Era el único rostro conocido entre todas aquellas gentes que hablaban su
idioma. Estaba pálido, con las facciones enjutas y un velo impalpable
sobre los ojos. No tenía heridas visibles, pero debajo del capote
tendido sobre su vientre, las entrañas, deshechas en espantosa
carnicería, exhalaban un hedor de cementerio. La presencia de Desnoyers
le hizo adivinar adonde le habían llevado, y poco á poco coordinó sus
recuerdos. Como si al viejo pudiera interesarle el paradero de sus
camaradas, habló con voz tenue y trabajosa que á él le parecía sin duda
natural... ¡Mala suerte la de su brigada! Habían llegado al frente en un
momento de apuro, para ser lanzados como tropas de refresco. Muerto el
comandante Blumhardt en los primeros instantes: un proyectil de 75 se le
había llevado la cabeza. Muertos casi todos los oficiales que se habían
alojado en el castillo. Su Excelencia tenía la mandíbula arrancada por
un casco de obús. Lo había visto en el suelo rugiendo de dolor,
sacándose del pecho un retrato que intentaba besar con su boca rota. El
tenía el vientre destrozado por el mismo obús. Había estado cuarenta y
dos horas en el campo sin que lo recogiesen...
Y con una avidez de universitario que quiere verlo todo y explicárselo
todo, añadió en este momento supremo, con la tenacidad del que muere
hablando:
--Triste guerra, señor... Faltan elementos de juicio para decidir quién
es el culpable... Cuando la guerra termine, habrá... habrá...
Cerró los ojos, desvanecido por su esfuerzo. Desnoyers se alejó.
¡Infeliz! Colocaba la hora de la justicia en la terminación de la
guerra, y mientras tanto, era él quien terminaba, desapareciendo con
todos sus escrúpulos de razonador lento y disciplinado.
Esta noche no durmió. Temblaban las paredes del pabellón, se movían los
vidrios con crujidos de fractura, suspiraban inquietas las dos mujeres
en la pieza inmediata. Al estrépito de los disparos alemanes se unían
otras explosiones más cercanas. Adivinó los estallidos de los
proyectiles franceses que llegaban buscando á la artillería enemiga por
encima del Marne.
Su entusiasmo empezaba á resucitar, la posibilidad de una victoria
apuntó en su pensamiento. Pero estaba tan deprimido por su miserable
situación, que inmediatamente desechó tal esperanza. Los suyos
avanzaban, pero su avance no representaba tal vez mas que una ventaja
local. ¡Era tan extensa la línea de batalla!... Iba á ocurrir lo que en
1870: el valor francés alcanzaría victorias parciales, modificadas á
última hora por la estrategia de los enemigos hasta convertirse en
derrotas.
Después de media noche cesó el cañoneo, pero no por esto se restableció
el silencio. Rodaban automóviles ante el pabellón entre gritos de mando.
Debía ser el convoy sanitario que evacuaba el castillo. Luego, cerca del
amanecer, un estrépito de caballos, de máquinas rodantes, pasó la verja,
haciendo temblar el suelo. Media hora después sonó el trote humano de
una multitud que marchaba aceleradamente, perdiéndose en las
profundidades del parque.
Amanecía cuando saltó del lecho. Lo primero que vió al salir del
pabellón fué la bandera de la Cruz Roja que seguía ondeando en lo alto
del castillo. Ya no había camillas debajo de los árboles. En el puente
encontró varios sanitarios y uno de los médicos. El hospital se había
marchado con todos los heridos transportables. Sólo quedaban en el
edificio, bajo la vigilancia de una sección, los más graves, los que no
podían moverse. Las walkyrias de la Sanidad habían desaparecido
igualmente.
El barbudo era de los que se habían quedado, y al ver de lejos á don
Marcelo sonrió, desapareciendo inmediatamente. A los pocos momentos
reaparecía con las manos llenas. Nunca su presente había sido tan
generoso. Presintió el viejo una gran exigencia, pero al llevarse la
mano al bolsillo, el sanitario le contuvo:
--_Nein... Nein_.
¿Qué generosidad era aquella?... El alemán insistió en su negativa. La
boca enorme se dilataba con una sonrisa amable; sus manazas se posaron
en los hombros de don Marcelo. Parecía un perro bueno, un perro humilde
que acaricia á un transeunte para que le lleve con él. «Franzosen...
