Chichí, el cuarto de baño, hasta el guardarropa femenino de la familia,
que conservaba, unos vestidos de la señorita Desnoyers. Las manos del
guerrero se perdieron con delectación en los finos bullones de las
telas, apreciando su blanda frescura.
Este contacto le hizo pensar en París, en las modas, en las casas de los
grandes modistos. La _rue de la Paix_ era el lugar más admirado por él
en sus visitas á la ciudad enemiga.
Don Marcelo percibió la fuerte mezcla de perfumes que exhalaban su
cabeza, sus bigotes, todo su cuerpo. Varios frascos del tocador de las
señoras estaban sobre la chimenea.
--¡Qué suciedad la guerra!--dijo el alemán---. Esta mañana he podido
tomar un baño, después de una semana de abstinencia; á media tarde
tomaré otro... A propósito, querido señor: estos perfumes son buenos,
pero no son elegantes. Cuando tenga el gusto de ser presentado á las
señoras, les daré las señas de mis proveedores... Yo uso en mi casa
esencias de Turquía: tengo muchos amigos allá... Al terminar la guerra
haré un envío á la familia.
Sus ojos se habían fijado en algunos retratos colocados sobre una mesa.
El conde adivinó á Madama Desnoyers viendo la fotografía de doña Luisa.
Luego sonrió ante el retrato de Chichí. Muy graciosa: lo que más
admiraba en ella era su aire resuelto de muchacho. Posó una mirada
amplia y profunda en la fotografía de Julio.
--Excelente mozo--dijo--. Una cabeza interesante... artística. En un
baile de trajes obtendría un éxito. ¡Qué príncipe persa!... Una
_aigrette_ blanca en la cabeza sujeta con un joyel, el pecho desnudo,
una túnica negra con pavos de oro...
Y siguió vistiendo imaginariamente al primogénito de Desnoyers con todos
los esplendores de un monarca oriental. El viejo sintió un principio de
simpatía hacia aquel hombre por el interés que le inspiraba su hijo.
¡Lástima que escogiese con tanta habilidad las cosas preciosas y se las
apropiase!...
Junto á la cabecera de la cama, sobre un libro de oraciones olvidado por
su esposa, vió un medallón con otra fotografía. Esta no era de la casa.
El conde, que había seguido la dirección de sus ojos, quiso mostrársela.
Temblaron las manos del guerrero... Su altivez desdeñosa é irónica
desapareció de golpe. Un oficial de Húsares de la Muerte sonreía en el
retrato, contrayendo su perfil enjuto y curvo de pájaro de pelea bajo el
gorro adornado con un cráneo y dos fémurs.
--Mi mejor amigo--dijo con voz algo temblorosa--. El ser que más amo en
el mundo... ¡Y pensar que tal vez se bate en estos momentos y pueden
matarlo!... ¡Pensar que yo también puedo morir!...
Don Marcelo creyó entrever una novela del pasado del conde. Aquel húsar
era indudablemente un hijo natural. Su simplicidad no podía concebir
otra cosa. Sólo en su ternura era un padre capaz de hablar así... Y casi
se sintió contagiado por esta ternura.
Aquí dió fin la entrevista. El guerrero le había vuelto la espalda,
saliendo del dormitorio, como si desease ocultar sus emociones. A los
pocos minutos sonó en el piso bajo un magnífico piano de cola que el
comisario no había podido llevarse por la oposición del general. La voz
de éste se elevó sobre el sonido de las cuerdas. Era una voz de barítono
algo opaca, pero que comunicaba un temblor apasionado á su romanza. El
viejo se sintió conmovido; no entendía las palabras, pero las lágrimas
se agolparon á sus ojos. Pensó en su familia, en las desgracias y
peligros que le rodeaban, en la dificultad de volver á encontrar á los
suyos... Como si la música tirase de él, descendió poco á poco al piso
bajo. ¡Qué artista aquel hombre altivamente burlón! ¡Qué alma la
suya!... Los alemanes engañaban á primera vista con su exterior rudo y
su disciplina, que les hacía cometer sin escrúpulo las mayores
atrocidades. Había que vivir en intimidad con ellos para apreciarlos
tales como eran.
