teniente, cuando ocurrió una cosa inverosímil, absurda, algo que le hizo
recordar las fantásticas mutaciones del cinematógrafo. Desapareció de
pronto la cabeza del oficial: dos surtidores de sangre saltaron de su
cuello y el cuerpo se desplomó como un saco vacío. Al mismo tiempo un
ciclón pasaba á lo largo de la pared, entre ésta y el edificio,
derribando árboles, volcando cañones, llevándose las personas en
remolino como si fuesen hojas secas. Adivinó que la muerte soplaba en
una nueva dirección. Hasta entonces había llegado de frente, por la
parte del río, batiendo la línea enemiga parapetada en la muralla.
Ahora, con la brusquedad de un cambio atmosférico, venía del fondo del
parque. Un movimiento hábil de los agresores, el uso de un camino
apartado, tal vez un repliegue de la línea alemana, había permitido á
los franceses colocar sus cañones en una nueva posición, batiendo de
flanco á los ocupantes del castillo.
Fué una fortuna para don Marcelo el retardarse unos minutos al borde del
foso, abrigado por la masa del edificio. La rociada de la batería oculta
pasó á lo largo de la avenida, barriendo los vivos, destrozando por
segunda vez á los muertos, matando los caballos, rompiendo las ruedas de
las piezas, haciendo volar un armón con llamaradas de volcán, en cuyo
fondo rojo y azulado saltaban cuerpos negros. Vió centenares de hombres
caídos; vió caballos que corrían pisándose las tripas. La siega de la
muerte no había sido por gavillas: todo un campo quedaba liso con solo
un golpe de hoz. Y como si las baterías de enfrente adivinasen la
catástrofe, redoblaron por su parte el fuego, enviando una lluvia de
obuses. Caían por todos lados. Más allá del castillo, en el fondo del
parque, se abrían cráteres en la arboleda que vomitaban troncos enteros.
Los proyectiles sacaban de sus fosas á los muertos enterrados la
víspera.
Los que no habían caído siguieron tirando por las aberturas del muro.
Luego se levantaron con precipitación. Unos armaban la bayoneta,
pálidos, con los labios apretados y un brillo de locura en los ojos;
otros volvían la espalda, corriendo hacia la salida del parque, sin
prestar atención á los gritos de los oficiales y á los disparos de
revólver que hacían contra los fugitivos.
Todo esto ocurrió con vertiginosa rapidez, como una escena de pesadilla.
Al otro lado del muro sonaba un zumbido ascendente igual al de la marea.
Oyó gritos, le pareció que unas voces roncas y discordantes cantaban la
_Marsellesa_. Las ametralladoras funcionaban con velocidad, como
máquinas de coser. El ataque iba á quedar inmovilizado de nuevo por esta
resistencia furiosa. Los alemanes, locos de rabia, tiraban y tiraban. En
una brecha aparecieron kepis rojos, piernas del mismo color intentando
pasar sobre los escombros. Pero la visión se borró instantáneamente bajo
la rociada de las ametralladoras. Los asaltantes debían caer á montones
al otro lado de la pared.
Desnoyers no supo con certeza cómo se realizó la mutación. De pronto vió
los pantalones rojos dentro del parque. Pasaban con un salto
irresistible sobre el muro, se deslizaban por las brechas, venían del
fondo de la arboleda por entradas invisibles. Eran soldados pequeños,
cuadrados, sudorosos, con el capote desabrochado. Y revueltos con ellos,
en el desorden de la carga, tiradores africanos con ojos de diablo y
bocas espumeantes, zuavos de amplios calzones, cazadores de uniforme
azul.
Los oficiales alemanes querían morir. Con el sable en alto, después de
haber agotado los tiros de sus revólveres, avanzaban contra los
asaltantes, seguidos de los soldados que aún les obedecían. Hubo un
choque, una mezcolanza. Al viejo le pareció que el mundo había caído en
profundo silencio. Los gritos de los combatientes, el encontrón de los
cuerpos, la estridencia de las armas, no representaban nada después que
los cañones habían enmudecido. Vió hombres clavados por el vientre en el
extremo de un fusil, mientras una punta enrojecida asomaba por sus
riñones; culatas en alto cayendo como martillos; adversarios que se
abrazaban rodando por el suelo, pretendiendo dominarse con patadas y
mordiscos. Desaparecieron los pechos de color de mostaza; sólo vió
espaldas de este color huyendo hacia la salida del parque, filtrándose
entre los árboles, cayendo en mitad de su carrera alcanzadas por las
balas. Muchos de los asaltantes deseaban perseguir á los fugitivos y no
podían, ocupados en desprender con rudos tirones su bayoneta de un
cuerpo que la sujetaba en sus espasmos agónicos.
