanos, que nunca

habían visto París y lo atravesaban sin curiosidad, preguntando dónde

estaba el enemigo.

--Llegaron á tiempo para atacar á von Kluck en las orillas del Oureq,

obligándole á retroceder, so pena de verse envuelto.

Lo que no contaba Argensola era que su excursión nocturna á lo largo de

este cuerpo de ejército la había hecho acompañado de la amable persona

que estaba dentro y dos amigas más, grupo entusiasta y generoso que

repartía flores y besos á los soldados bronceados, riendo del asombro

con que les mostraban sus blancos dientes.

Otro día, había visto el más extraordinario de los espectáculos de la

guerra. Todos los automóviles de alquiler, unos dos mil vehículos,

cargando batallones de zuavos, á ocho hombres por carruaje, y saliendo á

toda velocidad, erizados de fusiles y gorros rojos. Formaban en los

bulevares un cortejo pintoresco: una especie de boda interminable. Y los

soldados descendían de los automóviles en el mismo margen de la batalla,

haciendo fuego así que saltaban del estribo. Todos los hombres que

sabían manejar el fusil los había lanzado Gallieni contra la extrema

derecha del enemigo en el momento supremo, cuando la victoria era aún

incierta y el peso más insignificante podía decidirla. Escribientes de

las oficinas militares, ordenanzas, individuos de la policía, gendarmes,

todos habían marchado para dar el último empujón, formando una masa de

heterogéneos colores.

Y el domingo por la tarde, cuando con sus tres compañeras de «sitio»

tomaba el sol en el Bosque de Bolonia entre millares de parisienses, se

enteró por los extraordinarios de los periódicos que el combate que se

había desarrollado junto á la ciudad y se iba alejando era una gran

batalla, una victoria.

--He visto mucho, Madama Desnoyers... Puedo contar grandes cosas.

Y ella aprobaba: sí que había visto Argensola... Al marcharse le ofreció

su apoyo. Era el amigo de su hijo y estaba acostumbrada á sus

peticiones. Los tiempos habían cambiado; don Marcelo era ahora de una

generosidad sin límites... Pero el bohemio la interrumpió con un gesto

señorial: vivía en la abundancia. Julio lo había nombrado su

administrador. El giro de América había sido reconocido por el Banco

como una cantidad en depósito, y podían disponer de un tanto por ciento,

con arreglo á los decretos sobre la moratoria. Su amigo le enviaba un

cheque siempre que necesitaba dinero para el sostenimiento de la casa.

Nunca se había visto en una situación tan desahogada. La guerra tiene

igualmente sus cosas buenas... Pero con el deseo de que no se perdiesen

las buenas costumbres, anunció que subiría una vez más por la escalera

de servicio para llevarse un cesto de botellas...

Doña Luisa, después de la marcha de su hermana, iba sola á las iglesias,

hasta que de pronto se vió con una compañera inesperada.

--Mamá, voy con usted...

Era Chichí, que parecía sentir una devoción ardiente.

Ya no animaba la casa con su alegría ruidosa y varonil; ya no amenazaba

á los enemigos con puñaladas imaginarias. Estaba pálida, triste, con los

ojos aureolados de azul. Inclinaba la cabeza como si gravitase al otro

lado de su frente un bloque de pensamientos graves, completamente

nuevos.

Doña Luisa la observaba en la iglesia con celoso despecho. Tenía los

ojos húmedos, lo mismo que ella; oraba con fervor, lo mismo que ella...

pero no era seguramente por su hermano. Julio había pasado á segundo

término en sus recuerdos. Otro hombre en peligro llenaba su pensamiento.

El último de los Lacour ya no era simple soldado ni estaba en París.

Al llegar de Biarritz, Chichí había escuchado con ansiedad las hazañas

de su «soldadito de azúcar». Quiso conocer, palpitante de emoción, todos

los peligros á que se había visto sometido, y el joven guerrero del

«servicio auxiliar» le habló de sus inquietudes en la oficina durante

los días interminables en que peleaban las tropas cerca de París,

oyéndose desde las afueras el tronar de la artillería. Su padre había

querido llevarlo á Burdeos, pero el desorden administrativo de última

hora la mantuvo en la capital.

