muchos hombres que subían en tropel saltando los peldaños. Casi cayó al
tropezar con un cuerpo del que se escapaba un rugido de agonía. El
conserje estaba á sus pies, agitando el pecho con movimiento de fuelle.
Tenía los ojos vidriosos y desmesuradamente abiertos; su boca se cubría
de sangre... Junto á él brillaba un cuchillo de cocina. Después vió á un
hombre con un revólver en la diestra, conteniendo al mismo tiempo con la
otra mano una puerta rota que alguien intentaba abrir desde dentro. Lo
reconoció á pesar de su palidez verdosa y del extravío de su mirada. Era
Blumhardt, un Blumhardt nuevo, con una expresión bestial de orgullo y de
insolencia que infundía espanto.
Se lo imaginó recorriendo el castillo en busca de la presa deseada, la
inquietud del padre siguiendo sus pasos, los gritos de la muchacha, la
lucha desigual entre el enfermo con su arma de ocasión y aquel hombre de
guerra sostenido por la victoria. La cólera de los años juveniles
despertó en él audaz y arrolladora. ¿Qué le importaba morir?...
--¡Ah, bandido!--rugió como el otro.
Y con los puños cerrados marchó contra el alemán. Este le puso el
revólver ante los ojos, sonriendo fríamente. Iba á disparar... Pero en
el mismo instante Desnoyers cayó al suelo, derribado por los que
acababan de subir. Recibió varios golpes; las pesadas botas de los
invasores le martillearon con su taconeo. Sintió en su rostro un chorro
caliente. ¡Sangre!... No sabía si era suya ó de aquel cuerpo en el que
se iba apagando el jadeo mortal. Luego se vió elevado del suelo por
varias manos que le empujaban ante un hombre. Era Su Excelencia, con el
uniforme desabrochado y oliendo á vino. Sus ojos temblaban lo mismo que
su voz.
--Mi querido señor--dijo intentando recobrar su ironía mortificante--:
le aconsejé que no interviniese en nuestras cosas, y no me ha hecho
caso. Sufra las consecuencias de su falta de discreción.
Dió una orden, y el viejo se sintió impelido escalera abajo hasta las
cuevas. Los que le conducían eran soldados al mando de un suboficial.
Reconoció al socialista. El joven profesor era el único que no estaba
ebrio, pero se mantenía erguido, inabordable, con la ferocidad de la
disciplina.
Lo introdujo en una pieza abovedada sin otro respiradero que un
ventanuco á ras del suelo. Muchas botellas rotas y dos cajones con
alguna paja era todo lo que había en la cueva.
--Ha insultado usted á un jefe--dijo el suboficial rudamente--, y es
indudable que lo fusilarán al amanecer... Su única salvación consiste en
que siga la fiesta y le olviden.
Como la puerta estaba rota, lo mismo que todas las del castillo, hizo
colocar ante ella un montón de muebles y cajones.
Don Marcelo pasó el resto de la noche atormentado por el frío. Era lo
único que le preocupaba en aquel momento. Había renunciado á la vida:
hasta la imagen de los suyos se fué borrando de su memoria. Trabajó en
la obscuridad para acomodarse sobre los dos cajones, buscando el calor
de la paja. Cuando empezaba á soplar por el ventanillo la brisa del alba
cayó lentamente en un sueño pesado, un sueño embrutecedor, igual al de
los condenados á muerte ó al que precede á una mañana de desafío. Le
pareció oir gritos en alemán, trotes de caballos, un rumor lejano de
redobles y silbidos semejante al que producían los batallones invasores
con sus pífanos y sus tambores planos... Luego perdió por completo, la
sensación de lo que le rodeaba.
Al abrir otra vez sus ojos, un rayo de sol deslizándose por el ventanuco
trazaba un cuadrilátero de oro en la pared, dando un regio esplendor á
las telarañas colgantes. Alguien removía la barricada de la puerta. Una
voz de mujer, tímida y angustiada, le llamó repetidas veces.
--Señor, ¿está usted ahí?
Levantándose de un salto, quiso prestar ayuda á este trabajo exterior, y
empujó la puerta vigorosamente. Pensó que los invasores se habían ido.