Se encontró de pronto don Marcelo en medio de estos choques mortales,
saltando como un niño, agitando las manos, profiriendo gritos. Luego
volvió á despertar, teniendo entre sus brazos la cabeza polvorienta de
un oficial joven que le miraba con asombro. Tal vez le creía un loco al
recibir sus besos, al escuchar sus palabras incoherentes, al recibir en
sus mejillas una lluvia de lágrimas. Siguió llorando cuando el oficial
se desprendió de él con rudo empujón... necesitaba desahogarse después
de tantos días de angustia silenciosa: ¡Viva Francia!
Los suyos estaban ya en la entrada del parque. Corrían con la bayoneta
por delante en seguimiento de los últimos restos del batallón alemán que
escapaba hacia el pueblo. Un grupo de jinetes pasó por el camino. Eran
dragones que llegaban para extremar la persecución. Pero sus caballos
estaban fatigados; únicamente la fiebre de la victoria, que parecía
transmitirse de los hombres á las bestias, sostenía su trote forzado y
doloroso. Uno de estos jinetes se detuvo junto á la entrada del parque.
El caballo devoró con avidez unos hierbajos, mientras el hombre
permanecía encogido en la silla como si durmiese. Desnoyers lo tocó en
una cadera, quiso despertarlo, é inmediatamente rodó por el lado
opuesto. Estaba muerto; las entrañas colgaban fuera de su abdomen. Así
había avanzado sobre su corcel, trotando confundido con los demás.
Empezaron á caer en las inmediaciones enormes peonzas de hierro y humo.
La artillería alemana hacía fuego contra sus posiciones perdidas.
Continuó el avance. Pasaron batallones, escuadrones, baterías, con
dirección al Norte, fatigados, sucios, cubiertos de polvo y barro, pero
con un enardecimiento que galvanizaba sus fuerzas casi agotadas. Los
cañones franceses empezaron á tronar por la parte del pueblo.
Grupos de soldados exploraban el castillo y las arboledas inmediatas.
De las habitaciones en ruinas, de las profundidades de las cuevas, de
los matorrales del parque, de los establos y _garages_ incendiados, iban
surgiendo hombres verdosos con la cabeza terminada en punta. Todos
elevaban los brazos, exhibiendo las manos bien abiertas: «_Kamarades...
kamarades, non kaput._» Temían, con la intranquilidad del remordimiento,
que los matasen inmediatamente. Habían perdido de golpe toda su fiereza
al verse lejos del oficial y libres de la disciplina. Algunos que sabían
un poco de francés hablaban de su mujer y de sus hijos, para enternecer
á los enemigos que les amenazaban con las bayonetas. Un alemán marchaba
junto á Desnoyers, pegándose á sus espaldas. Era el sanitario barbudo.
Se golpeaba el pecho y luego le señalaba á él. «_Franzosen..._ gran
amigo de _Franzosen_.» Y sonreía á su protector.
Permaneció en su castillo hasta la mañana siguiente. Vió la inesperada
salida de Georgette y su madre de las profundidades del pabellón
arruinado. Lloraban al contemplar los uniformes franceses.
--Esto no podía seguir--gimió la viuda--. ¡Dios no muere!
Las dos empezaban á dudar de la realidad de los días anteriores.
Después de una mala noche pasada entre escombros, don Marcelo decidió
marcharse. ¿Qué le quedaba que hacer en este castillo destrozado?... Le
estorbaba la presencia de tanto muerto. Eran cientos, eran miles. Los
soldados y los campesinos iban enterrando los cadáveres á montones allí
donde los encontraban. Fosas junto al edificio, en todas las avenidas
del parque, en los arriates de los jardines, dentro de las dependencias.
Hasta en el fondo de la laguna circular había muertos. ¿Cómo vivir á
todas horas con esta vecindad trágica, compuesta en su mayor parte de
enemigos?... ¡Adiós, castillo de Villeblanche!
