Estaba llenando por tercera vez los cubos y contemplaba de espaldas al

teniente, cuando ocurrió una cosa inverosímil, absurda, algo que le hizo

recordar las fantásticas mutaciones del cinematógrafo. Desapareció de

pronto la cabeza del oficial: dos surtidores de sangre saltaron de su

cuello y el cuerpo se desplomó como un saco vacío. Al mismo tiempo un

ciclón pasaba á lo largo de la pared, entre ésta y el edificio,

derribando árboles, volcando cañones, llevándose las personas en

remolino como si fuesen hojas secas. Adivinó que la muerte soplaba en

una nueva dirección. Hasta entonces había llegado de frente, por la

parte del río, batiendo la línea enemiga parapetada en la muralla.

Ahora, con la brusquedad de un cambio atmosférico, venía del fondo del

parque. Un movimiento hábil de los agresores, el uso de un camino

apartado, tal vez un repliegue de la línea alemana, había permitido á

los franceses colocar sus cañones en una nueva posición, batiendo de

flanco á los ocupantes del castillo.

Fué una fortuna para don Marcelo el retardarse unos minutos al borde del

foso, abrigado por la masa del edificio. La rociada de la batería oculta

pasó á lo largo de la avenida, barriendo los vivos, destrozando por

segunda vez á los muertos, matando los caballos, rompiendo las ruedas de

las piezas, haciendo volar un armón con llamaradas de volcán, en cuyo

fondo rojo y azulado saltaban cuerpos negros. Vió centenares de hombres

caídos; vió caballos que corrían pisándose las tripas. La siega de la

muerte no había sido por gavillas: todo un campo quedaba liso con solo

un golpe de hoz. Y como si las baterías de enfrente adivinasen la

catástrofe, redoblaron por su parte el fuego, enviando una lluvia de

obuses. Caían por todos lados. Más allá del castillo, en el fondo del

parque, se abrían cráteres en la arboleda que vomitaban troncos enteros.

Los proyectiles sacaban de sus fosas á los muertos enterrados la

víspera.

Los que no habían caído siguieron tirando por las aberturas del muro.

Luego se levantaron con precipitación. Unos armaban la bayoneta,

pálidos, con los labios apretados y un brillo de locura en los ojos;

otros volvían la espalda, corriendo hacia la salida del parque, sin

prestar atención á los gritos de los oficiales y á los disparos de

revólver que hacían contra los fugitivos.

Todo esto ocurrió con vertiginosa rapidez, como una escena de pesadilla.

Al otro lado del muro sonaba un zumbido ascendente igual al de la marea.

Oyó gritos, le pareció que unas voces roncas y discordantes cantaban la

_Marsellesa_. Las ametralladoras funcionaban con velocidad, como

máquinas de coser. El ataque iba á quedar inmovilizado de nuevo por esta

resistencia furiosa. Los alemanes, locos de rabia, tiraban y tiraban. En

una brecha aparecieron kepis rojos, piernas del mismo color intentando

pasar sobre los escombros. Pero la visión se borró instantáneamente bajo

la rociada de las ametralladoras. Los asaltantes debían caer á montones

al otro lado de la pared.

Desnoyers no supo con certeza cómo se realizó la mutación. De pronto vió

los pantalones rojos dentro del parque. Pasaban con un salto

irresistible sobre el muro, se deslizaban por las brechas, venían del

fondo de la arboleda por entradas invisibles. Eran soldados pequeños,

cuadrados, sudorosos, con el capote desabrochado. Y revueltos con ellos,

en el desorden de la carga, tiradores africanos con ojos de diablo y

bocas espumeantes, zuavos de amplios calzones, cazadores de uniforme

azul.

Los oficiales alemanes querían morir. Con el sable en alto, después de

haber agotado los tiros de sus revólveres, avanzaban contra los

asaltantes, seguidos de los soldados que aún les obedecían. Hubo un

choque, una mezcolanza. Al viejo le pareció que el mundo había caído en

profundo silencio. Los gritos de los combatientes, el encontrón de los

cuerpos, la estridencia de las armas, no representaban nada después que

los cañones habían enmudecido. Vió hombres clavados por el vientre en el

extremo de un fusil, mientras una punta enrojecida asomaba por sus

riñones; culatas en alto cayendo como martillos; adversarios que se

abrazaban rodando por el suelo, pretendiendo dominarse con patadas y

mordiscos. Desaparecieron los pechos de color de mostaza; sólo vió

espaldas de este color huyendo hacia la salida del parque, filtrándose

entre los árboles, cayendo en mitad de su carrera alcanzadas por las

balas. Muchos de los asaltantes deseaban perseguir á los fugitivos y no

podían, ocupados en desprender con rudos tirones su bayoneta de un

cuerpo que la sujetaba en sus espasmos agónicos.