Cuando cesó la música estaba en el puente del castillo. Un suboficial
contemplaba las evoluciones de los cisnes en las aguas del foso. Era un
joven doctor en Derecho que desempeñaba la función de secretario cerca
de Su Excelencia; un hombre de Universidad movilizado por la guerra.
Al hablar con don Marcelo reveló inmediatamente su origen. Le había
sorprendido la orden de partida estando de profesor en un colegio
privado y en vísperas de casarse. Todos sus planes habían quedado
deshechos.
--¡Qué calamidad, señor!... ¡Qué trastorno para el mundo!... Y sin
embargo, éramos muchos los que veíamos llegar la catástrofe.
Forzosamente debía sobrevenir un día ú otro. El capitalismo: el maldito
capitalismo tiene la culpa.
El suboficial era socialista. No ocultaba su participación en actos del
partido que le habían originado persecuciones y retrasos en su carrera.
Pero la Social-Democracia se veía ahora aceptada por el emperador y
halagada por los _junkers_ más reaccionarios. Todos eran unos. Los
diputados del partido formaban en el Reichstag el grupo más obediente al
gobierno... El sólo guardaba de su pasado cierto fervor para
anatematizar al capitalismo, culpable de la guerra.
Desnoyers se atrevió á discutir con este enemigo que parecía de carácter
dulce y tolerante. «¿No sería el verdadero responsable el militarismo
alemán? ¿No habría buscado y preparado el conflicto, impidiendo todo
arreglo con sus arrogancias?...»
Negó rotundamente el socialista. Sus diputados apoyaban la guerra, y
para hacer esto sus motivos tendrían. Se notaba en él la supeditación á
la disciplina, la eterna disciplina germánica, ciega y obediente, que
gobierna hasta los partidos avanzados. En vano el francés repitió
argumentos y hechos, todo cuanto había leído desde el principio de la
guerra. Sus palabras resbalaron sobre la dureza de este revolucionario
acostumbrado á delegar las funciones del pensamiento.
--¡Quién sabe!--acabó por decir--. Tal vez nos hayamos equivocado. Pero
en el instante actual todo está confuso: faltan elementos de juicio para
formar una opinión exacta. Cuando termine el conflicto conoceremos á los
verdaderos culpables; y si son los nuestros, les exigiremos
responsabilidad.
Sintió ganas de reír Desnoyers ante esta candidez. ¡Esperar el final de
la guerra para saber quién era el culpable!... Y si el Imperio resultaba
vencedor, ¿qué responsabilidad iban á exigirle en pleno orgullo de la
victoria, ellos que se habían limitado siempre á las batallas
electorales, sin el más leve intento de rebeldía?
--Sea quien sea el autor--continuó el suboficial--, esta guerra es
triste. ¡Cuántos hombres muertos!... Yo estuve en Charleroi. Hay que ver
de cerca la guerra moderna... Venceremos; vamos á entrar en París, según
dicen, pero caerán muchos de los nuestros antes de obtener la última
victoria...
Y para alejar las visiones de muerte fijas en su pensamiento, siguió con
los ojos la marcha de los cisnes, ofreciéndoles pedazos de pan que les
hacían torcer el curso de su natación lenta y majestuosa.
El conserje y su familia pasaban el puente con frecuentes entradas y
salidas. Al ver á su señor en buenas relaciones con los invasores,
habían perdido el miedo que los mantenía recluídos en su vivienda. A la
mujer le parecía natural que don Marcelo viese reconocida su autoridad
por aquella gente: el amo siempre es el amo. Y como si hubiese recibido
una parte de esta autoridad, entraba sin temor en el castillo, seguida
de su hija, para poner en orden el dormitorio del dueño. Querían pasar
la noche cerca de él, para que no se viese solo entre los alemanes.
Las dos mujeres trasladaron ropas y colchones desde el pabellón al
último piso. El conserje estaba ocupado en calentar el segundo baño de
Su Excelencia. Su esposa lamentaba con gestos desesperados el saqueo del
castillo. ¡Qué de cosas ricas desaparecidas!... Deseosa de salvar los
últimos restos, buscaba al dueño para hacerle denuncias, como si éste
pudiese impedir el robo individual y cauteloso. Los ordenanzas y
escribientes del conde se metían en los bolsillos todo lo que resultaba
fácil de ocultar. Decían sonriendo que eran recuerdos. Luego se aproximó
con aire misterioso para hacerle una nueva revelación. Había visto á un
jefe forzar los cajones donde guardaba la señora la ropa blanca, y cómo
formaba un paquete con las prendas más finas y gran cantidad de blondas.
