Viendo al dueño del castillo, sonrió como si encontrase á un compañero.

Era el único rostro conocido entre todas aquellas gentes que hablaban su

idioma. Estaba pálido, con las facciones enjutas y un velo impalpable

sobre los ojos. No tenía heridas visibles, pero debajo del capote

tendido sobre su vientre, las entrañas, deshechas en espantosa

carnicería, exhalaban un hedor de cementerio. La presencia de Desnoyers

le hizo adivinar adonde le habían llevado, y poco á poco coordinó sus

recuerdos. Como si al viejo pudiera interesarle el paradero de sus

camaradas, habló con voz tenue y trabajosa que á él le parecía sin duda

natural... ¡Mala suerte la de su brigada! Habían llegado al frente en un

momento de apuro, para ser lanzados como tropas de refresco. Muerto el

comandante Blumhardt en los primeros instantes: un proyectil de 75 se le

había llevado la cabeza. Muertos casi todos los oficiales que se habían

alojado en el castillo. Su Excelencia tenía la mandíbula arrancada por

un casco de obús. Lo había visto en el suelo rugiendo de dolor,

sacándose del pecho un retrato que intentaba besar con su boca rota. El

tenía el vientre destrozado por el mismo obús. Había estado cuarenta y

dos horas en el campo sin que lo recogiesen...

Y con una avidez de universitario que quiere verlo todo y explicárselo

todo, añadió en este momento supremo, con la tenacidad del que muere

hablando:

--Triste guerra, señor... Faltan elementos de juicio para decidir quién

es el culpable... Cuando la guerra termine, habrá... habrá...

Cerró los ojos, desvanecido por su esfuerzo. Desnoyers se alejó.

¡Infeliz! Colocaba la hora de la justicia en la terminación de la

guerra, y mientras tanto, era él quien terminaba, desapareciendo con

todos sus escrúpulos de razonador lento y disciplinado.

Esta noche no durmió. Temblaban las paredes del pabellón, se movían los

vidrios con crujidos de fractura, suspiraban inquietas las dos mujeres

en la pieza inmediata. Al estrépito de los disparos alemanes se unían

otras explosiones más cercanas. Adivinó los estallidos de los

proyectiles franceses que llegaban buscando á la artillería enemiga por

encima del Marne.

Su entusiasmo empezaba á resucitar, la posibilidad de una victoria

apuntó en su pensamiento. Pero estaba tan deprimido por su miserable

situación, que inmediatamente desechó tal esperanza. Los suyos

avanzaban, pero su avance no representaba tal vez mas que una ventaja

local. ¡Era tan extensa la línea de batalla!... Iba á ocurrir lo que en

1870: el valor francés alcanzaría victorias parciales, modificadas á

última hora por la estrategia de los enemigos hasta convertirse en

derrotas.

Después de media noche cesó el cañoneo, pero no por esto se restableció

el silencio. Rodaban automóviles ante el pabellón entre gritos de mando.

Debía ser el convoy sanitario que evacuaba el castillo. Luego, cerca del

amanecer, un estrépito de caballos, de máquinas rodantes, pasó la verja,

haciendo temblar el suelo. Media hora después sonó el trote humano de

una multitud que marchaba aceleradamente, perdiéndose en las

profundidades del parque.

Amanecía cuando saltó del lecho. Lo primero que vió al salir del

pabellón fué la bandera de la Cruz Roja que seguía ondeando en lo alto

del castillo. Ya no había camillas debajo de los árboles. En el puente

encontró varios sanitarios y uno de los médicos. El hospital se había

marchado con todos los heridos transportables. Sólo quedaban en el

edificio, bajo la vigilancia de una sección, los más graves, los que no

podían moverse. Las walkyrias de la Sanidad habían desaparecido

igualmente.

El barbudo era de los que se habían quedado, y al ver de lejos á don

Marcelo sonrió, desapareciendo inmediatamente. A los pocos momentos

reaparecía con las manos llenas. Nunca su presente había sido tan

generoso. Presintió el viejo una gran exigencia, pero al llevarse la

mano al bolsillo, el sanitario le contuvo:

--_Nein... Nein_.

¿Qué generosidad era aquella?... El alemán insistió en su negativa. La

boca enorme se dilataba con una sonrisa amable; sus manazas se posaron

en los hombros de don Marcelo. Parecía un perro bueno, un perro humilde

que acaricia á un transeunte para que le lleve con él. «Franzosen...