Franzosen.» No sabía decir más, pero se adivinaba en sus palabras el
deseo de hacer comprender que había sentido siempre gran simpatía por
los franceses. Algo importante estaba ocurriendo; el aire malhumorado de
los que permanecían en la puerta del castillo, la repentina
obsequiosidad de este rústico con uniforme, lo daban á entender.
Más allá del edificio vió soldados, muchos soldados. Un batallón de
infantería se había esparcido á lo largo de las tapias, con sus furgones
y sus caballos de tiro y de montar. Los soldados manejaban picos,
abriendo aspilleras en la pared, cortando su borde en forma de almenas.
Otros se arrodillaban ó sentaban junto á las aberturas, despojándose de
la mochila para estar más desembarazados. A lo lejos sonaba el cañón, y
en el intervalo de sus detonaciones un chasquido de tralla, un burbujeo
de aceite frito, un crujir de molino de café, el crepitamiento incesante
de fusiles y ametralladoras. El fresco de la mañana cubría los hombres y
las cosas de un brillo de humedad. Sobre los campos flotaban vedijas de
niebla, dando á los objetos cercanos las líneas inciertas de lo irreal.
El sol era una mancha tenue al remontarse entre telones de bruma. Los
árboles lloraban por todas las aristas de sus cortezas.
Un trueno rasgó el aire, próximo y ruidoso, como si estallase junto al
castillo. Desnoyers vaciló, creyendo haber recibido un puñetazo en el
pecho. Los demás hombres permanecieron impasibles, con la indiferencia
de la costumbre. Un cañón acababa de disparar á pocos pasos de él...
Sólo entonces se dió cuenta de que dos baterías se habían instalado en
su parque. Las piezas estaban ocultas bajo cúpulas de ramaje; los
artilleros derribaban árboles para enmascarar sus cañones con un
disimulo perfecto. Vió cómo iban emplazando los últimos. Con palas
formaban un borde de tierra de treinta centímetros alrededor de cada uno
de ellos. Este borde defendía los pies de los sirvientes, que tenían el
cuerpo resguardado por las mamparas blindadas de ambos lados de la
pieza. Luego levantaban una cabaña de troncos y ramaje, dejando visible
únicamente la boca del mortífero cilindro.
Don Marcelo se acostumbró poco á poco á los disparos, que parecían crear
el vacío dentro de su cráneo. Rechinaba los dientes, cerraba los puños á
cada detonación, pero seguía inmóvil, sin deseo de marcharse, dominado
por la violencia de las explosiones, admirando la serenidad de estos
hombres, que daban sus órdenes erguidos y frios ó se agitaban como
humildes sirvientes alrededor de las bestias tronadoras.
Todas sus ideas parecían haber volado, arrastradas por el primer
cañonazo. Su cerebro sólo vivía el momento presente. Volvió los ojos con
insistencia á la bandera blanca y roja que ondeaba sobre el edificio.
«Es una traición--pensó--, una deslealtad.»
A lo lejos, del otro lado del Marne, tiraban igualmente los cañones
franceses. Se adivinaba su trabajo por las pequeñas nubes amarillentas
que flotaban en el aire, por las columnas de humo que surgían en varios
puntos del paisaje, allí donde había ocultas tropas alemanas formando
una línea que se perdía en el infinito. Una atmósfera de protección y
respeto parecía envolver al castillo.
Se disolvieron las brumas matinales; el sol mostró al fin su disco
brillante y limpio, prolongando en el suelo las sombras de hombres y
árboles con una longitud fantástica. Surgían de la niebla colinas y
bosques, frescos y chorreantes después de la ablución matinal. El valle
quedaba por entero al descubierto. Desnoyers vió con sorpresa el río
desde el lugar que ocupaba. El cañón había abierto durante la noche
grandes ventanas en las arboledas que lo tenían oculto. Lo que más le
asombró al contemplar este paisaje matinal, sonriente y pueril, fué no
ver á nadie, absolutamente á nadie. Tronaban cumbres y arboledas, sin
que se mostrase una sola persona. Más de cien mil hombres debían estar
agazapados en el espacio que abarcaban sus ojos, y ni uno era visible.