Emprendió el camino de París; se proponía llegar á él fuese como fuese.
Encontró cadáveres por todas partes: pero éstos no vestían el uniforme
verdoso. Habían caído muchos de los suyos en la ofensiva salvadora.
Muchos caerían aún en las últimas convulsiones de la batalla que
continuaba á sus espaldas, agitando con un trueno incesante la línea del
horizonte... Vió pantalones de grana que emergían de los rastrojos,
suelas claveteadas que brillaban en posición vertical junto al camino,
cabezas lívidas, cuerpos amputados, vientres abiertos que dejaban
escapar hígados enormes y azules, troncos separados, piernas sueltas. Y
desprendiéndose de esta amalgama fúnebre, kepis rojos y obscuros, gorros
orientales, cascos con melenas de crines, sables retorcidos, bayonetas
rotas, fusiles, montones de cartuchos de cañón. Los caballos muertos
abullonaban la llanura con sus costillares hinchados. Vehículos de
artillería con las maderas consumidas y el armazón de hierro retorcido
revelaban el trágico momento de la voladura. Rectángulos de tierra
apisonada marcaban el emplazamiento de las baterías enemigas antes de
retirarse. Encontró cañones volcados con las ruedas rotas, armones de
proyectiles convertidos en madejas retorcidas de barras de acero, conos
de materia carbonizada, que eran residuos de hombres y caballos quemados
por los alemanes en la noche anterior á su retroceso.
A pesar de estas incineraciones bárbaras, los cadáveres de una y otra
parte eran infinitos, no tenían límite. Parecía que la tierra hubiese
vomitado todos los cuerpos que llevaba recibidos desde los primeros
tiempos de la humanidad. El sol, impasible, poblaba de puntos de luz, de
fulgores amarillentos, los campos de muerte. Los pedazos de bayoneta,
las chapas metálicas, las cápsulas de fusil, centelleaban como pedazos
de espejo. La noche húmeda, la lluvia, el tiempo oxidador, no habían
modificado aún con su acción corrosiva estos residuos del combate,
borrando su brillo. La carne empezaba á descomponerse. Un hedor de
cementerio acompañaba al caminante, siendo cada vez más intenso así como
avanzaba hacia París. Cada media hora le hacía pasar á un nuevo círculo
de podredumbre creciente, descender un peldaño en la descomposición
animal. Al principio, los muertos eran del día anterior: estaban
frescos. Los que encontró al otro lado del río llevaban dos días sobre
el terreno; luego tres, luego cuatro. Bandas de cuervos se levantaban
con perezoso aleteo al oir sus pasos; pero volvían á posarse en tierra,
repletos pero no ahitos, habiendo perdido todo miedo al hombre.
De tarde en tarde encontraba grupos vivientes. Eran pelotones de
caballería, gendarmes, zuavos, cazadores. Vivaqueaban en torno de las
granjas arruinadas, explorando el terreno para cazar á los fugitivos
alemanes. Desnoyers tenía que explicar su historia, mostrando el
pasaporte que le había dado Lacour para hacer su viaje en el tren
militar. Sólo así pudo seguir adelante. Estos soldados--muchos de ellos
heridos levemente--estaban aún bajo la impresión de la victoria. Reían,
contaban sus hazañas, los grandes peligros arrostrados en los días
anteriores. «Los vamos á llevar á puntapiés hasta la frontera...» Su
indignación renacía al mirar entorno de ellos. Los pueblos, las granjas,
las casas aisladas, todo quemado. Como esqueletos de bestias
prehistóricas, se destacaban sobre la llanura muchos armazones de acero
retorcidos por el incendio. Las chimeneas de ladrillo de las fábricas
estaban cortadas casi á ras de tierra ó mostraban en sus cilindros
varios orificios de obús limpios y redondos. Parecían flautas pastoriles
clavadas en el suelo.
Junto á los pueblos en ruinas, las mujeres removían la tierra abriendo
fosas. Este trabajo resultaba insignificante. Se necesitaba un esfuerzo
inmenso para hacer desaparecer tanto muerto. «Vamos á morir después de
la victoria--pensó don Marcelo--. La peste va á cebarse en nosotros.»
El agua de los arroyos no se había librado de este contagio. La sed le
hizo beber en una laguna, y al levantar la cabeza vió unas piernas
verdes que emergían de la superficie líquida, hundiendo sus botas en el
barro de la orilla. La cabeza de un alemán estaba en el fondo del
charco.
