Había escudriñado toda la pieza, el dormitorio inmediato, que era el de

Chichí, el cuarto de baño, hasta el guardarropa femenino de la familia,

que conservaba, unos vestidos de la señorita Desnoyers. Las manos del

guerrero se perdieron con delectación en los finos bullones de las

telas, apreciando su blanda frescura.

Este contacto le hizo pensar en París, en las modas, en las casas de los

grandes modistos. La _rue de la Paix_ era el lugar más admirado por él

en sus visitas á la ciudad enemiga.

Don Marcelo percibió la fuerte mezcla de perfumes que exhalaban su

cabeza, sus bigotes, todo su cuerpo. Varios frascos del tocador de las

señoras estaban sobre la chimenea.

--¡Qué suciedad la guerra!--dijo el alemán---. Esta mañana he podido

tomar un baño, después de una semana de abstinencia; á media tarde

tomaré otro... A propósito, querido señor: estos perfumes son buenos,

pero no son elegantes. Cuando tenga el gusto de ser presentado á las

señoras, les daré las señas de mis proveedores... Yo uso en mi casa

esencias de Turquía: tengo muchos amigos allá... Al terminar la guerra

haré un envío á la familia.

Sus ojos se habían fijado en algunos retratos colocados sobre una mesa.

El conde adivinó á Madama Desnoyers viendo la fotografía de doña Luisa.

Luego sonrió ante el retrato de Chichí. Muy graciosa: lo que más

admiraba en ella era su aire resuelto de muchacho. Posó una mirada

amplia y profunda en la fotografía de Julio.

--Excelente mozo--dijo--. Una cabeza interesante... artística. En un

baile de trajes obtendría un éxito. ¡Qué príncipe persa!... Una

_aigrette_ blanca en la cabeza sujeta con un joyel, el pecho desnudo,

una túnica negra con pavos de oro...

Y siguió vistiendo imaginariamente al primogénito de Desnoyers con todos

los esplendores de un monarca oriental. El viejo sintió un principio de

simpatía hacia aquel hombre por el interés que le inspiraba su hijo.

¡Lástima que escogiese con tanta habilidad las cosas preciosas y se las

apropiase!...

Junto á la cabecera de la cama, sobre un libro de oraciones olvidado por

su esposa, vió un medallón con otra fotografía. Esta no era de la casa.

El conde, que había seguido la dirección de sus ojos, quiso mostrársela.

Temblaron las manos del guerrero... Su altivez desdeñosa é irónica

desapareció de golpe. Un oficial de Húsares de la Muerte sonreía en el

retrato, contrayendo su perfil enjuto y curvo de pájaro de pelea bajo el

gorro adornado con un cráneo y dos fémurs.

--Mi mejor amigo--dijo con voz algo temblorosa--. El ser que más amo en

el mundo... ¡Y pensar que tal vez se bate en estos momentos y pueden

matarlo!... ¡Pensar que yo también puedo morir!...

Don Marcelo creyó entrever una novela del pasado del conde. Aquel húsar

era indudablemente un hijo natural. Su simplicidad no podía concebir

otra cosa. Sólo en su ternura era un padre capaz de hablar así... Y casi

se sintió contagiado por esta ternura.

Aquí dió fin la entrevista. El guerrero le había vuelto la espalda,

saliendo del dormitorio, como si desease ocultar sus emociones. A los

pocos minutos sonó en el piso bajo un magnífico piano de cola que el

comisario no había podido llevarse por la oposición del general. La voz

de éste se elevó sobre el sonido de las cuerdas. Era una voz de barítono

algo opaca, pero que comunicaba un temblor apasionado á su romanza. El

viejo se sintió conmovido; no entendía las palabras, pero las lágrimas

se agolparon á sus ojos. Pensó en su familia, en las desgracias y

peligros que le rodeaban, en la dificultad de volver á encontrar á los

suyos... Como si la música tirase de él, descendió poco á poco al piso

bajo. ¡Qué artista aquel hombre altivamente burlón! ¡Qué alma la

suya!... Los alemanes engañaban á primera vista con su exterior rudo y

su disciplina, que les hacía cometer sin escrúpulo las mayores

atrocidades. Había que vivir en intimidad con ellos para apreciarlos

tales como eran.