Los rugidos mortales de las armas al estremecer el aire no dejaban en él
ninguna huella óptica. No había otro humo que el de la explosión, las
espirales negras que elevaban los grandes proyectiles al estallar en el
suelo. Estas columnas surgían de todos lados. Cercaban el castillo como
una ronda de peonzas gigantescas y negras, pero ninguna se salía del
ordenado corro osando adelantarse hasta tocar el edificio. Don Marcelo
seguía mirando la bandera. «Es una traición», repitió mentalmente. Pero
al mismo tiempo la aceptaba por egoísmo, viendo en ella una defensa de
su propiedad.
El batallón había terminado de instalarse á lo largo del muro, frente al
río. Los soldados, arrodillados, apoyaban sus fusiles en aspilleras y
almenas. Se mostraban satisfechos de este descanso después de una noche
de combate en retirada. Todos parecían dormidos con los ojos abiertos.
Poco á poco se dejaban caer sobre los talones ó buscaban el apoyo de la
mochila. Sonaron ronquidos en los cortos espacios de silencio que dejaba
la artillería. Los oficiales, de pie detrás de ellos, examinaban el
paisaje con sus lentes de campaña ó hablaban formando grupos. Unos
parecían desalentados; otros, furiosos por el retroceso que venían
realizando desde el día anterior; los más, permanecían tranquilos, con
la pasividad de la obediencia. El frente de batalla era inmenso: ¿quién
podía adivinar el final?... Allí se retiraban y en otros puntos los
compañeros estarían avanzando con un movimiento decisivo. Hasta el
último instante ningún soldado conoce la suerte de las batallas. Lo que
les dolía á todos era verse cada vez más lejos de París.
Don Marcelo vió brillar un redondel de vidrio. Era un monóculo fijo en
él con insistencia agresiva. Un teniente flaco, de talle apretado, que
conservaba el mismo aspecto de los oficiales que él había visto en
Berlín, un verdadero _junker_, estaba á pocos pasos, sable en mano,
detrás de sus hombres, como un pastor, sombrío y colérico.
--¿Qué hace usted aquí?--dijo rudamente.
Explicó que era el dueño del castillo. «¿Francés?», siguió preguntando
el teniente. «Sí, francés...» Quedó el oficial en hostil meditación,
sintiendo la necesidad de hacer algo contra este enemigo. Los gestos y
gritos de otros oficiales le arrancaron á sus reflexiones. Todos miraban
á lo alto, y el viejo les imitó.
Desde una hora antes pasaban por el aire pavorosos rugidos envueltos en
vapores amarillentos, jirones de nube que parecían llevar en su interior
una rueda chirríando con frenético volteo. Eran los proyectiles de la
artillería gruesa germánica, que tiraba á varios kilómetros, enviando
sus disparos por encima del castillo. No podía ser esto lo que
interesaba á los oficiales. Contrajo sus párpados para ver mejor, y al
fin, junto al borde de una nube, distinguió una especie de mosquito que
brillaba herido por el sol. En los breves intervalos de silencio se oía
el zumbido, tenue y lejano, denunciador de su presencia. Los oficiales
movieron la cabeza: «_Franzosen._» Desnoyers creyó lo mismo. No podía
imaginarse las dos cruces negras en el interior de sus alas. Vió con el
pensamiento dos anillos tricolores, iguales á los redondeles que
colorean los mantos volantes de las mariposas.
Se explicaba la inquietud de los alemanes. El avión francés se había
inmovilizado unos instantes sobre el castillo, no prestando atención á
las burbujas blancas que estallaban debajo y en torno de él. En vano los
cañones de las posiciones inmediatas le enviaban sus obuses. Viró con
rapidez, alejándose hacia su punto de partida.
«Debe haberlo visto todo--pensó Desnoyers--. Nos ha _reparado_: sabe lo
que hay aquí.»
Adivinó que iba á cambiar rápidamente el curso de los sucesos. Todo lo
que había ocurrido hasta entonces en las primeras horas de la mañana
carecía de importancia comparado con lo que vendría después. Sintió
miedo, el miedo irresistible á lo desconocido, y al mismo tiempo
curiosidad, angustia, la impaciencia ante un peligro que amenaza y nunca
acaba de llegar.