Algo más había hecho. El día del gran esfuerzo, cuando el gobernador de

la plaza lanzó en automóviles á todos los hombres válidos, había tomado

un fusil, sin que nadie le llamase, ocupando un vehículo con otros de su

oficina. No había visto mas que humo, casas incendiadas, muertos y

heridos. Ni un solo alemán pasó ante sus ojos, exceptuando á un grupo de

hulanos prisioneros. Había estado varias horas tendido al borde de un

camino disparando... Y nada más.

Por el momento, resultaba bastante para Chichí. Se sintió orgullosa de

ser la novia de un héroe del Marne, aunque su intervención sólo hubiese

sido de unas horas. Pero al transcurrir los días, su carácter se fué

ensombreciendo.

Le molestaba salir á la calle con René, simple soldado, y además del

servicio auxiliar... Las mujeres del pueblo, excitadas por el recuerdo

de sus hombres que peleaban en el frente ó vestidas de luto por la

muerte de alguno de ellos, eran de una insolencia agresiva. La

delicadeza y la elegancia del príncipe republicano parecían irritarlas.

Repetidas veces oyó ella al pasar palabras gruesas contra los

«emboscados».

La idea de que su hermano, que no era francés, estaba batiéndose, le

hacía aún más intolerable la situación de Lacour. Tenía por novio á un

«emboscado». ¡Cómo reirían sus amigas!...

El hijo del senador adivinó sin duda los pensamientos de ella, y esto le

hizo perder su tranquilidad sonriente. Durante tres días no se presentó

en casa de Desnoyers. Todos creyeron que estaba retenido por un trabajo

oficinesco.

Una mañana, al dirigirse Chichí á la avenida del Bosque escoltada por

una de sus doncellas cobrizas, vió á un militar que marchaba hacia ella.

Vestía un uniforme flamante, del nuevo color azul grisáceo, color de

«horizonte», adoptado por el ejército francés. El barboquejo del kepis

era dorado y en las mangas llevaba un pequeño retazo de oro. Su sonrisa,

sus manos tendidas, la seguridad con que avanzaba hacia ella, le

hicieron reconocerle. ¡René oficial!... ¡Su novio subteniente!

--Sí; ya no puedo más... Ya he oído bastante.

A espaldas del padre y valiéndose de sus amistades había realizado en

pocos días esta transformación. Como alumno de la Escuela Central, podía

ser subteniente en la artillería de reserva, y había solicitado que le

enviasen al frente. ¡Terminado el servicio auxiliar!... Antes de dos

días iba á salir para la guerra.

--¡Tú has hecho eso!--exclamó Chichí--. ¡Tú has hecho eso!...

Le miraba, pálida, con los ojos enormemente agrandados, unos ojos que

parecían devorarle con su admiración.

--Ven, pobrecito mío... Ven aquí, soldadito dulce... Te debo algo.

Y volviendo su espalda á la doncella, le invitó á doblar una esquina

inmediata. Era lo mismo: la calle transversal estaba tan frecuentada

como la avenida. ¡Pero el cuidado que le daban á ella los curiosos!...

Con vehemencia, le echó los brazos al cuello, ciega é insensible para

todo lo que no fuese él.

--Toma... toma.

Plantó en su cara dos besos violentos, sonoros, agresivos.

Después, vacilando sobre sus piernas, súbitamente desfallecida, se llevó

el pañuelo á los ojos y rompió á llorar desesperadamente.

II

En el estudio

Al abrir una tarde la puerta, Argensola quedó inmóvil, como si la

sorpresa hubiese clavado sus pies en el suelo.

Un viejo le saludaba con amable sonrisa.

--Soy el padre de Julio.

Y pasó adelante, con la seguridad de un hombre que conoce perfectamente

el lugar donde se encuentra.

Por fortuna, el pintor estaba solo, y no necesitó correr de un lado á

otro disimulando los vestigios de una grata compañía.

Tardó algún tiempo en reponerse de su emoción. Había oído hablar tanto

de don Marcelo y su mal carácter, que le causó una gran inquietud verle

aparecer inesperadamente en el estudio... ¿Qué deseaba el temible señor?