No comprendía de otro modo que la esposa del conserje se atreviese á
sacarle de su encierro.
--Sí, se han marchado--dijo ella--. No queda nadie en el castillo.
Al encontrar libre la salida vió don Marcelo á la pobre mujer con los
ojos enrojecidos, la faz huesosa, el pelo en desorden. La noche había
gravitado sobre su existencia con un peso de muchos años. Toda su
energía se desvaneció de golpe al reconocer al dueño. «¡Señor...
señor!», gimió convulsivamente. Y se arrojó en sus brazos derramando
lágrimas.
Don Marcelo no deseaba saber nada: tenía miedo á la verdad. Sin embargo,
preguntó por el conserje. Ahora que estaba despierto y libre, acarició
la esperanza momentánea de que todo lo visto por él en la noche anterior
fuese una pesadilla. Tal vez vivía aún el pobre hombre...
--Lo mataron, señor... Lo asesinó aquel hombre que parecía bueno... Y no
sé dónde está su cuerpo: nadie ha querido decírmelo.
Tenía la sospecha de que el cadáver estaba en el foso. Las aguas verdes
y tranquilas se habían cerrado misteriosamente sobre esta ofrenda de la
noche... Desnoyers adivinó que otra desgracia preocupaba aún más á la
madre, pero se mantuvo en púdico silencio. Fué ella la que habló, entre
exclamaciones de dolor... Georgette estaba en el pabellón: había huído
horrorizada del castillo al marcharse los invasores. Estos la habían
guardado en su poder hasta el último momento.
--Señor, no la vea... Tiembla y llora al pensar que usted puede
hablarle luego de lo ocurrido. Está loca; quiere morir. ¡Ay, mi hija!...
¿Y no habrá quien castigue á esos monstruos?...
Habían salido del subterráneo y atravesaron el puente. La mujer miró con
fijeza las aguas verdes y unidas. El cadáver de un cisne flotaba sobre
ellas. Antes de partir, mientras ensillaban sus caballos, dos oficiales
se habían entretenido cazando á tiros de revólver los habitantes de la
laguna. Las plantas acuáticas tenían sangre; entre sus hojas flotaban
unos bullones blancos y flácidos, como lienzos escapados de las manos de
una lavandera.
Don Marcelo y la mujer cambiaron una mirada de lástima. Se compadecieron
mutuamente al contemplar á la luz del sol su miseria y su
envejecimiento.
Ella sintió renacer sus energías al pensar en la hija. El paso de
aquellas gentes lo había destruído todo; no quedaba en el castillo otro
alimento que unos pedazos de pan duro olvidados en la cocina. «Y hay que
vivir, señor... Hay que vivir, aunque sólo sea para ver cómo los castiga
Dios...» El viejo levantó los hombros con desaliento: ¿Dios?... Pero
aquella mujer tenía razón: había que vivir.
Con la audacia de su primera juventud, cuando navegaba por los mares
infinitos de tierra del nuevo mundo guiando tropas de reses, se lanzó
fuera de su parque. Vió el valle, rubio y verde, sonriendo bajo el sol;
los grupos de árboles; los cuadrados de tierra amarillenta, con las
barbas duras del rastrojo; los setos, en los que cantaban pájaros; todo
el esplendor veraniego de una campiña cultivada y peinada durante quince
siglos por docenas y docenas de generaciones. Y sin embargo, se
consideró solo, á merced del destino, expuesto á perecer de hambre; más
solo que cuando atravesaba las horrendas alturas de los Andes, las
tortuosas cumbres de roca y nieve envueltas en un silencio mortal,
interrumpido de tarde en tarde por el aleteo del cóndor. Nadie... Su
vista no distinguió un solo punto movible: todo fijo, inmóvil,
cristalizado, como si se contrajese de pavor ante el trueno que seguía
rodando en el horizonte.