Una explosión estridente sonó fuera del parque, pero á corta distancia
de la tapia: algo semejante á un hachazo gigantesco dado con un hacha
enorme como su castillo. Volaron por el aire copas enteras de árboles,
varios troncos partidos en dos, terrenos negros con cabelleras de
hierbas, un chorro de polvo que obscureció el cielo. Algunas piedras
rodaron del muro. Los alemanes se encogieron, pero sin emoción visible.
Conocían esto; esperaban su llegada, como algo inevitable, después de
haber visto el aeroplano. La bandera con la cruz roja ya no podía
engañar á los artilleros enemigos.
Don Marcelo no tuvo tiempo para reponerse de su sorpresa: una segunda
explosión más cerca de la tapia... una tercera en el interior del
parque. Le pareció que había saltado de repente á otro mundo. Vió los
hombres y las cosas á través de una atmósfera fantástica que rugía,
destruyéndolo todo con la violencia cortante de sus ondulaciones. Había
quedado inmóvil por el terror, y sin embargo no tenía miedo. El se había
imaginado hasta entonces el miedo en distinta forma. Sentía en el
estómago un vacío angustioso. Vaciló repetidas veces sobre sus pies,
como si alguien le empujase dándole un golpe en el pecho para
enderezarlo acto seguido con un nuevo golpe en la espalda. Un olor de
ácidos se esparció en el ambiente, dificultando la respiración, haciendo
subir á los ojos el escozor de las lágrimas. En cambio, los ruidos
cesaron de molestarle: no existían para él. Los adivinaba en el oleaje
del aire, en las sacudidas de las cosas, en el torbellino que encorvaba
á los hombres, pero no repercutían en su interior. Había perdido la
facultad auditiva: toda la fuerza de sus sentidos se concentró en la
mirada. Sus ojos parecieron adquirir múltiples facetas, como los de
ciertos insectos. Vió lo que ocurría delante de su persona, á sus lados,
detrás de él. Y presenció cosas maravillosas, instantáneas, como si
todas las reglas de la vida acabasen de sufrir un trastorno caprichoso.
Un oficial que estaba á pocos pasos emprendió un vuelo inexplicable.
Empezó á elevarse, sin perder su tiesura militar, con el casco en la
cabeza, el entrecejo fruncido, el bigote rubio y corto, y más abajo el
pecho color de mostaza, las manos enguantadas que sostenían unos gemelos
y un papel. Pero aquí terminaba su individualidad. Las piernas grises
con sus polainas habían quedado en el suelo, inánimes, como fundas
vacías, expeliendo al deshincharse su rojo contenido. El tronco, en la
violenta ascensión, se desfondaba como un cántaro, soltando su contenido
de vísceras. Más allá, unos artilleros que estaban derechos aparecían
súbitamente tendidos é inmóviles, embadurnados de púrpura.
La línea de infantería se aplastó en el suelo. Los hombres se contraían,
para hacerse menos visibles, junto á las aspilleras por las que asomaban
sus fusiles. Muchos se habían colocado la mochila sobre la cabeza ó la
espalda para que les defendiese de los cascos de obús. Si se movían, era
para amoldarse mejor en la tierra, buscando excavarla con su vientre.
Varios de ellos habían cambiado de postura con una rapidez inexplicable.
Ahora estaban tendidos de espaldas y parecían dormir. Uno tenía abierto
el uniforme sobre el abdomen, mostrando entre los desgarrones de la tela
carnes sueltas, azules y rojas, que surgían y se hinchaban con burbujeos
de expansión. Otro había quedado sin piernas. Vió también ojos
agrandados por la sorpresa y el dolor, bocas redondas y negras que
parecían agitar los labios con un aullido. Pero no gritaban: al menos él
no oía sus gritos.
Había perdido la noción del tiempo. No sabía si llevaba en esta
inmovilidad varias horas ó un minuto. Lo único que le molestaba era el
temblor de las piernas, que se resistían á sostenerle... Algo cayó á sus
espaldas. Llovían escombros. Al volver la cabeza vió su castillo
transformado. Acababan de robarle medio torreón. Las pizarras se
esparcían en menudos fragmentos; los sillares se desmoronaban; el cuadro
de piedra de un ventanal se mantenía suelto y en equilibrio como un
bastidor. Los maderos viejos de la caperuza empezaron á arder como
antorchas.