Cuando cesó la música estaba en el puente del castillo. Un suboficial

contemplaba las evoluciones de los cisnes en las aguas del foso. Era un

joven doctor en Derecho que desempeñaba la función de secretario cerca

de Su Excelencia; un hombre de Universidad movilizado por la guerra.

Al hablar con don Marcelo reveló inmediatamente su origen. Le había

sorprendido la orden de partida estando de profesor en un colegio

privado y en vísperas de casarse. Todos sus planes habían quedado

deshechos.

--¡Qué calamidad, señor!... ¡Qué trastorno para el mundo!... Y sin

embargo, éramos muchos los que veíamos llegar la catástrofe.

Forzosamente debía sobrevenir un día ú otro. El capitalismo: el maldito

capitalismo tiene la culpa.

El suboficial era socialista. No ocultaba su participación en actos del

partido que le habían originado persecuciones y retrasos en su carrera.

Pero la Social-Democracia se veía ahora aceptada por el emperador y

halagada por los _junkers_ más reaccionarios. Todos eran unos. Los

diputados del partido formaban en el Reichstag el grupo más obediente al

gobierno... El sólo guardaba de su pasado cierto fervor para

anatematizar al capitalismo, culpable de la guerra.

Desnoyers se atrevió á discutir con este enemigo que parecía de carácter

dulce y tolerante. «¿No sería el verdadero responsable el militarismo

alemán? ¿No habría buscado y preparado el conflicto, impidiendo todo

arreglo con sus arrogancias?...»

Negó rotundamente el socialista. Sus diputados apoyaban la guerra, y

para hacer esto sus motivos tendrían. Se notaba en él la supeditación á

la disciplina, la eterna disciplina germánica, ciega y obediente, que

gobierna hasta los partidos avanzados. En vano el francés repitió

argumentos y hechos, todo cuanto había leído desde el principio de la

guerra. Sus palabras resbalaron sobre la dureza de este revolucionario

acostumbrado á delegar las funciones del pensamiento.

--¡Quién sabe!--acabó por decir--. Tal vez nos hayamos equivocado. Pero

en el instante actual todo está confuso: faltan elementos de juicio para

formar una opinión exacta. Cuando termine el conflicto conoceremos á los

verdaderos culpables; y si son los nuestros, les exigiremos

responsabilidad.

Sintió ganas de reír Desnoyers ante esta candidez. ¡Esperar el final de

la guerra para saber quién era el culpable!... Y si el Imperio resultaba

vencedor, ¿qué responsabilidad iban á exigirle en pleno orgullo de la

victoria, ellos que se habían limitado siempre á las batallas

electorales, sin el más leve intento de rebeldía?

--Sea quien sea el autor--continuó el suboficial--, esta guerra es

triste. ¡Cuántos hombres muertos!... Yo estuve en Charleroi. Hay que ver

de cerca la guerra moderna... Venceremos; vamos á entrar en París, según

dicen, pero caerán muchos de los nuestros antes de obtener la última

victoria...

Y para alejar las visiones de muerte fijas en su pensamiento, siguió con

los ojos la marcha de los cisnes, ofreciéndoles pedazos de pan que les

hacían torcer el curso de su natación lenta y majestuosa.

El conserje y su familia pasaban el puente con frecuentes entradas y

salidas. Al ver á su señor en buenas relaciones con los invasores,

habían perdido el miedo que los mantenía recluídos en su vivienda. A la

mujer le parecía natural que don Marcelo viese reconocida su autoridad

por aquella gente: el amo siempre es el amo. Y como si hubiese recibido

una parte de esta autoridad, entraba sin temor en el castillo, seguida

de su hija, para poner en orden el dormitorio del dueño. Querían pasar

la noche cerca de él, para que no se viese solo entre los alemanes.

Las dos mujeres trasladaron ropas y colchones desde el pabellón al

último piso. El conserje estaba ocupado en calentar el segundo baño de

Su Excelencia. Su esposa lamentaba con gestos desesperados el saqueo del

castillo. ¡Qué de cosas ricas desaparecidas!... Deseosa de salvar los

últimos restos, buscaba al dueño para hacerle denuncias, como si éste

pudiese impedir el robo individual y cauteloso. Los ordenanzas y

escribientes del conde se metían en los bolsillos todo lo que resultaba

fácil de ocultar. Decían sonriendo que eran recuerdos. Luego se aproximó

con aire misterioso para hacerle una nueva revelación. Había visto á un

jefe forzar los cajones donde guardaba la señora la ropa blanca, y cómo

formaba un paquete con las prendas más finas y gran cantidad de blondas.