--Ese es, señor--dijo de pronto, señalando á un alemán que escribía en
el jardín, recibiendo sobre la mesa un rayo oblicuo de sol que se
filtraba entre las ramas.
Don Marcelo lo reconoció con sorpresa. ¡También el comandante
Blumhardt!... Pero inmediatamente excusó su acto. Encontraba natural que
se llevase algo de su casa, después que el comisario había dado el
ejemplo. Además tuvo en cuenta la calidad de los objetos que se
apropiaba. No eran para él: eran para la esposa, para las niñas... Un
buen padre de familia. Más de una hora llevaba ante la mesa escribiendo
sin cesar, conversando pluma en mano con su Augusta, con toda la familia
que vivía en Cassel. Mejor era que se llevase lo suyo este hombre bueno,
que los otros oficiales altivos, de voz cortante é insolente tiesura...
Vió cómo levantaba la cabeza cada vez que pasaba Georgette, la hija del
conserje, siguiéndola con los ojos. ¡Pobre padre!... Indudablemente se
acordaba de las dos señoritas que vivían en Alemania con el pensamiento
ocupado por los peligros de la guerra. El también se acordaba de Chichí,
temiendo no verla más. En uno de sus viajes desde el castillo al
pabellón, la muchacha fué llamada por el alemán. Permaneció erguida ante
su mesa, tímida, como si presintiese un peligro, pero haciendo esfuerzos
para sonreir. Mientras tanto, Blumhardt le hablaba acariciándole las
mejillas con sus manazas de hombre de pelea. A Desnoyers le conmovió
esta visión. Los recuerdos de una vida pacífica y virtuosa resurgían á
través de los horrores de la guerra. Decididamente, este enemigo era un
buen hombre.
Por eso sonrió con amabilidad cuando el comandante, abandonando la mesa,
fué hacia él. Entregó su carta y un paquete voluminoso á un soldado para
que los llevase al pueblo, donde estaba la estafeta del batallón.
--Es para mi familia--dijo--. No dejo pasar un día de descanso sin
enviar carta. ¡Las suyas son tan preciosas para mí!... También envío
unos pequeños recuerdos.
Desnoyers estuvo próximo á protestar. ¡Pequeños, no!... Pero con un
gesto de indiferencia dió á entender que aceptaba los regalos hechos á
costa suya. El comandante siguió hablando de la dulce Augusta y de sus
hijos, mientras tronaba la tempestad invisible en el horizonte sereno
del atardecer. Cada vez era más intenso el cañoneo.
--La batalla--continuó Blumhardt--. ¡Siempre la batalla!... Seguramente
es la última y la ganaremos. Antes de una semana vamos á entrar en
París... Pero ¡cuántos no llegarán á verlo! ¡Qué de muertos!... Creo que
mañana ya no estaremos aquí. Todas las reservas tendrán que atacar para
vencer la suprema resistencia... ¡Con tal que yo no caiga!...
La posibilidad de morir al día siguiente contrajo su rostro con un gesto
de rencor. Una arruga vertical partía sus cejas. Miró á Desnoyers con
ferocidad, como si le hiciese responsable de su muerte y de la desgracia
de su familia. Durante unos minutos, don Marcelo no reconoció al
Blumhardt dulce y familiar de poco antes, dándose cuenta de las
transformaciones que la guerra realiza en los hombres.
Empezaba el ocaso, cuando un suboficial--el mismo de la
Social-Democracia--llegó corriendo en busca del comandante. Desnoyers no
podía entenderle por hablar en alemán, pero siguiendo las indicaciones
de su mano, vió en la entrada del castillo, más allá de la verja, un
grupo de gente campesina y unos cuantos soldados con fusiles. Blumhardt,
después de corta reflexión, emprendió la marcha hacia el grupo y don
Marcelo fué tras de él.
Vió á un muchacho del pueblo entre dos alemanes que le apuntaban al
pecho con sus bayonetas. Estaba pálido, con una palidez de cera. Su
camisa, sucia de hollín, aparecía desgarrada de un modo trágico,
denunciando los manotones de la lucha. En una sien tenía una desolladura
que manaba sangre. A corta distancia una mujer con el pelo suelto,
rodeada de cuatro niñas y un pequeñuelo, todos manchados de negro, como
si surgiesen de un depósito de carbón.