Franzosen.» No sabía decir más, pero se adivinaba en sus palabras el

deseo de hacer comprender que había sentido siempre gran simpatía por

los franceses. Algo importante estaba ocurriendo; el aire malhumorado de

los que permanecían en la puerta del castillo, la repentina

obsequiosidad de este rústico con uniforme, lo daban á entender.

Más allá del edificio vió soldados, muchos soldados. Un batallón de

infantería se había esparcido á lo largo de las tapias, con sus furgones

y sus caballos de tiro y de montar. Los soldados manejaban picos,

abriendo aspilleras en la pared, cortando su borde en forma de almenas.

Otros se arrodillaban ó sentaban junto á las aberturas, despojándose de

la mochila para estar más desembarazados. A lo lejos sonaba el cañón, y

en el intervalo de sus detonaciones un chasquido de tralla, un burbujeo

de aceite frito, un crujir de molino de café, el crepitamiento incesante

de fusiles y ametralladoras. El fresco de la mañana cubría los hombres y

las cosas de un brillo de humedad. Sobre los campos flotaban vedijas de

niebla, dando á los objetos cercanos las líneas inciertas de lo irreal.

El sol era una mancha tenue al remontarse entre telones de bruma. Los

árboles lloraban por todas las aristas de sus cortezas.

Un trueno rasgó el aire, próximo y ruidoso, como si estallase junto al

castillo. Desnoyers vaciló, creyendo haber recibido un puñetazo en el

pecho. Los demás hombres permanecieron impasibles, con la indiferencia

de la costumbre. Un cañón acababa de disparar á pocos pasos de él...

Sólo entonces se dió cuenta de que dos baterías se habían instalado en

su parque. Las piezas estaban ocultas bajo cúpulas de ramaje; los

artilleros derribaban árboles para enmascarar sus cañones con un

disimulo perfecto. Vió cómo iban emplazando los últimos. Con palas

formaban un borde de tierra de treinta centímetros alrededor de cada uno

de ellos. Este borde defendía los pies de los sirvientes, que tenían el

cuerpo resguardado por las mamparas blindadas de ambos lados de la

pieza. Luego levantaban una cabaña de troncos y ramaje, dejando visible

únicamente la boca del mortífero cilindro.

Don Marcelo se acostumbró poco á poco á los disparos, que parecían crear

el vacío dentro de su cráneo. Rechinaba los dientes, cerraba los puños á

cada detonación, pero seguía inmóvil, sin deseo de marcharse, dominado

por la violencia de las explosiones, admirando la serenidad de estos

hombres, que daban sus órdenes erguidos y frios ó se agitaban como

humildes sirvientes alrededor de las bestias tronadoras.

Todas sus ideas parecían haber volado, arrastradas por el primer

cañonazo. Su cerebro sólo vivía el momento presente. Volvió los ojos con

insistencia á la bandera blanca y roja que ondeaba sobre el edificio.

«Es una traición--pensó--, una deslealtad.»

A lo lejos, del otro lado del Marne, tiraban igualmente los cañones

franceses. Se adivinaba su trabajo por las pequeñas nubes amarillentas

que flotaban en el aire, por las columnas de humo que surgían en varios

puntos del paisaje, allí donde había ocultas tropas alemanas formando

una línea que se perdía en el infinito. Una atmósfera de protección y

respeto parecía envolver al castillo.

Se disolvieron las brumas matinales; el sol mostró al fin su disco

brillante y limpio, prolongando en el suelo las sombras de hombres y

árboles con una longitud fantástica. Surgían de la niebla colinas y

bosques, frescos y chorreantes después de la ablución matinal. El valle

quedaba por entero al descubierto. Desnoyers vió con sorpresa el río

desde el lugar que ocupaba. El cañón había abierto durante la noche

grandes ventanas en las arboledas que lo tenían oculto. Lo que más le

asombró al contemplar este paisaje matinal, sonriente y pueril, fué no

ver á nadie, absolutamente á nadie. Tronaban cumbres y arboledas, sin

que se mostrase una sola persona. Más de cien mil hombres debían estar

agazapados en el espacio que abarcaban sus ojos, y ni uno era visible.