Llevaba varias horas de marcha, cuando se detuvo, creyendo reconocer una
casa en ruinas. Era la taberna donde había almorzado días antes, al
dirigirse á su castillo. Penetró entre los muros hollinados, y un
enjambre de moscas pegajosas vino á zumbar en torno de su cara. Un hedor
de grasa descompuesta por la muerte arañó su olfato. Una pierna que
parecía de cartón chamuscado asomaba entre los escombros. Creyó ver
otra vez á la vieja con los nietos agarrados á sus faldas. «Señor, ¿por
qué huyen las gentes? La guerra es asunto de soldados. Nosotros no
hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»
Media hora después, al bajar una cuesta, tuvo el más inesperado de los
encuentros. Vió un automóvil de alquiler, un automóvil de París, con su
taxímetro en el pescante. El _chauffeur_ se paseaba tranquilamente junto
al vehículo, como si estuviese en su punto de parada.
No tardó en entablar conversación con este señor que se le aparecía roto
y sucio como un vagabundo, con media cara lívida por la huella de un
golpe. Había traído á unos parisienses que deseaban ver el campo del
combate. Eran de los que escriben en los periódicos; los aguardaba allí
para regresar al anochecer.
Don Marcelo hundió la diestra en un bolsillo. Doscientos francos si le
llevaba á París. El _chauffeur_ protestó con la gravedad de un hombre
fiel á sus compromisos... «Quinientos.» Y mostró un puñado de monedas de
oro. El otro por toda respuesta dió una vuelta á la manivela del motor,
que empezó á roncar. Todos los días no se daba una batalla en las
inmediaciones de París. Sus clientes podían esperarle.
Y Desnoyers, dentro del vehículo, vió pasar por las portezuelas este
campo de horrores en huída vertiginosa, para disolverse á sus espaldas.
Rodaba hacia la vida humana... volvía á la civilización.
Al entrar en París, las calles solitarias le parecieron llenas de
gentío. Nunca había encontrado tan hermosa la ciudad. Vió la Opera, vió
la plaza de la Concordia, se imaginó estar soñando al apreciar el enorme
salto que había dado en una hora. Comparó lo que le rodeaba con las
imágenes de poco antes, con aquella llanura de muerte que se extendía á
unos cuantos kilómetros de distancia. No, no era posible. Uno de los dos
términos de este contraste debía ser forzosamente falso.
Se detuvo el automóvil: había llegado á la avenida Víctor Hugo... Creyó
seguir soñando. ¿Realmente estaba en su casa?...
El majestuoso portero le saludó asombrado, no pudiendo explicarse su
aspecto de miseria. ¡Ah, señor!... ¿De dónde venía el señor?
--Del infierno--murmuró don Marcelo.
Su extrañeza continuó al verse dentro de su vivienda, recorriendo las
habitaciones. Volvía á ser alguien. La vista de sus riquezas, el goce de
sus comodidades, le devolvieron la noción de su dignidad. Al mismo
tiempo fué resucitando en su memoria el recuerdo de todas las
humillaciones y ultrajes que había sufrido. ¡Ah, canallas!...
Dos días después sonó por la mañana el timbre de su puerta. ¡Una visita!
Avanzó hacia él un soldado, un pequeño soldado de infantería de línea,
tímido, con el kepis en la diestra, balbuceando excusas en español.
--He sabido que estaba usted aquí... Vengo á...
¿Esta voz?... Don Marcelo tiró de él en el obscuro recibimiento,
llevándole hacia un balcón... ¡Qué hermoso le veía!... El kepis era de
un rojo obscurecido por la mugre; el capote, demasiado ancho, estaba
rapado y recosido; los zapatones exhalaban un hedor de cuero. Nunca
había contemplado á su hijo tan elegante y apuesto como lo estaba ahora
con estos residuos de almacén.
--¡Tú!... ¡tú!...
El padre le abrazó convulsivamente, gimiendo como un niño, sintiendo que
sus pies se negaban á sostenerle.
Siempre había esperado que acabarían por entenderse. Tenía su sangre:
era bueno, sin otro defecto que cierta testarudez. Le excusaba ahora por
todo lo pasado, atribuyéndose á sí mismo gran parte de culpa. Había sido
demasiado duro.