La mujer hablaba elevando las manos, dando gemidos que interrumpían su
relato, dirigiéndose inútilmente á los soldados, incapaces de
entenderla. El suboficial que mandaba la escolta habló en alemán con el
comandante, y mientras tanto la mujer se dirigió á Desnoyers. Mostraba
una repentina serenidad al reconocer al dueño del castillo, como si éste
pudiese salvarla.
Aquel mocetón era hijo suyo. Estaban refugiados desde el día anterior en
la cueva de su casa incendiada. El hambre les había hecho salir, luego
de librarse de una muerte por asfixia. Los alemanes, al ver á su hijo,
lo habían golpeado y querían fusilarlo, como fusilaban á todos los
mozos. Creían que el muchacho tenía veinte años: lo consideraban en edad
de ser soldado, y para que no se incorporase al ejército francés, lo
iban á matar.
--¡Es mentira!--gritó la mujer--. No tiene mas que diez y ocho...
Tampoco diez y ocho... menos aún: sólo tiene diez y siete.
Se volvía á otras mujeres que iban detrás de ella, para invocar su
testimonio; tristes hembras, igualmente sucias, con el rostro
ennegrecido y las ropas desgarradas, oliendo á incendio, á miseria, á
cadáver. Todas asentían, agregando sus gritos á los de la madre. Algunas
extremaban sus declaraciones, atribuyendo al muchacho diez y seis
años... quince. Y á este coro de femeniles vociferaciones se unían los
gemidos de los pequeños, que contemplaban á su hermano con los ojos
agrandados por el terror.
El comandante examinó al prisionero mientras escuchaba al suboficial. Un
empleado del Municipio había confesado aturdidamente que tenía veinte
años, sin pensar que con esto causaba su muerte.
--¡Mentira!--repitió la madre, adivinando por instinto lo que
hablaban--. Ese hombre se equivoca... Mi hijo es robusto, parece de más
edad, pero no tiene veinte años... El señor, que lo conoce, puede
decirlo. ¿No es verdad, señor Desnoyers?
Al ver reclamado su auxilio por la desesperación maternal, creyó don
Marcelo que debía intervenir, y habló al comandante. Conocía mucho á
este mozo--no recordaba haberlo visto nunca--y le creía menor de veinte
años.
--Y aunque los tuviera--añadió--, ¿es eso un delito para fusilar á un
hombre?
Blumhardt no contestaba. Desde que había recobrado sus funciones de
mando parecía ignorar la existencia de don Marcelo. Fué á decir algo, á
dar una orden, pero vaciló. Era mejor consultar á Su Excelencia. Y
viendo que se dirigía al castillo, Desnoyers marchó á su lado.
--Comandante, esto no puede ser--comenzó diciendo--. Esto carece de
sentido. ¡Fusilar á un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte
años!...
Pero el comandante callaba y seguía caminando. Al pasar el puente oyeron
los sonidos del piano. Esto pareció de buen augurio á Desnoyers. Aquel
artista que le conmovía con su voz apasionada iba á decir la palabra
salvadora.
Al entrar en el salón tardó en reconocer á Su Excelencia. Vió un hombre
ante el piano llevando por toda vestidura una bata japonesa, un kimono
femenil de color rosa, con pájaros de oro, perteneciente á su Chichí.
En otra ocasión hubiese lanzado una carcajada al contemplar á este
guerrero, enjuto, huesoso, de ojos crueles, sacando por las mangas
sueltas unos brazos nervudos, en una de cuyas muñecas seguía brillando
la pulsera de oro. Había tomado el baño y retardaba el momento de
recobrar su uniforme, deleitándose con el sedoso contacto de la túnica
femenina, igual á sus vestiduras orientales de Berlín. Blumhardt no
manifestó la más leve extrañeza ante el aspecto de su general. Erguido
militarmente habló en su idioma, mientras el conde le escuchaba con aire
aburrido, pasando sus dedos sobre las teclas.