Los rugidos mortales de las armas al estremecer el aire no dejaban en él

ninguna huella óptica. No había otro humo que el de la explosión, las

espirales negras que elevaban los grandes proyectiles al estallar en el

suelo. Estas columnas surgían de todos lados. Cercaban el castillo como

una ronda de peonzas gigantescas y negras, pero ninguna se salía del

ordenado corro osando adelantarse hasta tocar el edificio. Don Marcelo

seguía mirando la bandera. «Es una traición», repitió mentalmente. Pero

al mismo tiempo la aceptaba por egoísmo, viendo en ella una defensa de

su propiedad.

El batallón había terminado de instalarse á lo largo del muro, frente al

río. Los soldados, arrodillados, apoyaban sus fusiles en aspilleras y

almenas. Se mostraban satisfechos de este descanso después de una noche

de combate en retirada. Todos parecían dormidos con los ojos abiertos.

Poco á poco se dejaban caer sobre los talones ó buscaban el apoyo de la

mochila. Sonaron ronquidos en los cortos espacios de silencio que dejaba

la artillería. Los oficiales, de pie detrás de ellos, examinaban el

paisaje con sus lentes de campaña ó hablaban formando grupos. Unos

parecían desalentados; otros, furiosos por el retroceso que venían

realizando desde el día anterior; los más, permanecían tranquilos, con

la pasividad de la obediencia. El frente de batalla era inmenso: ¿quién

podía adivinar el final?... Allí se retiraban y en otros puntos los

compañeros estarían avanzando con un movimiento decisivo. Hasta el

último instante ningún soldado conoce la suerte de las batallas. Lo que

les dolía á todos era verse cada vez más lejos de París.

Don Marcelo vió brillar un redondel de vidrio. Era un monóculo fijo en

él con insistencia agresiva. Un teniente flaco, de talle apretado, que

conservaba el mismo aspecto de los oficiales que él había visto en

Berlín, un verdadero _junker_, estaba á pocos pasos, sable en mano,

detrás de sus hombres, como un pastor, sombrío y colérico.

--¿Qué hace usted aquí?--dijo rudamente.

Explicó que era el dueño del castillo. «¿Francés?», siguió preguntando

el teniente. «Sí, francés...» Quedó el oficial en hostil meditación,

sintiendo la necesidad de hacer algo contra este enemigo. Los gestos y

gritos de otros oficiales le arrancaron á sus reflexiones. Todos miraban

á lo alto, y el viejo les imitó.

Desde una hora antes pasaban por el aire pavorosos rugidos envueltos en

vapores amarillentos, jirones de nube que parecían llevar en su interior

una rueda chirríando con frenético volteo. Eran los proyectiles de la

artillería gruesa germánica, que tiraba á varios kilómetros, enviando

sus disparos por encima del castillo. No podía ser esto lo que

interesaba á los oficiales. Contrajo sus párpados para ver mejor, y al

fin, junto al borde de una nube, distinguió una especie de mosquito que

brillaba herido por el sol. En los breves intervalos de silencio se oía

el zumbido, tenue y lejano, denunciador de su presencia. Los oficiales

movieron la cabeza: «_Franzosen._» Desnoyers creyó lo mismo. No podía

imaginarse las dos cruces negras en el interior de sus alas. Vió con el

pensamiento dos anillos tricolores, iguales á los redondeles que

colorean los mantos volantes de las mariposas.

Se explicaba la inquietud de los alemanes. El avión francés se había

inmovilizado unos instantes sobre el castillo, no prestando atención á

las burbujas blancas que estallaban debajo y en torno de él. En vano los

cañones de las posiciones inmediatas le enviaban sus obuses. Viró con

rapidez, alejándose hacia su punto de partida.

«Debe haberlo visto todo--pensó Desnoyers--. Nos ha _reparado_: sabe lo

que hay aquí.»

Adivinó que iba á cambiar rápidamente el curso de los sucesos. Todo lo

que había ocurrido hasta entonces en las primeras horas de la mañana

carecía de importancia comparado con lo que vendría después. Sintió

miedo, el miedo irresistible á lo desconocido, y al mismo tiempo

curiosidad, angustia, la impaciencia ante un peligro que amenaza y nunca

acaba de llegar.