Se encontró de pronto don Marcelo en medio de estos choques mortales,

saltando como un niño, agitando las manos, profiriendo gritos. Luego

volvió á despertar, teniendo entre sus brazos la cabeza polvorienta de

un oficial joven que le miraba con asombro. Tal vez le creía un loco al

recibir sus besos, al escuchar sus palabras incoherentes, al recibir en

sus mejillas una lluvia de lágrimas. Siguió llorando cuando el oficial

se desprendió de él con rudo empujón... necesitaba desahogarse después

de tantos días de angustia silenciosa: ¡Viva Francia!

Los suyos estaban ya en la entrada del parque. Corrían con la bayoneta

por delante en seguimiento de los últimos restos del batallón alemán que

escapaba hacia el pueblo. Un grupo de jinetes pasó por el camino. Eran

dragones que llegaban para extremar la persecución. Pero sus caballos

estaban fatigados; únicamente la fiebre de la victoria, que parecía

transmitirse de los hombres á las bestias, sostenía su trote forzado y

doloroso. Uno de estos jinetes se detuvo junto á la entrada del parque.

El caballo devoró con avidez unos hierbajos, mientras el hombre

permanecía encogido en la silla como si durmiese. Desnoyers lo tocó en

una cadera, quiso despertarlo, é inmediatamente rodó por el lado

opuesto. Estaba muerto; las entrañas colgaban fuera de su abdomen. Así

había avanzado sobre su corcel, trotando confundido con los demás.

Empezaron á caer en las inmediaciones enormes peonzas de hierro y humo.

La artillería alemana hacía fuego contra sus posiciones perdidas.

Continuó el avance. Pasaron batallones, escuadrones, baterías, con

dirección al Norte, fatigados, sucios, cubiertos de polvo y barro, pero

con un enardecimiento que galvanizaba sus fuerzas casi agotadas. Los

cañones franceses empezaron á tronar por la parte del pueblo.

Grupos de soldados exploraban el castillo y las arboledas inmediatas.

De las habitaciones en ruinas, de las profundidades de las cuevas, de

los matorrales del parque, de los establos y _garages_ incendiados, iban

surgiendo hombres verdosos con la cabeza terminada en punta. Todos

elevaban los brazos, exhibiendo las manos bien abiertas: «_Kamarades...

kamarades, non kaput._» Temían, con la intranquilidad del remordimiento,

que los matasen inmediatamente. Habían perdido de golpe toda su fiereza

al verse lejos del oficial y libres de la disciplina. Algunos que sabían

un poco de francés hablaban de su mujer y de sus hijos, para enternecer

á los enemigos que les amenazaban con las bayonetas. Un alemán marchaba

junto á Desnoyers, pegándose á sus espaldas. Era el sanitario barbudo.

Se golpeaba el pecho y luego le señalaba á él. «_Franzosen..._ gran

amigo de _Franzosen_.» Y sonreía á su protector.

Permaneció en su castillo hasta la mañana siguiente. Vió la inesperada

salida de Georgette y su madre de las profundidades del pabellón

arruinado. Lloraban al contemplar los uniformes franceses.

--Esto no podía seguir--gimió la viuda--. ¡Dios no muere!

Las dos empezaban á dudar de la realidad de los días anteriores.

Después de una mala noche pasada entre escombros, don Marcelo decidió

marcharse. ¿Qué le quedaba que hacer en este castillo destrozado?... Le

estorbaba la presencia de tanto muerto. Eran cientos, eran miles. Los

soldados y los campesinos iban enterrando los cadáveres á montones allí

donde los encontraban. Fosas junto al edificio, en todas las avenidas

del parque, en los arriates de los jardines, dentro de las dependencias.

Hasta en el fondo de la laguna circular había muertos. ¿Cómo vivir á

todas horas con esta vecindad trágica, compuesta en su mayor parte de

enemigos?... ¡Adiós, castillo de Villeblanche!