--Ese es, señor--dijo de pronto, señalando á un alemán que escribía en

el jardín, recibiendo sobre la mesa un rayo oblicuo de sol que se

filtraba entre las ramas.

Don Marcelo lo reconoció con sorpresa. ¡También el comandante

Blumhardt!... Pero inmediatamente excusó su acto. Encontraba natural que

se llevase algo de su casa, después que el comisario había dado el

ejemplo. Además tuvo en cuenta la calidad de los objetos que se

apropiaba. No eran para él: eran para la esposa, para las niñas... Un

buen padre de familia. Más de una hora llevaba ante la mesa escribiendo

sin cesar, conversando pluma en mano con su Augusta, con toda la familia

que vivía en Cassel. Mejor era que se llevase lo suyo este hombre bueno,

que los otros oficiales altivos, de voz cortante é insolente tiesura...

Vió cómo levantaba la cabeza cada vez que pasaba Georgette, la hija del

conserje, siguiéndola con los ojos. ¡Pobre padre!... Indudablemente se

acordaba de las dos señoritas que vivían en Alemania con el pensamiento

ocupado por los peligros de la guerra. El también se acordaba de Chichí,

temiendo no verla más. En uno de sus viajes desde el castillo al

pabellón, la muchacha fué llamada por el alemán. Permaneció erguida ante

su mesa, tímida, como si presintiese un peligro, pero haciendo esfuerzos

para sonreir. Mientras tanto, Blumhardt le hablaba acariciándole las

mejillas con sus manazas de hombre de pelea. A Desnoyers le conmovió

esta visión. Los recuerdos de una vida pacífica y virtuosa resurgían á

través de los horrores de la guerra. Decididamente, este enemigo era un

buen hombre.

Por eso sonrió con amabilidad cuando el comandante, abandonando la mesa,

fué hacia él. Entregó su carta y un paquete voluminoso á un soldado para

que los llevase al pueblo, donde estaba la estafeta del batallón.

--Es para mi familia--dijo--. No dejo pasar un día de descanso sin

enviar carta. ¡Las suyas son tan preciosas para mí!... También envío

unos pequeños recuerdos.

Desnoyers estuvo próximo á protestar. ¡Pequeños, no!... Pero con un

gesto de indiferencia dió á entender que aceptaba los regalos hechos á

costa suya. El comandante siguió hablando de la dulce Augusta y de sus

hijos, mientras tronaba la tempestad invisible en el horizonte sereno

del atardecer. Cada vez era más intenso el cañoneo.

--La batalla--continuó Blumhardt--. ¡Siempre la batalla!... Seguramente

es la última y la ganaremos. Antes de una semana vamos á entrar en

París... Pero ¡cuántos no llegarán á verlo! ¡Qué de muertos!... Creo que

mañana ya no estaremos aquí. Todas las reservas tendrán que atacar para

vencer la suprema resistencia... ¡Con tal que yo no caiga!...

La posibilidad de morir al día siguiente contrajo su rostro con un gesto

de rencor. Una arruga vertical partía sus cejas. Miró á Desnoyers con

ferocidad, como si le hiciese responsable de su muerte y de la desgracia

de su familia. Durante unos minutos, don Marcelo no reconoció al

Blumhardt dulce y familiar de poco antes, dándose cuenta de las

transformaciones que la guerra realiza en los hombres.

Empezaba el ocaso, cuando un suboficial--el mismo de la

Social-Democracia--llegó corriendo en busca del comandante. Desnoyers no

podía entenderle por hablar en alemán, pero siguiendo las indicaciones

de su mano, vió en la entrada del castillo, más allá de la verja, un

grupo de gente campesina y unos cuantos soldados con fusiles. Blumhardt,

después de corta reflexión, emprendió la marcha hacia el grupo y don

Marcelo fué tras de él.

Vió á un muchacho del pueblo entre dos alemanes que le apuntaban al

pecho con sus bayonetas. Estaba pálido, con una palidez de cera. Su

camisa, sucia de hollín, aparecía desgarrada de un modo trágico,

denunciando los manotones de la lucha. En una sien tenía una desolladura

que manaba sangre. A corta distancia una mujer con el pelo suelto,

rodeada de cuatro niñas y un pequeñuelo, todos manchados de negro, como

si surgiesen de un depósito de carbón.