Una explosión estridente sonó fuera del parque, pero á corta distancia

de la tapia: algo semejante á un hachazo gigantesco dado con un hacha

enorme como su castillo. Volaron por el aire copas enteras de árboles,

varios troncos partidos en dos, terrenos negros con cabelleras de

hierbas, un chorro de polvo que obscureció el cielo. Algunas piedras

rodaron del muro. Los alemanes se encogieron, pero sin emoción visible.

Conocían esto; esperaban su llegada, como algo inevitable, después de

haber visto el aeroplano. La bandera con la cruz roja ya no podía

engañar á los artilleros enemigos.

Don Marcelo no tuvo tiempo para reponerse de su sorpresa: una segunda

explosión más cerca de la tapia... una tercera en el interior del

parque. Le pareció que había saltado de repente á otro mundo. Vió los

hombres y las cosas á través de una atmósfera fantástica que rugía,

destruyéndolo todo con la violencia cortante de sus ondulaciones. Había

quedado inmóvil por el terror, y sin embargo no tenía miedo. El se había

imaginado hasta entonces el miedo en distinta forma. Sentía en el

estómago un vacío angustioso. Vaciló repetidas veces sobre sus pies,

como si alguien le empujase dándole un golpe en el pecho para

enderezarlo acto seguido con un nuevo golpe en la espalda. Un olor de

ácidos se esparció en el ambiente, dificultando la respiración, haciendo

subir á los ojos el escozor de las lágrimas. En cambio, los ruidos

cesaron de molestarle: no existían para él. Los adivinaba en el oleaje

del aire, en las sacudidas de las cosas, en el torbellino que encorvaba

á los hombres, pero no repercutían en su interior. Había perdido la

facultad auditiva: toda la fuerza de sus sentidos se concentró en la

mirada. Sus ojos parecieron adquirir múltiples facetas, como los de

ciertos insectos. Vió lo que ocurría delante de su persona, á sus lados,

detrás de él. Y presenció cosas maravillosas, instantáneas, como si

todas las reglas de la vida acabasen de sufrir un trastorno caprichoso.

Un oficial que estaba á pocos pasos emprendió un vuelo inexplicable.

Empezó á elevarse, sin perder su tiesura militar, con el casco en la

cabeza, el entrecejo fruncido, el bigote rubio y corto, y más abajo el

pecho color de mostaza, las manos enguantadas que sostenían unos gemelos

y un papel. Pero aquí terminaba su individualidad. Las piernas grises

con sus polainas habían quedado en el suelo, inánimes, como fundas

vacías, expeliendo al deshincharse su rojo contenido. El tronco, en la

violenta ascensión, se desfondaba como un cántaro, soltando su contenido

de vísceras. Más allá, unos artilleros que estaban derechos aparecían

súbitamente tendidos é inmóviles, embadurnados de púrpura.

La línea de infantería se aplastó en el suelo. Los hombres se contraían,

para hacerse menos visibles, junto á las aspilleras por las que asomaban

sus fusiles. Muchos se habían colocado la mochila sobre la cabeza ó la

espalda para que les defendiese de los cascos de obús. Si se movían, era

para amoldarse mejor en la tierra, buscando excavarla con su vientre.

Varios de ellos habían cambiado de postura con una rapidez inexplicable.

Ahora estaban tendidos de espaldas y parecían dormir. Uno tenía abierto

el uniforme sobre el abdomen, mostrando entre los desgarrones de la tela

carnes sueltas, azules y rojas, que surgían y se hinchaban con burbujeos

de expansión. Otro había quedado sin piernas. Vió también ojos

agrandados por la sorpresa y el dolor, bocas redondas y negras que

parecían agitar los labios con un aullido. Pero no gritaban: al menos él

no oía sus gritos.

Había perdido la noción del tiempo. No sabía si llevaba en esta

inmovilidad varias horas ó un minuto. Lo único que le molestaba era el

temblor de las piernas, que se resistían á sostenerle... Algo cayó á sus

espaldas. Llovían escombros. Al volver la cabeza vió su castillo

transformado. Acababan de robarle medio torreón. Las pizarras se

esparcían en menudos fragmentos; los sillares se desmoronaban; el cuadro

de piedra de un ventanal se mantenía suelto y en equilibrio como un

bastidor. Los maderos viejos de la caperuza empezaron á arder como

antorchas.