Se encaminó al pueblo, masa de paredones negros de la que emergían
varias casuchas intactas y un campanario sin tejas, con la cruz torcida
por el fuego. Nadie tampoco en sus calles sembradas de botellas, de
maderos chamuscados, de cascotes cubiertos de hollín. Los cadáveres
habían desaparecido, pero un hedor nauseabundo de grasa descompuesta, de
carne quemada, parecía agarrarse á las fosas nasales. Lo atravesó todo,
hasta llegar al sitio ocupado por la barricada de los dragones. Aún
estaban las carretas á un lado del camino. Vió un montículo de tierra en
el mismo lugar del fusilamiento. Dos pies y una mano asomaban á ras del
suelo. Al aproximarse se desprendieron unos bultos negros de esta fosa
poco profunda que dejaba al descubierto los cadáveres. Un tropel de alas
duras batió el espacio, alejándose con graznidos de cólera.
Volvió sobre sus pasos. Gritaba ante las casas menos destrozadas;
introducía su cabeza por puertas y ventanas limpias de obstáculos ó con
hojas de madera á medio consumir. ¿No había quedado nadie en
Villeblanche?... Columbró entre las ruinas algo que avanzaba á gatas,
una especie de reptil, que se detenía en su arrastre con vacilaciones de
miedo, pronto á retroceder para deslizarse en su madriguera. Súbitamente
tranquilizada, la bestia se irguió. Era un hombre, un viejo. Otras
larvas humanas fueron surgiendo al conjuro de sus gritos, pobres seres
que habían renunciado á la verticalidad, que denuncia desde lejos, y
envidiaban á los organismos inferiores su deslizamiento por el polvo, su
prontitud para escurrirse en las entrañas de la tierra. Eran mujeres y
niños en su mayor parte, todos sucios, negros, con el cabello
enmarañado, el ardor de los apetitos bestiales en los ojos, el
desaliento del animal débil en la mandíbula caída. Vivían ocultos en los
escombros de sus casas. El miedo les había hecho olvidar el hambre; pero
al verse libres de enemigos, reaparecían de golpe todas sus necesidades,
incubadas por las horas de angustia.
Desnoyers creyó estar rodeado de una tribu de indios famélicos y
embrutecidos, igual á las que había visto en sus viajes de aventurero.
Traía con él desde París una cantidad de piezas de oro, y sacó una
moneda, haciéndola brillar al sol. Necesitaba pan, necesitaba todo lo
que fuese comestible: pagaría sin regatear.
La vista del oro provocó miradas de entusiasmo y codicia; pero esta
impresión fué breve. Los ojos acabaron por contemplar con indiferencia
el redondel amarillo. Don Marcelo se convenció de que el milagroso
fetiche había perdido su poder. Todos entonaban un coro de desgracias y
horrores con voz lenta y quejumbrosa, como si llorasen ante un féretro:
«Señor, han muerto á mi marido...» «Señor, mis hijos: me faltan dos
hijos...» «Señor, se han llevado presos á todos los hombres; dicen que
es para trabajar la tierra en Alemania...» «Señor, pan; mis pequeños se
mueren de hambre.»
Una mujer lamentaba algo peor que la muerte: «¡Mi hija!... ¡Mi pobre
hija!» Su mirada de odio y de locura denunciaba la tragedia secreta; sus
alaridos y lágrimas hacían recordar á la otra madre que gritaba lo mismo
en el castillo. En el fondo de alguna cueva estaba la víctima, rota de
cansancio, sacudida por el delirio, viendo todavía la sucesión de
asaltantes brutales con el rostro dilatado por un entusiasmo simiesco.
El grupo miserable tendía en círculo sus manos hacia aquel hombre cuya
riqueza conocían todos. Las mujeres le enseñaban sus criaturas
amarillentas, con los ojos velados por el hambre y una respiración
apenas perceptible. «Pan... pan», imploraban, como si él pudiese hacer
un milagro. Entregó á una madre la moneda que tenía entre los dedos.
Luego dió otras piezas de oro. Las guardaban sin mirarlas y seguían su
lamento: «Pan... pan.» ¡Y él había ido hasta allí para hacer la misma
súplica!... Huyó, reconociendo la inutilidad de su esfuerzo.
Cuando regresaba, desesperado, á su propiedad, encontró grandes
automóviles y hombres á caballo, que llenaban el camino formando
larguísimo convoy. Seguían la misma dirección que él. Al entrar en su
parque, un grupo de alemanes estaba tendiendo los hilos de una línea
telefónica. Acababan de recorrer las habitaciones en desorden y reían á
carcajadas leyendo la inscripción trazada por el capitán von Hartrott:
«Se ruega no saquear...» Encontraban la farsa muy ingeniosa, muy
germánica.