Una ventana próxima dejaba visible la puesta del sol, envolviendo en un
nimbo de oro al piano y al ejecutante. La poesía del ocaso entraba por
ella: susurros del ramaje, cantos moribundos de pájaros, zumbidos de
insectos que brillaban como chispas bajo el último rayo solar. Su
Excelencia, viendo interrumpido su ensueño melancólico por la inoportuna
visita, cortó el relato del comandante con un gesto de mando y una
palabra... una sola. No dijo más. Dió dos chupadas á un cigarrillo turco
que chamuscaba lentamente la madera del piano, y sus manos volvieron á
caer sobre el marfil, reanudando la improvisación vaga y tierna
inspirada por el crepúsculo.
--Gracias, Excelencia--dijo el viejo, adivinando su magnánima respuesta.
El comandante había desaparecido. Tampoco le encontró fuera de la casa.
Un soldado trotaba cerca de la verja para transmitir la orden. Vió cómo
la escolta repelía con las culatas al grupo vociferante de mujeres y
chiquillos. Quedó limpia la entrada. Todos se alejaban indudablemente
hacia el pueblo después del perdón del general... Estaba en mitad de la
avenida, cuando sonó un aullido compuesto de muchas voces, un grito
espeluznante como sólo puede lanzarlo la desesperación femenil. Al mismo
tiempo conmovieron el aire fuertes trallazos, un crepitamiento que
conocía desde el día anterior. ¡Tiros!... Adivinó al otro lado de la
verja un rudo vaivén de personas, unas retorciéndose contenidas por
fuertes brazos, otras huyendo con el galope del miedo. Vió correr hacia
él una mujer despavorida, con las manos en la cabeza, lanzando gemidos.
Era la esposa del conserje, que se había agregado poco antes al grupo de
mujeres.
--¡No vaya, señor!--gritó, cortándole el paso--. Lo han matado... acaban
de fusilarle.
Don Marcelo quedó inmóvil por la sorpresa. ¡Fusilado!... ¿Y la palabra
del general?... Corrió hacia el castillo sin darse cuenta de lo que
hacía, y se vió de pronto en el salón. Su Excelencia continuaba ante el
piano. Ahora cantaba á media voz, con los ojos húmedos por la poesía de
sus recuerdos. Pero el viejo no podía escucharle.
--Excelencia: lo han fusilado... Acaban de matarle, á pesar de la orden.
La sonrisa del jefe le hizo comprender de pronto su engaño.
--Es la guerra, querido señor--dijo, cesando de tocar--. La guerra con
sus crueles necesidades... Siempre es prudente suprimir al enemigo de
mañana.
Y con aire pedantesco, como si diese una lección, habló de los
orientales, grandes maestros en el arte de saber vivir. Uno de los
personajes más admirados por él era cierto sultán de la conquista turca,
que estrangulaba con sus propias manos á los hijos de los adversarios.
«Nuestros enemigos no vienen al mundo á caballo y empuñando la
lanza--decía el héroe--. Nacen niños como todos, y es oportuno
suprimirlos antes de que crezcan.»
Desnoyers le escuchaba sin entenderle. Una idea única ocupaba su
pensamiento. ¡Y aquel hombre que él creía bueno, aquel sentimental que
se enternecía cantando, había dado fríamente, entre dos arpegios, su
orden de muerte!...
El conde hizo un gesto de impaciencia. Podía retirarse, y le aconsejaba
que en adelante fuese discreto, evitando el inmiscuirse en los asuntos
del servicio. Luego le volvió la espalda é hizo correr las manos sobre
el piano, entregándose á su melancolía armoniosa.
Empezó para don Marcelo una vida absurda que iba á durar cuatro días,
durante los cuales se sucedieron los más extraordinarios
acontecimientos. Este período representó en su historia un largo
paréntesis de estupefacción, cortado por horribles visiones.
No quiso encontrarse más con aquellos hombres, y huyó de su propio
dormitorio, refugiándose en el último piso, en un cuarto de doméstico,
cerca del que había escogido la familia del conserje. En vano la buena
mujer le ofreció comida al cerrar la noche: no sentía apetito. Estaba
tendido en la cama. Prefería la obscuridad y el verse á solas con sus
pensamientos. ¡Cuándo terminaría esta angustia!...