Su tranquilidad fué renaciendo al examinarle con disimulo. Se había

aviejado mucho desde el principio de la guerra. Ya no conservaba aquel

gesto de tenacidad y mal humor que parecía repeler á las gentes. Sus

ojos brillaban con una alegría pueril; le temblaban ligeramente las

manos; su espalda se encorvaba. Argensola, que había huído siempre al

encontrarle en la calle y experimentado grandes miedos al subir la

escalera de servicio de su casa, sintió ahora una repentina confianza.

Le sonreía como á un camarada; daba excusas para justificar su visita.

Había querido ver la casa de su hijo. ¡Pobre viejo!... Le arrastraba la

misma atracción del enamorado que, para alegrar su soledad, recorre los

lugares que frecuentó la persona amada. No le bastaban las cartas de

Julio: necesitaba ver su antigua vivienda, rozarse con todos los objetos

que le habían rodeado, respirar el mismo aire, hablar con aquel joven

que era su íntimo compañero.

Fijaba en el pintor unos ojos paternales... «Un mozo interesante el tal

Argensola.» Y al pensar esto, no se acordó de las veces que le había

llamado «sinvergüenza» sin conocerle, sólo porque acompañaba á su hijo

en una vida de reprobación.

La mirada de Desnoyers se paseó con deleite por el estudio. Conocía los

tapices, los muebles, todos los adornos procedentes del antiguo dueño.

El hacía memoria con facilidad de las cosas que había comprado en su

vida, á pesar de ser tantas. Sus ojos buscaban ahora lo personal, lo que

podía evocar la imagen del ausente. Y se fijaron en los cuadros apenas

bosquejados, en los estudios sin terminar que llenaban los rincones.

¿Todo era de Julio?... Muchos de los lienzos pertenecían á Argensola;

pero éste, influenciado por la emoción del viejo, mostró una amplia

generosidad. Sí, todo de Julio... Y el padre fué de pintura en pintura,

deteniéndose con gesto admirativo ante los bocetos más informes, como

si presintiese en su confusión las desordenadas visiones del genio.

--Tiene talento, ¿verdad?--preguntó, implorando una palabra favorable--.

Siempre le he creído inteligente... Algo diablo, pero el carácter cambia

con los años... Ahora es otro hombre.

Y casi lloró al oir cómo el español, con toda la vehemencia de su

verbosidad pronta al entusiasmo, ensalzaba al ausente, describiéndole

como un gran artista que asombraría al mundo cuando le llegase su hora.

El pintor de almas se sintió al final tan conmovido como el padre.

Admiraba á este viejo con cierto remordimiento. No quería acordarse de

lo que había dicho contra él en otra época. ¡Qué injusticia!...

Don Marcelo agarraba sus manos como las de un compañero. Los amigos de

su hijo eran sus amigos. El no ignoraba cómo vivían los jóvenes. Si

alguna vez tenía un apuro, si necesitaba una pensión para seguir

pintando, allí estaba él, deseoso de atenderle. Por lo pronto, le

esperaba á comer en su casa aquella misma noche, y si quería ir todas

las noches, mucho mejor. Comería en familia, modestamente; la guerra

había cambiado las costumbres; pero se vería en la intimidad de un

hogar, lo mismo que si estuviese en la casa de sus padres. Hasta habló

de España, para hacerse más grato al pintor. Sólo había estado allá una

vez, por breve tiempo; pero después de la guerra pensaba recorrerla

toda. Su suegro era español, su mujer tenía sangre española, en su casa

empleaban el castellano como idioma de la intimidad. ¡Ah, España, país

de noble pasado y caracteres altivos!...

Argensola sospechó que, de pertenecer él á otra nación, el viejo la

habría alabado igualmente. Este afecto no era más que un reflejo del

amor al hijo ausente, pero él lo agradecía. Y casi abrazó á don Marcelo

al decirle ¡adiós!

Después de esta tarde fueron muy frecuentes sus visitas al estudio. El

pintor tuvo que recomendar á las amigas un buen paseo después del

almuerzo, absteniéndose de aparecer en la _rue de la Pompe_ antes que

cerrase la noche. Pero á veces don Marcelo se presentaba

inesperadamente por la mañana, y él tenía que correr de un lado á otro,

tapando aquí, quitando más allá, para que el taller conservase un

aspecto de virtud laboriosa.