La vista de este cambio instantáneo de su propiedad le impresionó más
que los estragos causados por la muerte. Se dió cuenta del horror de las
fuerzas ciegas é implacables que rugían en torno de él. La vida
concentrada en sus ojos se esparció, descendiendo hasta sus pies... Y
echó á correr, sin saber adónde ir, sintiendo la misma necesidad de
ocultarse que experimentaban aquellos hombres encadenados por la
disciplina, obligados á aplastarse en el suelo, á envidiar la blanda
invisibilidad de los reptiles.
Su instinto le empujaba hacia el pabellón, pero en mitad de la avenida
le cortó el paso otra de las asombrosas mutaciones. Una mano invisible
acababa de arrancar de un revés la mitad de la techumbre. Todo un lienzo
de pared se dobló, formando una cascada de ladrillos y polvo. Quedaron
al descubierto las piezas interiores lo mismo que una decoración de
teatro; la cocina donde él había comido; el piso superior con el
dormitorio, que aún conservaba deshecha su cama. ¡Pobres mujeres!...
Retrocedió, corriendo hacia el castillo. Se acordaba de la cueva donde
había pasado encerrado una noche. Y cuando se vió bajo su bóveda sombría
la tuvo por el mejor de los salones, alabando la prudencia de sus
constructores.
El silencio subterráneo fué devolviéndole la sensibilidad auditiva.
Escuchó como una tormenta amortiguada por la distancia el cañoneo de los
alemanes y el estallido de los proyectiles franceses. Vinieron á su
memoria los elogios que había prodigado al cañón de 75 sin conocerle mas
que por referencias. Ya había presenciado sus efectos. «Tira demasiado
bien», murmuró. En poco tiempo iba á destrozar su castillo; encontraba
excesiva tanta perfección... Pero no tardó en arrepentirse de estas
lamentaciones de su egoísmo. Una idea tenaz como un remordimiento se
había aferrado á su cerebro. Le pareció que todo lo que sufría era una
expiación, por la falta cometida en su juventud. Había evitado el
servir á su patria, y ahora se encontraba envuelto en los horrores de la
guerra, con la humildad de un ser pasivo é indefenso, sin las
satisfacciones del soldado, que puede devolver los golpes. Iba á morir,
estaba seguro de ello, con una muerte vergonzosa, sin gloria alguna,
anónimamente. Los escombros de su propiedad le servirían de sepulcro. Y
la certidumbre de la muerte en las tinieblas, como un roedor que ve
obstruídos los orificios de su madriguera, comenzó á hacerle intolerable
este refugio.
Arriba continuaba la tempestad. Un trueno pareció estallar sobre su
cabeza, y á continuación el estrépito de un derrumbamiento. Un nuevo
proyectil había caído sobre el edificio. Oyó rugidos de agonía, gritos,
carreras precipitadas en el techo. Tal vez el obús, con su furia ciega,
había despedazado á muchos de los moribundos que ocupaban los salones.
Temió quedar enterrado en su refugio, y subió á saltos la escalera de
los subterráneos. Al pasar por el piso bajo vió el cielo á través de los
techos rotos. De los bordes pendían trozos de madera, pedazos
bamboleantes de pavimento, muebles detenidos en mitad de su caída. Pisó
cascotes al atravesar el _hall_, donde antes había alfombras; tropezó
con hierros rotos y retorcidos, fragmentos de camas llovidas de lo más
alto del edificio; creyó distinguir miembros convulsos entre los
montones de escombros; escuchó voces angustiosas que no podía
comprender.
Salió corriendo, con la misma ansia de luz y de aire libre que empuja al
náufrago á la cubierta desde las entrañas del buque... Había
transcurrido más tiempo del que él se imaginaba desde que se refugió en
la obscuridad. El sol estaba muy alto. Vió en el jardín nuevos cadáveres
en actitudes trágicas y grotescas. Los heridos gemían encorvados ó
permanecían en el suelo, apoyada la espalda en un árbol, con un mutismo
doloroso. Algunos habían abierto la mochila para sacar su bolsa de
sanidad y atendían á la curación de los desgarrones de su carne. La
infantería disparaba ahora sus fusiles incesantemente. El número de
tiradores había aumentado. Nuevos grupos de soldados entraban en el
parque: unos con su sargento al frente, otros seguidos por un oficial
que llevaba el revólver apoyado en el pecho, como si con él guiase á los
hombres. Era la infantería expulsada de sus posiciones junto al río, que
venía á reforzar la segunda línea de defensa. Las ametralladoras unían
su tac-tac de telar en movimiento al chasquido de la fusilería.