La mujer hablaba elevando las manos, dando gemidos que interrumpían su

relato, dirigiéndose inútilmente á los soldados, incapaces de

entenderla. El suboficial que mandaba la escolta habló en alemán con el

comandante, y mientras tanto la mujer se dirigió á Desnoyers. Mostraba

una repentina serenidad al reconocer al dueño del castillo, como si éste

pudiese salvarla.

Aquel mocetón era hijo suyo. Estaban refugiados desde el día anterior en

la cueva de su casa incendiada. El hambre les había hecho salir, luego

de librarse de una muerte por asfixia. Los alemanes, al ver á su hijo,

lo habían golpeado y querían fusilarlo, como fusilaban á todos los

mozos. Creían que el muchacho tenía veinte años: lo consideraban en edad

de ser soldado, y para que no se incorporase al ejército francés, lo

iban á matar.

--¡Es mentira!--gritó la mujer--. No tiene mas que diez y ocho...

Tampoco diez y ocho... menos aún: sólo tiene diez y siete.

Se volvía á otras mujeres que iban detrás de ella, para invocar su

testimonio; tristes hembras, igualmente sucias, con el rostro

ennegrecido y las ropas desgarradas, oliendo á incendio, á miseria, á

cadáver. Todas asentían, agregando sus gritos á los de la madre. Algunas

extremaban sus declaraciones, atribuyendo al muchacho diez y seis

años... quince. Y á este coro de femeniles vociferaciones se unían los

gemidos de los pequeños, que contemplaban á su hermano con los ojos

agrandados por el terror.

El comandante examinó al prisionero mientras escuchaba al suboficial. Un

empleado del Municipio había confesado aturdidamente que tenía veinte

años, sin pensar que con esto causaba su muerte.

--¡Mentira!--repitió la madre, adivinando por instinto lo que

hablaban--. Ese hombre se equivoca... Mi hijo es robusto, parece de más

edad, pero no tiene veinte años... El señor, que lo conoce, puede

decirlo. ¿No es verdad, señor Desnoyers?

Al ver reclamado su auxilio por la desesperación maternal, creyó don

Marcelo que debía intervenir, y habló al comandante. Conocía mucho á

este mozo--no recordaba haberlo visto nunca--y le creía menor de veinte

años.

--Y aunque los tuviera--añadió--, ¿es eso un delito para fusilar á un

hombre?

Blumhardt no contestaba. Desde que había recobrado sus funciones de

mando parecía ignorar la existencia de don Marcelo. Fué á decir algo, á

dar una orden, pero vaciló. Era mejor consultar á Su Excelencia. Y

viendo que se dirigía al castillo, Desnoyers marchó á su lado.

--Comandante, esto no puede ser--comenzó diciendo--. Esto carece de

sentido. ¡Fusilar á un hombre por la sospecha de que pueda tener veinte

años!...

Pero el comandante callaba y seguía caminando. Al pasar el puente oyeron

los sonidos del piano. Esto pareció de buen augurio á Desnoyers. Aquel

artista que le conmovía con su voz apasionada iba á decir la palabra

salvadora.

Al entrar en el salón tardó en reconocer á Su Excelencia. Vió un hombre

ante el piano llevando por toda vestidura una bata japonesa, un kimono

femenil de color rosa, con pájaros de oro, perteneciente á su Chichí.

En otra ocasión hubiese lanzado una carcajada al contemplar á este

guerrero, enjuto, huesoso, de ojos crueles, sacando por las mangas

sueltas unos brazos nervudos, en una de cuyas muñecas seguía brillando

la pulsera de oro. Había tomado el baño y retardaba el momento de

recobrar su uniforme, deleitándose con el sedoso contacto de la túnica

femenina, igual á sus vestiduras orientales de Berlín. Blumhardt no

manifestó la más leve extrañeza ante el aspecto de su general. Erguido

militarmente habló en su idioma, mientras el conde le escuchaba con aire

aburrido, pasando sus dedos sobre las teclas.