--Juventud... ¡juventud!--murmuraba el viejo con una sonrisa de

tolerancia.

Y tenía que hacer un esfuerzo, recordar la dignidad de sus años, para no

pedir á Argensola que le presentase á las fugitivas, cuya presencia

adivinaba en las habitaciones interiores. Habían sido tal vez amigas de

su hijo, representaban una parte de su pasado, y esto le bastaba para

suponer en ellas grandes cualidades que las hacían interesantes.

Estas sorpresas, con sus correspondientes inquietudes, acabaron por

conseguir que el pintor se lamentase un poco de su nueva amistad. Le

molestaba además la invitación á comer que continuamente formulaba el

viejo. Encontraba muy buena, pero demasiado aburrida, la mesa de los

Desnoyers. El padre y la madre sólo hablaban del ausente. Chichí apenas

prestaba atención al amigo de su hermano. Tenía el pensamiento fijo en

la guerra; le preocupaba el funcionamiento del correo, formulando

protestas contra el gobierno cuando transcurrían varios días sin recibir

carta del subteniente Lacour.

Argensola se excusó con diversos pretextos de seguir comiendo en la

avenida Víctor Hugo. Le placía más ir á los restoranes baratos con su

séquito femenino. El viejo aceptaba las negativas con un gesto de

enamorado que se resigna.

--¿Tampoco hoy?...

Y para compensarse de tales ausencias, iba al día siguiente al estudio

con gran anticipación.

Representaba para él un placer exquisito dejar que se deslizase el

tiempo sentado en un diván que aún parecía guardar la huella del cuerpo

de Julio, viendo aquellos lienzos cubiertos de colores por su pincel,

acariciado por el calor de una estufa que roncaba dulcemente en un

silencio profundo, conventual. Era un refugio agradable, lleno de

recuerdos, en medio del París monótono y entristecido de la guerra, en

el que no encontraba amigos, pues todos necesitaban pensar en las

propias preocupaciones.

Los placeres de su pasado habían perdido todo encanto. El Hotel Drouot

ya no le tentaba. Se estaban subastando en aquellos momentos los bienes

de los alemanes residentes en Francia, embargados por el gobierno. Era

como una respuesta al viaje forzoso que habían hecho los muebles del

castillo de Villeblanche tomando el camino de Berlín. En vano le

hablaban los corredores del escaso público que asistía á las subastas.

No sentía la atracción de estas ocasiones extraordinarias. ¿Para qué

hacer más compras?... ¿De qué servía tanto objeto inútil? Al pensar en

la existencia dura que llevaban millones de hombres á campo raso, le

asaltaban deseos de una vida ascética. Había empezado á odiar los

esplendores ostentosos de su casa de la avenida Víctor Hugo. Recordaba

sin pena la destrucción del castillo. Sentía, una pereza irresistible

cuando sus aficiones pretendían empujarle, como en otros tiempos, á las

compras incesantes. No; mejor estaba allí... Y allí, era siempre el

estudio de Julio.

Argensola trabajaba en presencia de don Marcelo. Sabía que el viejo

abominaba de las gentes inactivas, y había emprendido varias obras,

sintiendo el contagio de esta voluntad inclinada á la acción. Desnoyers

seguía con interés los trazos del pincel y aceptaba todas las

explicaciones del retratista de almas. El era partidario de los

antiguos; en sus compras, sólo había adquirido obras de pintores

muertos; pero le bastaba saber que Julio pensaba como su amigo, para

admitir humildemente todas las teorías de éste.

La laboriosidad del artista era otra. A los pocos minutos prefería

hablar con el viejo, sentándose en el mismo diván.

El primer motivo de conversación era el ausente. Repetían fragmentos de

las cartas que llevaban recibidas; hablaban del pasado con discretas

alusiones. El pintor describía la vida de Julio antes de la guerra como

una existencia dedicada por completo á las preocupaciones del arte. El

padre no ignoraba la inexactitud de tales palabras, pero agradecía la

mentira como una gran muestra de amistad. Argensola era un compañero

bueno y discreto; jamás, en sus mayores desenfados verbales, había

hecho alusión á Madama Laurier.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 27 / 33 段