Silbaba el espacio, rayado incesantemente por el abejorreo de un
enjambre invisible. Millares de moscardones pegajosos se movían en torno
de Desnoyers sin que alcanzase á verlos. Las cortezas de los árboles
saltaban, empujadas por uñas ocultas; llovían hojas; se agitaban las
ramas con balanceos contradictorios; partían las piedras del suelo,
impelidas por un pie misterioso. Todos los objetos inanimados parecían
adquirir una vida fantástica. Los cazos de cinc de los soldados, las
piezas metálicas de su equipo, los cubos de la artillería, repiqueteaban
solos, como si recibiesen una granizada impalpable. Vió un cañón
acostado, con las ruedas rotas y en alto, entre muchos hombres que
parecían dormir; vió soldados que se tendían y doblaban la cabeza sin un
grito, sin una contracción, como si los dominase el sueño
instantáneamente. Otros aullaban arrastrándose ó caminaban con las manos
en el vientre y las posaderas rozando el suelo.
El viejo experimentó una sensación aguda de calor. Un perfume punzante
de drogas explosivas le hizo llorar y arañó su garganta. Al mismo tiempo
tuvo frío: sintió su frente helada por un sudor glacial.
Tuvo que apartarse del puente. Varios soldados pasaban con heridos para
meterlos en el edificio, á pesar de que éste caía en ruinas. De pronto
recibió una rociada líquida de cabeza á pies, como si se abriese la
tierra dando paso á un torrente. Un obús había caído en el foso,
levantando una enorme columna de agua, haciendo volar en fragmentos las
carpas que dormían en el barro, rompiendo una parte de los bordes,
convirtiendo en polvo la balaustrada blanca con sus jarrones de flores.
Se lanzó á correr con la ceguera del terror, viéndose de pronto ante un
pequeño redondel de cristal que le examinaba fríamente. Era el
_junker_, el oficial del monóculo. Volvía á caer en sus manos... Le
señaló con el extremo de su revólver dos cubos que estaban á corta
distancia. Debía llenarlos en la laguna y dar de beber á sus hombres,
sofocados por el sol. El tono imperioso no admitía réplica, pero don
Marcelo intentó resistirse. ¿El sirviendo de criado á los alemanes?...
Su extrañeza fué corta. Recibió un golpe de la culata del revólver en
medio del pecho y al mismo tiempo la otra mano del teniente cayó cerrada
sobre su rostro. El viejo se encorvó: quería llorar, quería perecer.
Pero ni derramó lágrimas ni la vida se escapó de su cuerpo ante esta
afrenta, como era su deseo... Se vió con los dos cubos en las manos
llenándolos en el foso, yendo luego á lo largo de la fila de hombres,
que abandonaban el fusil para sorber el líquido con una avidez de
bestias jadeantes.
Ya no le causaba miedo la estridencia de los cuerpos invisibles. Su
deseo era morir; sabía que forzosamente iba á morir. Eran demasiados sus
sufrimientos: en el mundo no quedaba espacio para él. Tuvo que pasar
ante brechas abiertas en el muro por el estallido de los obuses. Ningún
obstáculo impedía su visión por estas roturas. Vallas y arboledas se
habían modificado ó borrado con el fuego de la artillería. Distinguió al
pie de la cuesta que ocupaba su castillo varias columnas de ataque que
habían pasado el Marne. Los asaltantes estaban inmovilizados por el
fuego nutrido de los alemanes. Avanzaban á saltos, por compañías,
tendiéndose después al abrigo de los repliegues del terreno para dejar
pasar las ráfagas de muerte.
El viejo se sintió animado por una resolución desesperada: ya que había
de morir, que lo matase una bala francesa. Y avanzó erguido, con sus dos
cubos, entre aquellos hombres acostados que disparaban. Luego, con
súbito pavor, quedó inmóvil, hundiendo la cabeza entre los hombros,
pensando que la bala que él recibiese representaba un peligro menos para
el enemigo. Era mejor que lo matasen los alemanes... Y empezó á
acariciar mentalmente la idea de recoger un arma de cualquiera de los
muertos, cayendo sobre el _junker_ que le había abofeteado.