La vista de este cambio instantáneo de su propiedad le impresionó más

que los estragos causados por la muerte. Se dió cuenta del horror de las

fuerzas ciegas é implacables que rugían en torno de él. La vida

concentrada en sus ojos se esparció, descendiendo hasta sus pies... Y

echó á correr, sin saber adónde ir, sintiendo la misma necesidad de

ocultarse que experimentaban aquellos hombres encadenados por la

disciplina, obligados á aplastarse en el suelo, á envidiar la blanda

invisibilidad de los reptiles.

Su instinto le empujaba hacia el pabellón, pero en mitad de la avenida

le cortó el paso otra de las asombrosas mutaciones. Una mano invisible

acababa de arrancar de un revés la mitad de la techumbre. Todo un lienzo

de pared se dobló, formando una cascada de ladrillos y polvo. Quedaron

al descubierto las piezas interiores lo mismo que una decoración de

teatro; la cocina donde él había comido; el piso superior con el

dormitorio, que aún conservaba deshecha su cama. ¡Pobres mujeres!...

Retrocedió, corriendo hacia el castillo. Se acordaba de la cueva donde

había pasado encerrado una noche. Y cuando se vió bajo su bóveda sombría

la tuvo por el mejor de los salones, alabando la prudencia de sus

constructores.

El silencio subterráneo fué devolviéndole la sensibilidad auditiva.

Escuchó como una tormenta amortiguada por la distancia el cañoneo de los

alemanes y el estallido de los proyectiles franceses. Vinieron á su

memoria los elogios que había prodigado al cañón de 75 sin conocerle mas

que por referencias. Ya había presenciado sus efectos. «Tira demasiado

bien», murmuró. En poco tiempo iba á destrozar su castillo; encontraba

excesiva tanta perfección... Pero no tardó en arrepentirse de estas

lamentaciones de su egoísmo. Una idea tenaz como un remordimiento se

había aferrado á su cerebro. Le pareció que todo lo que sufría era una

expiación, por la falta cometida en su juventud. Había evitado el

servir á su patria, y ahora se encontraba envuelto en los horrores de la

guerra, con la humildad de un ser pasivo é indefenso, sin las

satisfacciones del soldado, que puede devolver los golpes. Iba á morir,

estaba seguro de ello, con una muerte vergonzosa, sin gloria alguna,

anónimamente. Los escombros de su propiedad le servirían de sepulcro. Y

la certidumbre de la muerte en las tinieblas, como un roedor que ve

obstruídos los orificios de su madriguera, comenzó á hacerle intolerable

este refugio.

Arriba continuaba la tempestad. Un trueno pareció estallar sobre su

cabeza, y á continuación el estrépito de un derrumbamiento. Un nuevo

proyectil había caído sobre el edificio. Oyó rugidos de agonía, gritos,

carreras precipitadas en el techo. Tal vez el obús, con su furia ciega,

había despedazado á muchos de los moribundos que ocupaban los salones.

Temió quedar enterrado en su refugio, y subió á saltos la escalera de

los subterráneos. Al pasar por el piso bajo vió el cielo á través de los

techos rotos. De los bordes pendían trozos de madera, pedazos

bamboleantes de pavimento, muebles detenidos en mitad de su caída. Pisó

cascotes al atravesar el _hall_, donde antes había alfombras; tropezó

con hierros rotos y retorcidos, fragmentos de camas llovidas de lo más

alto del edificio; creyó distinguir miembros convulsos entre los

montones de escombros; escuchó voces angustiosas que no podía

comprender.

Salió corriendo, con la misma ansia de luz y de aire libre que empuja al

náufrago á la cubierta desde las entrañas del buque... Había

transcurrido más tiempo del que él se imaginaba desde que se refugió en

la obscuridad. El sol estaba muy alto. Vió en el jardín nuevos cadáveres

en actitudes trágicas y grotescas. Los heridos gemían encorvados ó

permanecían en el suelo, apoyada la espalda en un árbol, con un mutismo

doloroso. Algunos habían abierto la mochila para sacar su bolsa de

sanidad y atendían á la curación de los desgarrones de su carne. La

infantería disparaba ahora sus fusiles incesantemente. El número de

tiradores había aumentado. Nuevos grupos de soldados entraban en el

parque: unos con su sargento al frente, otros seguidos por un oficial

que llevaba el revólver apoyado en el pecho, como si con él guiase á los

hombres. Era la infantería expulsada de sus posiciones junto al río, que

venía á reforzar la segunda línea de defensa. Las ametralladoras unían

su tac-tac de telar en movimiento al chasquido de la fusilería.