El convoy invadió el parque. Los automóviles y furgones llevaban una
cruz roja. Un hospital de sangre iba á establecerse en el castillo. Los
médicos, vestidos de verde y armados lo mismo que los oficiales,
imitaban su altivez cortante, su repelente tiesura. Salían de los
furgones centenares de camas plegadizas, alineándose en las diversas
piezas; los muebles que aún quedaban fueron arrojados en montón al pie
de los árboles. Grupos de soldados obedecían con prontitud mecánica las
órdenes breves é imperiosas. Un perfume de botica, de drogas
concentradas, se esparció por las habitaciones, mezclándose con el
fuerte olor de los antisépticos que habían rociado las paredes para
borrar los residuos de la orgía nocturna. Vió después mujeres vestidas
de blanco, mocetonas de mirada azul y pelo de cáñamo. Tenían un aspecto
grave, duro, austero, implacable. Empujaron repetidas veces á Desnoyers
como si no le viesen. Parecían monjas, pero con revólver debajo del
hábito.
A mediodía empezaron á llegar otros automóviles, atraídos por la enorme
bandera blanca con una cruz roja que había empezado á ondear en lo alto
del castillo. Venían de la parte del Marne; su metal estaba abollado por
los proyectiles; sus vidrios tenían roturas en forma de estrella.
Bajaban de su interior hombres y más hombres, unos por su pie, otros en
camillas de lona: rostros pálidos y rubicundos, perfiles aquilinos y
achatados, cabezas rubias y cráneos envueltos en turbantes blancos con
manchas de sangre; bocas que reían con risa de bravata y bocas que
gemían con los labios azulados; mandíbulas sostenidas por vendajes de
momia; gigantes que no mostraban destrozos aparentes y estaban en la
agonía; cuerpos informes rematados por una testa que hablaba y fumaba;
piernas con piltrafas colgantes que esparcían un líquido rojo entre los
lienzos de la primera cura; brazos que pendían inertes como ramas secas;
uniformes desgarrados en los que se notaba el trágico vacío de los
miembros ausentes.
La avalancha de dolor se esparció por el castillo. A las pocas horas,
todo él estaba ocupado; no había un lecho libre; las últimas camillas
quedaron á la sombra de los árboles. Funcionaban los teléfonos
incesantemente; los operadores, puestos de mandil, iban de un lado á
otro, trabajando con rapidez; la vida humana era sometida á los
procedimientos salvadores con rudeza y celeridad. Los que morían dejaban
una cama libre á los otros que iban llegando. Desnoyers vió cestos que
goteaban, llenos de carne informe: piltrafas, huesos rotos, miembros
enteros. Los portadores de estos residuos iban al fondo de su parque
para enterrarlos en una plazoleta que era el lugar favorito de las
lecturas de Chichí.
Soldados formando parejas llevaban objetos envueltos en sábanas que el
dueño del castillo reconocía como suyas. Estos bultos eran cadáveres. El
parque se convertía en cementerio. Ya no bastaba la plazoleta para
contener los muertos y los residuos de las curas: nuevas fosas se iban
abriendo en las inmediaciones. Los alemanes armados de palas habían
buscado auxiliares para su fúnebre trabajo. Una docena de campesinos
prisioneros removían la tierra y ayudaban en la descarga de los muertos.
Ahora los conducían en una carreta hasta el borde de la fosa, cayendo en
ella como los escombros acarreados de una demolición. Don Marcelo sintió
un placer monstruoso al considerar el número creciente de enemigos
desaparecidos, pero á la vez lamentaba esta avalancha de intrusos que
iba á fijarse para siempre en sus tierras.
Al anochecer, anonadado por tantas emociones, sufrió el tormento del
hambre. Sólo había comido uno de los pedazos de pan encontrados en la
cocina por la viuda del conserje. El resto lo había dejado para ella y
su hija. Un tormento igual al del hambre representó para él la
desesperación de Georgette. Al verle pretendía escapar, avergonzada.