Emprendió el camino de París; se proponía llegar á él fuese como fuese.

Encontró cadáveres por todas partes: pero éstos no vestían el uniforme

verdoso. Habían caído muchos de los suyos en la ofensiva salvadora.

Muchos caerían aún en las últimas convulsiones de la batalla que

continuaba á sus espaldas, agitando con un trueno incesante la línea del

horizonte... Vió pantalones de grana que emergían de los rastrojos,

suelas claveteadas que brillaban en posición vertical junto al camino,

cabezas lívidas, cuerpos amputados, vientres abiertos que dejaban

escapar hígados enormes y azules, troncos separados, piernas sueltas. Y

desprendiéndose de esta amalgama fúnebre, kepis rojos y obscuros, gorros

orientales, cascos con melenas de crines, sables retorcidos, bayonetas

rotas, fusiles, montones de cartuchos de cañón. Los caballos muertos

abullonaban la llanura con sus costillares hinchados. Vehículos de

artillería con las maderas consumidas y el armazón de hierro retorcido

revelaban el trágico momento de la voladura. Rectángulos de tierra

apisonada marcaban el emplazamiento de las baterías enemigas antes de

retirarse. Encontró cañones volcados con las ruedas rotas, armones de

proyectiles convertidos en madejas retorcidas de barras de acero, conos

de materia carbonizada, que eran residuos de hombres y caballos quemados

por los alemanes en la noche anterior á su retroceso.

A pesar de estas incineraciones bárbaras, los cadáveres de una y otra

parte eran infinitos, no tenían límite. Parecía que la tierra hubiese

vomitado todos los cuerpos que llevaba recibidos desde los primeros

tiempos de la humanidad. El sol, impasible, poblaba de puntos de luz, de

fulgores amarillentos, los campos de muerte. Los pedazos de bayoneta,

las chapas metálicas, las cápsulas de fusil, centelleaban como pedazos

de espejo. La noche húmeda, la lluvia, el tiempo oxidador, no habían

modificado aún con su acción corrosiva estos residuos del combate,

borrando su brillo. La carne empezaba á descomponerse. Un hedor de

cementerio acompañaba al caminante, siendo cada vez más intenso así como

avanzaba hacia París. Cada media hora le hacía pasar á un nuevo círculo

de podredumbre creciente, descender un peldaño en la descomposición

animal. Al principio, los muertos eran del día anterior: estaban

frescos. Los que encontró al otro lado del río llevaban dos días sobre

el terreno; luego tres, luego cuatro. Bandas de cuervos se levantaban

con perezoso aleteo al oir sus pasos; pero volvían á posarse en tierra,

repletos pero no ahitos, habiendo perdido todo miedo al hombre.

De tarde en tarde encontraba grupos vivientes. Eran pelotones de

caballería, gendarmes, zuavos, cazadores. Vivaqueaban en torno de las

granjas arruinadas, explorando el terreno para cazar á los fugitivos

alemanes. Desnoyers tenía que explicar su historia, mostrando el

pasaporte que le había dado Lacour para hacer su viaje en el tren

militar. Sólo así pudo seguir adelante. Estos soldados--muchos de ellos

heridos levemente--estaban aún bajo la impresión de la victoria. Reían,

contaban sus hazañas, los grandes peligros arrostrados en los días

anteriores. «Los vamos á llevar á puntapiés hasta la frontera...» Su

indignación renacía al mirar entorno de ellos. Los pueblos, las granjas,

las casas aisladas, todo quemado. Como esqueletos de bestias

prehistóricas, se destacaban sobre la llanura muchos armazones de acero

retorcidos por el incendio. Las chimeneas de ladrillo de las fábricas

estaban cortadas casi á ras de tierra ó mostraban en sus cilindros

varios orificios de obús limpios y redondos. Parecían flautas pastoriles

clavadas en el suelo.

Junto á los pueblos en ruinas, las mujeres removían la tierra abriendo

fosas. Este trabajo resultaba insignificante. Se necesitaba un esfuerzo

inmenso para hacer desaparecer tanto muerto. «Vamos á morir después de

la victoria--pensó don Marcelo--. La peste va á cebarse en nosotros.»

El agua de los arroyos no se había librado de este contagio. La sed le

hizo beber en una laguna, y al levantar la cabeza vió unas piernas

verdes que emergían de la superficie líquida, hundiendo sus botas en el

barro de la orilla. La cabeza de un alemán estaba en el fondo del

charco.