Una ventana próxima dejaba visible la puesta del sol, envolviendo en un

nimbo de oro al piano y al ejecutante. La poesía del ocaso entraba por

ella: susurros del ramaje, cantos moribundos de pájaros, zumbidos de

insectos que brillaban como chispas bajo el último rayo solar. Su

Excelencia, viendo interrumpido su ensueño melancólico por la inoportuna

visita, cortó el relato del comandante con un gesto de mando y una

palabra... una sola. No dijo más. Dió dos chupadas á un cigarrillo turco

que chamuscaba lentamente la madera del piano, y sus manos volvieron á

caer sobre el marfil, reanudando la improvisación vaga y tierna

inspirada por el crepúsculo.

--Gracias, Excelencia--dijo el viejo, adivinando su magnánima respuesta.

El comandante había desaparecido. Tampoco le encontró fuera de la casa.

Un soldado trotaba cerca de la verja para transmitir la orden. Vió cómo

la escolta repelía con las culatas al grupo vociferante de mujeres y

chiquillos. Quedó limpia la entrada. Todos se alejaban indudablemente

hacia el pueblo después del perdón del general... Estaba en mitad de la

avenida, cuando sonó un aullido compuesto de muchas voces, un grito

espeluznante como sólo puede lanzarlo la desesperación femenil. Al mismo

tiempo conmovieron el aire fuertes trallazos, un crepitamiento que

conocía desde el día anterior. ¡Tiros!... Adivinó al otro lado de la

verja un rudo vaivén de personas, unas retorciéndose contenidas por

fuertes brazos, otras huyendo con el galope del miedo. Vió correr hacia

él una mujer despavorida, con las manos en la cabeza, lanzando gemidos.

Era la esposa del conserje, que se había agregado poco antes al grupo de

mujeres.

--¡No vaya, señor!--gritó, cortándole el paso--. Lo han matado... acaban

de fusilarle.

Don Marcelo quedó inmóvil por la sorpresa. ¡Fusilado!... ¿Y la palabra

del general?... Corrió hacia el castillo sin darse cuenta de lo que

hacía, y se vió de pronto en el salón. Su Excelencia continuaba ante el

piano. Ahora cantaba á media voz, con los ojos húmedos por la poesía de

sus recuerdos. Pero el viejo no podía escucharle.

--Excelencia: lo han fusilado... Acaban de matarle, á pesar de la orden.

La sonrisa del jefe le hizo comprender de pronto su engaño.

--Es la guerra, querido señor--dijo, cesando de tocar--. La guerra con

sus crueles necesidades... Siempre es prudente suprimir al enemigo de

mañana.

Y con aire pedantesco, como si diese una lección, habló de los

orientales, grandes maestros en el arte de saber vivir. Uno de los

personajes más admirados por él era cierto sultán de la conquista turca,

que estrangulaba con sus propias manos á los hijos de los adversarios.

«Nuestros enemigos no vienen al mundo á caballo y empuñando la

lanza--decía el héroe--. Nacen niños como todos, y es oportuno

suprimirlos antes de que crezcan.»

Desnoyers le escuchaba sin entenderle. Una idea única ocupaba su

pensamiento. ¡Y aquel hombre que él creía bueno, aquel sentimental que

se enternecía cantando, había dado fríamente, entre dos arpegios, su

orden de muerte!...

El conde hizo un gesto de impaciencia. Podía retirarse, y le aconsejaba

que en adelante fuese discreto, evitando el inmiscuirse en los asuntos

del servicio. Luego le volvió la espalda é hizo correr las manos sobre

el piano, entregándose á su melancolía armoniosa.

Empezó para don Marcelo una vida absurda que iba á durar cuatro días,

durante los cuales se sucedieron los más extraordinarios

acontecimientos. Este período representó en su historia un largo

paréntesis de estupefacción, cortado por horribles visiones.

No quiso encontrarse más con aquellos hombres, y huyó de su propio

dormitorio, refugiándose en el último piso, en un cuarto de doméstico,

cerca del que había escogido la familia del conserje. En vano la buena

mujer le ofreció comida al cerrar la noche: no sentía apetito. Estaba

tendido en la cama. Prefería la obscuridad y el verse á solas con sus

pensamientos. ¡Cuándo terminaría esta angustia!...