--¡Que no me vea el señor!--gemía, ocultando el rostro.
Y el señor, siempre que entraba en el pabellón, evitaba aproximarse á
ella, como si su presencia le hiciese sentir más intensamente el
recuerdo del ultraje.
En vano, aguijoneado por la necesidad, se dirigió á algunos médicos que
hablaban francés. No le escucharon, y al insistir en sus peticiones lo
pusieron á distancia con rudo manotón... ¡El no iba á perecer de hambre
en medio de sus propiedades! Aquellas gentes comían: las duras
enfermeras se habían instalado en su cocina... Pero transcurrió el
tiempo sin encontrar quien se apiadase de su persona, arrastrando su
debilidad de un lado á otro, viejo con una vejez de miseria, sintiendo
en todo su cuerpo la impresión de los golpes recibidos en la noche
anterior. Conoció el tormento del hambre como no lo había sufrido nunca
en sus viajes por las llanuras desiertas, el hambre entre los hombres,
en un país civilizado, llevando sobre su cuerpo un cinto lleno de oro,
rodeado de tierras y edificios que eran suyos, pero de los que disponían
otros que no se dignaban entenderle. ¡Y para llegar á esta situación al
término de su vida había amasado millones y había vuelto á Europa!...
¡Ah, ironía de la suerte!...
Vió á un sanitario que con la espalda apoyada en un tronco iba á devorar
un pan y un pedazo de embutido. Sus ojos envidiosos examinaron á este
hombre, grande, cuadrado, de mandíbula fuerte cubierta por la
florescencia de una barba roja. Avanzó con muda invitación una moneda de
oro entre sus dedos. Brillaron los ojos del alemán al ver el oro; una
sonrisa beatífica dilató su boca casi de oreja á oreja.
--_Ia_--dijo comprendiendo la mímica.
Y le entregó sus comestibles tomando la moneda.
Don Marcelo comenzó á tragar con avidez. Nunca había saboreado la
sensualidad de la alimentación como en aquel instante, en medio de su
jardín convertido en cementerio, frente á su castillo saqueado, donde
gemían y agonizaban centenares de seres. Un brazo gris pasó ante sus
ojos. Era el alemán, que volvía con dos panes y un pedazo de carne
arrebatados de la cocina. Repitió su sonrisa: «_¿Ia?_...» Y luego de
entregarle el viejo una segunda moneda de oro, pudo ofrecer estos
alimentos á las dos mujeres refugiadas en el pabellón.
Durante la noche--una noche de penoso desvelo, cortada por visiones de
horror--creyó que se aproximaba el rugido de la artillería. Era una
diferencia apenas perceptible; tal vez un efecto del silencio nocturno,
que aumentaba la intensidad de los sonidos. Los automóviles seguían
llegando del frente, soltaban su cargamento de carne destrozada y
volvían á partir. Desnoyers pensó que su castillo no era mas que uno de
los muchos hospitales establecidos en una línea de más de cien
kilómetros, y que al otro lado, detrás de los franceses, existían
centros semejantes y en todos ellos reinaba igual actividad,
sucediéndose con aterradora frecuencia las remesas de hombres
moribundos. Muchos no conseguían siquiera el consuelo de verse
recogidos: aullaban en medio del campo, hundiendo en el polvo ó en el
barro sus miembros sangrientos; expiraban revolcándose en sus propias
entrañas... Y don Marcelo, que horas antes se consideraba el ser más
infeliz de la creación, experimentó una alegría cruel al pensar en
tantos miles de hombres vigorosos deshechos por la muerte que podían
envidiar su vejez sana, la tranquilidad con que estaba tendido en aquel
lecho.
A la mañana siguiente, el sanitario le esperaba en el mismo sitio con
una servilleta llena. ¡Barbudo servicial y bueno!... Le ofreció una
moneda de oro.
--_Nein_--contestó estirando su boca con una sonrisa maliciosa.
Dos rodajas brillantes aparecieron en los dedos de don Marcelo. Otra
sonrisa, _nein_, y un movimiento negativo de cabeza. ¡Ah, ladrón! ¡Cómo
abusaba de su necesidad!... Y sólo cuando le hubo entregado cinco
monedas pudo adquirir el paquete de víveres.