--¡Tú soldado!--repitió--. ¡Tú defendiendo á mi país, que no es el
tuyo!...
Y volvía á besarle, retrocediendo luego unos pasos para apreciar mejor
su aspecto. Decididamente, le encontraba más hermoso en su grotesco
uniforme que cuando era célebre por sus elegancias de danzarín, amado de
las mujeres.
Acabó por dominar su emoción. Sus ojos, llenos de lágrimas, brillaron
con maligno fulgor. Un gesto de odio crispaba su rostro.
--Ve--- dijo simplemente--. Tú no sabes lo que es esta guerra; yo vengo
de ella, la he visto de cerca. No es una guerra como las otras, con
enemigos leales: es una cacería de fieras... Tira sin escrúpulo contra
el montón. Por cada uno que tumbes, libras á la humanidad de un peligro.
Se detuvo unos instantes, como si dudase, y añadió al fin con trágica
calma:
--Tal vez encuentres frente á ti rostros conocidos. La familia no se
forma siempre á nuestro gusto. Hombres de tu sangre están al otro lado.
Si ves á alguno de ellos... no vaciles, ¡tira! es tu enemigo.
¡Mátalo!... ¡mátalo!
TERCERA PARTE
I
Después del Marne
A fines de Octubre, la familia Desnoyers volvió á París. Doña Luisa no
podía vivir en Biarritz, lejos de su marido, En vano «la romántica» le
hablaba de los peligros del regreso. El gobierno todavía estaba en
Burdeos; el presidente de la República y los ministros sólo hacían
rápidas apariciones en la capital. Podía cambiar de un momento á otro el
curso de la guerra: lo del Marne sólo representaba un alivio
momentáneo... Pero la buena señora se mantuvo insensible á estas
sugestiones luego de haber leído las cartas de don Marcelo. Además,
pensaba en su hijo, su Julio, que era soldado... Creyó que regresando á
París estaría más en contacto con él que en esta playa vecina á la
frontera española.
Chichí también quiso volver. René ocupaba mucho lugar en su pensamiento.
La ausencia había servido para que se enterase de que estaba enamorada.
¡Tanto tiempo sin ver al «soldadito de azúcar»!... Y la familia abandonó
su vida de hotel para regresar á la avenida Víctor Hugo.
París iba modificando su aspecto después de la sacudida de á principios
de Septiembre. Los dos millones escasos de habitantes que permanecieron
quietos en sus casas, sin dejarse arrastrar por el pánico, habían
acogido con grave serenidad la victoria. Ninguno se explicaba con
exactitud el curso de la batalla: vinieron á conocerla cuando ya había
terminado.
Un domingo de Septiembre, á la hora en que paseaban los parisienses
aprovechando el hermoso atardecer, supieron por los periódicos el gran
triunfo de los aliados y el peligro que habían corrido. La gente se
alegró, pero sin abandonar su actitud calmosa. Seis semanas de guerra
habían cambiado radicalmente el carácter de París, bullanguero é
impresionable.
La victoria fué devolviendo lentamente á la capital su antiguo aspecto.
Una calle desierta semanas antes se poblaba de transeuntes. Iban
abriéndose las tiendas. Los vecinos, acostumbrados en sus casas á un
silencio conventual, volvían á escuchar ruidos de instalación en el
techo y debajo de sus pies.
La alegría de don Marcelo al ver llegar á los suyos fué obscurecida por
la presencia de doña Elena. Era Alemania que volvía á su encuentro, el
enemigo otra vez en su domicilio. ¿Cuándo podría libertarse de esta
esclavitud?... Ella callaba en presencia de su cuñado. Los sucesos
recientes parecían desorientarla. Su rostro tenía una expresión de
extrañeza, como si contemplase en pleno trastorno las leyes físicas más
elementales. Le era imposible comprender en sus reflexivos silencios
cómo los alemanes no habían conquistado aquel suelo que ella pisaba; y
para explicarse este fracaso, admitía las más absurdas suposiciones.