Se acordó de un viaje que había hecho á Londres años antes. Veía con la
imaginación el Museo Británico y ciertos relieves asirios que le habían
llenado de pavor, como restos de una humanidad bestial. Los guerreros
incendiaban las poblaciones, los prisioneros eran degollados en montón,
la muchedumbre campesina y pacífica marchaba en filas con la cadena al
cuello, formando ristras de esclavos. Nunca había reconocido como en
aquel momento la grandeza de la civilización presente. Todavía surgían
guerras de vez en cuando, pero habían sido reglamentadas por el
progreso. La vida de los prisioneros resultaba sagrada, los pueblos
debían ser respetados, existía todo un cuerpo de leyes internacionales
para reglamentar cómo deben matarse los hombres y combatirse las
naciones, causándose el menor daño posible... Pero ahora acababa de ver
la realidad de la guerra. ¡Lo mismo que miles de años antes! Los hombres
con casco procedían de igual modo que los sátrapas perfumados y feroces
de mitra azul y barba anillada. El adversario era fusilado aunque no
tuviese armas; el prisionero moría á culatazos; las poblaciones civiles
emprendían en masa el camino de Alemania, como los cautivos de otros
siglos. ¿De qué había servido el llamado progreso? ¿Dónde estaba la
civilización?...
Despertó al recibir en sus ojos la luz de una bujía. La mujer del
conserje había subido otra vez para preguntarle si necesitaba algo.
--¡Qué noche!... Oígalos cómo gritan y cantan. ¡Las botellas que llevan
bebidas!... Están en el comedor. Es preferible que usted no los vea...
Ahora se divierten rompiendo los muebles. Hasta el conde está borracho;
borracho también ese jefe que hablaba con usted, y los demás. Algunos de
ellos bailan medio desnudos.
Deseaba callarse ciertos detalles, pero su verbosidad femenil saltó por
encima de estos propósitos discretos. Algunos oficiales jóvenes se
habían disfrazado con sombreros y vestidos de las señoras y danzaban
dando gritos é imitando los contoneos femeniles. Uno de ellos era
saludado con un rugido de entusiasmo al presentarse sin otro traje que
una «combinación» interior de la señorita Chichí... Muchos gozaban un
placer maligno al depositar los residuos digestivos sobre las alfombras
ó en los cajones de los muebles, empleando para limpiarse los lienzos
finos que encontraban á mano.
El dueño la hizo callar. ¿Para qué enterarle de todo esto?...
--¡Y nosotros obligados á servirles!...--continuó gimiendo la mujer--.
Están locos: parecen otros hombres. Los soldados dicen que se marchan al
amanecer. Hay una gran batalla, van á ganarla, pero todos necesitan
pelear en ella... Mi pobre marido ya no puede más. Tantas
humillaciones... Y mi hija... ¡mi hija!...
Esta era su mayor preocupación. La tenía oculta, pero seguía con
inquietud las idas y venidas de algunos de estos hombres enfurecidos por
el alcohol. De todos, el más temible era aquel jefe que acariciaba
paternalmente á Georgette.
El miedo por la seguridad de su hija le hizo marcharse después de lanzar
nuevos lamentos.
--Dios no se acuerda del mundo... ¡Ay, qué será de nosotros!
Ahora permaneció desvelado don Marcelo. Por la ventana abierta entraba
la luz tenue de una noche serena. Seguía el cañoneo, prolongándose el
combate en la obscuridad. Al pie del castillo entonaban los soldados un
cántico lento y melódico que parecía un salmo. Del interior del edificio
subió hasta él un estrépito de carcajadas brutales, ruido de muebles que
se rompían, correteos de regocijada persecución. ¿Cuándo podría salir
de este infierno?... Transcurrió mucho tiempo; no llegó á dormirse, pero
fué perdiendo poco á poco la noción de lo que le rodeaba. De pronto se
incorporó. Cerca de él, en el mismo piso, una puerta se había rajado con
sordo crujido, no pudiendo resistir varios empujones formidables.
Sonaron gritos de mujer, llantos, súplicas desesperadas, ruido de lucha,
pasos vacilantes, choques de cuerpos contra las paredes. Tuvo el
presentimiento de que era Georgette la que gritaba y se defendía. Antes
de poner los pies en el suelo oyó una voz de hombre, la de su conserje;
estaba seguro.
--¡Ah, bandido!...
Luego el estrépito de una segunda lucha... un tiro... silencio.