Silbaba el espacio, rayado incesantemente por el abejorreo de un

enjambre invisible. Millares de moscardones pegajosos se movían en torno

de Desnoyers sin que alcanzase á verlos. Las cortezas de los árboles

saltaban, empujadas por uñas ocultas; llovían hojas; se agitaban las

ramas con balanceos contradictorios; partían las piedras del suelo,

impelidas por un pie misterioso. Todos los objetos inanimados parecían

adquirir una vida fantástica. Los cazos de cinc de los soldados, las

piezas metálicas de su equipo, los cubos de la artillería, repiqueteaban

solos, como si recibiesen una granizada impalpable. Vió un cañón

acostado, con las ruedas rotas y en alto, entre muchos hombres que

parecían dormir; vió soldados que se tendían y doblaban la cabeza sin un

grito, sin una contracción, como si los dominase el sueño

instantáneamente. Otros aullaban arrastrándose ó caminaban con las manos

en el vientre y las posaderas rozando el suelo.

El viejo experimentó una sensación aguda de calor. Un perfume punzante

de drogas explosivas le hizo llorar y arañó su garganta. Al mismo tiempo

tuvo frío: sintió su frente helada por un sudor glacial.

Tuvo que apartarse del puente. Varios soldados pasaban con heridos para

meterlos en el edificio, á pesar de que éste caía en ruinas. De pronto

recibió una rociada líquida de cabeza á pies, como si se abriese la

tierra dando paso á un torrente. Un obús había caído en el foso,

levantando una enorme columna de agua, haciendo volar en fragmentos las

carpas que dormían en el barro, rompiendo una parte de los bordes,

convirtiendo en polvo la balaustrada blanca con sus jarrones de flores.

Se lanzó á correr con la ceguera del terror, viéndose de pronto ante un

pequeño redondel de cristal que le examinaba fríamente. Era el

_junker_, el oficial del monóculo. Volvía á caer en sus manos... Le

señaló con el extremo de su revólver dos cubos que estaban á corta

distancia. Debía llenarlos en la laguna y dar de beber á sus hombres,

sofocados por el sol. El tono imperioso no admitía réplica, pero don

Marcelo intentó resistirse. ¿El sirviendo de criado á los alemanes?...

Su extrañeza fué corta. Recibió un golpe de la culata del revólver en

medio del pecho y al mismo tiempo la otra mano del teniente cayó cerrada

sobre su rostro. El viejo se encorvó: quería llorar, quería perecer.

Pero ni derramó lágrimas ni la vida se escapó de su cuerpo ante esta

afrenta, como era su deseo... Se vió con los dos cubos en las manos

llenándolos en el foso, yendo luego á lo largo de la fila de hombres,

que abandonaban el fusil para sorber el líquido con una avidez de

bestias jadeantes.

Ya no le causaba miedo la estridencia de los cuerpos invisibles. Su

deseo era morir; sabía que forzosamente iba á morir. Eran demasiados sus

sufrimientos: en el mundo no quedaba espacio para él. Tuvo que pasar

ante brechas abiertas en el muro por el estallido de los obuses. Ningún

obstáculo impedía su visión por estas roturas. Vallas y arboledas se

habían modificado ó borrado con el fuego de la artillería. Distinguió al

pie de la cuesta que ocupaba su castillo varias columnas de ataque que

habían pasado el Marne. Los asaltantes estaban inmovilizados por el

fuego nutrido de los alemanes. Avanzaban á saltos, por compañías,

tendiéndose después al abrigo de los repliegues del terreno para dejar

pasar las ráfagas de muerte.

El viejo se sintió animado por una resolución desesperada: ya que había

de morir, que lo matase una bala francesa. Y avanzó erguido, con sus dos

cubos, entre aquellos hombres acostados que disparaban. Luego, con

súbito pavor, quedó inmóvil, hundiendo la cabeza entre los hombros,

pensando que la bala que él recibiese representaba un peligro menos para

el enemigo. Era mejor que lo matasen los alemanes... Y empezó á

acariciar mentalmente la idea de recoger un arma de cualquiera de los

muertos, cayendo sobre el _junker_ que le había abofeteado.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 25 / 33 段