Una preocupación particular aumentaba su tristeza. Sus hijos... ¡qué
sería de sus hijos! Don Marcelo no le habló nunca de su entrevista con
el capitán von Hartrott. Callaba su viaje á Villeblanche; no quería
contar sus aventuras durante la batalla del Marne. ¿Para qué entristecer
á los suyos con tales miserias?... Se había limitado á anunciar á doña
Luisa, alarmada por la suerte de su castillo, que en muchos años no
podrían ir á él, por haber quedado inhabitable. Una caperuza de planchas
de cinc sustituía ahora á la antigua techumbre para evitar que las
lluvias rematasen la destrucción interna. Más adelante, después de la
paz, pensarían en su renovación. Por ahora tenía demasiados
habitantes... Y todas las señoras, incluso doña Elena, se estremecían,
al imaginarse los miles de cadáveres formando un círculo en torno del
edificio, ocultos en el suelo. Esta visión hacía gemir de nuevo á la
señora de Hartrott: «¡Ay, mis hijos!»
Su cuñado, por humanidad, la había tranquilizado sobre la suerte de uno
de ellos, el capitán Otto. Estaba en perfecta salud al iniciarse la
batalla. Lo sabía por un amigo que había conversado con él... Y no quiso
decir más.
Doña Luisa pasaba una parte del día en las iglesias, adormeciendo sus
inquietudes con el rezo. Estas oraciones ya no eran vagas y generosas
por la suerte de millones de hombres desconocidos, por la victoria de
todo un pueblo. Las concretaba con maternal egoísmo en una sola persona,
su hijo, que era soldado como los otros y tal vez en aquellos momentos
se veía en peligro. ¡Las lágrimas que le costaba!... Había suplicado que
él y su padre se entendiesen, y cuando al fin Dios quería favorecerla
con un milagro, Julio se alejaba al encuentro de la muerte.
Sus plegarias nunca iban solas. Alguien rezaba junto á ella en la
iglesia formulando idénticas peticiones. Los ojos lacrimosos de su
hermana se elevaban al mismo tiempo que los suyos hacia el cadáver
crucificado. «¡Señor, salva á mi hijo!...» Doña Luisa, al decir esto,
veía á Julio tal como se lo había mostrado su esposo en una fotografía
pálida recibida de las trincheras, con kepis y capote, las piernas
oprimidas por unas bandas de paño, un fusil en la diestra y el rostro
ensombrecido por una barba naciente. «¡Señor, protégenos!...» Y doña
Elena contemplaba á su vez un grupo de oficiales con casco y uniforme
verde reseda partido por las manchas de cuero del revólver, los gemelos,
el portamapas y el cinturón, del que pendía el sable.
Al verlas salir juntas hacia Saint-Honorée d'Eylau, don Marcelo se
indignaba algunas veces.
--Están jugando con Dios... Esto no es serio. ¿Cómo puede atender unas
oraciones tan contrarias?... ¡Ah, las mujeres!
Y con la superstición que despierta el peligro, creía que su cuñada
causaba un grave mal á su hijo. La divinidad, fatigada de tanto rezo
contradictorio, iba á volverse de espaldas para no oir á unos ni á
otros. ¿Por qué no se marchaba esta mujer fatal?...
Lo mismo que al principio de las hostilidades, volvió á sentir el
tormento de su presencia. Doña Luisa repetía inconscientemente las
afirmaciones de su hermana, sometiéndolas al criterio superior del
esposo. Así pudo enterarse don Marcelo de que la victoria del Marne no
había existido nunca en la realidad: era una invención de los aliados.
Los generales alemanes habían creído prudente retroceder, por sus altas
previsiones estratégicas, dejando para más adelante la conquista de
París, y los franceses no habían hecho mas que ir detrás de sus pasos,
ya que les dejaban el terreno libre. Esto era todo. Ella conocía las
opiniones de algunos militares de países neutros; había hablado en
Biarritz con personas de gran competencia; sabía lo que decían los
periódicos de Alemania. Nadie creía allá en lo del Marne. El público ni
siquiera conocía esta batalla.
--¿Tu hermana dice eso?--interrumpía Desnoyers, pálido por la sorpresa y
la cólera.
Sólo se le ocurría desear una transformación completa de aquel enemigo
albergado bajo su techo. ¡Ay! ¿Por qué no se convertía en hombre? ¿por
qué no venía á ocupar su sitio, aunque sólo fuese por media hora, el
fantasmón de su esposo?...
--Pero la guerra sigue--insistía ingenuamente doña Luisa--. Los enemigos
aún están en Francia... ¿De qué ha servido lo del Marne?