Llevaba varias horas de marcha, cuando se detuvo, creyendo reconocer una

casa en ruinas. Era la taberna donde había almorzado días antes, al

dirigirse á su castillo. Penetró entre los muros hollinados, y un

enjambre de moscas pegajosas vino á zumbar en torno de su cara. Un hedor

de grasa descompuesta por la muerte arañó su olfato. Una pierna que

parecía de cartón chamuscado asomaba entre los escombros. Creyó ver

otra vez á la vieja con los nietos agarrados á sus faldas. «Señor, ¿por

qué huyen las gentes? La guerra es asunto de soldados. Nosotros no

hacemos mal á nadie y nada debemos temer.»

Media hora después, al bajar una cuesta, tuvo el más inesperado de los

encuentros. Vió un automóvil de alquiler, un automóvil de París, con su

taxímetro en el pescante. El _chauffeur_ se paseaba tranquilamente junto

al vehículo, como si estuviese en su punto de parada.

No tardó en entablar conversación con este señor que se le aparecía roto

y sucio como un vagabundo, con media cara lívida por la huella de un

golpe. Había traído á unos parisienses que deseaban ver el campo del

combate. Eran de los que escriben en los periódicos; los aguardaba allí

para regresar al anochecer.

Don Marcelo hundió la diestra en un bolsillo. Doscientos francos si le

llevaba á París. El _chauffeur_ protestó con la gravedad de un hombre

fiel á sus compromisos... «Quinientos.» Y mostró un puñado de monedas de

oro. El otro por toda respuesta dió una vuelta á la manivela del motor,

que empezó á roncar. Todos los días no se daba una batalla en las

inmediaciones de París. Sus clientes podían esperarle.

Y Desnoyers, dentro del vehículo, vió pasar por las portezuelas este

campo de horrores en huída vertiginosa, para disolverse á sus espaldas.

Rodaba hacia la vida humana... volvía á la civilización.

Al entrar en París, las calles solitarias le parecieron llenas de

gentío. Nunca había encontrado tan hermosa la ciudad. Vió la Opera, vió

la plaza de la Concordia, se imaginó estar soñando al apreciar el enorme

salto que había dado en una hora. Comparó lo que le rodeaba con las

imágenes de poco antes, con aquella llanura de muerte que se extendía á

unos cuantos kilómetros de distancia. No, no era posible. Uno de los dos

términos de este contraste debía ser forzosamente falso.

Se detuvo el automóvil: había llegado á la avenida Víctor Hugo... Creyó

seguir soñando. ¿Realmente estaba en su casa?...

El majestuoso portero le saludó asombrado, no pudiendo explicarse su

aspecto de miseria. ¡Ah, señor!... ¿De dónde venía el señor?

--Del infierno--murmuró don Marcelo.

Su extrañeza continuó al verse dentro de su vivienda, recorriendo las

habitaciones. Volvía á ser alguien. La vista de sus riquezas, el goce de

sus comodidades, le devolvieron la noción de su dignidad. Al mismo

tiempo fué resucitando en su memoria el recuerdo de todas las

humillaciones y ultrajes que había sufrido. ¡Ah, canallas!...

Dos días después sonó por la mañana el timbre de su puerta. ¡Una visita!

Avanzó hacia él un soldado, un pequeño soldado de infantería de línea,

tímido, con el kepis en la diestra, balbuceando excusas en español.

--He sabido que estaba usted aquí... Vengo á...

¿Esta voz?... Don Marcelo tiró de él en el obscuro recibimiento,

llevándole hacia un balcón... ¡Qué hermoso le veía!... El kepis era de

un rojo obscurecido por la mugre; el capote, demasiado ancho, estaba

rapado y recosido; los zapatones exhalaban un hedor de cuero. Nunca

había contemplado á su hijo tan elegante y apuesto como lo estaba ahora

con estos residuos de almacén.

--¡Tú!... ¡tú!...

El padre le abrazó convulsivamente, gimiendo como un niño, sintiendo que

sus pies se negaban á sostenerle.

Siempre había esperado que acabarían por entenderse. Tenía su sangre:

era bueno, sin otro defecto que cierta testarudez. Le excusaba ahora por

todo lo pasado, atribuyéndose á sí mismo gran parte de culpa. Había sido

demasiado duro.