Pronto notó en torno de su persona una conspiración sorda y astuta para
apoderarse de su dinero. Un gigante con galones de sargento le puso una
pala en la mano, empujándole rudamente. Se vió en el rincón de su parque
convertido en cementerio, junto á la carreta de los cadáveres; tuvo que
remover la tierra propia confundido con aquellos prisioneros exasperados
por la desgracia, que le trataban como un igual.
Volvió los ojos para no ver los cadáveres rígidos y grotescos que
asomaban sobre su cabeza, al borde del hoyo, prontos á derramarse en el
fondo de éste. El suelo exhalaba un hedor insufrible. Había empezado la
descomposición de los cuerpos en las fosas inmediatas. La persistencia
con que le acosaban sus guardianes y la sonrisa marrullera del sargento
le hicieron adivinar el _chantage_. El sanitario de las barbas debía
tener parte en todo esto. Soltó la pala, llevándose una mano al bolsillo
con gesto de invitación. «_Ia_», dijo el sargento. Y luego de entregar
unas monedas pudo alejarse y vagar libremente. Sabía lo que le esperaba:
aquellos hombres iban á someterle á una explotación implacable.
Transcurrió un día más, igual al anterior. En la mañana del siguiente,
sus sentidos, afinados por la inquietud, le hicieron adivinar algo
extraordinario. Los automóviles llegaban y partían con mayor rapidez; se
notaba desorden y azoramiento en el personal. Sonaban los teléfonos con
una precipitación loca; los heridos parecían más desalentados. El día
anterior los había que cantaban al bajar de los vehículos, engañando su
dolor con risas y bravatas. Hablaban de la victoria próxima, lamentando
no presenciar la entrada en París. Ahora todos permanecían silenciosos,
con gesto de enfurruñamiento, pensando en la propia suerte, sin
preocuparse de lo que dejaban á su espalda.
Fuera del parque zumbó un ruido de muchedumbre. Negrearon los caminos.
Empezaba otra vez la invasión, pero con movimiento de reflujo. Pasaron
durante horas enteras rosarios de camiones grises entre los bufidos de
sus motores fatigados. Luego, regimientos de infantería, escuadrones,
baterías rodantes. Marchaban lentamente, con una lentitud que
desconcertaba á Desnoyers, no sabiendo si este retroceso era una fuga ó
un cambio de posición. Lo único que le satisfacía era el gesto
embrutecido y triste de los soldados, el mutismo sombrío de los
oficiales. Nadie gritaba; todos parecían haber olvidado el _Nach Paris_.
El monstruo verdoso conservaba aún el armado testuz al otro lado del
Marne, pero su cola empezaba á contraer los anillos con ondulaciones
inquietas.
Después de cerrar la noche continuó el repliegue de las tropas. El
cañoneo parecía aproximarse. Algunos truenos sonaban tan inmediatos, que
hacían temblar los vidrios de las ventanas. Un campesino fugitivo se
refugió en el parque y pudo dar noticias á don Marcelo. Los alemanes se
retiraban. Algunas de sus baterías se habían establecido en la orilla
del Marne para intentar una nueva resistencia. Y el recién llegado se
quedó, sin llamar la atención de los invasores, que días antes fusilaban
á la menor sospecha.
Se había perturbado visiblemente el funcionamiento mecánico de su
disciplina. Médicos y enfermeros corrían de un lado á otro dando gritos,
profiriendo juramentos cada vez que llegaba un nuevo automóvil.
Ordenaban al conductor que siguiese adelante, hasta otro hospital
situado á retaguardia. Habían recibido la orden de evacuar el castillo
aquella misma noche.
A pesar de la prohibición, uno de los carruajes se libró de su
cargamento de heridos. Tal era el estado de éstos, que los médicos los
aceptaron, juzgando inútil que continuasen su viaje. Quedaron en el
jardín tendidos en las mismas camillas de lona que ocupaban dentro del
vehículo. A la luz de las linternas, Desnoyers reconoció á uno de los
moribundos. Era el secretario de Su Excelencia, el profesor socialista
que le había encerrado en la cueva.