Se acordó de un viaje que había hecho á Londres años antes. Veía con la

imaginación el Museo Británico y ciertos relieves asirios que le habían

llenado de pavor, como restos de una humanidad bestial. Los guerreros

incendiaban las poblaciones, los prisioneros eran degollados en montón,

la muchedumbre campesina y pacífica marchaba en filas con la cadena al

cuello, formando ristras de esclavos. Nunca había reconocido como en

aquel momento la grandeza de la civilización presente. Todavía surgían

guerras de vez en cuando, pero habían sido reglamentadas por el

progreso. La vida de los prisioneros resultaba sagrada, los pueblos

debían ser respetados, existía todo un cuerpo de leyes internacionales

para reglamentar cómo deben matarse los hombres y combatirse las

naciones, causándose el menor daño posible... Pero ahora acababa de ver

la realidad de la guerra. ¡Lo mismo que miles de años antes! Los hombres

con casco procedían de igual modo que los sátrapas perfumados y feroces

de mitra azul y barba anillada. El adversario era fusilado aunque no

tuviese armas; el prisionero moría á culatazos; las poblaciones civiles

emprendían en masa el camino de Alemania, como los cautivos de otros

siglos. ¿De qué había servido el llamado progreso? ¿Dónde estaba la

civilización?...

Despertó al recibir en sus ojos la luz de una bujía. La mujer del

conserje había subido otra vez para preguntarle si necesitaba algo.

--¡Qué noche!... Oígalos cómo gritan y cantan. ¡Las botellas que llevan

bebidas!... Están en el comedor. Es preferible que usted no los vea...

Ahora se divierten rompiendo los muebles. Hasta el conde está borracho;

borracho también ese jefe que hablaba con usted, y los demás. Algunos de

ellos bailan medio desnudos.

Deseaba callarse ciertos detalles, pero su verbosidad femenil saltó por

encima de estos propósitos discretos. Algunos oficiales jóvenes se

habían disfrazado con sombreros y vestidos de las señoras y danzaban

dando gritos é imitando los contoneos femeniles. Uno de ellos era

saludado con un rugido de entusiasmo al presentarse sin otro traje que

una «combinación» interior de la señorita Chichí... Muchos gozaban un

placer maligno al depositar los residuos digestivos sobre las alfombras

ó en los cajones de los muebles, empleando para limpiarse los lienzos

finos que encontraban á mano.

El dueño la hizo callar. ¿Para qué enterarle de todo esto?...

--¡Y nosotros obligados á servirles!...--continuó gimiendo la mujer--.

Están locos: parecen otros hombres. Los soldados dicen que se marchan al

amanecer. Hay una gran batalla, van á ganarla, pero todos necesitan

pelear en ella... Mi pobre marido ya no puede más. Tantas

humillaciones... Y mi hija... ¡mi hija!...

Esta era su mayor preocupación. La tenía oculta, pero seguía con

inquietud las idas y venidas de algunos de estos hombres enfurecidos por

el alcohol. De todos, el más temible era aquel jefe que acariciaba

paternalmente á Georgette.

El miedo por la seguridad de su hija le hizo marcharse después de lanzar

nuevos lamentos.

--Dios no se acuerda del mundo... ¡Ay, qué será de nosotros!

Ahora permaneció desvelado don Marcelo. Por la ventana abierta entraba

la luz tenue de una noche serena. Seguía el cañoneo, prolongándose el

combate en la obscuridad. Al pie del castillo entonaban los soldados un

cántico lento y melódico que parecía un salmo. Del interior del edificio

subió hasta él un estrépito de carcajadas brutales, ruido de muebles que

se rompían, correteos de regocijada persecución. ¿Cuándo podría salir

de este infierno?... Transcurrió mucho tiempo; no llegó á dormirse, pero

fué perdiendo poco á poco la noción de lo que le rodeaba. De pronto se

incorporó. Cerca de él, en el mismo piso, una puerta se había rajado con

sordo crujido, no pudiendo resistir varios empujones formidables.

Sonaron gritos de mujer, llantos, súplicas desesperadas, ruido de lucha,

pasos vacilantes, choques de cuerpos contra las paredes. Tuvo el

presentimiento de que era Georgette la que gritaba y se defendía. Antes

de poner los pies en el suelo oyó una voz de hombre, la de su conserje;

estaba seguro.

--¡Ah, bandido!...

Luego el estrépito de una segunda lucha... un tiro... silencio.

Los cuatro jinetes del apocalipsis · 第 23 / 33 段