--¡Tú soldado!--repitió--. ¡Tú defendiendo á mi país, que no es el

tuyo!...

Y volvía á besarle, retrocediendo luego unos pasos para apreciar mejor

su aspecto. Decididamente, le encontraba más hermoso en su grotesco

uniforme que cuando era célebre por sus elegancias de danzarín, amado de

las mujeres.

Acabó por dominar su emoción. Sus ojos, llenos de lágrimas, brillaron

con maligno fulgor. Un gesto de odio crispaba su rostro.

--Ve--- dijo simplemente--. Tú no sabes lo que es esta guerra; yo vengo

de ella, la he visto de cerca. No es una guerra como las otras, con

enemigos leales: es una cacería de fieras... Tira sin escrúpulo contra

el montón. Por cada uno que tumbes, libras á la humanidad de un peligro.

Se detuvo unos instantes, como si dudase, y añadió al fin con trágica

calma:

--Tal vez encuentres frente á ti rostros conocidos. La familia no se

forma siempre á nuestro gusto. Hombres de tu sangre están al otro lado.

Si ves á alguno de ellos... no vaciles, ¡tira! es tu enemigo.

¡Mátalo!... ¡mátalo!

TERCERA PARTE

I

Después del Marne

A fines de Octubre, la familia Desnoyers volvió á París. Doña Luisa no

podía vivir en Biarritz, lejos de su marido, En vano «la romántica» le

hablaba de los peligros del regreso. El gobierno todavía estaba en

Burdeos; el presidente de la República y los ministros sólo hacían

rápidas apariciones en la capital. Podía cambiar de un momento á otro el

curso de la guerra: lo del Marne sólo representaba un alivio

momentáneo... Pero la buena señora se mantuvo insensible á estas

sugestiones luego de haber leído las cartas de don Marcelo. Además,

pensaba en su hijo, su Julio, que era soldado... Creyó que regresando á

París estaría más en contacto con él que en esta playa vecina á la

frontera española.

Chichí también quiso volver. René ocupaba mucho lugar en su pensamiento.

La ausencia había servido para que se enterase de que estaba enamorada.

¡Tanto tiempo sin ver al «soldadito de azúcar»!... Y la familia abandonó

su vida de hotel para regresar á la avenida Víctor Hugo.

París iba modificando su aspecto después de la sacudida de á principios

de Septiembre. Los dos millones escasos de habitantes que permanecieron

quietos en sus casas, sin dejarse arrastrar por el pánico, habían

acogido con grave serenidad la victoria. Ninguno se explicaba con

exactitud el curso de la batalla: vinieron á conocerla cuando ya había

terminado.

Un domingo de Septiembre, á la hora en que paseaban los parisienses

aprovechando el hermoso atardecer, supieron por los periódicos el gran

triunfo de los aliados y el peligro que habían corrido. La gente se

alegró, pero sin abandonar su actitud calmosa. Seis semanas de guerra

habían cambiado radicalmente el carácter de París, bullanguero é

impresionable.

La victoria fué devolviendo lentamente á la capital su antiguo aspecto.

Una calle desierta semanas antes se poblaba de transeuntes. Iban

abriéndose las tiendas. Los vecinos, acostumbrados en sus casas á un

silencio conventual, volvían á escuchar ruidos de instalación en el

techo y debajo de sus pies.

La alegría de don Marcelo al ver llegar á los suyos fué obscurecida por

la presencia de doña Elena. Era Alemania que volvía á su encuentro, el

enemigo otra vez en su domicilio. ¿Cuándo podría libertarse de esta

esclavitud?... Ella callaba en presencia de su cuñado. Los sucesos

recientes parecían desorientarla. Su rostro tenía una expresión de

extrañeza, como si contemplase en pleno trastorno las leyes físicas más

elementales. Le era imposible comprender en sus reflexivos silencios

cómo los alemanes no habían conquistado aquel suelo que ella pisaba; y

para explicarse este fracaso, admitía las más absurdas suposiciones.

Una preocupación particular aumentaba su tristeza. Sus hijos... ¡qué

sería de sus hijos! Don Marcelo no le habló nunca de su entrevista con

el capitán von Hartrott. Callaba su viaje á Villeblanche; no quería

contar sus aventuras durante la batalla del Marne. ¿Para qué entristecer

á los suyos con tales miserias?... Se había limitado á anunciar á doña

Luisa, alarmada por la suerte de su castillo, que en muchos años no

podrían ir á él, por haber quedado inhabitable. Una caperuza de planchas

de cinc sustituía ahora á la antigua techumbre para evitar que las

lluvias rematasen la destrucción interna. Más adelante, después de la

paz, pensarían en su renovación. Por ahora tenía demasiados

habitantes... Y todas las señoras, incluso doña Elena, se estremecían,

al imaginarse los miles de cadáveres formando un círculo en torno del

edificio, ocultos en el suelo. Esta visión hacía gemir de nuevo á la

señora de Hartrott: «¡Ay, mis hijos!»

Su cuñado, por humanidad, la había tranquilizado sobre la suerte de uno

de ellos, el capitán Otto. Estaba en perfecta salud al iniciarse la

batalla. Lo sabía por un amigo que había conversado con él... Y no quiso

decir más.

Doña Luisa pasaba una parte del día en las iglesias, adormeciendo sus

inquietudes con el rezo. Estas oraciones ya no eran vagas y generosas

por la suerte de millones de hombres desconocidos, por la victoria de

todo un pueblo. Las concretaba con maternal egoísmo en una sola persona,

su hijo, que era soldado como los otros y tal vez en aquellos momentos

se veía en peligro. ¡Las lágrimas que le costaba!... Había suplicado que

él y su padre se entendiesen, y cuando al fin Dios quería favorecerla

con un milagro, Julio se alejaba al encuentro de la muerte.

Sus plegarias nunca iban solas. Alguien rezaba junto á ella en la

iglesia formulando idénticas peticiones. Los ojos lacrimosos de su

hermana se elevaban al mismo tiempo que los suyos hacia el cadáver

crucificado. «¡Señor, salva á mi hijo!...» Doña Luisa, al decir esto,

veía á Julio tal como se lo había mostrado su esposo en una fotografía

pálida recibida de las trincheras, con kepis y capote, las piernas

oprimidas por unas bandas de paño, un fusil en la diestra y el rostro

ensombrecido por una barba naciente. «¡Señor, protégenos!...» Y doña

Elena contemplaba á su vez un grupo de oficiales con casco y uniforme

verde reseda partido por las manchas de cuero del revólver, los gemelos,

el portamapas y el cinturón, del que pendía el sable.

Al verlas salir juntas hacia Saint-Honorée d'Eylau, don Marcelo se

indignaba algunas veces.

--Están jugando con Dios... Esto no es serio. ¿Cómo puede atender unas

oraciones tan contrarias?... ¡Ah, las mujeres!

Y con la superstición que despierta el peligro, creía que su cuñada

causaba un grave mal á su hijo. La divinidad, fatigada de tanto rezo

contradictorio, iba á volverse de espaldas para no oir á unos ni á

otros. ¿Por qué no se marchaba esta mujer fatal?...

Lo mismo que al principio de las hostilidades, volvió á sentir el

tormento de su presencia. Doña Luisa repetía inconscientemente las

afirmaciones de su hermana, sometiéndolas al criterio superior del

esposo. Así pudo enterarse don Marcelo de que la victoria del Marne no

había existido nunca en la realidad: era una invención de los aliados.

Los generales alemanes habían creído prudente retroceder, por sus altas

previsiones estratégicas, dejando para más adelante la conquista de

París, y los franceses no habían hecho mas que ir detrás de sus pasos,

ya que les dejaban el terreno libre. Esto era todo. Ella conocía las

opiniones de algunos militares de países neutros; había hablado en

Biarritz con personas de gran competencia; sabía lo que decían los

periódicos de Alemania. Nadie creía allá en lo del Marne. El público ni

siquiera conocía esta batalla.

--¿Tu hermana dice eso?--interrumpía Desnoyers, pálido por la sorpresa y

la cólera.

Sólo se le ocurría desear una transformación completa de aquel enemigo

albergado bajo su techo. ¡Ay! ¿Por qué no se convertía en hombre? ¿por

qué no venía á ocupar su sitio, aunque sólo fuese por media hora, el

fantasmón de su esposo?...

--Pero la guerra sigue--insistía ingenuamente doña Luisa--. Los enemigos

aún están en Francia... ¿De qué ha servido lo del Marne?

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 26 / 33 段